martes, 30 de abril de 2013

La realidad imaginada


Hijos de un pintor reconvertido en fotógrafo. Auguste y Louis Lumière inventaron un aparato que filmaba y proyectaba a 16 fotogramas por segundo. Pero en 1895, cuando hicieron su primera proyección, que tanto interés despertó, en el Gran Café, en el boulevard des Capucines, los dos hermanos daban mucha menos importancia al cinematógrafo que a los avances que hicieron en esos mismos meses a la fotografía en color. Su padre había visto una exhibición del Kinetoscope de Edinson el año anterior, en París, y lo que contó a sus hijos sobre aquel aparato en el que había que pegar el ojo a un agujero para ver unas imágenes puso en marcha su imaginación. El cine, gran invento del siglo XX, había nacido. Las 46 imágenes por segundo de Edison se redujeron a 16. Todos sabemos o, deberíamos saber que cuando aquel tren de los Lumiére entraba en la estación de la Ciotat en 1895, no llegaba con él únicamente el cine, sino el siglo XX, pero en el fondo, el cine es un invento que pertenece también al crepúsculo de nuestra civilización. Los Lumiére, por aquel entonces, pensaban en el cine simplemente como un pasatiempo sin porvenir comercial.


Otra figura que entra en el terreno artístico y produjo una gran impresión y contribuyó a desarrollar el cine fue Georges Méliès, mago profesional y director del teatro Robert-Houndin, que asistió asombrado a la primera proyección de los Lumière ese inolvidable 28 de diciembre. Donde se veían escenas filmadas de la vida real, Méliès vio otras posibilidades. Compró una cámara, construyó un barracón con techo de cristal cerca de París, escribió sus guiones, imaginó decorados e introdujo actores para contar historias. Su intuición como mago le llevó a experimentar los más elementales trucos de cámara: movimiento ralentizado, fotograma congelado, disolvencia, encadenado, sobreimpresión y doble exposición. Entre 1899 y 1912 hizo más de cuatrocientas películas en las que se mezclan el ilusionismo, los efectos burlescos y la pantomima, con los que trata temas de fantasía. De esas películas, verdaderos primitivos llenos de encanto, todos conocemos el increíble Viaje a la Luna (1902).


La historia del cine ha sido poco generosa con los más creativos y apasionados. Los grandes beneficios se los han llevado siempre los hombres de negocios. El desarrollo comercial del cine apartó a Méliès de su trabajo en 1913, y murió en la miseria.


¿Por qué cuento todo esto? Porque se ha hecho oficial la fecha de la muerte del cine, tal y como lo conocemos desde hace más de cien años. En 2015 se dejará de fabricar celuloide para dar paso exclusivo al soporte digital. Desaparecerán los grandes rollos transportados por un carrito hacia la cabina de proyección. Adiós al maravilloso sonido del proyector y el haz de luz que atraviesa la oscuridad por encima de las cabezas o los sueños de los espectadores. Los viejos proyeccionistas darán paso a los universitarios, en paro y cargados de títulos, para introducir por la ranura de un portátil una especie de lápiz de memoria con los estrenos de la semana. Será un trabajo muy aburrido. Estos chicos tendrán el tiempo suficiente para hurgarse las narices en busca de  esas bolitas tan inteligentes que no se dejan nunca coger. Desaparecerán las grandes profundidades de campo.


Desaparecerá el arte de la fotografía y su seña de identidad. Los genios seguirán muriéndose de hambre y los grandes beneficios irán a parar, como siempre, a los bolsillos de los grandes hombres de negocios. Los remakes de viejas películas seguirán aumentando. Se pondrá de moda rodar películas en blanco y negro y también silente. Se pondrán de moda unas camisetas negras con la imagen estampada en el pecho de aquel viejo tren de los Lumiére que entró por primera vez en nuestros sueños. Y, cuando la chatarra acumulada en la órbita terrestre no deje ver la Luna, entrará de nuevo en escena el señor Méliès. Y los críticos más sesudos seguirán cuestionándose sobre esa frágil capa que divide la realidad de la imaginación. Y seguirá pasando el tiempo, que de pronto serán años y en un puntito determinado de la bola terrestre habrá alguien que todavía seguirá emocionándose con As Time Goes By. O, al menos, eso quiero imaginar, porque el mundo no está bien inventado y la vida es un asco.


                                           

sábado, 27 de abril de 2013

Carta a Marcel Proust



Mi querido Marcel: el tiempo no existe, al menos tal y como nos han enseñado a creer en él. Creo que el tiempo es lo que uno hace. A veces llegas demasiado pronto a una cita, y uno decide hacer tiempo. Entras en un bar, tomas un café, lees el periódico, das la vuelta a la manzana, más escaparates, ves pasar la gente. Esa es la materia del tiempo: acciones anodinas, repetidas e incongruentes que uno ejecuta antes de la cita con la muerte, puesto que al punto de encuentro con ella siempre se llega con toda una vida de antelación. El mundo está constituido por una trama de actos ínfimos, llenos de belleza y maldad, que forma el polvo que respiramos. Lo malo, o lo bueno, que tienen los momentos importantes de tu vida es que casi nunca te enteras de que lo son. El tiempo se ha convertido en una catástrofe perpetua, irreversible. Nada sobrevive al tiempo en el que esperábamos el sentido. Estamos sometidos al tiempo, y, sin embargo, somos por naturaleza ajenos a él, y lo es hasta el punto que la idea de felicidad eterna, unida a la del tiempo, nos fatiga y horroriza. Solo perduran en el tiempo las cosas que no fueron del tiempo. Tú me enseñaste todo esto, amigo Marcel.



