miércoles, 30 de octubre de 2013

Desde el otro lado del hielo


En 1987, el autor británico Sam Hall observó: "Desde Austria a las Américas, la imagen del esquimal clásico sigue siendo la de Nanuk, el cazador indomable que, vestido con un anorak de piel de foca y pantalones de piel de oso polar, empuña el arpón preparado para matar mientras su hijo juega feliz en el hielo con unos cachorros de husky ante la puerta del iglú familiar. En el Ártico, esa visión resulta hoy tan absurda como resultaría la de César con la toga flotando a su espalda, un racimo de uvas en la mano y una copa de plata en la otra, cruzando un embotellamiento de tráfico en Roma".


Nanuk es el protagonista de la película muda de Robert J. Flaherty, de 1921, que lleva el subtitulo de La vida de un esquimal y su familia. Nanuk el esquimal significó una revolución en el cine, y aunque hoy sabemos que, para satisfacer ciertas exigencias dramáticas y técnicas, Flaherty manipuló algunas escenas, atribuyendo al personaje inuit las características propias de una concepción occidental del paisaje y de la historia, el filme es sin embargo una obra maestra. Sesenta y seis años después, Hall acertó al destacar el anacronismo (si no falsificación manifiesta) que resultaba de comparar a Nanuk de la pantalla con los habitantes de esa desolada realidad de la Norteamérica ártica del siglo XX.


La visión de Flaherty apenas resistió la confrontación de los hechos: en lugar del pueblo fuerte y feliz que presentaba, los inuits se estaban extinguiendo, el desempleo era (aún lo es) el más alto de Canadá, y la tasa de suicidios entre los jóvenes aumentaban vertiginosamente. Solo en la pantalla los inuits alcanzaron el rango de personajes de un relato de aventuras: incluso el Nanuk de carne y hueso murió de hambre, sobre el hielo, pocos días después de que terminara el rodaje. La película de Flaherty fue un logro notable, pero respondía esencialmente a una idea preconcebida, como la de César y su toga flotando al viento.


Casi un siglo después del Nanuk de Flaherty, otra película sobre la identidad de los inuits fue aclamada como una obra maestra en todo el mundo. Esta vez el director era un inuit, Zacharias Kunuk, y su película, Atanarjuat: la leyenda del hombre veloz (2001), narraba una historia auténticamente inuit. Kunuk mostraba algo nuevo, algo que exigía un método de recepción diferente para una visión diferente, y, al hacerlo, ofrecía al público otra forma de percibir desde un punto de vista propio de esa cultura.


Si el filme de Flaherty constituía una plasmación exquisita de algo que el director creía se hallaba allí en el hielo infinito, mientras él mismo podía permanecer ajeno a la naturaleza de ese algo, la película de Kunuk, en cierto sentido, corrigió el enfoque, dirigiendo más allá de lo que Rudyard Kipling, en un poema escrito en defensa de los inuits, había llamado irónicamente "la visión del hombre blanco". En Atanarjuat la historia de Nanuk ha sido devuelta y traducida al inuit original, obligando al público extranjero a efectuar una transmigración cultural. Atanarjuat obliga a mirar, no desde el otro lado de la cámara, sino desde el otro lado del hielo.


lunes, 28 de octubre de 2013

El desprecio


Cuando se habla de El desprecio (1963), siempre me vienen a la mente la banda sonora de Georges Delerue y Brigitte Bardot preguntando: "¿Y mi culo, te gusta mi culo?" Esta frase, sin embargo, no figura para nada en el libro, aunque la adaptación de Jean-Luc Godard fue relativamente fiel a la trama de la novela de Alberto Moravia: una mujer viaja con su familia a Capri con la intención de salvar su matrimonio, y la excursión produce el efecto contrario (de hecho, el cantante Hervé Vilard convirtió esta misma historia en una famosa canción: "Capriiii, c'est fini et dire que c'estait la ville de mon premier amouuurrrr..." ¡Me encanta! Después la oiremos todos al final del post.


