miércoles, 27 de junio de 2012

La belleza de la autodestrucción



"Ahora es más tarde; aquello era entonces."


"Me gustan las grandes viejas lágrimas."

Duke Ellington

Cojo de nuevo el maravilloso libro de Geoff Dyer, Pero hermoso. Suena en mi equipo de música Ben Webster. Geoff, con agudos conocimientos de las biografías de los músicos y la impresión de la misma música de los artistas y las fotografías que va mirando, fabula siete relatos con una poética hechizante, acerca de Lester Young, Bud Powell (que fue al piano lo que Charlie Parker al jazz en general), Charles Mingus, Chet Baker, Ben Webster (si te gusta el jazz tiene que gustarte Ben porque podría gustarte el jazz y no Ornette, tal vez, incluso Duke, pero es imposible amar el jazz y no amar a Ben), Thelonius Monk y Art Pepper, todos hilvanados por una guía general, también imaginada, acerca de un viaje en coche a través de la América de Duke Ellington y Harry Carney en una de sus giras. Es todo un placer leer estos cuentos dedicados a estos grandes artistas y escuchar su música al mismo tiempo, y así lo recomienda Geoff, y así lo constato ahora.



En estos relatos amenaza el caos procedente del arte o del pensamiento, irrumpe siempre en la vida allí donde la seguridad amenaza con convertirse en lo realmente amenazante: en lo que en verdad genera el caos. Cuanta mayor sea la seguridad tanto más exiguo será el interés que el ser humano posea en la vida. Para el mundo actual que en nada está tan unido como en su constante demanda de seguridad, nada es tan necesario, si no quiere dejar totalmente de vivir, como la conciencia del caos que lo rodea.



Si debo ser sincero, echo en falta en este libro a Billie Holiday y Charlie Parker. A Billie porque tenía la cualidad de penetrar en la intimidad de quien la escuchara. En el dramatismo de su estilo hay siempre algo de la soledad que todos hemos padecido y padecemos, están el desamparo del huérfano, y el desconsuelo de quien nunca podrá encontrar el amor y lo sabe. Billie, la más dolorosa de todas las cantantes de jazz, la voz maestra de cada pena, la voz que no nos atrevemos a escuchar en nosotros mismos pero que ella se echa encima, en nuestro nombre, como un Cristo negro femenino, Cristo crucificado que carga con todos nuestros pecados. Y Charlie Parker, que ya conocemos todos su genialidad como músico y su trágica vida. El jazz es fuerza, sentimiento y autodestrucción.



Art Pepper que se abrió paso hacia un estilo maduro, influido por Parker, de profunda emotividad. Pepper que ha pasado más tiempo en cárceles y reformatorios que fuera de ellos, es otro ejemplo especialmente lamentable de los efectos desastrosos que ha tenido la heroína sobre las vidas de los mejores músicos de jazz. Muy recomendable su conmovedora autobiografía.



Suena ahora la obra maestra de Miles Davis, Kind of Blue. ¿Qué decir entonces del jazz, que desde su comienzo parece que ha causado estragos entre quienes lo hacen? ¿Cómo hubiera podido un género artístico desarrollarse con esa velocidad y con esa intensidad emocional sin exigir un enorme tributo humano? Prácticamente todos los músicos de color de jazz fueron objetos de la discriminación racial y los malos tratos (Art Blakey, Miles Davis y Bud Powell recibieron palizas de la policía). Mientras que los contemporáneos de Coleman Hawkins y Lester Young, que dominaron el jazz en los años treinta, acabaron alcohólicos.


El daño producido en los músicos de jazz es tan grande, que uno se pregunta si no habrá algo en el género mismo que exige un tributo terrible a sus creadores. En un lugar común en el arte que el trabajo de los expresionistas abstractos los empuja de alguna manera hacia la autodestrucción.

En cuanto música de rebeldía, ahora el jazz es una cosa a la que la gente llega tras hartarse de la vulgaridad de la música actual, es poco probable que el jazz vuelva a alcanzar la misma concentración de emociones que en los tiempos de Parker o Coltrane, y, por otro lado, el jazz nunca será música para un público de masas y las vidas de quienes lo practican son aún económicamente precarias.

Suena en estos momentos Chet Baker. Leo otro relato de Geoff, lleno de sentimientos y autodestrucción. Un mundo difícil... pero hermoso.





                       

martes, 26 de junio de 2012

Paraísos perdidos


En un zarrapastroso motel en el confín del desierto están dos destructivos y desesperados amantes, atrapados por neuróticas necesidades que los atraen y separan simultáneamente, con sus recuerdos y sus sueños. Dos héroes ambiguos balanceándose entre imaginarios pasados heroicos y acerbas realidades. Han llegado hasta allí a través de los escombros del paisaje en busca de sus identidades y de sus raíces familiares, que han desaparecido con el escenario de una falsa leyenda. Y, al no encontrar lo que buscan, utilizan sus sueños como armas arrojadizas.

Todo vuelve a empezar de nuevo cuando él la abandona en aquel destartalado motel. De nuevo las carreteras, los coches, la soledad. Deja atrás otra historia rota. Cruza de nuevo un país de hamburgueserías y gasolineras en medio de la nada, más allá del cual no hay adónde ir, o adónde huir.