Lo cierto es que el siglo XX fue el que aceleró el tiempo, el siglo en el que todo se convirtió en instantáneo, y sin saberlo, como todos los genios, pero tú tuviste la intuición adecuada: "El recuerdo de determinada imagen no es más que el pesar por cierto momento; y las casas, los caminos, las avenidas son huidizas, por desgracia, como los años." Hoy nadie tiene el tiempo suficiente para leerte; ávidos y acelerados de tantos olvidos. Tus libros se encuentran relegados en la parte más inaccesible de los estantes de un tiempo perdido, de un tiempo sepultado por los estratos de otro tiempo que corre raudo, atravesándonos por una poderosa, incesante y mortal corriente, cuando tú levantaste tu castillo de naipes de siete volúmenes para decirnos que la literatura sirve también para recuperar el tiempo de la lectura.



Cualquier sitio es el paraíso con solo parar el reloj. Cualquier habitación es eterna con solo desalojar de ella el tiempo. Tú te encerraste durante años en una habitación propia para salvar el tiempo perdido. Allí escribiste la novela más grande de todos los tiempos, solitario y enfermo, con el original desbarajustado, buscando los folios debajo de la cama. Pero todos los que te hemos leído sabemos que el tiempo perdido no lo encontraste nunca, nunca lo recobraste, aunque finalmente trates de demostrarnos que sí. Leyéndote uno no deja de preguntarse si hemos apostado testigos para que nos informe de la existencia cotidiana de esos lugares una vez abandonados.


He querido ver, cada vez que vuelvo a tu monumental obra, que para ti no hay más que una filosofía: la de los momentos únicos. Consumir las posibilidades del momento, aprovechar los instantes, el minuto que se va. Habría que señalar tu otra dimensión magna, mucho más aprovechada por la literatura posterior: la facultad de parar el tiempo novelesco. mirando el mar a través de un rosal, descubres el tiempo infinito que tarda un barco en lontananza en pasar de una rosa a otra. Esta imagen me parece tan representativa como la del té, o muchas otras. La imagen del té nos da tu dimensión  hacia el pasado. La imagen del barco y la rosa nos da tu dimensión viviendo el presente, tu capacidad de identificar el tiempo que está fluyendo. Se ha insistido mucho en el descubrimiento y la memoria por tu parte, pero era un poco de tiempo en estado puro lo que buscabas  a través de tus páginas. Eso es lo que yo busco.



Tú, mi querido Marcel, nos enseñaste para siempre que el tiempo no existe. Que tenemos todas las edades de nuestra vida hasta nuestra muerte, y, en la mayoría de los casos, en nuestros recuerdos no aparece nuestro pasado, sino otro presente nuestro que ignoramos. Nuestros recuerdos son inciertos y el pasado que fue difiere muy poco del pasado que no fue. Solo depende de nosotros elegir el minuto que preferimos y, al zambullirnos en él nos parece una oleada con destino desconocido.

Un fuerte abrazo


                                      

viernes, 26 de abril de 2013

Carta a Goscinny y Uderzo


Mis queridos amigos: ya sabéis que yo nunca he sido un buen lector de cómics. Nunca pude soportar a esos superhéroes enmascarados y con los calzoncillos sobre unas medias ceñidas. No obstante, cayó en mis manos, cuando era niño, las maravillosas historias de Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, El botones Sacarino, Rompetechos, Carpanta, La familia Cebolleta, 13, Rue del Percebe, etc., es decir, la verdadera historia de aquella España.


Pero también Astérix, por supuesto. El nacimiento de este enano bigotudo, cascarrabias y encantador siempre me fascinó. En 1959, tú, René Goscinny, eras un guionista desconocido que acababas de regresar de los Estados Unidos, y tú, mi querido Albert Uderzo, que por aquel tiempo eras un desconocido ilustrador en una agencia parisina, os reunisteis en un piso de protección oficial en Bobigni. Buscabais una idea de una historieta para el primer número de una nueva revista llamada Pilote. Al principio pensasteis en adaptar el Roman de Renard, pero como otro ya lo hizo, tuvisteis dudas. Os rascasteis la cabeza, lo que no siempre es una demostración de intensa reflexión en el ser humano. Yo siempre ando rascándome la cabeza y la gente me dice que soy un intelectuá, pero no saben que padezco de caspa y eso pica mucho. Soy de un país casposo, mis queridos amigos.