La primera frase del libro ha quedado grabada en la memoria de muchos, incluso más que la preocupación de Brigitte Bardot por sus respingadas nalgas: "Durante los dos primeros años de mi matrimonio, mis relaciones con mi mujer fueron, hoy ya puedo afirmarlo, perfectas." Esta manera de arrancar con una constatación optimista tras la que se intuye el inminente desastre tiene resonancias del arranque de Aurélin, de Louis Aragón: "La primera vez que Aurélin vio a Bérénice, le pareció francamente fea." Moraleja: en las buenas novelas, es necesario que las parejas perfectas se separen, y que la gente que se encuentra fea se enamore. De no ser así, no habría nada que contar.


Riccardo, el narrador de El desprecio, es un ser débil, un antimacho, algo sorprendente en un italiano: su esposa Emilia quiere un apartamento, así que, en lugar de escribir obras de teatro, se convierte en guionista de cine para poder pagar la hipoteca. Precisamente por haber cedido a sus exigencias es por lo que su mujer le desprecia: ¡le reprocha haber hecho lo que ella quería que hiciera! O que parezca empujarla hacia los brazos de un vulgar productor llamado Battista. El mensaje de Moravia está claro: ¡si quieres que tu esposa te admire, no la obedezcas! (¿Acaso era una alusión a su primera esposa, Elsa Morante, también escritora famosa, de la que se divorció ocho años después?) ¿Qué esperan las feministas radicales para intervenir? El desprecio es la primera novela que analiza las secuelas del feminismo sobre la virilidad. En realidad, Alberto Moravia no era un misógino, pero sí un hombre preocupado. Presentaba los límites de la lucha por la igualdad entre sexos: se trataba de obtener la paridad, no de invertir los papeles. Así pues, Moravia es uno de los primeros escritores del mundo que describe al hombre moderno, este cobarde pactista, superado por el poder de la nueva mujer, perdido en un mundo artificial, sin más ideales que una bonita casa, un bonito coche, una original cafetera Nespresso, presentando libros, un bonito IPhone, una web "muy currada", una foto rompedora en Facebook. Una bonita tranquilidad.


Vivimos en una civilización materialista que destruye el amor: nos hacemos regalos en lugar de amarnos. Más tarde, esta trampa del confort moderno fue retomada con un estilo glacial por Georges Perec en su notable primera novela: Las cosas (1965). Pero, antes que él, las grandes novelas moravianas: Los indiferentes (1929), El amor conyugal (1949), El desprecio, El aburrimiento (1966) ya reflexionan con delicadeza sobre el malestar: la imposibilidad de la pareja en una sociedad hipócrita que finge ensalzarla cuando, en realidad, pone toda la carne en el asador para destruirla (glorificando al individuo y el deseo, creando la nueva religión del sexo y del dinero). Moravia: ¿antepasado de Houellebecq? En El desprecio, encierra a Riccardo y Emilia en una isla encantadora y, con taciturna delectación, observa cómo se van hundiendo en el malentendido: "El objetivo de este relato es contar cómo, mientras continuaba amándola y sin juzgarla, Emilia descubrió o creyó descubrir algunos de mis defectos, me juzgó y, en consecuencia, dejó de quererme..." Contrariamente a su mujer, yo siento un profundo amor por ese Riccardo que tanto se parece a nosotros, los hombres occidentales, víctimas y cómplices de la sociedad de sobreconsumo egoísta. Y acabaré con un retruécano del que no me siento demasiado orgulloso: en el mundo actual, el hombre de Moravia está muerto en vida.
Y ahora, vamos a la canción.


            

viernes, 18 de octubre de 2013

El informe Firefly


Ayer por la noche estaba viendo las noticias y de repente me harté de tanta porquería. Entonces me propuse arrancar el barniz convencional que lo envuelve todo. Me puse mi gran camisón, mi gorro con borla, mis calcetines blancos y fui a buscar dos películas: Los cuatro cocos y Sopa de ganso.

Los cuatro cocos (1929), de Joseph Santley y Robert Florey. El nitrato original se ha deteriorado hasta tal punto que algunas partes están seriamente dañadas (algunos minutos del montaje original parece que se han perdido definitivamente). Pero bueno, a lo que iba. Groucho interpreta al señor Hammer (sin nombre propio), propietario y director de un hotel de seiscientas habitaciones en Florida. La acción se sitúa en le boom de los valores inmobiliarios que se dio en Florida hacia mediados de los veinte. Groucho también posee algunos otros bienes que subasta a lo largo de la película. Su nombre se deriva del martillo subastador (Hammer es la palabra inglesa para "martillo"), pero no tiene el gancho de los que vendrían después.


