viernes, 30 de noviembre de 2012

Mis queridos inútiles y vagos


"Bienaventurados los vagos porque solo son egoístas del sol y sombra según el tiempo. Bienaventurados porque son despreciados y les importa un comino."
Ignacio Aldecoa

"Bajo la evaluación común del valor económico, todos los otros valores se desdibujan o desaparecen."
Alberto Manguel

Una de las grandes novelas de la historia de la literatura, Oblomov (1859), de Iván Goncharov llegó a verse como la representación definitiva de la aristocracia rusa, letárgica y miope, del siglo XIX. Tragicomedia agridulce, se centra en uno de los protagonistas más encantadores pero inútiles de la literatura. Pero antes de continuar reflexionemos un poco sobre la palabrita "inútil" junto a Milan Kundera: "¿Qué significa en realidad ser útil? La suma de la utilidad de todas las personas de todas las épocas está plenamente contenida en el mundo tal como es hoy. De lo que se deriva: nada es más moral que ser inútil". Que cada uno saque sus propias conclusiones.

Oblomov es bondadoso, pero carece de la fuerza de voluntad para llevar sus ideas a la práctica. "¡Qué vida! ¡Qué horror ese ajetreo urbano! ¿Cuándo llegará el ansiado y paradisíaco vivir?". Confía en su Zakhar, su sirviente, mucho más capaz, para que le organice su existencia sin sentido, en una versión puesta al día de Don Quijote y Sancho Panza. "Soportaban el trabajo como un castigo impuesto ya a nuestros antepasados, pero no sentían apego a él y siempre que tenían ocasión se liberaban de todo esfuerzo, considerando esa actitud como posible y debida". Enamorado de la bella Olga, sencillamente ni puede dar los pasos necesarios para asegurarse su afecto y la pierde en beneficio de su amigo Stolz, más práctico, aunque menos atractivo. "¡La vida apremia, urge por todas partes". Después de este previsible fracaso, Oblomov se hunde todavía más en el letargo, saliendo apenas de su dormitorio, pese a los buenos oficios de su bienintencionada ama de llaves. "Sintió miedo cuando surgió en su mente la idea viva y clara del destino humano, de su finalidad, cuando la comparó con su propia vida, cuando volvieron a su memoria, una tras otras hechos pasados aleteando medrosamente como pájaros asustados, que hubieran despertado de pronto por un rayo de sol". Oblomov es una novela brillante e inusual sobre las oportunidades despreciadas. ¿Cuántas obras literarias cuenta la historia de un héroe que no consigue el objetivo de su afecto debido a la inactividad? ¿Y cuántas pueden convencer a la mayoría de lectores de que sigue siendo un buen hombre? "La astucia es miope; ve bien lo que tiene bajo las narices únicamente; pero no a lo lejos y por ello cae en la misma trampa que tiende a los demás".

INTERLUDIO 

A Gregorio Samsa no le confunde su metamorfósis en antrópodo sino la angustia de no poder acudir ese día al trabajo, su obligación.

Julio Cortázar narra en una de sus historias de cronopios la portentosa odisea del valiente que abandona una tarde su butaca, desciende la escarpada escalera, desafía el tráfico de la calle, viaja hasta la esquina, compra el periódico y, navegando contra viento y marea, retorna triunfalmente al sillón de su Ítaca.

Anotación en mi cuaderno de notas: La gente pasa el día en la oficina..., intentando trepar, la gente no suele enterarse de que está viva. ¿No fue John Lennon quien dijo que la vida es eso que sucede mientras uno está ocupado en otra cosa?

  "Cuando aparece en el mundo un auténtico genio, lo identificamos gracias a esta señal: todos los necios se conjuran contra él". La cita es del satirista Johathan Swift y el improblable genio en torno al que gira la grotescamente cómica novela de Kennedy Toole es el corpulento Ignatius J. Reilly, un hombre de apetito voraz y erudición extraordinaria. Decidido a pasar el tiempo en su habitación hartándose de comida, despotricando y anotando sus reflexiones en un montón de libretas, un desafortunado giro en los acontecimientos le fuerza a aventurarse a salir al mundo exterior del trabajo. Ignatius escribe: "La mayoría de individuos piensan que todo puede arreglarse si todos trabajamos sin parar". Sí, amigo gordinflón; el dinero es una abstracción, el dinero permite ganar y perder, robar y matar sin mancharse las manos. Así se ve envuelto en una serie de malentendidos y desventuras mientras lucha por enfrentarse a los horrores de la vida moderna. A su alrededor pululan necios, los excéntricos habitantes de unos bajos fondos de Nueva Orleans maravillosamente descritos. La atmósfera decadente añade una nota discordante a esa comedia y se suma a sus inquietantes apuntes sobre la hipocresía y la discriminación escondidas tras la sonriente máscara carnavalesca de la ciudad. Es una novela imperecedera, divertida y ágil que se mueve vertiginosamente por un mundo excepcionalmente desquiciado donde, según Ignatius J. Reilly, "los dioses del Caos, la Locura y el Mal Gusto" dominan a la humanidad. El título de la novela no ha sido todavía superado por ningún otro escritor.

