domingo, 13 de enero de 2013

Cigarrillos,puros,cerillas,ceniceros,cenizas y humo (4ª parte)


De niño me gustaba mucho el Pinocho (1940) de Walt Disney. En esta película hay una escena genial  puramente cinematográfica. Es aquella en que los niños malos, que quieren hacer cosas prohibidas, son seducidos por el canto de sirena del malvado Strómboli y se van con él a un parque de atracciones donde hay mesas de billar y puros. Pinocho está con ellos. Un golfante casi adolescente juega al billar y fuma encantado de la vida entre grandes risotadas y jarras de cerveza. Hoy sería impensable realizar una escena semejante.



A Lucky Luke le quitaron de la boca su eterno cigarrillo y en su lugar le pusieron una brizna de paja. ¿Se puede ser más canalla? Hoy los papás jóvenes, pero mucho más conservadores que sus abuelos, sonríen complacidos ante semejante desatino. El cigarrillo de Lucky es un mal ejemplo para los retoños de esta generación, angelitos ellos, que antes de ir a dormir han matado a través de los videojuegos a todo ser viviente.


Existen actores que han convertido en elegante su sistema de fumar, sin ser sofisticados. Todo lo contrario: su naturalidad, cuando fuman, les convierte en personas (no personajes) atractivos y encantadores: fumar en pipa; un arte de fumar muy difícil de hacer bien: Melvyn Douglas, Bing Crosby... Pero Popeye es un caso aparte. Su pipa es como su traje de marinero. Ni favorece ni perjudica al hábito de fumar. Es una parte más de su atuendo, de su diseño como personaje. Popeye sin pipa no sería Popeye. No obstante existe algo muy nocivo en las historias de este marinero de mentón pronunciado: las espinacas. No existe un solo niño en el mundo que le guste este vegetal insípido y sin una pizca de hierro. Por aquel entonces nuestras madres nos ponían siempre espinacas para comer. Luego llegaba la tarde y nos poníamos a fumar por los  solares del extrarradio.


2 comentarios:

39escalones dijo...

Afortunadamente, nunca me obligaron a elegir entre las espinacas y el tabaco (ahora fumaría como un carretero), así que opté por prescindir de ambos.
Esto me recuerda lo que escribí hace poco sobre la "Psicosis" de Gus Van Sant: el psiquiatra del final, que en la de Hitchcock era Simon Oackland, tras su exposición clínica sobre la perturbación de Norman, se encendía un cigarrillo. En la de Van Sant, hecha a color para, según ellos, ofrecer la secuencia de la ducha en toda su crudeza -razón, la de evitar la sangre y su impacto en el público, por la que Hitchcock decidió rodarla en blanco y negro-, sin embargo el psiquiatra no fuma. Porque la sangre a chorros es tolerable, pero el cigarrillo... Ay, amigo, qué mundo de gilipuertas hemos construido.
Abrazos

José Luis Martínez Clares dijo...

El primer cigarrillo, el de la infancia, nunca se olvida. Después, se pueden olvidar todos los que llegan, incluso puedes olvidar el vicio, el placer diario de su consumo, pero aquel cigarrillo... qué nos quiten lo bailao. Abrazos