martes, 15 de enero de 2013

Cigarrillos,puros,cerillas,ceniceros,cenizas y humo (5ª parte)


Toser y toser. Me pica la garganta y me escuecen los ojos. Este espacio se está llenando de humo. El cenicero está a rebosar… Y hablando de ceniceros; recuerdo las primeras escenas de Un ladrón en la alcoba (1932 ), de Lubitsch, transcurren en Venecia. Edward Everett Horton es golpeado en su habitación del hotel y robado por un ladrón, Herbert Marshall. Continúa la película y, más tarde, en otro lugar, pongamos París, reaparece Horton. Está en una reunión social, en una fiesta. Aparece Marshall acompañado de Miriam Hopkins, que es su nueva pareja en el robo y en la alcoba. Nada más verle, Horton se dirige a Marshall: “Su cara me suena. ¿No nos conocemos?”. Secamente, Marshall responde: “Estoy seguro de que es la primera vez que nos vemos”. Horton pasea y fuma nervioso, sin duda intentando recordar cuándo ha visto al otro. Vuelve a la carga: “Oiga amigo, estoy seguro de que nos hemos visto antes“. “Y yo estoy seguro de lo contrario”, responde Marshall. Horton continúa sus paseos fumando e intentando recordar. Lubitsch ya nos ha advertido desde el principio cómo tiene que concluir la escena. A partir del primer momento juega al suspense. ¿Cómo recordará Horton que Marshall es el ladrón que lo desvalijó en Venecia? La solución más obvia sería que Horton se diese un golpe en la frente y dijese: “Ya está; es mi ladrón”. Pero, evidentemente, no hace clic. O bien, como dice el amigo Truffaut en su breve comentario a esta secuencia, que Horton se despierte súbitamente por la noche: “¡Era el ladrón!". Pero estas soluciones no son suficientes para Lubitsch, que es muy consciente de la importancia de la continuidad temporal y del decorado. ¿Cómo lo resuelve? Siempre fumando, Horton se sienta y se apoya en el brazo de un sillón. Al lado hay una mesita donde reposa un cenicero de plata con forma de góndola que el espectador ve, pero Horton no. Ahora, el espectador intuye cómo va a concluir la escena. Pero Lubitsch mantiene el suspense. Horton continúa dando caladas al cigarrillo y dejando caer la ceniza en el suelo y sobre sus pantalones. Solo cuando ha apurado el cigarrillo busca dónde apagar la colilla hasta que la aplasta en el cenicero-góndola. Pero todavía no reacciona porque está pensando en el cuándo y no en el dónde. Al fin, levantándose de un brinco, exclama: “¡Venecia!, ¡es el ladrón!”. Pero Lubitsch guarda todavía una carta en la manga. Horton corre intentando atrapar a Marshall pero éste, naturalmente, ya se ha escapado. Horton, compungido, se esfuma de la película o, es fumado por ella.


Fue la mujer de Hawks la que le descubrió a Lauren Bacall. Y Hawks le enseñó a imitar la voz grave y la insolencia “viril” de la Marlene Dietrich creada por aquel Pigmalión que fue Josef von Sternberg, antiguo amigo de Hawks. El insolente Bogart se enamoró de la insolente joven debutante y luego, en la vida real, se casó con ella. Harry Morgan (Bogart) en Tener y no tener (1944) se dirige a la recepción del Hotel Marquis a pedir la llave de la habitación. Bogart va en mangas de camisa, con un pañuelo al cuello, pantalones tejanos sujetos con un ancho cinturón, la chaqueta colgada al hombro y gorra de marino. Se le acerca Frenchy (Marcel Dalio), gerente del hotel, e insiste en la proposición que ya le ha hecho antes. Unas personas desean alquilar el barco de Bogart durante una sola noche; pagarán un buen dinero. Bogart sabe que esas personas pertenecen a la Resistencia y también lo que ello significa para Frenchy, pero se niega: “No puedo permitirme meterme en política, lo siento”. Frenchy insiste en que prosigan la conversación en la habitación de Bogart y, como él acepta, ambos suben la escalera. Recorren el pasillo superior y mientras Bogart abre con su llave la puerta de la habitación, a su espalda “Slim” (Lauren Bacall) está cerrando la puerta de la suya, pero no llega a verla. Bogart entra, se acaricia la nariz y deja su chaqueta sobre un mueble. Escucha tras él, la voz de la Bacall: “¿Tiene fuego?”. Bogart se vuelve rápido a mirar y ya se nota que lo ha impresionado. No es extraño. Apoyada en el marco de la puerta está Lauren Bacall, con un cigarrillo entre los labios. Viste un elegante traje de chaqueta con falda y su mirada es una mezcla de insinuación y desafío. Sin decir nada, Bogart le arroja una caja de cerillas y ella la coge en el aire. Se oye el chasquido de rascar la cerilla mientras Bogart se coloca bien el cinturón, mirándola con cierta ironía, pero intrigado aunque trate de disimularlo. Bacall mantiene la cerilla encendida ante el cigarrillo y su rostro es iluminado por la llama mientras le mira desafiante. Bogart mantiene esa mirada. Frenchy los observa a ambos, sucesivamente. Ella, que ya ha encendido el cigarrillo, apaga la cerilla y la tira al suelo. “Gracias” dice, siempre mirando a Bogart. Después, al tiempo que se vuelve para salir exhalando una bocanada de humo, le arroja la caja de cerillas. “¿Quién es esa?”. “Acaba de llegar esta tarde en el avión del Sur”. Ésta es, sin duda, la mejor escena de chico encuentra chica, que he visto en mi vida.


Ay, Bogart, en Casablanca (1943) vive con un cigarrillo en la boca o en El halcón maltés (1941), donde lía cigarrillos con una destreza y saber que cuando terminas de ver el filme te entran ganas de liar uno y, de repente, te das cuenta que nunca sabrás hacerlo ni fumarlo como Bogart. En él había tres seducciones: su mirada de sonrisa melancólica y ladeada, su gabardina y sombrero flexible, igualmente ladeado, y sus pensamientos insinuantes convertidos en humo. La experta mano de Bogart, siempre aparecía un cigarrillo. Y en el extremo del cigarrillo, una cerilla. Y en el humo, el recuerdo.

   

2 comentarios:

39escalones dijo...

Un lujazo esta recreación de un encuentro entre dos que echó chispas... Ay, ese Bogart de labio partido y mirada melancólica... Por cierto, ya que hablas de liar: yo recuerdo con afecto la incapacidad del borracho Dean Martin para liar sus pitillos en "Rio Bravo". Es el cigarrillus interruptus más célebre, quizá.
Abrazos

José Luis Martínez Clares dijo...

El final del artículo se me ha quedado prendido a la mirada. Magnífico. Un abarzo