 Y para ir terminando; es una lástima que Miguel Mihura no llevara a cabo uno de los proyectos más importantes de la humanidad:
"Después del mismo modo que otros compran un despacho Renacimiento o una villa frente al mar, yo he comprado una gran pereza que cuido amorosamente para que no le falte ningún detalle. Todos los días ideo para ella una cama especial, una forma distinta de dormir la siesta, un nuevo pretexto para no hacer nada, una postura más cómoda para mirar el cielo. Y así, espero presentar mi pereza en la primera exposición de perezas internacionales que haya y ganar la medalla de honor". 

Soy tan perfectamente inútil y mi vagancia es tan grande que solo sirvo para leer cosas sobre estos tipos. En estos momentos estoy leyendo...

 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El mayor espectáculo del mundo


A la memoria de mi abuela Isabel

De niño me gustaban los barrios en demolición, el extrarradio que veía a través de mis retinas en blanco y negro. Allí iba a jugar con cuatro golfillos, lejos de la mirada atenta y claudicante de los mayores. Era un decorado perfecto para nuestros juegos. Todo lo que estaba bajo la amenaza de una catástrofe, de un gigantesco derrumbamiento nos fascinaba. Pues bien, allí, en aquel barrio de fin de mundo se instalaba una vez al año el circo y el blanco y negro se convertía en tecnicolor.

Yo recuerdo el circo como una entronización del juego, un falso rito en el que todo era posible, y en cuyo redondel, como en el de los toros, se sustituía la tragedia de la vida por la tragedia posible, por la muerte siempre en albur del torero, el trapecista o el domador. Si alguno de ellos moría, moría jugando, que era otra forma de morir. La única alternativa posible a la muerte. Sinceramente, yo amaba el circo. Allí viví la apoteosis del juego, compartí una forma de sociedad en la que un hombre podía pasearse vestido de lentejuelas y otro con una cebra de la mano. Un mago que serraba por la mitad a una mujer asustadiza extraída del público. El lanzador de cuchillos y esa mujer, cuyos secretos íntimos y cuya alma descubría lentamente el cuchillo. Prestidigitadores. Magos. Trapecistas. Animales tan grandes como dinosaurios. Ventrílocuos. Acróbatas. Volatineros. El hombre bala. Magnetizadores. Las grandes gimnastas. Equilibristas, y, lo que más me gustaba de todo: los payasos. 


Recuerdo el olor a serrín, y el de los animales, la misteriosa penumbra allí arriba bajo la gran cúpula, la música desgarradora, ese aire como de juego y ejecución, de fiesta y de tragedia, de gracia y locura, que era el circo. La música de circo tiene que ser así, un poco informe y desconcertada, un mucho chin-chan y mucho chan-chan; formidable, estrepitosa, desvariada, medio matraca y medio batería, siempre ingenua, franca y rumbosa. Solo ella piropeaba y se conducía regiamente con las mujeres de circo, a cuya gracia de toda pompa merecida y vistosa; sobre todo a las amazonas. Yo deseaba que los payasos tocaran más veces los platillos, pero al hacerme mayor descubrí que no los tocaba lo suficiente porque los platillos era cosa de locos y los clowns eran los seres más racionales del mundo. Los clowns se parecían tanto unos a los otros, que parecían que habían entretenido siempre a los públicos, y que conservados por lo saludable y lo oportunista de una gran profesión, aunque ya estaban atrozmente viejos, sonreían aún, desdentados y disecados, momificados, pero perennes. Por lo que se parecía un clown a un hombre que llora, parecía que el clown era un ser triste; pero había que fijarse también que un clown se parecía a un hombre que reía, lo que no estaba reñido en que reía el hombre que lloraba, porque el clown era un hombre que lloraba de alegría. Influía también en que el clown parecía triste, esa media lágrima negra que pintaba en su párpado inferior y esos ojos como hinchados de llorar que se ponía; pero eso no quería decir sino que para desaparecer, para transfigurarse y borrarse, se tapaba los ojos, disimulaba sus ojos, no quería que se le vieran.