Empezasteis con una aventura prehistórica, que quizá podríais haber titulado Jurassix Park, nunca lo sabremos. Y de repente, tras tomaros una cuantas copas de pastís, os llegó la iluminación: ¿y si contáramos cómo era Francia durante la dominación romana? Tú, querido Uderzo, te pusiste a dibujar al galo más famoso: Vercingetórix. Y tú, Goscinny, tomaste el relevo: deformando palabras coloquiales, creas a Astérix, Obélix, Idéfix, Panorámix, Asurancetúrix, Abraracónix, Agecanóxix. Años más tarde, te convertirías a ti mismo en un ilustrador de tus más sublimes hallazgos: Ocatarinetabellatchixtchix... ¡qué divertido! Para los romanos, bastaría encontrar nombres acabados en us como en una versión latina: Procesus, Hotelterminus, Belinconnus, Prospectus... Y redactaste la famosa introducción a esa nueva Guerra de las Galias: "Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos... ¿toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor."


Ahora, mis queridos amigos, me voy a poner un poco pedante. La pedantería es también muy española, como la caspa. En realidad, la Galia y los galos son un invento del siglo XIX, como los cuentos infantiles. Los descubrimientos arqueológicos más recientes demuestran que en el siglo I antes de Cristo el territorio actual de Francia estaba poblado por decenas de tribus celtas de pelo corto, ¡sin barba ni bigote! Ya veis; he tenido que leer durante semanas libros de historia francesa para llegar a esto. Pero bueno, peor sería si tuviera títulos universitarios.


Pero vuestro gran hallazgo es, por supuesto, la poción mágica que permite al galo vencer a los romanos sin más armas que las manos. Ay, si yo tuviera una pizca de ese pócima. Gracias a este antecedente del EPO, los débiles pueden vencer a los fuertes (vendita ficción), esos galos a los que parece que solo les interese hartarse de jabalíes dando vueltas en un espetón y pueden vapulear a unos invasores mucho mejor organizados. Uno acaba preguntándose qué habría ocurrido si hubiésemos podido disponer de esa poción mágica en 1936.


Quiero deciros que vuestro talento consistió precisamente en crear una historieta con varios niveles de lectura. Los niños se entretenían (hoy lo hace con sus iPhone) con las peleas y los gags visuales, mientras que los padres se tronchaban con los juegos de palabras, anacronismos, alusiones a la geopolítica. Astérix despegaba como una nave espacial de varios pisos. Pero esto, amigos, no es lo más hermoso de esta aventura. El 29 de octubre de 1959, el primer episodio del folletín Astérix el Galo se publica en la revista Pilote. La acogida es más bien fría. La gente te dice a ti, querido Goscinny, que a nadie le importa un bledo los galos, y, a ti, Uderzo, que las narices que dibujas son demasiado grandes. Al menos en España, Ibáñez, Vázquez, Escobar y toda esa buena gente no tuvieron tantos problemas con las narices, las calvas, el sonido de las tripas vacías, la miopía, las chapuzas y la cutredad.


Cuando en 1961 se publicó el primer álbum, solo se vendieron 6.000 ejemplares. El segundo, La hoz de oro, tampoco funcionó mucho mejor. Ay, recuerdo que vuestros mejores amigos os recomendaban abandonar: "Nunca funcionará - dijeron -, es demasiado anticuado", es cierto, ya tienen más de dos mil años. Pero resististeis. Y hoy la saga de los Astérix representa 300 millones de volúmenes vendidos en 107 lenguas.

No sé si lo sabes, mi querido Goscinny, pero tienes una calle con tu nombre en un barrio de París y muy cerca de la Biblioteca Nacional de Francia. Aquí, en España, estaría bien poner a nuestras calles, plazas y monumentos, los nombres de los personajes de la historia de nuestra viñeta nacional: Calle Carpanta. Plaza de la Familia Cebolleta. El palacio de Rompetechos. Avenida Pepe Gotera y Otilio. Palacio de la Justicia Anacleto...

Bueno, ha sido un placer poder escribiros. Os recomiendo que no veáis las películas de vuestro personaje inmortal interpretada por Gerard Depardieu. Y sobre todo que no visitéis ese parque temático dedicado a Astérix. Y no os invito a venir a casa porque es mejor que no veáis mi país; todo él, todavía idéntico a aquellos tebeos que yo leía de niño. Narices incluidas.

Un fuerte abrazo

                          

jueves, 25 de abril de 2013

Carta a Albert Camus


Mi querido Albert: quiero decirte que me sigue encantando tu magistral El extranjero, esa historia de Meursault, un tipo desplazado al que todo se la suda: su madre muere - se la suda -; mata a un árabe en una playa argelina - se la suda -; es condenado a muerte - ni siquiera se defiende, es decir, que se la sigue sudando. La primera frase de la novela ya lo dice todo: "Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé." El tío ni siquiera sabe el día que murió su madre. Hay algo de lo que nunca nos damos cuenta: todos los grandes perdedores, los asesinos perdidos, los antihéroes que están de vuelta de todo de la literatura contemporánea son herederos de Meursault. Son Sísifos felices, rebeldes que no se dejan engañar fácilmente, nihilistas optimistas, inocentes hastiados: en resumen, paradojas ambulantes que siguen respirando pese a la inutilidad de todo.