Groucho intenta conseguir que Margaret Dumont se interese por el mapa del condado de Cocoanut, el terreno que va a subastarse. Groucho: "Es el distrito residencial más exclusivo de toda Florida. Nadie vive allí".



Groucho tiene, de forma temporal, una posición social relevante, un status alcanzado a base de trucos o malentendidos, y nunca se preocupa por su futuro. Es un parásito social. Resulta bastante extraño ver a Groucho comportarse como un hombre de negocios habitual, saliendo como un rayo hacia el aeropuerto para recoger al hombre capullo invitado influyente, utilizando cualquier excusa para dar un banquete, o lamiendo culos. Su comportamiento en el mundo de los negocios demuestra lo poco que le importa tener éxito. A pesar de que la temporada todavía no ha comenzado, Groucho se encuentra virtualmente en bancarrota: "Hace tres años llegué a Florida sin un centavo en el bolsillo. Ahora tengo uno".


El personal le reclama sus salarios, pero Groucho se los quita de encima mediante un inteligente discurso que combina una llamada al espíritu patriótico con la promesa de un rápido arreglo de la situación. "¿Salarios?", les pregunta. "¿Queréis ser esclavos de vuestros salarios? ¡Contestadme!" Nadie abre la boca. "¡Por supuesto que no!", contesta Groucho por ellos, y continúa: "¡Bien, ¿qué es lo que hace a un hombre esclavo de su salario? ¡Su salario! Yo quiero que seáis libres. Recordad, no hay nada como la libertad. Sed libres, amigos, uno para todos y todos para mí, y yo para vosotros y tres por cinco y seis por un cuarto de dólar".

Más adelante Groucho se pone a gritar y aquello se convierte en una barraca de feria: "¡Pasen aquí amigos! Tres disparos por...", y hace sonar la campana a la vez que le ofrece a Harpo un puro. Los extraños hábitos alimenticios de Harpo dejan a Groucho, por raro que parezca, sin palabras.

Sopa de ganso (1933), de Leo McCarey. Freedonia está en crisis y Rufus T. Firefly (Groucho) es el presidente de esta república. 


Rufus espera que la señora Teasdale (Margaret Dumont) la mujer más rica de Freedonia preste veinte millones de dólares a la nación para que pueda salir de su situación económica. Aquí Rufus T. Firefly es la autoridad. Sus intenciones para gobernar el país, tal y como aparecen en una canción, son la tiranía, el caos, la corrupción y la contradicción. Por un lado, "ésta es la tierra de la libertad", pero, por otro, "si se detecta alguna forma de bienestar, informadme y será prohibida". Y "no permitiré injusticias ni juego sucio", pero "si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, lo pondremos contra la pared... ¡Y daremos orden de disparar!". Groucho arremete contra la concurrencia: "si pensáis que este país está mal, esperad a que acabe con él". A pesar de ello la dictadura de Groucho es popular.


Tras finalizar el visionado de estas dos películas me quedé dormido. Después desperté tras un sueño intranquilo.
                              
            

jueves, 17 de octubre de 2013

Patrick Bateman: veintidós años después


"Y mientras las cosas se caían a pedazos nadie prestaba mucha atención."
Talking Heads


American Psycho (1991) es, por encima de todo, un libro desagradable: un despliegue extraordinario visual de violencia obscena, salpicado de comentarios sobre la música de Phil Collins y Whitney Houston, y de interminables y repetitivas descripciones de la moda de la década de 1980. El protagonista de la novela, Patrick Bateman - hermano de Sean Bateman, que aparecía en una novela anterior de Bret Easton Ellis (Las leyes de la atracción) -, es un psicópata que trabaja en Wall Street. Dirige reuniones de negocios, como en restaurantes de lujo y comete violaciones y asesinatos. La novela no marca ninguna diferencia entre estas actividades. La depravación, parece sugerir, está tan delicadamente entretejida en la textura de la vida contemporánea que ya no es posible detectarla o describirla, ni saber dónde termina el capitalismo y empieza el embrutecimiento.


Ese rostro inhumano unido a un traje de tipo Wall Street, que aparece en la portada de la novela, es la pura expresión del carácter del asesino en serie que la protagoniza.