Ella sentada en el suelo del lavabo retorna a su viejo nihilismo, y piensa en el escaso sentido que tiene andar por ahí, metida en la pantomima del mundo, disimulando la faz tenebrosa de las cosas.

Ellos desconocen por completo que la mayor paradoja del deseo no está en buscar siempre otra cosa: está en buscar la misma después de haberla encontrado.

Y quizá sea así como hay que asimilar nuestra propia historia, como una travesía por el paraíso perdido de la propia vida que va quedando atrás, como el mosaico de una biografía que se muestra y que se oculta con un narrador y unos pesonajes que sin decir nunca de una manera determinada "esto es ficción", o "esto es real". Pero siempre, siempre de vuelta para arrojar al viento el polvo de un paisaje que la vida ya no puede soportar.


jueves, 21 de junio de 2012

En ruta



Oregón, 1933. A través de las desventuras de un violento revisor de tren, Shack (magnífico Ernest Borgnine), evoca a la perfección el clima de la Depresión, que estaba presente en el mundo rural como un fantasma de miseria humana, tanto material como moral. Shack, orgulloso de su tren, está dispuesto a defender por la fuerza el convoy de polizones y vagabundos. Pero, al final, será derrotado por un desheredado de la fortuna.

Aparentemente sin argumento, su guión literario es denso: ese tren que cruza el Estado viene a ser como el símbolo del progreso, del resurgir de un país en crisis, que intenta coger en marcha el vagabundo protagonista, A- número 1 (el gran Lee Marvin), para no quedarse atrás: el pueblo, con ánimo de sobrevivir; mientras el jefe del convoy - el temido tren número 19 - viene a representar el poder, la autoridad constituida, que encarna el duro Shack, tan exuberante como de costumbre. Y el enfrentamiento de ambas fuerzas es neutralizado en parte por un representante de la nueva generación, la juventud (el personaje que incorpora Keith Carradine) creída y fantasiosa, pero inoperante. Ésta es una segunda lectura que podemos hacer a la trama del filme El emperador del norte (1973), de Robert Aldrich, con voluntad hermenéutica.


Todo ello ha sido narrado con buen ritmo por el siempre excelente Robert Aldrich, con apenas concesiones a la galería, sin baches de interés ni lagunas de fondo, con una violencia interna que a veces se concreta en una brutalidad guiñolesca, de una dureza escalofriante al final y un tanto desmedida como ya es habitual en este realizador de la generación perdida. El relato, perfectamente subrayado por la balada A Man and a train, original de DeVol, testimonia el ambiente rural de los años 30 y describe con precisión a unos tipos humanos. Al mismo tiempo, ofrece una profundidad psicológico-existencial poco corriente en esta clase de películas, la cual de algún modo desvela la postura algo ácrata de su desaparecido autor, quien había aprendido el oficio como ayudante de dirección de Lewis Milestone, Jean Renoir, Joseph Losey y hasta de Charles Chaplin que, en 1954, ya había fundado su propia firma productora The Associates and Aldrich.


El emperador del norte es una película con clase, inolvidable. Secuencias tan logradas como las correrías del tren al amanecer o las de los vagabundos haciendo ladrar a un policía, son buena prueba de ello.



Si sois de aquellos que gustan de las historias de trenes de cuyos vagidos estremecieron los amaneceres y cruzaron los paisajes de la desoladora Historia con orgullo, pero con el inconveniente de aquellos audaces vagabundos que no se resignaron a la pasividad, os recomiendo En ruta, del gran Jack London.


                                                        

martes, 19 de junio de 2012

Aquí un amigo holmesizado


Para mi amigo Josep

 A Sherlock Holmes le han dado muchísimas  oportunidades, no creo que haya otro personaje literario al que más veces hayan acudido otros escritores que aprovecharon la criatura de Conan Doyle para tejer sus propias aventuras y exponer sus personales versiones.

Esta es mi colección particular de pastiches holmesianos.


Adrian Conan Doyle, hijo del famoso autor, escribió Las hazañas de Sherlock Holmes, en colaboración con John Dickson Carr. William S. Baring-Gould estableció, en Sherlock Holmes de Baker Street, una especie de biografía del detective. Merece citar Un problema de tres pipas, del escritor policíaco Julian Symons, y Sherlock Holmes y el misterioso amigo de Oscar Wilde, de Russell A. Brown, texto de 1988.


Sherlock Holmes contra Fu Manchú, de Cay Van Ash, publicada en 1989. En 1992, apareció en España un relato de 1978 de Fred Saberhagen, que une a nuestro detective con un célebre pesonaje contemporáneo suyo literariamente: Sherlock Holmes y Drácula


 La colección Etiqueta Negra, de la editorial Júcar, ofreció en 1987 un texto titulado Sherlock Holmes a través del tiempo y el espacio, serie de relatos cercanos a la ciencia ficción, recopilados por Isaac Asimov, que incluye textos de Philip J. Farmer, Poul Anderson, el ya citado Saberhagen, el propio Asimov y varios otros autores especializados en el género.


En la Serie Negra Policial de Barral (otro clásico editorial), apareció en 1975 un volumen que pretendía sacar a la luz las hazañas de los competidores de Holmes, durante mucho tiempo oscurecidos por la fama del maestro. El tomo, preparado por Hugh Greene, hermano de Graham, se llama Los rivales de Sherlock Holmes. Y en 1970, mientras de Billy Wilder montaba en Londres La vida privada de Sherlock Holmes, Michael y Molly Hardwick, especialistas en Conan Doyle, en Dickens y en otros autores victorianos, publicaron La vida secreta de Sherlock Holmes, sobre el guion del filme.                                   