Y es que para ti, la vida es absurda. Para mí también, te lo juro, querido Albert. ¿Por qué todo esto? ¿Para qué esta carta inútil? Todo es vanidad en este bajo mundo. Quiero que sepas que te comprendo. Tu taciturna lucidez no te impidió aceptar el Premio Nobel de literatura en 1957 a tus cuarenta y cuatro años, lo que te convertía en el laureado más joven después de Kipling. ¿Por qué? Porque resumiste tu existencialismo en un tema muy sencillo: "Cuanto menos sentido tiene la vida, más vale la pena vivirla." Nada tiene sentido, ¿y qué? ¿Y si "la inevitable felicidad" consistiera en eso? Contrariamente al rechazo esnob de Sartre, siente años más tarde, que confiere importancia a la recompensa, tú aceptaste el Nobel precisamente porque te burlabas de él. Uno puede burlarse del universo, y aceptarlo sin más demora, ya que éste es el único "problema filosófico realmente serio".


Ay, mi querido Albert, incluso tu muerte resultará absurda. Aunque tuberculoso, playboy sosias de Humphrey Bogart (no me digas que no) fuiste asesinado a los cuarenta y siete años por uno de los plataneros que bordeaban la carretera Nacional 6, entre Villeblevin y Villeseuve-la.Guyard, con la complicidad de Michel Gallimard y de un Facel Vega descapotable. Hay que joderse amigo, como siempre. Lo único que no resulta absurdo es el estilo que inventaste: frases cortas: sujeto, verbo, complemento directo, punto; esa escritura seca, neutra, de pretérito perfecto, que tanto ha influido en todos los autores de la segunda mitad del siglo XX, incluso en los del Nouveau Roman.


Tu humanismo amable puede llegar a cansar, soy sincero, amigo Albert, pero nunca tu afilada escritura. En el momento de concluir esta carta, el fin del mundo se acerca sin prisas pero sin pausas y el hombre organiza su propia desaparición con una sonrisa en los labios. Y tú que nos contaste que el secreto de la felicidad consistía en resignarse a todas las catástrofes. Sí, vale, pero es que la cosa está muy muy jodida, querido Albert, y ando un poco cabreado, por muy absurdo que parezca.

Un fuerte abrazo 

 

miércoles, 24 de abril de 2013

Carta a Simone de Beauvoir


Mi queridísima Simone: te escribo para decirte que ha sido necesario que una mujer como tú se atreviera a escribir un libro tan brillante como El segundo sexo en 1949. Porque el siglo XX fue la lucha de clases pero también el de la lucha de sexos. Durante millones de años, los hombres han oprimido a las mujeres. ¿Qué resulta tan conmovedor en El segundo sexo? Pues, en cierto modo, la misma teoría de El ser y la nada que escribió el feo de tu compañero Jean-Paul Sartre, pero el tuyo fue más leído. Así es la magia del feminismo, sin duda la revolución más importante de ese siglo que ya se fue, un movimiento de liberación cuyas consecuencias empezaron a hacerse sentir: invención de la Viagra, del Pacto Civil de Solidaridad, del vibrador-cinturón, de los movimientos radicales feministas, del Fight Club, de la píldora del día siguiente, del preservativo femenino, etc. Sí, mi querida Simone, la mujer cree que tiene que ser hermosa y amable y pasiva, cuando, en realidad, sus cualidades son el fruto de lavado de cerebro de la sociedad.


En este caso la existencia también precede a la esencia: si, en el momento de nacer, no se le inculcara su condición de segundo sexo o de sexo débil o de sexo hermoso, la mujer sería igual que cualquier hombre, ya que: "Una mujer no nace, se hace." Esto lo dijiste tú, bella Simone, que te apoyaste en la educación burguesa de señorita bien, pero también en la literatura, sobre todo en autores como André Breton y D. H. Lawrence, para demostrar que la mujer siempre es definida por el hombre como "su" esposa, "su" puta, "su" madre. Sin embargo, lo que resulta molesto no es ser una madona o una amante o una sirvienta sino ser "su" algo, "su" objeto, "su" lo que sea.


El segundo sexo es un título irónico para un panfleto, no aspira a feminizar las palabras, ni siquiera a reclamar la paridad en el Parlamento, sino simplemente a conseguir la supresión del posesivo. Querida, ay, queridísima Simone, te admiro y te quiero más de lo que te quiso ese feo estrábico de Sartre. Por favor, no te lo tomes a mal, ya sabes lo que aprecio a Sartre, pero no puedo controlar mis celos y aquí pongo una imagen suya.


¿Te gusta? Bueno, sigamos. Yo leo tu libro de vez en cuando y lo veo siempre como una sátira del mundillo intelectualoide parisinoparipé, y tú siempre permanecerás sobre todo por este brillante ensayo fundador del movimiento feminista mundial, que concluye con una hermosa cita de Laforgue: "Oh, jóvenes muchachas, ¿cuándo seréis nuestros hermanos, nuestros hermanos íntimos sin segundas intenciones de explotación?".