No hay en la novela ningún intento de adoptar una postura moral respecto a Bateman y a la cultura a la que pertenece. Pero lo extremado de la violencia, y el modo impasible de describirla, confiere a la escritura una dimensión extraña y etérea, que es lo más aproximado a una ética, o a una estética, que puede permitirse la novela. Aunque Bateman intenta comprender por qué le ha correspondido a él semejante maldición, no es capaz de formularse a sí mismo sus propias miserias o su propia confusión. En consecuencia, la novela suscita la nostalgia de una certeza moral y de cierta claridad de perspectiva frente a una cultura que se ha vuelto ilegible e impensable. Ese deseo habla de cierta inocencia incluso en medio de la depravación, y solo por ese motivo American Psycho merece seguir siendo leída.

                                   

miércoles, 16 de octubre de 2013

El gran Fredric Brown


Fredric Brown era pálido, melancólico de estatura minúscula, huesos pequeños y delicadas facciones parcialmente ocultas por unos lentes con montura de concha y un fino bigote. Fred (para los amigos) jugaba con su gato, tocaba la flauta dulce y jugaba al ajedrez. Había recorrido los Estados Unidos con una feria, compartiendo la tienda con un adivino. Más tarde trabajó en una oficinilla de mierda y luego pasó a ser corrector de pruebas y redactor de una periodicucho de tres al cuarto. Pasó periodos de escaso  éxito en Hollywood, escribiendo guiones para programas de televisión como Alfred Hitchcock e intentando trabajar en el cine. Fred era alcohólico, como los buenos y grandes escritores. Por razones de salud se vio obligado a residir en Arizona y Nuevo México, donde el clima era más benigno para sus bronquios. Su obra, su gran obra literaria, sobre todo, la de género negro, suele reflejar notas destacadas de su biografía. Fred, al igual que sus protagonistas, se vio obligado a trabajar por cuatro duros en oficios ya mencionados. Él también fue un desarraigado y un enfermo, y compartió con sus personajes la semiclandestinidad de los pueblos perdidos en el desierto, cuyos habitantes añoran y esconden un pasado que se adivina brillante y turbulento como en la magistral Un trago para el camino.



Fred solía caminar por su casa con la cabeza baja y las manos entrelazadas sobre sus riñones cuando urdía una trama (Fred era tan bueno en el género negro como el de ciencia ficción; en ambos fue un consumado maestro). En ese proceso de concentración, nuestro autor, detestaba ser interrumpido, hasta que un día su mujer se le ocurrió una brillante idea para solucionar el problema. Le dijo que se pusiera un gorro de algodón rojo. De esta manera ella sabría cuando estaba urdiendo sus brillantes historias. Cada vez que releo sus relatos o novelas imagino a Fred en semejante situación. 


Pero no todo era inspiración. Fred solía atascarse en medio de sus tramas. Entonces fue él quien se le ocurrió la idea de viajar de noche en autobús. Esperaba a que se apagaran las luces para extraer de su bolsillo un lápiz linterna y un bloc. Fred solía estar varios días fuera de casa y cuando regresaba ya había solucionado el argumento.


De Fred siento predilección por la serie de Ed Hunter y Am Hunter; una serie de siete novelas iniciada con La trampa fabulosa galardonada con el prestigioso premio Edgar Allan Poe. En esta serie de novelas desplegó su fascinación por las ferias, el jazz, la bebida como actividad social, los rompecabezas, los juegos de palabras, la fantasía y la mayor de todas las trampas: el mundo en el que le tocó vivir.


Fred escribió un buen puñado de relatos e incluso microrrelatos, cuando todavía no estaba de moda (las short stories de los anglosajones) en los que descolló de forma magistral, y, novelas, hoy clásicas, como Universo de locos , El ser mentePor sendas estrelladas y Marciano vete a casa. De esta última quiero hablar por ser una de las novelas más divertidas e inteligentes que he leído nunca.


El argumento de esta hilarante historia es bien conocido para los buenos amantes de la ciencia ficción. Un buen día llegan los marcianos, que son simplemente unos hombrecillos verdes de cabeza gorda (inolvidable esa histórica frase: "Hola Pepe. ¿Es esto la tierra?"). Son capaces de teletransportarse, son impalpables, y tienen una especie de visión a distancia. Y sobre todo, son unos pequeños bastardos. Pues los marcianos no han venido a conquistar la tierra ni a convertir a los terrestres en esclavos, sino simplemente a hacerles putadas a la Humanidad. ¡Me encanta!