Cabe destacar una novela que le tengo mucho cariño de Maurice Leblanc, el genial creador de Arsenio Lupin, el ladrón de guante blanco por excelencia: Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes una sátira que el autor francés arremete contra el detective más famoso de todos los tiempos.



 En 1974, Nicholas Meyer, escritor que fue luego director de cine, publica Elemental, doctor Freud (Solución al siete por ciento),  que también dio lugar a una película, dirigida por Herbert Ross. El mismo autor, animado por el éxito de unir a Holmes y a Freud, decide relacionarlo con Bernard Shaw, Oscar Wilde y Bram Stoker y publica, en 1976, Horror en Londres.              


Adiós, Sherlock Holmes, de Robert Lee Hall, una novela de 1977 con curiosísimas versiones de los orígenes de Holmes y de su peculiar relación con el profesor Moriarty. En 1981, Alexis Lecaye escribe Marx & Sherlock Holmes, una novela francesa que el mismo año publica en España Mascarón. Memorias de Mary Watson, otro pastiche francés, escrito por Jean Dutourd, es publicado por primera vez por Noguer en 1983, y, después en Valdemar. Y toda la serie de Los archivos de Baker Street de Valdemar: La venganza de Moriarty de John Gardner, El caso del anillo de los filósofos de Randall Collins, La recopilación de cuentos Los casos nunca encontrados por el Dr. Watson, La venganza del sabueso de Michael Hardwick, La última aventura de Michael Dibdin y Los asesinatos de Kentish Manor de Julian Symons.


Para terminar, cuatro aportaciones directamente españolas: Tres pastiches victorianos (Hiperión), de Santiago R. Santerbás, vuelto a publicar en Anaya con el nuevo título Pickwick, Alicia y Holmes al otro lado del espejo, muy, muy recomendable. La escritora Mercedes Abad, en su Libro de relatos eróticos ligeros libertinajes sabáticos (Premio La Sonrisa Vertical 1986), se permitió faltar al respeto a los dos colaboradores en investigaciones criminales (Watson y Holmes, por supuesto), aquí bajo sospecha de mutua atracción sexual, en Dos socios inolvidables, o el erotismo de la lógica. En 1994, Carlos Pujol publicó en Pamiela un curioso caso de los dos detectives en Andalucía, titulado Los secretos de San Gervasio y Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes por el mismo autor en Menoscuarto. Y por último, en 2011, el descarado y genial Alberto López Aroca con su Sherlock Holmes y los zombis de Camford, publicada en  Dolmen Editorial.


Os voy a dejar tranquilos, frenando tanta lista y cita editorial. Y no hago recuento de los rostros cinematográficos que han prestado a Holmes diferentes películas, porque este post se convertiría en un catálogo más que otra cosa, y, no nos engañemos, las cosas del cine son más conocidas que las del libro. Por eso me ha parecido interesante aproximaros a todos los títulos publicados en castellano, la mayoría de escasa difusión, salvo para los holmesizados, entre los que me cuento. Y algunos habrá, espero, entre los que me lean.

"¡Watson! La partida continúa"
Sherlock Holmes 


sábado, 16 de junio de 2012

La Vía Láctea del cine



Para Alfredo. Lo prometido en deuda

Centauros del desierto (1956), de John Ford la vi por televisión de niño. Después en BETA. Más tarde en VHS, y, más recientemente en DVD. Y, ayer estuve haciendo cola en el cine Verdi de Barcelona, porque allí se proyectaba la película después de no sé cuántas décadas. Por fin podía verla en su formato original: VistaVision. Me sentía emocionado, allí, en la cola, enrollando mi entrada dándole forma de tubo con mis dedos. Me dije que en la cabina de proyección estaban los grandes rollos de Centauros del desierto, fuera del alcance del polvo de nitrato. Volví, por unos momentos, a revivir mi pasado cuando todavía el cine era el mayor espectáculo del mundo. Mientras esperaba la apertura de las puertas me dije, veamos Ford: un tipo hablando ante una tumba, plano fijo. Cielo nuboso, que amenaza tormenta; o un baile: los oficiales bailan, sobre el mostrador - una mesa alargada con mantel de flores - la ponchera... Nadie puede filmar como Ford. Es imposible. Los que lo han intentado - Andrew V. McLaglen, Hathaway, Sherman... -, fracasaron. El maestro se llevó el secreto a la tumba. Ah, esos segundos términos, esos porches con mecedora, ves al tipo que está sentado en la mecedora y, a la vez, por la ventana abierta de la cocina, la mujer trajinando... Es una cuestión de mirada. Es la sencillez de los maestros. Su óptica es más amplia porque ven más y lo ven en el mejor momento. Y eso no se estudia ni se aprende: es algo innato - Eso lo tenía John Ford y también Howard Hawks.


La cola empieza a avanzar lentamente. Centauros del desierto. El ritmo es el estilo. La importancia de los marcos de las puertas. El regreso a casa de alguien que no tiene casa. Ahora me siento en mi verdadera casa. He regresado. Antes de que se apaguen las luces me aferro a mil últimos pensamientos. Película más abstracta que Centauros del desierto no se ha hecho. Ese personaje de Ethan es uno de los más complejos y poliédricos que han aparecido en una pantalla. Se apagan las luces para iluminar el mundo.