Como ya sabes, y sé que me conoces bien, soy un cotilla, no puedo remediarlo, sobre todo si son cosas de ti, amada Simone. En vuestra vida privada, tú y el feo de Sartre, ese hombre con cara de camaleón en un primer plano, supisteis aplicar este pensamiento con admirable eficacia: sin casarse ni reproducirse. Nunca os separasteis a pesar de que os confesabais vuestras aventuras, por más que fueras bisexual, ay, ya me hubiera gustado a mí compartir contigo esas experiencias, pero en consecuencia, convertiste al feo de Sartre en zoofílico. Bueno, eso a mí... Después llevarías un turbante. En resumen, fuisteis dos mandarines que demostrasteis que era posible quererse aun perteneciendo a sexos distintos, con absoluta libertad, intercambios de pareja e independencia.


Y ahora me preguntarás: ¿en qué se ha convertido hoy el feminismo? Por lo que a mí respecta, te lo diré claramente: creo que el feminismo es la única utopía alcanzada del siglo XX, y, en resumen del XXI: me encanta que mi novia trabaje: así no la tengo todo el día encima y, además, trae pasta a casa.

Y ahora escuchemos juntos a la otra Simone, a la Nina, como antaño, tú y yo lo hacíamos, allí, en aquella habitación del barrio parisino de la Rive Gauche, y veíamos, con algo de dificultad, caer la lluvia a través de los cristales de la ventana empañados por el calor que desprendía nuestros cuerpos, y las fotos eran en blanc et noir, y poco nos importaba en ese momento Sartre y El ser y la nada.

Besos y un fuerte abrazo.


                                      

Carta a Franz Kafka


Estimado Franz: me atrevo a escribirte una carta y también a  enviártela. Tú no eres mi padre y me es más fácil. Tú me entiendes porque también escribiste una carta a tu padre y la dejaste en un cajón. Sé que no fue por cobardía, sino por la imperante necesidad de sacar tanta mierda, y al fin y al cabo, tu padre nunca la hubiera entendido porque era corto de mollera. Creo que todos deberíamos escribir una carta a nuestro padre. Yo lo hice y se la envié, pero ya te diré en otro momento cuál fue su reacción. Los cajones son más sabios. Y solo te diré sobre tu Carta al padre que es un asombro de documento literario directo, riquísimo, desesperanzado. Ahí sí que se inaugura un género. Y mi padre sin enterarse. A mí lo que más me gusta de ti son las cartas y todo lo que en tus papeles huele a diario íntimo, memorias, confesiones. En esos géneros que no lo son, tú no tienes que elaborar parábolas ni alegorías, sino la prosa de un escritor inteligentísimo, la verdad de tu vida y de sus forros, minuciosamente analizado todo, como primor y audacia, con timidez, fuerza, miedo, frustración y amor.

Amigo, tenías una cosa de pianista tuberculoso de un café de Viena o de Praga, de estudiante sin suerte y de chico que asustaba un poco a las chicas por cómo se te veía la fatalidad por encima de tu sombrero. Eras, cómo decirlo, el moscardón de aquellos veranos con abrigo. Tenías la cara de cínife triste y se te notaba la castidad o la impotencia o la timidez en la manera de retratarte con una mujer como con un reloj de columna. Fuiste el señorito frustrado de la ciudad, un Charlot grave que tenías más de Buster Keaton, pero sin dejar de ser Charlot. Fuiste el humorista serio del siglo XX, el trágico sin tragicismo a quien luego te había seguido Samuel Beckett y otros, pero exagerando el papel. Tienes que disculparme, mi querido Franz, pero como mejor veo al Kafka profundo, vacío y estremecedor, es como personaje de cine cómico mudo. He llegado a pensar si tú andabas así por la calle, con esa prisa mecánica que tienen los del cine mudo. Fuiste un señorito del comercio, el hijo de un padre riquillo, pero te producía náuseas el bazar paterno, como a todos los chicos les repugnan los padres con dinero. Hoy es diferente. Tener un padre pobre es un asco, te lo digo de verdad.


Los griegos contaron la lucha del hombre contra los dioses. Tú solito contaste la lucha del hombre contra las instituciones. Tu apellido se ha convertido en adjetivo. Hoy en día "kafkiano" es sinónimo de angustia burocrática, de absurdo checo, de expresionismo en blanco y negro.  He leído tantas veces  El proceso que ya no me sorprende  lo que le ocurre a Joseph K.; ese soltero y taciturno empleado de banca que nunca le ha pedido nada a nadie y es detenido por un par de funcionarios. Se meten en su casa sin llamar a la puerta. El pobre se levanta y en pijama mira consternado cómo estos funcionarios se zampan su desayuno. Pero no te preocupes, mi querido Franz, por semejante desatino, ahora a los funcionarios les recortan el sueldo por lo menos un par o tres de veces al año. Y no veas las cosas que tienen que hacer para preservar sus gordos culos apoltronados. Ahora ellos también son carne de lo "kafkiano". Bueno, a lo que iba; ya no me sorprende cuando a Joseph K., se le notifica que será juzgado en breve. Ya no me sorprende cuando él intenta en vano defenderse: "¡Pero no he hecho nada!" Y sobre todo acepto con toda normalidad que toda la ciudad está ya al corriente del proceso de este hombrecillo que ahora somos todos. Encuentro absolutamente normal, querido Franz, que K. se vuelva totalmente paranoico. ¿Quisiste estigmatizar el totalitarismo? Creo que no. El proceso no es un panfleto político sino una parábola metafísica: este proceso es el de todos los humanos arrastrados como somos por una sociedad que nos supera.


