Me fascina el cortometraje Toby Dammit (1968), de Federico Fellini basado en un cuento de E.A.Poe, e incluido en una película de coproducción francoitaliana, titulada Tre passi nel delirio, en compañía del Metzengerstein de Roger Vadim y del William Wilson de Louis Malle.
"Aquel viaje iba a pesar mucho en mi vida", dice la imposible voz de Dammit hablando desde el cielo, desde el avión, cuando cuenta su llegada a Roma a través de los cielos inflamados. Un muerto habla sobre el viaje que le costó la vida y se dispone a desplegar para nosotros su delirio, una vez más.

Dammit aterriza en la telaraña de señales blancas del aeropuesto de Fiumicino - del reverso infernal del aeropuesto de Fiumicino -, ardiente de rojos del crepúsculo, y camina como una cámara subjetiva sin cuerpo por pasillos dotados de pantallas de video redondas y de aspecto un tanto gótico - que hace pensar en El retrato oval de Poe - desde donde emiten informaciones ininteligibles unas azafatas azuladas y sonrientes. La gente se asoma asombrada, aterrada o indiferentes a la cámara, al vacío que es Dammit, que no aparece todavía en imagen pero que crea la imagen con la mirada. No le vemos a él: vemos lo que él ve y como él lo ve. Vemos la parálisis del mundo, los movimientos desaforados o descoyuntados, los ritos. Luego, las llamas del crepúsculo dejan paso a un fondo floral y Dammit es arrebatado de su refugio en la sombra y en la oscuridad del fuera de campo como una mariposa nocturna. Se protege con los brazos, sonríe y hace muecas de dolor ante los flashes de los fotógrafos. No quiere ser iluminado, odia la luz, es un príncipe de las tinieblas, un vampiro. Dammit trae consigo desde las tinieblas la desesperación de los condenados, y la exhibe y la trabaja como actor en todo momento y en cada uno de los planos del filme. "Es todo un personaje", comentan los de la productora que le ha hecho venir a Roma a rodar "el primer western católico."

Lo que realmente me impresiona de esta obra maestra de 37 minutos de duración, en tanto que recreación del universo siniestro de Poe, no es la historia sino la atmósfera, el personaje, el extrañamiento delirante de las imágenes, la creación de un mundo hierático y angustioso como el de las peores pesadillas. Muchos maestros de la literatura fantástica, entre ellos el mismo Poe, crean sus ficciones desde el punto de vista infernal de la realidad; su método de extrañamiento es la contemplación del doble infernal de las cosas. Fellini lo intuye y si bien esa visión aparece en otras películas suyas, como Satyricon (1969) o, sobre todo, Roma (1972), en esta alcanza el esplendor de lo absolutamente pertinente. Fellini sabe, además, que el expresionismo es la manera de ser cinematográfica del terror. El carácter demoníaco de Toby Dammit no es gótico sino expresionista, y reside en todos y cada uno de sus elementos. Expresionista es su guión, su iluminación, la interpretación de Terence Stamp, los movimientos de cámara y la banda sonora.
El punto de vista es el de un muerto que habla desde su muerte como en Sunset Bulevard (1950), de Billy Wilder. La voz en off de Dammit, acusmática y diabólicamente celeste, emitida desde un cielo de nubes de fuego, desde la nada, narra la aventura de su muerte para los ojos de ese diablo burlón con aspecto de muchacha que le mira y para el que actúa como lo que es: un actor. Su aventura es infernal y su espectadora una diablesa; el relato, una especie de evocación fantasmal, nocturna, que progresa a golpe de flash, de faro, de foco, de luz artificial en definitiva, hacia el encuentro final de la cabeza cortada con la pelota redundante.

Alucinante la carrera nocturna de Dammit con su Ferrari por un mundo de oscuridad en el que solo los faros del coche revelan fragmentos de una realidad fantasmal, será desarrollado posteriormente por Fellini en la Roma de los motoristas. Auténtico road movie terrorífico, este episodio pone de manifiesto más que ningún otro de la película el hecho de que nos hallamos en un mundo interior, subterráneo, sin luz y sin salida, a pesar de que transcurre al aire libre. El espacio acotado por los faros es tan exiguo que acentúa el aspecto claustrofóbico de todo el filme. Los pocos personajes que Dammit encuentra en su camino son muñecos o están petrificados, pero de una manera perversa: los camareros que sirven de reclamo publicitario de un restaurante, que simulan ser de cartón, son en realidad figurantes; un rebaño de ovejas que le corta el paso permanece inmóvil, porque los animales están disecados; su pastor, tullido, risueño y mudo parece un diablo tontorrón. El recorrido no es lineal, alternan tramos de carretera y de autopista con espacios urbanos, algunos muy arcaicos, sin solución de continuidad salvo por el montaje.

Dammit llega al final de su camino y de su vida ficticia ante un puente roto. El tonel al que pega una patada y echa a rodar hacia las tinieblas, le anuncia la presencia del abismo con el ruido de su caída. Entonces sabe - o recuerda - que ahí se acaba su trayecto. Ve a la niña diabla y decide ir a su encuentro de una vez, desplegando un recital de gestos de desesperación irónica, bien aprendida en anteriores ocasiones de ese eterno retorno. Se lanza al vacío y ya no vemos nada, solo oímos algo que percibimos como un aullido siniestro. Pero no lo es: es el sonido del cable que ha segado su cabeza y que vibra en primer plano, goteando sangre. Este sonido, entre chirrido metálico y ladrido, es lo más siniestro de la película. Luego la pelota blanca de la diablesa cae desde las alturas en silencio, ralentizada, rebota un par de veces y va a colocarse mansamente junto a la cabeza de Dammit. La niña sonríe, se arrodilla junto al despojo y se apodera de él como el último acto de un ritual. Un largo fundido en negro. El último plano muestra el amanecer sobre el puente cortado, bordeado de siniestros faroles, como un paisaje surrealista.

Ay, Toby Dammit, te limitaste a exigir brutalmente el Ferrari que te prometieron. Tu cruz secreta y tu viaje de artista a los infiernos.