Centauros del desierto, es sin duda su obra más enigmática, más abstracta, de la que nunca tendremos la clave. Nadie puede explicarla. En apariencia, es un western como otros muchos: se trata de buscar a unos chicos que raptaron los indios. Pero, no. En la cabeza de Ford había, además otras cosas... John Wayne es un aventurero solitario que anticipa la era cyberpunk; estamos ante la pasión de los solos. Y Wayne mira siempre como si tuviera un tumor cerebral. Ford es como el código de circulación de las imágenes, La Vía Láctea del cine.

Dado el sentido del humor, el calor humano y la nostalgia de los westerns de John Ford, desde La diligencia (1939) hasta La caravana y Río Grande (ambas de 1950), parecía casi imposible que se dejase influir por la moda del western psicológico aparecida en 1947 con Su única salida, de Raoul Walsh e interpretada por Robert Mitchum, en donde el protagonista intenta desesperadamente averiguar por qué le persiguen tan enconadamente, y es mucho más que el primer western psicológico de la historia del cine. La dinámica de la película pone de relieve la necesidad del héroe de conocer su propia identidad y su pasado antes de poder dar un sentido a su vida y actuar de manera correcta.


Sin embargo, Centauros del desierto demostró ser su obra más angustiada y desesperada hasta el momento. No se sabrá nunca si Ford se dejó o no influenciar por esa nueva tendencia; pero, lo que resulta innegable es que, antes de Centauros del desierto, ninguno de sus héroes se había atrevido a poner en duda la filosofía populista en la que se apoya la visión del Oeste de este autor. Y eso es precisamente lo que hace Ethan Edwards, el amargado y nihilista protagonista de este filme. Muestra el desprecio que siente hacia las normas y hábitos en los que se apoya la sociedad cuando irrumpe secamente en el funeral de su hermano y su cuñada para iniciar su implacable persecución de Scar  y Debbie. Luego, al volver con las manos vacías a mitad de su búsqueda, estropea la boda de Laurie Jorgensen y el insípido ranchero Charlie McCorry. Como consecuencia de esta intervención, Laurie reanuda su romance a larga distancia con Marlin Pawley, el joven que acompaña a Ethan en esta búsqueda, cambiando así al hombre estable por el vagabundo. Ethan es el agente de esta traición al interior universo hogareño de Ford; y, a lo largo de todo el filme, el espectador le acompaña en su recorrido desde los límites de la civilización hasta los de la barbarie y la destrucción.


Prácticamente todos los gestos y acciones de Centauros del desierto reproducen y reflejan la amargura interna y las obsesiones de Ethan. Pensemos por ejemplo en el momento en que Martha, la mujer de su hermano, acaricia la esclavina de Ethan, en un gesto que revela toda la intensidad de su amor imposible. La posterior violación de Martha por Scar parece una expresión pervertida del frustrado deseo sexual de Ethan hacia ella. En otra escena, Ethan se divierte a costa de Martin cuando éste compra sin proponérselo una esposa india; incidente que reproduce en tono cómico la entrega de Debbie a Scar, una unión contra natura, que provoca el intenso odio que siente Ethan hacia su sobrina. Esta se va desarrollando a lo largo de Centauros del desierto de manera engañosa lenta y tranquila. La tensión crece así poco a poco, hasta llegar al clímax, en el que Ethan atrapa finalmente a Debbie.


La calma vuelve cuando, inesperadamente, Ethan levanta a Debbie en sus brazos en lugar de matarla, y la vuelve sana y salva a casa de los Jorgensen. No obstante, el personaje central de la película no es Debbie, sino Ethan; quien, a diferencia de Martin, queda libre para casarse finalmente con Laurie, no encuentra un lugar en la sociedad civilizada y basada en la familia. Tras haber cuestionado los valores tradicionales del orden y la estabilidad en los que se basa toda su obra, Ford se refugia en último extremo en ellos.

El plano final del filme es el de una puerta que se cierra, preservando así la paz del hogar, mientras que Ethan se aleja solo por el desierto, como el espíritu del indio muerto contra cuyos ojos ha disparado al comienzo de la película "para que vague eternamente sin encontrar reposo". Su búsqueda no ha terminado ni podrá terminar nunca.

Cuando salí del cine me dije que probablemente no volvería a ver jamás Centauros del desierto en una pantalla grande y se me hizo un nudo en la garganta. Condenado como Ethan, sin hogar. La pasión de los solos.


miércoles, 13 de junio de 2012

Escuchando el silencio


Más de medio siglo en el exilio, Watertown, el disco menos comercial de la carrera de Frank Sinatra. Aunque le fue esquivo el éxito comercial, a lo largo de los años se ha convertido en objeto de culto para conocedores y especialistas de la música popular americana. Watertown puede parecer una simple historia de amor malograda, pero una escucha cuidadosa revela mucho más que lo que se ve superficialmente. Su austeridad y desolación calan hondo.