El clown era el único que trataba con mimo las pequeñas cosas domésticas, y trataba con cariño una silla o un bastón y amaba a sus ropas y, sobre todo, sentía un amor entrañable por su sombrero, más que nunca cuando se lo quitaba y lo dejaba en el suelo; ¡qué miradas más merecidas le lanzaba! Recuerdo al Augusto que en su rigidez de cara blanca, lo convencional de su representación, lo establecido, el padre, el profesor, con actitudes neuróticas y esquizoides contrastaba con el clown, su contrario, el que se lo cuestiona todo, el que pone todo patas arriba, y por eso todas las patadas van a parar a su culo. Nada más triste que la risa; incluso Gepeto, que sin haber terminado de fabricar a Pinocho éste ya la emprendió con él a patadas.


Ay, el circo, y yo cogido del brazo de mi abuela Isabel, son recuerdos que no quiero olvidar. Empezaba un espectáculo preparado y ensayado, se arriesgaba algo, es decir, se vivía. Esta forma de crear y la mismo tiempo de vivir, sin las normas fijas que han de respetar un hombre de letras o un pintor, zambullido por el contrario en la acción, era fascinante. Esto era el espectáculo circense. Tenía tanta fuerza, hacía falta tanto valor… En suma, el circo y su recuerdo forman parte de mí. Rápidamente, se manifestó en mí una traumatizante, total adhesión a ese bullicio, a esas músicas, a esas apariciones monstruosas, a esas amenazas de muerte. Puedo decir que ese tipo de espectáculo, basado en la maravilla, en la fantasía, la burla, lo absurdo, la leyenda, la falta de significados fríos e intelectuales, es justamente el espectáculo que me va.


He vivido la apoteosis de la muerte del payaso, del circo. El payaso agonizante; ese payaso que siempre fue caricatura de una sociedad establecida, ordenada, pacífica. Pero hoy todo es temporario, desordenado, grotesco. ¿Quién puede reírse todavía de los payasos? Todo el mundo hace ahora un papel de payaso.

Me despido por hoy con el final de la película Los clown del gran director de circo Federico Fellini donde se celebra la muerte del circo, con un aparato barroco de carro de la muerte, caballos falsos, música de la belle époque y personajes grotescos, pero también una apoteosis, el triunfo del circo. Hay un crescendo vertiginoso, una metamorfosis incesante de los números del espectáculo, que se alzan unos con otros como serpentinas, en una travesura imparable hasta la catástrofe final. Dos payasos van hacia su encuentro y desaparecen juntos. ¿Por qué conmueve tanto una situación así? Porque los dos encarnan un mito que está dentro de cada uno de nosotros: la reconciliación de los opuestos, la unidad del ser. Al final queda solo el espacio vacío y la música solitaria. Desaparecen los músicos como fantasmas para volver a dejar ese barrio periférico, ese extrarradio donde yo volvía a jugar y a esperar la llegada del circo.


martes, 27 de noviembre de 2012

Buster


De Buster Keaton siempre me impresionó su visión distante e imparcial de las cosas, de los hombres, de la vida… Buster no hace chantaje con los sentimientos. Sus luchas, sus desastres, Buster no vive para reparar daños o injusticias; no pretende conmovernos ni engañarnos. Al parecer, su esfuerzo obstinado consiste en sugerirnos un punto de vista, una perspectiva totalmente diferente, casi una filosofía, una religión distinta que trastrueca y torna ridículas e inútiles todas las ideas y postulados congelados en una conceptualización inalterable: un ser curioso, resulta directo del zen budismo. Y en verdad Buster tiene de los orientales esa imperturbabilidad, falta de reflejos. Toda su comicidad de los sueños donde la alegoría, la ligereza, el aspecto burlesco se viven en los más hondo, una enorme risotada ante el contraste inmenso, inconciliable, entre nuestros puntos de vista y el misterio de las cosas.