El gran Fred tenía una habilidad extraordinaria: la de tomar una idea loca o absurda, y desarrollarla con perfecta lógica interna. Universo de locos y Marciano vete a casa son los máximos exponentes de esta habilidad. Su argumento está lleno de ingeniosas y delirantes situaciones, del principio al fin; pero quisiera señalar además algo que pocas veces he visto comentado: se trata de la descripción tan realista que hace Fred de la vida de escritor, y de escritor típicamente americano. Brillante el momento cuando el psiquiatra le dice a la mujer del protagonista que su marido se ha negado a escribir hasta que ella se digne visitarlo, y la mujer pregunta: "Entonces, ¿ha perdido días de trabajo?". O cuando el médico se pregunta si debe curar al protagonista, porque, estando loco, gana más dinero que él. O ese jefe de una tribu de caníbales llamado McCarthy, que según Fred, no tenía nada que ver con el senador americano del mismo apellido.


Respecto a la traducción, se observan algunas novedades con respecto a la edición Nebulae que yo leí de niño. En la antigua versión, los marcianos llaman a todo el mundo Pepe o Pepita, depende. En la nueva, los nombres usados son "Mac" y "Jane"; más literal, pero pierde parte de su gracia. 


viernes, 11 de octubre de 2013

Un pequeño homenaje a Rod Serling



Llevo toda mi vida admirando The Twilight Zone, la zona límite o indeterminada. "Twilinhgt" es la puesta de sol, es la zona de las tinieblas. Su autor, Rod Serling, sabía cómo contar las historias fantásticas de los escritores que siempre quise.

"Hay una quinta dimensión más allá de las conocidas por el hombre. Es una dimensión tan vasta como el espacio y tan atemporal como el infinito. Es la zona intermedia entre la luz y las sombras, entre la ciencia y la superstición, entre el pozo de los temores del hombre y la cima de su conocimiento. Es la dimensión de la imaginación. Un área que llamamos... La Zona Desconocida".



Con esta invocación de prosa más bien florida (que no sonaba nada florida al ser recitada por la voz mesurada y pragmática del gran Rod Serling), los espectadores eran invitados a entrar en otro mundo sin fronteras... y vaya si entraron, entré, entro, entramos, entraremos. The Twilight Zone (aquí se llamó La Dimensión Desconocida) se emitió en la CBS desde octubre de 1959 hasta el verano de 1965, desde el letargo de la administración de Eisenhower hasta la escalada del envío de tropas a Vietnam de Lyndon B. Jonson, el primero de los largos y cálidos veranos de las ciudades americanas, y el advenimiento de los Beatles. ¡She loves you!


Rod era hijo de un carnicero de Binghamton, Nueva York, campeón de los Guantes de Oro (con la altura aproximada de uno sesenta y cinco, Rod luchaba en peso mosca) y paracaidista durante la Segunda Guerra Mundial. Escribió guiones para películas. Sus mejores fueron El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner y Siete días de mayo (1964), de John Frankenheimer, y, fue autor de una magnífica novela de boxeo, Réquiem por un peso pesado. Rod escribió el guion  basado en su novela para la película Requiem for a Heavyweight (1962), de Ralph Nelson.


Pero fue en The Twilight Zone donde brilló como el superdotado que era a la hora de escribir historias. En The Twilight Zone trató el tema del fascismo en He Lives, con Dennis Hopper como un joven neonazi guiado por la sombría figura de Adolf Hitler, la histeria colectiva en The Monsters Are Due on Maple Street, e incluso el corazón de las tinieblas de Joseph Conrad; pocas veces se ha atrevido un programa de televisión a presentar la naturaleza humana bajo una luz tan desagradable y reveladora como la utilizada en The shelter, en la que cierto número de vecinos suburbanos de cualquier calle de EE. UU. se ven reducidos al nivel de animales peleando por un refugio atómico durante una crisis nuclear.


Otros episodios generaron una especie de extrañeza existencial (yo la tengo cada día) que ninguna otra serie ha sido capaz de igualar. Por ejemplo, Time Enough At Last, protagonizado por Burguess Meredith en el papel de un cajero de bando miope que nunca tiene suficiente tiempo para leer. Tras sobrevivir a un ataque nuclear, porque está escondido en la bóveda leyendo cuando cae la bomba, Meredith se muestra encantado con le holocausto; por fin tiene todo el tiempo del mundo para leer cuanto le venga en gana. Por desgracia, se le rompen las gafas poco después de llegar a la biblioteca. Uno de los principios morales de The Twilight Zone parece ser que tener un poco de ironía es bueno para la sangre.