En el momento de su grabación, Sinatra no era ajeno a sus trabajos musicales de tristeza y corazones rotos, pero siempre había habido un fuerte argumento romántico en su obra. Watertown es una pieza maravillosamente estilizada y de profundos subtextos, matices y colores. Fue un trabajo que, adelantado a su tiempo, dibujaba el comienzo de la desintegración de la familia nuclear sin fuegos de artificio. Watertown fue un precursor del movimiento posromántico en la canción popular.

En una serie de soliloquios, el anónimo narrador nos cuenta su triste historia de pérdida personal y redención no conseguida. Su mujer le ha dejado a él y a sus dos hijos por la tentación de la gran ciudad, y su ausencia se siente palpable en el aire. Pese a que es comprensible la razón por la que alguien querría huir de la aburrida y sombría Watertown, empatizamos con el hombre que se ha quedado atrás. Es un hombre desesperado, la personificación de todo lo prosaico que hay en un pueblo, una figura solitaria que sufre un tormento inaguantable. Pero, expresando unos sentimientos eternos hacia un amor que ha perdido definitivamente, encuentra salvación en la palabra escrita y tiene lugar una extraordinaria transformación. En su dolor encuentra una profunda comprensión de sí mismo, y la percepción de lo que ha perdido y por qué. Hay una belleza terrible en todo esto.


Sinatra, cuya interpretación es simplemente asombrosa, hace picadillo la frugal y sombría poesía de Watertown. Nunca se le escuchará más vulnerable o solo, especialmente en canciones como Michel & Peter, el tour de force del álbum. En ella, un hombre escribe lo que parece una carta normal. Pero sus emociones están fuera de control, al borde de la histeria. Es una cuerda floja por la que Sinatra camina con una soltura vocal inédita. A lo largo de este disco, sus interpretaciones poseen una autenticidad inefable.

Para conferirle más caché al renacimiento de este tesoro perdido, se escucha por primera vez un pequeño milagro de canción llamado Lady Day en homenaje a la diosa exquisita Billie Holiday; una coda que pone el punto final a la historia de la mujer ausente que rompe con su marido y sus hijos: "Vi a la mujer como alguien con talento. Quería ser artista o cantante. Él no quería salir del pueblo. Sus objetivos eran la familia y su negocio. Era el tipo de hombre que de verdad vive en Watertown. Ella era más inquieta, una mujer más contemporánea. Quería hacer otras cosas. No estaba tan liberada como para decírselo a él, y pensó que él no lo iba a entender. Él era básicamente un buen tipo, pero ella quería más. Abandonó a su familia y se lanzó a la búsqueda de su carrera. La posdata es que no sabemos si lo consiguió y si mereció la pena". Fue borrada del disco original. Sinatra lo regrabaría después con algunas palabras cambiadas, un arreglo nuevo y una interpretación vocal muy diferente. Watertown tiene hoy más relevancia porque la espectacular transfiguración de la escena americana lo ha provocado así. Lo que entonces era algo anómalo hoy es normal.


Una advertencia final: Watertown no es para el oyente eventual. Es un álbum que requiere de atención plena. Después de ponerlo muchas veces descubrirás que lo más importante es lo que no se escucha. Ay, yo quisiera escribir como canta Sinatra, con abandono, pero no hay manera.

Os invito a que escuchéis el magnífico tema What's now is now, una de mis canciones favoritas de Watertown. Hay una parte de culpa en esta canción. Es el tema que explica la historia. Y aún, en esta misiva, el protagonista ofrece olvidarlo y comenzar de nuevo.


                              

lunes, 11 de junio de 2012

Un frágil secreto


 Si tuviese algún artilugio con que medir la calidad de mis directores predilectos, diría que son aquellos cuya última película acaba siendo su gran testamento literario en una obra maestra. Pongo varios ejemplos: Dublineses/Los muertos (1987), de John Huston, y Siete mujeres (1966), de John Ford.


Cualquier director de los que admiro se despidió con una obra que condensa toda su experiencia, tanto vital como cinematográfica. Ayer visioné la última película de Jean Renoir, El pequeño teatro (1970). En ella proporciona una vesión definitiva de en qué consistía su genio. Es exactamente el tipo de película que cabe esperar de un creador que ha completado ya su obra y que, sin embargo, elige despreocupadamente recapitular todos sus temas principales, como podría hacerse hojeando un libro de memorias. La premisa de la película es resumida por el viejo y sabio Duvallier, que va introduciendo cada una de sus partes. "La vida", exclama "es solo soportable gracias a pequeñas revoluciones constantes... Revoluciones en la cocina... en los dormitorios... en las calles de los pueblos y ciudades... tormentas en un vaso de agua".


Según Jean Renoir, así es como funciona el mundo; en sus películas se distorsionan ligeramente las normas de la sociedad, personajes algo más inteligentes que otros cometen ciertas regularidades, y los espíritus libres asumen determinados riesgos con calma. Algunos encuentran la felicidad al final, mientras que otros mueren sin sentido; nada de eso importa apenas pues, como señala Duvallier, todo lo que quedará al final será la letra de una agridulce cancioncilla cantada a coro generación tran generación.

"Cuando todo haya terminado
cuando hayan muerto todas las esperanzas
¿Por qué lamentar los días pasados?
¿Por qué arrepentirse de los sueños esfumados?