¿Pero qué crimen hemos cometido para merecer esto, estimado Franz? Cuando nacemos, ya somos culpables del pecado original. Nos educan a ir a la escuela y allí nos juzgan, nos ponen malas notas, nos enseñan disciplina. Luego nos mandan al ejército, ya sabes que a mí me tocó ir a la mili, y más tarde nos obligan a trabajar como un presidiario toda nuestra vida, bueno, ahora ya no trabajamos casi nadie, pero también es una condena. En el fondo, la existencia solo es un largo proceso cuyo tribunal ya nos ha condenado a muerte desde el principio. Yo he visto en tu obra la humillación como paisaje. En tu obra hay un pesimismo que sirve de gélido y grisáceo decorado, pero también un humor, una ironía salvadora: no olvido que leías tus manuscritos a tus amigos mondándote de risa; para ti toda esa historia tremendamente gris (El proceso, pero también El castillo y La metamorfosis) son antes que nada enormes bromas y, de un modo incidental, una especie de Nouveau Roman con medio siglo de anticipación.


El proceso también es una fantasía profética. Tu novela se publica en 1925, pero tú la escribiste diez años antes, en 1914, es decir antes de la revolución rusa, antes de la Primera Guerra Mundial, antes del nazismo y del estalinismo: el mundo que tú describes en tu libro todavía no existía, y sin embargo tú ya lo viste todo.

Y para finalizar tengo que decirte otra cosa más en tu defensa: la cobardía ha producido las páginas más valientes del siglo XX. Has escrito tus páginas de una valentía terrible. Tuviste el valor de afirmar en El proceso que todos somos culpables. ¿Culpables de qué? De haber nacido, posiblemente, y de las cosas que han pasado después, todos somos culpables.

Un fuerte abrazo

 

lunes, 22 de abril de 2013

Carta a Sigmund Freud


Mi querido papá: ¡Oh, perdón! Querido Sigmund. ¿En qué estaba pensando? Curioso lapsus... Me pregunto qué demonios habrá querido decirme mi inconsciente con eso... Acabo de releer tus Tres ensayos sobre teoría sexual. Está claro, mi querido amigo, que la revolución "freudiana" todavía me parece una lección ideal. Creo que soy de los pocos que todavía te leen, incluso tu correspondencia, por eso me he animado a escribirte. ¿Sabías que tengo un cuaderno donde escribo mis sueños? Te parecerá extraño el uso que le doy, no para analizarme, qué horror, sino para introducirlo en las tonterías que escribo y la gente se lo toma como si fuera real. Es una lástima que en donde estás ahora no tengas conexión a internet porque verías unas cosas que superarían tus conocimientos. Hoy ya nadie recuerda lo que sueña, es más, ya ni sueñan cuando duermen en sus camas; hoy los sueños están en Facebook. Descojonante, amigo Sigmund.


Recuerdo cuando definiste en Tres ensayos sobre teoría sexual las bases del psicoanálisis: 1) la sexualidad humana es aberrante; 2) la pulsión sexual se manifiesta antes de la pubertad y el niño es un pervertido poliforme; 3) el sexo solo mantiene una relación ocasional con la procreación. Semejantes afirmaciones hoy totalmente anodinas y aceptadas por todos, causaron un auténtico escándalo en tu época. En las calles de Viena, el saludo te fue negado, al igual que en todo el imperio austrohúngaro. Puedo verte en aquella época: simpático barbudo y cocainómano. No fuiste lapidado de milagro. Hoy se diría en términos vulgares: montaste un pollo que te cagas. Más tarde, los nazis quemaron tus libros para, de este modo, ahorrarse el tener que realizar sus propios análisis.


Te apasionaste por las perversiones sexuales y, más concretamente, por las pulsiones. Resulta endemoniadamente excitante aunque no constituye una novedad. Perdona que te sea sincero, amigo Sigmund. Descubrí el manual de un tal Krafft-Ebing datado en 1886; una cosa bastante guarra y no te digo la magnífica obra del divino marqués de Sade. Creo que la verdadera revolución de tu libro se produce cuando investigas las cosas de dichas pulsiones. ¿Cuál es el origen de nuestra libido? Tú afirmaste que se fragua durante nuestra primera infancia, que nuestra neurosis tiene su origen en la fase anal, oral, fálica, así como el complejo de Edipo; grosso modo, todo depende de la manera cómo has deseado a tu madre o a tu padre antes de la pubertad.