También me encanta el episodio The Thisty Fathom Grave, en el que la tripulación de un destructor de la marina oye golpes fantasmales en el interior de un submarino hundido. Y, The New Exhibit (una de las escasas incursiones de The Twilight Zone en el horror puro y duro) trata del señor de la limpieza de un museo de cera, interpretado por Martin Balsam, que descubre que las figuras de la galería de los asesinos han cobrado vida; y también Miniatura, protagonizado por Robert Duvall acerca de un hombre que escapa en el tiempo retrocediendo al siglo XIX.


El caso es que el propio Rod escribió sesenta y dos de los primeros noventa y dos episodios, mecanografiándolos, dictándoselos a una secretaria, grabándolos a un dictáfono y, por supuesto, fumando sin parar. Los aficionados a las historias fantásticas reconocerán los nombres de casi todos los otros escritores que contribuyeron a los treinta episodios restantes; entre ellos: Richard Matheson y Ray Bradbury.

The Twilight Zone también presentó a un amplia gama de intérpretes: Ed Wynn, Buster Keaton, Art Carney, Robert Redford... y directores como Buzz Kulik, Stuard Rossenberg, Ted Post, por mencionar solo algunos. Frecuentemente tiene música inquietante y emocionante compuesta por Bernard Hermann. Los mejores efectos especiales estuvieron al cargo de William Tuttle y el mago del maquillaje: Tom Savini.

Interesante es leer los relatos de la mítica serie televisiva escritos originalmente por Rod. Para nosotros, después de décadas de ser cebados por la parafernalia del Imperio, es fácil asimilar estas historias a las series y películas "de toda la vida", e inconscientemente visualizamos en nuestro pequeño teatro mental las imágenes que nuestro autor nos ha puesto delante. A esto contribuye también, sin duda, el estilo claro de la narrado; Rod huye de todo tipo de florituras literarias, sabe lo que quiere contar y lo cuenta directamente, sin andarse por las ramas. Quizás se trate de su mayor cualidad como escritor.


Rod le levantaba cada mañana diciendo: "Déjame contarme una historia". Sí, mi querido Rod, comenzar a escribir bien temprano; en esa hora límite o indeterminada, antes de la puesta de sol, en la zona de las tinieblas. Se escribe mucho mejor en el ilimitado campo de la madrugada que en la confusión y desorden del resto del día. Esa fue su insignia, su confianza y su llave dentro de nuestras vidas. Rod fue un incurable adicto al trabajo que en ocasiones llegó a fumar hasta cuatro paquetes de cigarrillos al día, sufrió un infarto de miocardio en 1975 y falleció en plena operación a corazón abierto.

Es evidente que cada vez, con más asiduidad, nos encontramos, en situaciones que parecen surgidas de un capítulo de The Twilight Zone. ¿Será porque hay una herida melancólica irrestañable en todos los humanos porque la vida es pérdida y conduce a la nada? Y, encima, vivimos en la irrealidad más delirante, en un mundo monstruoso.



          

martes, 8 de octubre de 2013

El polvo de todos los días



Kind of Blue se editó en 1959. Un disco que inauguraba el jazz modal, improvisaciones sobre escalas en vez de acordes. Una reunión de gigantes- contaba con el pianista Bill Evans y los saxofonistas John Coltrane y Cannonball Adderley - subordinados a la nunca explicitada visión del gran Miles Davis. Desde entonces, Kind of Blue no ha dejado de venderse, alcanzando cifras millonarias. Varias generaciones de músicos, desde Quincey Jones a Pink Floyd, lo han incorporado a su lenguaje. Más que un gran disco de jazz, King of Blue es el disco de jazz: la esencia de una música evasiva y cambiante. Funciona como contraseña para entrar en la secta de paladeadores de lo cool. Hollywood ha abusado de su carácter icónico: en Novia a la fuga, Julia Roberts le regala una copia - en vinilo - a Richard Gere, como si ella quisiera devolverle el favor por la educación mundana de Pretty woman. Mantiene propiedades curativas: lo escucha en casa Clint Eastwood, en su papel de atormentado agente del Servicio Secreto de En la línea de fuego.


