Toser y toser. Me pica la
garganta y me escuecen los ojos. Este espacio se está llenando de humo. El
cenicero está a rebosar… Y hablando de ceniceros; recuerdo las primeras escenas
de Un ladrón en la alcoba (1932 ), de Lubitsch, transcurren en Venecia. Edward
Everett Horton es golpeado en su habitación del hotel y robado por un ladrón,
Herbert Marshall. Continúa la película y, más tarde, en otro lugar, pongamos
París, reaparece Horton. Está en una reunión social, en una fiesta. Aparece
Marshall acompañado de Miriam Hopkins, que es su nueva pareja en el robo y en
la alcoba. Nada más verle, Horton se dirige a Marshall: “Su cara me suena. ¿No
nos conocemos?”. Secamente, Marshall responde: “Estoy seguro de que es la
primera vez que nos vemos”. Horton pasea y fuma nervioso, sin duda intentando
recordar cuándo ha visto al otro. Vuelve a la carga: “Oiga amigo, estoy seguro
de que nos hemos visto antes“. “Y yo estoy seguro de lo contrario”,
responde Marshall. Horton continúa sus paseos fumando e intentando recordar.
Lubitsch ya nos ha advertido desde el principio cómo tiene que concluir la
escena. A partir del primer momento juega al suspense. ¿Cómo recordará Horton
que Marshall es el ladrón que lo desvalijó en Venecia? La solución más obvia
sería que Horton se diese un golpe en la frente y dijese: “Ya está; es mi
ladrón”. Pero, evidentemente, no hace clic. O bien, como dice el amigo
Truffaut en su breve comentario a esta secuencia, que Horton se despierte
súbitamente por la noche: “¡Era el ladrón!". Pero estas soluciones no son
suficientes para Lubitsch, que es muy consciente de la importancia de la
continuidad temporal y del decorado. ¿Cómo lo resuelve? Siempre fumando, Horton
se sienta y se apoya en el brazo de un sillón. Al lado hay una mesita donde
reposa un cenicero de plata con forma de góndola que el espectador ve, pero
Horton no. Ahora, el espectador intuye cómo va a concluir la escena. Pero
Lubitsch mantiene el suspense. Horton continúa dando caladas al cigarrillo y
dejando caer la ceniza en el suelo y sobre sus pantalones. Solo cuando ha
apurado el cigarrillo busca dónde apagar la colilla hasta que la aplasta en el
cenicero-góndola. Pero todavía no reacciona porque está pensando en el cuándo y
no en el dónde. Al fin, levantándose de un brinco, exclama: “¡Venecia!, ¡es el
ladrón!”. Pero Lubitsch guarda todavía una carta en la manga. Horton corre
intentando atrapar a Marshall pero éste, naturalmente, ya se ha escapado.
Horton, compungido, se esfuma de la película o, es fumado por ella.
Fue la mujer de Hawks la que le
descubrió a Lauren Bacall. Y Hawks le enseñó a imitar la voz grave y la
insolencia “viril” de la Marlene Dietrich creada por aquel Pigmalión que fue
Josef von Sternberg, antiguo amigo de Hawks. El insolente Bogart se enamoró de
la insolente joven debutante y luego, en la vida real, se casó con ella. Harry
Morgan (Bogart) en Tener y no tener (1944) se dirige a la recepción del Hotel Marquis a pedir la llave de la
habitación. Bogart va en mangas de camisa, con un pañuelo al cuello, pantalones
tejanos sujetos con un ancho cinturón, la chaqueta colgada al hombro y gorra de
marino. Se le acerca Frenchy (Marcel Dalio), gerente del hotel, e insiste en la
proposición que ya le ha hecho antes. Unas personas desean alquilar el barco de
Bogart durante una sola noche; pagarán un buen dinero. Bogart sabe que esas
personas pertenecen a la Resistencia y también lo que ello significa para
Frenchy, pero se niega: “No puedo permitirme meterme en política, lo siento”.
Frenchy insiste en que prosigan la conversación en la habitación de Bogart y,
como él acepta, ambos suben la escalera. Recorren el pasillo superior y
mientras Bogart abre con su llave la puerta de la habitación, a su espalda “Slim”
(Lauren Bacall) está cerrando la puerta de la suya, pero no llega a verla.
Bogart entra, se acaricia la nariz y deja su chaqueta sobre un mueble. Escucha
tras él, la voz de la Bacall: “¿Tiene fuego?”. Bogart se vuelve rápido a mirar
y ya se nota que lo ha impresionado. No es extraño. Apoyada en el marco de la
puerta está Lauren Bacall, con un cigarrillo entre los labios. Viste un
elegante traje de chaqueta con falda y su mirada es una mezcla de insinuación y
desafío. Sin decir nada, Bogart le arroja una caja de cerillas y ella la coge
en el aire. Se oye el chasquido de rascar la cerilla mientras Bogart se coloca
bien el cinturón, mirándola con cierta ironía, pero intrigado aunque trate de
disimularlo. Bacall mantiene la cerilla encendida ante el cigarrillo y su
rostro es iluminado por la llama mientras le mira desafiante. Bogart mantiene
esa mirada. Frenchy los observa a ambos, sucesivamente. Ella, que ya ha
encendido el cigarrillo, apaga la cerilla y la tira al suelo. “Gracias” dice,
siempre mirando a Bogart. Después, al tiempo que se vuelve para salir exhalando
una bocanada de humo, le arroja la caja de cerillas. “¿Quién es esa?”. “Acaba
de llegar esta tarde en el avión del Sur”. Ésta es, sin duda, la mejor escena
de chico encuentra chica, que he visto en mi vida.
Ay, Bogart, en Casablanca (1943) vive con un cigarrillo en la boca o en El halcón maltés (1941), donde lía cigarrillos con una destreza y saber que cuando terminas de ver el filme te entran ganas de liar uno y, de repente, te das cuenta que nunca sabrás hacerlo ni fumarlo como Bogart. En él había tres seducciones: su mirada de sonrisa melancólica y ladeada, su gabardina y sombrero flexible, igualmente ladeado, y sus pensamientos insinuantes convertidos en humo. La experta mano de Bogart, siempre aparecía un cigarrillo. Y en el extremo del cigarrillo, una cerilla. Y en el humo, el recuerdo.



2 comentarios:
Un lujazo esta recreación de un encuentro entre dos que echó chispas... Ay, ese Bogart de labio partido y mirada melancólica... Por cierto, ya que hablas de liar: yo recuerdo con afecto la incapacidad del borracho Dean Martin para liar sus pitillos en "Rio Bravo". Es el cigarrillus interruptus más célebre, quizá.
Abrazos
El final del artículo se me ha quedado prendido a la mirada. Magnífico. Un abarzo
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