El pequeño teatro está de acuerdo con el carácter de su autor. Cuando cae el telón rojo sobre el escenario del pequeño teatro, al igual que cuando caía al final de La carroza de oro (1953), tenemos la sensación de que Jean Renoir nos está dejando un frágil secreto, un secreto mil veces perdido y reencontrado.
Renoir dijo algo parecido acerca del trabajo de su padre, cuando se acercaba el final de la vida del pintor.

"Reposa, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre los vivos y sobre los muertos".

James Joyce, Los muertos


domingo, 10 de junio de 2012

Tiempo


J. F. Sebastian regresa fatigado a su casa, ha sido un día duro, trabaja en la Tyrell Corporation como diseñador genético. Cuando llega a su apartamento, en la cuarta planta del Bradbury Building, dos pequeños seres animados con atuendos grotescos salen a su encuentro. Le saludan y tropiezan provocando la risotada de su dueño, que los ha diseñado en sus ratos libres: "Me fabrico amigos". El sabe que sus criaturas vivirán más que él, pues padece un irreversible proceso de envejecimiento acelerado, el síndrome de Matusalén, que le hará sucumbir antes que sus creaciones. Lo que aún no sospecha es que además morirá a manos de un replicante que ha ayudado a construir.


Pero los replicantes, saben que deben morir a los cuatro años, y al igual que los hombres buscan desesperadamente su eternidad. Se rebelan contra sus genitores y les exigen longevidad. No es tan solo la "paradoja del creador", donde las criaturas se rebelan contra su amo, es algo mucho más impresionante: pretenden obtener todos los atributos de una máquina, además de los de un mortal. Este es precisamente su gran error, no librarse de las desventajas terrenas, del deterioro. No saben los replicantes la ventaja que tenían por desaparecer sin envejecer. La seguridad que les confería el tener conectado un dispositivo de marcha atrás. Gozar de cualidades  perfeccionadas durante cuatro años pero escapar a la decrepitud.


Los replicantes, sumidos en un estado de infancia espiritual, luchan desesperadamente por tenerla. Roy que ya ha nacido como hombre, sueña más allá de las fronteras cuando ha visto cosas portentosas. Ha intuido la salvaje belleza del mundo. Asimismo ha intuido su dolor, y el peor dolor, lo sabe ya, es desvanecerse como las lágrimas que se pierden en la lluvia. Ha sido presa de una incomprensible violencia. Ha sido destruido y también él, en el último acto, puede destruir. Pero acepta otra venganza: la piedad humana contra la impiedad del cosmos. Deja que viva aquél que aún tiene vida. Por frágil, mentiroso y efímero que sea el tiempo que le va a ser concedido.


Allí, en la azotea del edificio Bradbury, como un cuadrilátero neoclásico después de un combate, patinado de ruinosas memorias brillando bajo la lluvia, la cabeza greco-romana de Nexus 6, pronuncia las últimas imágenes en presencia del pesimista Deckard ejecutor de la ley: "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir."

Roy, languideciendo como el brillo de una estrella, suelta la blanca paloma que retenía dulcemente en su mano, y ésta emprende un vuelo ascendente y estelar sobre el Lloyd's Bank de Richard Rosers. Roy, convertido en mármol griego, ya no siente la lluvia resbalando por su cabeza ni la pátina que el tiempo produce.

Si desean conocer un fragmento de vida de este replicante que escribe (aqui).

miércoles, 6 de junio de 2012

Waukegan



A la memoria de Ray Bradbury (1920-2012)

Waukegan, en el estado de Illinois.
Pocos seres llevarán (o habrán llevado) tan entrañablemente archivada una ciudad dentro de sí, y pocos escritores, igualmente, la habrán tenido tan presente, con tanto amor y agradecimiento, a lo largo de su obra, como Ray Bradbury a Waukegan. Porque para  Ray, Waukegan no es únicamente la porción de tierra donde nació: es más, mucho más aún. Un mundo, casi mágico, lleno de ilusiones, de rabiertas, de experiencias inolvidables, de desengaños también, pero, sobre todo, de recuerdos. Waukegan es el planeta favorito de Ray. Y no es para menos, porque es el planeta de su infancia. Una botella, una bodega repleta de botellas, llenas y bien taponadas - sólo para abrirlas en las grandes ocasiones; y así hay que hacerlo, para que no pierdan el aroma -. Botellas empolvadas y sin etiquetas, que guardan cosechas de los años felices; que esconden el universo (de cien, de mil, de un billón de dimensiones) de algo tan fascinante, trágico y maravilloso como es un niño. Cuando Ray abre estas botellas - cosechas de 1927, 1928, 1931... -, y se sirve una copa (para lo cual es necesario que baje al sótano de su casa de Los Angeles y se cubra con un guardapolvos), el vino del pasado se le desborda por todo el cuerpo, se le desparrama de la cabeza a los pies, y le inunda de nostalgia, alegría y tristeza. Los primeros juegos. La escuela. El miedo a la noche y al silencio, con la cabeza oculta por las sábanas. Las vísperas de los grandes días, de las fechas ardientemente esperadas - la salida del número de un cómic, el estreno de una película, la emisión de un programa radiofónico -, cuando uno no piensa más que en que llegue al fin ese maldito día... Entonces surgen, gracias al vino de Waukegan, las maravillosas tiras de dibujos empaquetadas en un viejo baúl: las aventuras de John Carter, en Marte, de Tarzán de los monos, de Buck Rogers y del Príncipe Valiente. Y desde cada viñeta coloreada, llegan, ruidosos, a todo volumen, los amados programas de radio, que eran capaces de dejar a un chico sin pestañear durante una hora, y el tibio y dulce recuerdo de las películas de Jack Hoxy, y de Lon Chaney arrastrando la joroba por un Notre-Dame de cartón piedra, y de los policías de la Keystone, que se pasaban la vida corriendo.