Semejante fenómeno merecería todo un libro. Lo publicó Ashley Kahn en 2000 y hay traducción (Miles Davis y King of Blue. La creación de una obra maestra). Una indagación casi detectivesca sobre lo que ocurrió durante los dos días de 1959 en que se materializó.

Miles Davis junto a Steve McQueen

Miles, mi querido Miles; un superviviente nato: alardeaba de haber dejado a pelo la heroína, que destrozaría al genio de Charlie Parker y tantos kamikazes del be-bop. Intimidante, a pesar de su hilo de voz: la leyenda (porque solo queda eso) asegura que se dañó las cuerdas vocales en una bronca con el propietario de un club. Miles no respetaba a esa especie e ignoraba sus exigencias: podía actuar de espaldas al público, oficialmente, para escuchar mejor a sus músicos (pero quería demostrar que no necesitaba hacer concesiones). Solía marcharse del escenario sin despedirse mientras su banda seguía tocando.


Cada vez que escucho esa maravilla que es Kind of Blue, me viene a la memoria un desgraciado incidente que le reveló, dolorosamente a Miles, el escaso respeto del que gozaba un negro brillante, educado, elegante y triunfador, en una orbe supuestamente liberal como la vil Nueva York. Una semana después de publicar Kind of Blue, actuaba en Birdland, el club de Broadway. Salió escoltando a una joven blanca que se subió a un taxi. Miles se quedó solo en la acera y un policía le ordenó que circulara. Se negó: "Estoy  trabajando en el Birdland y estoy tomando un poco de aire". En segundos, la conversación derivó en discusión. Un segundo policía lo resolvió atizándole con una porra. Sangrando, Miles fue arrastrado a un comisaría, donde pasó la noche antes de que pagara su fianza: se le acusó de conducta escandalosa e intento de agresión. Le dieron cinco puntos de sutura y le quitaron la tarjeta necesaria para trabajar en locales nocturnos neoyorquinos. Era una sanción administrativa aplicada a drogadictos; complicaba la vida de un profesional del jazz, obligándole a tocar en ciudades remotas. Pero por suerte, como dijo una vez Art Blakey: "El jazz se lleva el polvo de todos los días". Y yo podría añadir que el alba riega las calles con el polvo de los siglos.


         

viernes, 4 de octubre de 2013

Cosas perdidas



En una sola semana he perdido un par de veces las llaves de mi casa, mis gafas de sol (ahora se ha puesto a llover), el móvil y una bolsa con dos libros: El último pasajero, de Manel Loureiro y una edición especial que conmemora los cincuenta años de la publicación de El espía que surgió del frío, de John Le Carré. No es el fin del mundo. Todo es reemplazable. Dice Macedonio Fernández que suponer que podemos perder algo es una soberbia, ya que la mente humana es tan pobre que está condenada a encontrar, perder o redescubrir las mismas cosas. En fin. Después de todo no he perdido mi cartera donde llevo todos los papeles que testifican mi identidad oficial, ni tampoco mi inseparable bolígrafo Mont Blanc.


Hoy me pregunto dónde están las cosas que he perdido desde que tengo uso de razón o algo parecido. Alguien debe tenerlas. Mis juguetes, sobre todo aquella locomotora roja que anunciaba, desde su interior, estaciones inventadas. El tiempo es una estación de la eternidad, su fúnebre primavera. Los paraguas olvidados en restaurantes. Hoy llueve y según Borges la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado. Los pijamas olvidados en pensiones y hostales de mala muerte, los libros en los trenes de cercanías, mis monederos llenos de monedas, los relojes depositados sobre el lavabo de bares abiertos hasta el amanecer, pero me consolaba pensando que el reloj solo trabaja para nuestra perdición.


¿Y las personas? Todas las personas que he perdido, los amigos que no volveré a ver y que posiblemente no eran ni amigos ni nada, las personas que una tarde dijeron "hasta luego" y no volvieron. ¿Y las personas que yo fui cuando estaba con ellas? ¿Quién es este tipo que me mira con una especie de simulacro de sonrisa, que ya no existe, desde esta foto colgada en la pared?
Me lo temía, estoy perdiendo la cabeza.