Buster es modernismo, actual. Hoy nos encontramos viviendo, junto a él, situaciones, acontecimientos que nos llenan de un estupor que nos paraliza, nos fija, nos inmoviliza, incapaces ya de reaccionar, tal como era él.

Buster dijo una vez cómo se realizaban las películas en la época dorada: “No creo en los ensayos, preferíamos la espontaneidad de la interpretación. Los filmes se hacían de una manera muy diferente a las de ahora, sin guion, empezando con una idea acerca de un personaje con problemas, una serie de improvisaciones y gags para sacarlo del problema, y finis".

                          

lunes, 26 de noviembre de 2012

Juegos prohibidos


En el primer largometraje que dirigió, La Bataille du Rail (1946), René Clément intentó reproducir con realismo casi documental un episodio de la Resistencia francesa. Juegos prohibidos (1952) está también ambientada en Francia durante la Segunda Guerra Mundial y muestra una gran preocupación por captar la atmósfera y los detalles de dicho periodo histórico. Tal como revelan un titular de prensa, determinadas alusiones de los personajes, la fecha de la etiqueta que lleva el niño al cuello, el momento en el que transcurre la acción son cinco días de 1940, desde el 16 de junio hasta el 20 de junio, precisamente, cuando el Mariscal Petain sustituyó a Reynaud como "premier" y, enfrentado al derrumbamiento del ejército francés, empezó a hacer gestiones conducentes a la paz. Fueron unos días en los que las carreteras de Francia estaban atestadas de civiles que intentaban huir de la invasión nazi y que ofrecían fáciles blancos para las bombas y las ametralladoras de la Luftwaffe.


La secuencia inicial de Juegos prohibidos muestra uno de esos ataques contra una columna de refugiados y recuerda el tono épico de La Bataille du Rail. Pero en su conjunto, esta segunda película de Clément tenía muy poco que ver con la primera. Ninguno de sus personajes adultos muestra la misma valentía que los de los ferroviarios de la anterior, y, de hecho, uno de ellos, Francis Gouard, es un desertor desprovisto de sentimientos patrióticos y del menor pundonor. Con esto no pretendo sin embargo decir que, tras mostrar el valor y la capacidad de resistencia de sus compatriotas, Clément quisiera ofrecernos ahora la otra cara de la moneda.


En su mayor parte, Juegos prohibidos se centra en las actividades de una niña de cinco años que queda huérfana como consecuencia del ataque aéreo mostrado en las primeras escenas, y en las de un niño de once, de familia campesina. De hecho, y a pesar de la exactitud y detallismo con que nos es presentada Juegos prohibidos la guerra sirve sobre todo como contexto vigoroso y dramático en el que desarrollar una determinada visión del mundo de la infancia. Queda claro que ninguno de los niños de Juegos prohibidos es capaz de comprender plenamente la idea de la muerte. Paulette se queda atónita ante los cadáveres de sus padres, pero no parece especialmente afligida. Cuando le dicen que su perro está muerto, la repetición de la frase por parte de la niña sugiere que es la primera vez que ha oído la palabra "muerto". A pesar de tener seis años más y, por tanto, mayores conocimientos, Michel es igualmente incapaz de entender la noción de la muerte, como revelan las escenas que muestran su reacción ante el súbito fallecimiento de su hermano; aunque al principio se queda sorprendido cuando Paulette le pregunta si va a "hacer un agujero" para Georges, luego le resulta casi imposible contener la risa que le provoca esa sugerencia, mientras que los adultos de la familia contemplan apenados el cadáver de su hermano. Estas escenas no demuestran la crueldad, sino la inocencia de los niños, y están resueltas con un sorprendente sentido del humor. Los macabros juegos a lo que se entregan Michel y Paulette están vistos además como respuestas directas y puras al comportamiento de los mayores. Tal como señaló el propio Clément en una entrevista, la película pretendía ilustrar una determinada modalidad de filosofía determinista:

"En Juegos prohibidos intenté mostrar la aterradora responsabilidad que tenemos para con los niños, pues no debemos olvidar que todas y cada una de nuestras acciones son ejemplos que les damos".



El pesimista juicio sobre la conducta humana que el director pretendió formular está basado en un determinismo bastante simplista, que tampoco aplica demasiado rigurosamente, Juegos prohibidos logra trascender su presunto mensaje sociológico. Gracias a un buen guión, iluminación, fotografía, música e interpretación (de los dos niños), Juegos prohibidos se convierte en una excelente película encantadora, llena de ironía y humor.