Las botellas de Waukegan contienen también, ¡cómo no!, miles de helados de vainilla, envases rebosantes de zarzaparrilla y esperadísimos postres de tarta de manzana o de frambuesa; esos que, desde que uno los empieza a oler en el horno, a media mañana, hasta que se los come, parecen haber estirado el tiempo, haciéndolo eterno. Y cada sorbo de ese vino tan especial, es volver a jugar hasta que el sudor empapa la camisa - y hay que cubrirla con un jersey para no coger frío -, y las mejillas se ponen encarnadas; y volver, ¡cómo no!, al primer amor, a la novia de nueve años, esa novia cuya sonrisa, al anochecer, se concentra en unos ojos alegres y brillantes.


En los mapas, Waukegan es un punto apenas visible de los Estados Unidos, donde una pequeña marca indica hoy que sus habitantes casi llegan a los setenta mil. Pero para Ray, Waukegan siempre será un pueblo envuelto en cosechas de trigo, de maíz, de cebada y de dientes de león. Un diminuto reino de porches, hamacas, puertas de tela metálica y desvanes silenciosos, de los que cada año - y por riguroso turno - las madres van sacando la primavera y el otoño, el verano y el invierno.


Waukegan está rodeado por un río, un lago, un bosque y una enorme pradera. El río es pequeño, de aguas frías y trasparentes, y siempre huele a nieve. El lago es el hijo predilecto del gran Michigan, nada menos, y su color es azul por las mañanas y verde por las tardes. El bosque, espeso y de altos árboles, es el pulmón por donde respira toda la ciudad. Y la pradera es ya una pradera sin búfalos, claro, aunque de vez en cuando el aire nos traiga sus mugidos. Pero en todos estos lugares, todavía los niños, si se fijan bien (como hizo el pequeño y poeta Ray Bradbury), pueden ver las huellas de mocasines dejadas por los algonquinos (con su gran jefe Pontiac a la cabeza), y hasta otra clase de huellas, hechas con botas de cuero: aquellas de los piratas barbudos que bebían grandes barricas de ron. Fue aquí, en el bosque y en el río, en la pradera y en el lago, donde Ray se dio cuenta, por primera vez, de lo que significaba vivir. De que estar vivo era oler el aire, sentir la lluvia, mirar los colores, oir cantar a los pájaros, y notarlo todo, aprehenderlo todo, de tal forma que pareciera que siempre iba a ser así.


Waukegan, cinco sentidos recién abiertos al universo; el primer álbum de coleccionar sensaciones. Waukegan, un caleidoscopio inacabable de ruidos, olores, sonidos, imágenes, lugares, palabras... Ray vuelve a taponar la  botella y se quita el guardapolvos, en el sótano de su casa de Cheviot Drive, en Hollywood, flota un olor a viejas canciones de Al Jolson y a intrépidas aventuras de Flash Gordon. Un segundo antes, tranvías de color naranja tintineaban por las calles de Waukegan, en lugar del inmenso atasco de tráfico y el oxidado cuenco de un radiotelescopio montado sobre una cumbre cercana, plato de mendigo tendido hacia el banquete del universo.


Todas la imágenes pertenecen al gran  Andrew Wyeth

domingo, 3 de junio de 2012

Parque de atracciones



Dedico este texto a mi hijo Alex

Hace unos años tuve una pesadilla. Estaba en un parque de atracciones abandonado bajo una fina lluvia ácida y un cielo oscuro. Me introduje en una atracción de cuyo nombre estaba escrito en un letrero deteriorado por la intemperie, colgado de un saliente de hierro, un cartel que crujía melancólicamente con el viento: El Túnel del Terror. Las vagonetas estaban fuera de los raíles. Pasé por encima de aquel destrozo para dirigirme hacia el interior de la gruta. Entonces me dije en voz alta a medida que avanzaba: “Veo el fin de la humanidad como un parque  de atracciones abandonado”. Me desperté de súbito muy atemorizado, pero también muy frustrado por haber despertado demasiado pronto sin saber con lo que me iba a encontrar en mi inquietante aventura.