Estos descubrimientos, que todavía hoy son discutidos, produjeron una auténtica conmoción no solo en el siglo XX, sino en la historia de la humanidad. Después de Copérnico, que nos enseñó que no éramos el centro del universo, y de Darwin, que nos dijo que descendíamos del mono, tú nos comunicaste que ni siquiera somos dueños de nuestra voluntad y, por tanto, de nuestra sexualidad. Es lo que denominas "tercera vejación" y que te lleva en el momento de tu llegada a Nueva York, a afirmar: "les traigo la peste", qué fuerte, tío. Para vivir felices, debemos aprender a explorar nuestro subconsciente. Creo que el "Conócete a ti mismo" de Sócrates es anterior a ti. Sócrates fue un pervertido.


Por supuesto que el hombre no está más equilibrado hoy que hace un siglo, amigo Sigmund. ¿Habrá fracasado el psicoanálisis? En el terreno científico, puede discutirse; cuando uno ve ciertos programas de televisión, es legítimo hacerse la pregunta; tu auténtica victoria es literaria.Ya sé que no llegaste a conocer al descreído Nabokov que definió el psicoanálisis como "la ampliación cotidiana de viejos mitos griegos a las partes genitales". Era una manera de menospreciar la influencia de los Tres ensayos sobre teoría sexual en toda la literatura del siglo XX. Si lo analizo, mi querido Sigmund, sin ti no existiría el surrealismo, ni Zweig o Schnitzler, pero tampoco Proust, que ni siquiera necesitaba leerte para ser freudiano, ni Gide, ni Thomas Mann, a decir verdad, sin ti mi biblioteca estaría casi vacía. Sin tu peste, también nos habríamos visto privados de los libros de Philip Roth o de las películas de Woody Allen. Así que, solo por Roth y Allen, hay que agradecerte el haber humillado al ser humano tratándolo de obseso sexual infantil. Mi queridísimo Sigmund, me doy cuenta de que cada vez que la gente de hoy trata a su novia de "histérica", o a su mejor amigo de "mitómano", al jefe de "paranoico" o a su padre de "homosexual reprimido", te están homenajeando. Sin ti habrían utilizado las expresiones "loca", "mentiroso", "acosado" y "porfa..., papá, quítate ese vestido".

Un fuerte abrazo.



                                    

sábado, 20 de abril de 2013

Carta a Francis Scott Fitzgerald


Mi querido Francis: cuando publicaste El gran Gatsby en 1925 solo tenías veintinueve años, y sin embargo ya estabas en la cumbre de tu arte. Lo sabías todo de América, y la prueba es que el país se rindió a tus pies. Te casaste con la chica más guapa de Nueva York, es decir, del mundo. Decidiste contar la vida de un pobre del Medio Oeste que se enriqueció vendiendo alcohol durante la Prohibición y que organizó fiestas en Long Island: Jay Gatsby. Gatsby quiere seducir al amor de su infancia, Daisy, casada con un millonario heredero (Tom Buchanan). Ni que decir tiene que el apestoso dinero de Gatsby no bastará para que ella regrese con él, eso es lo único que de verdad ha envejecido en tu novela: en la actualidad, la hermosa Daisy no dudaría ni siquiera tres segundos antes de largarse con el guaperas advenedizo. ¿Existe algo más sexi que un bootlegger (el antepasado del camello de American Beauty)? Perdona, sé que no conoces la película.


El gran Gatsby es una sátira de la alta sociedad americana (algunos incluso reprochaban de tu novela su larvado antisemitismo), pero es, sobre todo, una novela de amor melancólico, redactada en ese tono agridulce, inimitable, amigo Francis, que depuraste escribiendo 160 cuentos para pagarle la ropa a tu querida Zelda: "En sus azules jardines, hombre y mujeres pasaron y volvieron a pasar como mariposas entre cuchicheos, estrellas y champán." Ya sé que también es, en parte, un reflejo de tu autobiografía: Gatsby es un poco tú. Tu lugar de nacimiento fue en Saint Paul (Minesota), nunca conseguiste formar parte de los clubs de millonarios, fuiste ninguneado por el equipo de fútbol de Princeton y jamás lo superaste, es cierto que, a diferencia de tu protagonista, no fuiste asesinado, pero moriste a los cuarenta y cuatro años, alcohólico y desconocido, ocho años antes de que tu mujer también desapareciera, quemada viva en un incendio en un manicomio, en 1948.


No sé por qué te cuento todo esto, amigo Francis, debería dejarte tranquilo en tu apacible descanso. De todas maneras continúo porque no tengo nada mejor que hacer. Todas las grandes novelas son premonitorias: Colette decía que "todo lo que escribimos acaba convirtiéndose en realidad". La América codiciosa y egoísta descrita por ti no ha hecho más que empeorar desde entonces, ya que se convirtió en la dueña del planeta Tierra. Sus delirios de grandeza acaban en sórdidas resacas. El mundo es un party de placer que empieza bien y termina mal, como la vida "un proceso de demolición". Creo, mi querido Francis, que uno no debería despertar nunca. Si no me equivoco, tú eras tremendamente protestante, casi puritano: para ti, la felicidad tiene un precio que se paga al contado, y el pecado siempre recibe su correspondiente castigo. Describiste a ricos infelices en Nueva York tras haber sido pobre feliz en París. Sí, París era otra fiesta. El único modo de criticar a los ricos es vivir como ellos, es decir, beber por encima de tus posibilidades, antes de terminar en la miseria y el alcoholismo. Ay, si vieras a los nuevos ricos de mi país; se cuidan, van al gimnasio, depositan sus fortunas en Suiza, se van a esquiar a Canadá y levantan el dedo corazón a los medios de comunicación. En fin, me aburre escribir sobre todo esto.