Críticos


He seguido con cierta curiosidad la polémica librada en medios de comunicación y simposios entre críticos de diversas escuelas y creadores artísticos. Curiosidad propiciada por la lejanía. Por lo visto, la gente se deja guiar por los críticos de una manera que me resulta incomprensiblemente dócil. En todas esas disputas y debates no he visto bien subrayado que el gusto del espectador teatral o cinematográfico, del lector aficionado a las artes plásticas, etc... no debe ser formado por el crítico, sino a pesar del crítico y contra el crítico.

Cualquier persona sensata sabe que un crítico no es más que otro mirón, aunque con posibilidades de escribir y por tanto obligación de dogmatizar su peculiarísimo gusto. Leer críticas de artes y espectáculos es una afición divertida por la misma razón que hay quien se divierte leyendo horóscopos: porque no existe obligación racional ninguna de hacer caso. Si te tomas en serio el esparcimiento, peligra la cordura y te amargas con falsos y estériles determinismos la libertad de la existencia. El dictamen de cada crítico debe ser contrarrestado con el de otros, lo mismo que debemos ir de arúspice en arúspice hasta encontrar un oráculo que nos sea favorable.

Por mi parte, mi preceptiva es muy sencilla: el buen gusto es algo frágil y cuestionable, pero el malo se presenta de manera inequívoca, vigorosa y constante. Un crítico que ha revelado buen gusto en dos o tres ocasiones puede siempre fallar a la próxima, por lo que sus dictámenes deben ser acogidos cada vez con más recelo; pero quien ya ha probado su mal gusto - es decir, quien se empeña en recordarme lo que no puede gustarme y prohibirme lo que me gusta -, es una guía fiel, aunque al contrario. En cuanto tengo localizado a uno de estos turbios adivinos lo aprovecho sin escrúpulo: cada una de sus fobias se me convierte en recomendación y cada una de sus recomendaciones me hace poner pies en polvorosa. Les debo hallazgos inolvidables y milagrosas escapadas.

En cuestión cinematográfica tengo la suerte de que la mayoría de los críticos oficiales tienen un gusto detestable, es decir, para nada concidente con el mío. Les pongo cabeza abajo, como Marx quería hacer con Hegel, y me sirven muy donosamente como brújula. Gracias a ellos he disfrutado joyas denostadas mientras evité con hábil escorzo ensalzados bodrios. "El cine americano ya no es lo que era", comentó un sesudo sabio crítico, de cuyo nombre no quiero acordarme, que hace casi cuarenta años llamaba "fascista" a John Ford y "codicioso artesano" a Hitchcock. Bueno, al menos él sí sigue siendo lo que era: un solemne imbécil.


domingo, 25 de noviembre de 2012

Reflexiones sobre nuestra contienda

Por razones que no cabe imputar exclusivamente a la dictadura franquista, el cine español posterior a 1939 no ha sido capaz de producir una película señera sobre la guerra civil. No ha producido, para ser exacto, la película de la guerra civil, que es el nombre dado por los críticos a ese fantasma o ilusión postergada a lo largo de varias generaciones. Si hubiera existido ese genio capaz de rodar el filme ambicionado por sus compatriotas, el mundo podría hoy meter mano en el costado de nuestra herida aún sangrante y advertir que, en efecto, la contienda española era la madre de todos los desastres posteriores, conclusión a la que han ido llegando, no se sabe si por deferencia o por convencimiento propio. Pero el munod, ¡ay!, no ha dispuesto de ese referente cinematográfico. Tan apegados a los tópicos como nosotros, los extranjeros han debido contentarse, pues, con el réquiem por un poeta fusilado y el escorzo de un anónimo soldado al que Robert Capa fotografió en el mismo instante en que era tiroteado.

Los días del pasado (1978), de Mario Camus

El motivo cinematográfico de la guerra no hizo fortuna en la España castrense y frailuna de los "25 años de paz". La única interpretación del pasado era la acuñada por los vencedores. No había más versión que la oficial; ningún otro color que no fuera el marrón carmelitiano del sudario con el que se había cubierto el cadáver de nuestra lucha fratricida. Era de esperar que a la muerte del Caudillo las aguas represadas de nuestra inventiva se desbordaran en todas las direcciones. El objetivo de las gentes del cine serían erigir ese monumento fílmico cuya construcción se había demorado por culpa de la censura. Llegó la transición - huera palabra - y los inquietos cineastas, ya sin mordaza, pero todavía bajo sospecha, se lanzaron a un ajuste de cuentas con nuestra historia que dio como resultado algunas obras de mérito, varias de coyuntura y otras tantas olvidables.