De niño me encantaban los parques de atracciones. Para mí eran los espacios esenciales donde podía materializar mi exacerbada imaginación. El Tiovivo, de cuyo corcel majestuosamente tallado en madera, me servía para cabalgar hacia horizontes lejanos. Me subía a La Montaña Rusa para desafiar la ley de la gravedad y a todos los vientos en un doble looping que desataba de mi interior un grito de guerra, listo para todas las batallas. Me paseaba por La Casa de los Espejos, como una Alicia, con mi cuerpo distorsionado desafiando las leyes de la anatomía hasta convertirme en un  monstruo dispuesto a espantar a mis peores enemigos. Me adentraba en El Laberinto Mágico de cuyo esfuerzo orientativo  tenía que conducirme hasta el mismo corazón de mi propio ser. Era un Minos, pero sin sentir odio por el Minotauro. Esperaba emocionado en la estación del horror a que llegara El Tren Fantasma que me daba la oportunidad de subir a su vagón de dragón de ojos de fuego para llegar al centro de la tierra. Los ojos centelleantes del dragón iluminaban, esporádicamente de entre las sombras, criaturas horribles y maravillosas a la vez. Para calmar los nervios de tantas emociones y aventuras me subía a La Noria Gigante. Era el lugar idóneo para besar a la chica en la cúspide de la cima. Desde allí podía llegar a tocar las nubes de septiembre. Si subía en las noches de agosto podía tocar las estrellas con las dos manos, y la ciudad, allí abajo, se convertía en un mundo puntilloso e insignificante fuera de combate en una lucha absurda de la vida. El placer que me daba Los Autos de Choque; superaba al más ingente de los millonarios subidos a sus ferraris recorriendo autopistas hacia ninguna parte. En el auto de choque desataba mi agresividad contenida que echaba chispas en el cielo de alambre y lona. El Castillo del Terror era lo más con sus mil puertas engañosas y monstruos aguardando detrás de cada una de ellas. Allí aprendí que si en la vida no arriesgas, el miedo siempre te vencerá en detrimento de quién lo impone. Y mucho más. Mucho más. Allí nuestros padres cambiaban de semblante, eran más condescendientes. Te subías a una atracción y en cada vuelta los veías sonrientes custodiándote el palo de azúcar y el globo. Dos niños recuperados en un momento fugaz.



Todo esto lo experimenté en los dos parques de atracciones que existieron en Barcelona: El Tibidabo y El parque de atracciones de Montjuïc. El primero se inauguró en 1900 y fue el segundo parque de estas características de toda Europa. Era un lugar realmente entrañable. Solo el modo de llegar allí – el funicular – ya era toda una atracción. Fue fundado por el Dr. Andreu, el de las famosísimas “pastillas para la tos Juanola”. Como un cuento de hadas. En el parque llegaron a realizarse unas cuantas películas. Las más famosas fueron: La vida es magnífica (1964), de Maurice Ronet. El maquinista (2004), de Brad Anderson y Vicky-Cristina-Barcelona (2008), de Woody Allen. También estuvo allí para inaugurar una atracción: El Pasaje del Terror, el mismísimo Anthony Perkins. Cortó la cinta con unas tijeras que no quiso soltar. El gran actor: elegante y tímido, todavía le quedaba los tics de Norman Bates.
Pero ni Bates se hubiera atrevido a realizar semejante villanía. El Tibidabo entró en decadencia por culpa de los nuevos directivos; yupis y tiburones de las finanzas. Destrozaron mi mundo infantil. No dejaron ni un solo vestigio del pasado. Talaron árboles para construir viviendas para ricos. Los técnicos dejaron de revisar las atracciones como era debido. Una atracción llamada El Péndulo cedió a su peso y el brazo articulado que elevaba a los pasajeros a 38 metros de altura cayó a una velocidad de 100 km/h en 2.8 segundos. Una niña de quince años perdió la vida. Los tiburones obligaron a sus empleados que no hicieran ningún tipo de declaración.
Hoy el parque sigue en activo pero ya no es ni la sombra de lo que fue.



Parque de atracciones de Montjuïc. Se inauguró en 1966. Allí pasé momentos inolvidables y nunca olvidaré aquella atracción llamada El Tren Fantasma, que me introducía al corazón más oscuro de las antiguas civilizaciones. El parque sufrió el mismo destino trágico. Intereses financieros acabaron con la savia. Para desacreditar el parque, unos seres muy oscuros surgidos de oficinas que harían palidecer al mismísimo Diablo, manipularon la vagoneta de El Tren Fantasma; ese dragón de ojos de fuego. Dos personas resultaron heridas. Salieron despedidas y chocaron contra un muro. El tren quedó descarrilado como en mi pesadilla. El parque fue clausurado para siempre en 1998.


Este fue mi dragón de ojos de fuego (El Tren Fantasma)

Poco tiempo después volví a ese lugar y me encontré con esta visión apocalíptica:




Deseé con todas mis fuerzas que los responsables corrieran el designio de la historia de la novela de Ray Bradbury, La feria de las tinieblas. Bradbury cita al principio del libro a W. B. Yeats: “El hombre ama, y ama lo que desaparece”. Yo más bien diría: “El niño ama, y ama lo que se le arrebata”.


O que se vieran envueltos en la misma situación que los personajes de la película La casa de los horrores (1981), de Tobe Hooper.


Luego vino la adolescencia que es la indefinición, la perplejidad ante el entorno, la insatisfacción. Una etapa doliente. Atrás quedaba la magia de la infancia, esa felicidad para borrar los límites entre el juego y realidad, soñar despierto o creer, en definitiva, que todo o casi todo podía ser posible.

Os invito a que veáis este vídeo que encontré por azar y que me ha emocionado sobremanera. Desde aquí le doy las gracias a su creador Sergio Alfonso que recupera una vieja película en Super 8 de su infancia filmada en el parque de Montjuïc en 1974, justo en el mismo año que yo pululaba por allí, y ha solapado imágenes del parque abandonado antes de su definitiva desaparición. El final del vídeo me ha estremecido por la gran similitud de la pesadilla que cuento al principio de este largo texto.