Quiero decirte que comprendo por qué te gustaba tanto saquear el Ritz estando borracho perdido o precipitar tu coche en los estanques: manchar tu esmoquin era un gesto político, un modo de demostrar tu desacuerdo con el mundo al que tanto habías soñado pertenecer. Te considero el primer bobo (burgués bohemio), pero tenías la elegancia de llamar a tu izquierdismo "Generación Perdida": "Deberíamos poder comprender que todo es desesperanza y, sin embargo, estar dispuesto a cambiarlo" (El Crack-up); "todo los dioses, muertos; todas las guerras, hechas, todas las esperanzas en el hombre, frustradas" (A este lado del paraíso). Queda tu descripción de los aristócratas neoyorquinos, tan luminosa que ellos mismos se vieron deslumbrados y luego se apagaron, como los dinosaurios. 

 
Y para terminar, mi querido Francis, voy a confesarte una cosa; no me gusta la gente que no le gustas. Hoy creen que hay que ir mal vestido para ser un auténtico rebelde. Es falso: si me ducho con champán, y la emprendo a patéticas patadas con mi televisión de plasma, mi portátil y me desprendo de mis tarjetas de crédito lanzándolas por la ventana, es para poder gritar; algo de optimismo ante ese futuro feliz que, año tras año, retrocede ante nosotros (como creía Gatsby). La eternidad, amigo, dura lo justo.

Un fuerte abrazo


                                        

viernes, 19 de abril de 2013

Comprender y no juzgar

Comisario Maigret

"Uno de los que probablemente  me perseguirá más que cualquier otro  es el problema de la comunicación. Me refiero a la comunicación entre las personas. El hecho de que seamos no sé cuántos millones de personas, pero la comunicación, la comunicación completa, sea absolutamente imposible entre dos de estas personas, resulta uno de los temas trágicos más importantes del mundo. Me asustaba cuando era un muchacho. Casi me daban ganas de echarme a gritar por este motivo. Me producía una sensación enorme de soledad. He retomado este tema no sé cuántas veces. Pero sé que volverá a aparecer. Estoy seguro de que volverá a aparecer."
Georges Simenon

"Es imposible defenderse si no hay buena voluntad."
Franz Kafka, América



En Sala de lo criminal trata el tema del error judicial: un inocente es condenado a veinte años de trabajos forzados. En este texto sobrio Simenon cuestiona el sistema procesal: esta "máquina monstruosa, esta especie de inmensa trituradora", aplasta al protagonista. La falibilidad de la justicia sale a relucir en varias novelas: en La cabeza de un hombre (1931), un inocente sentenciado salva su cabeza gracias a Maigret; en Los testigos (1955), un juez se da cuenta de que él también podría ser condenado en virtud de testimonios poco convincentes; y en Maigret en la audiencia (1960), el comisario testifica a favor de un inculpado al que todo le incrimina.


Es el momento de recordar la divisa de Simenon: "Comprender y no juzgar". En Maigret tiene miedo (1953), cuya acción se desarrolla en Fontenay-le-Comte, pone de manifiesto el antagonismo entre la clase adinerada y el pueblo, merecedor de las simpatías del comisario, como sucede en El inspector Cadáver (1944), otra novela ambientada en Vendée. Sin embargo, Maigret teme la multitud, dispuesta a tomarse la justicia por su mano, y también siente miedo al enterarse de que un error en su investigación ha provocado un suicidio. 



En la carrera del comisario está salpicada de equivocaciones: en Pietr el Letón y El ahorcado de la iglesia, las dos de 1931, provoca sendos suicidios; En El inspector Cadáver no detiene a los culpables; es Una confidencia de Maigret (1959) no consigue probar la inocencia de un condenado a muerte, y en Maigret en la Audiencia (1960) incluso favorece que se cometa un asesinato.


La admiración profesada por escritores tan diferentes como Henry Miller, Cocteau, Gabriel García Márquez, John Banville, Walter Benjamin, William Faulkner, Josep Pla, Federico Fellini, Álvaro Mutis, Francisco Umbral, Joan Sagarra, Carlos Pujol, Antonio Muñoz Molina, Fernando Fernán-Gómez, Mac Orlan y muchos otros, comparten este sentimiento como un eco de la opinión de André Gide, que veía en Simenon a "un gran novelista, tal vez el más grande y el más auténtico" de su tiempo.

"En el fondo, sólo busco al hombre desnudo", dijo una vez el escritor belga y también se preguntó: "¿Tiene la novela los días contados? ¿Ha muerto?"