 El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice

La victoria socialista en las elecciones generales de 1982 no tenía por qué interrumpir esa tendencia. Se avecinaba el cincuentenario del inicio de la guerra, momento en el que varias producciones lanzarían una mirada crítica hacia ese pasado sobre el que aún había mucho que decir, en realidad todo, por más que al público le pareciese lo contrario. (Algún día convendría explicar las causas de ese falso hartazgo entre los espectadores de la época, que mucho antes de haberse dado tiempo de reflexionar sobre el fenómeno ya estaban deseosos de que la guerra fuera velozmente "liquidada" como tema de nuestra cultura).

 La vaquilla (1985), de Luis García Berlanga

El cine español tenía una deuda pendiente. Por fin diría en voz alta lo que durante tanto tiempo había callado. Hora era de proclamar que esa reyerta doméstica había sido el ensayo general de la conflagración mundial, que lo que aquí se había librado era un combate entre el insurgente fascismo y una democracia liberal sorprendida en la frase más crítica de su división interna.

La hora de los valientes (1998), de Antonio Mercero

Mediada la década de los ochenta, intelectuales y gobernantes deberían haberse confabulado para alentar un debate sobre dicho episodio. Pero los creadores más despiertos, es decir a aquello que no habían sido ganados por la causa oficial, sospechaban que conforme se acercaba la efeméride, el gobierno socialista, con la oportuna connivencia de los medios culturales y periodísticos afines, dispondrían una celebración light, ornamental y exterior, que no sería sino el reverso progre de los fastos de antaño.

 Caudillo (1973), de Basilio Martín Patino

La guerra civil española para muchos tenía un carácter más literario que cinematográfico. Entre otras razones porque no cuenta con una gran filmografía, y tampoco muy extensa. Tampoco de producción española, pues era imposible tratarla con cierta objetividad y neutralidad. Además de que seguramente, salvo los jóvenes, la gente quería olvidar y vivir, y ni siquiera había demanda por parte de los triunfadores. Pero la llamada generación del nuevo cine español el tema les obsesionaba, pues el mundo fantasmal de la guerra civil, su carácter literario, legendario, mítico, las historias contadas al calor de la lumbre en las tristes y heladas noches del invierno, los destinos cruzados de las familias, todo ello acabó por formar en todos nosotros a modo de un incosciente colectivo que, junto a la libertad recién adquirida después de la muerte de Franco, hizo que el tema empezara a tratarse.

 La prima Angélica (1974), de Carlos Saura

Pongo tres ejemplos de películas que en mi opinión resultan fallidas. Podría añadir muchas más. Dos de ellas por su exclusivismo ideológico y la tercera por su excesivo simbolismo que no acaba por amalgamarse con la historia. Libertarias (1996), de Vicente Aranda, es anecdótica y en muchas ocasiones caótica, con su mezcla de monjas y prostitutas y que parte más de una idea brillante que de una historia hecha cuerpo, es decir, de la necesidad interior de contar una historia. La fascinación ejercida por el anarquismo español impide que el guión analice en profundidad su posición contradictoria en la guerra, y se acaba por jugar más con la leyenda que con la realidad.

Tierra de España (1937), de Joris Ivens

El carácter trotskista de Tierra y libertad (1995), de Ken Loach, hace que la película derive hacia una crítica del comunismo que resulta parcial y excesiva. Trata más de la guerra entre el POUM y el PCE que de la guerra en sí misma, y ofrece una visión sectaria y muy parcial. 

 La vieja memoria (1979), de Jaime Camino

Más interesante y compleja es la película de Manuel Matji La guerra de los locos (1986), donde su afán por describir la sinrazón y crueldad del acontecimiento bélico le lleva a un terreno simbólico que contrasta con el verismo de las escenas desarrolladas. Es, sin embargo, un filme interesante, complejo y ambicioso, en el que pesan mucho más sus aciertos narrativos que sus defectos dramáticos.

Todas las imágnes aquí expuestas son algunas de mis películas favoritas. Volveremos a recuperar en este espacio la guerra civil en el cine español. Creo que vale la pena.