jueves, 28 de noviembre de 2013

A veinticuatro emociones por segundo




Dice José Luis Garci en Morir de cine: "Los verdaderamente grandes se diferencian del resto no en su manera de filmar sino en su forma de mirar. Los grandes, sencillamente, ven más". Y esto es precisamente lo que le ocurre a José Luis cuando habla o escribe sobre cine. Su cinefilia nunca llega a la pedantería sino que transmite emoción, contagia su entusiasmo y nos volvemos más respetuosos respecto a nuestra olvidada memoria y a las películas que amamos una vez. José Luis es más autobiográfico que crítico. "En realidad, el cine es otra potencia del ama" y "Mi infancia, nuestra infancia, fue un patio de butacas con olor ozopino, un entresuelo ruidoso, un gallinero de asombro que sabía a oncita de chocolate", dice en Latir de cine, es decir, que en cualquier caso, la memoria es un cine de barrio. Para José Luis la vida camufla la vida. Para él la realidad es el cine, y, el cine, o es confidencia o no es nada. Sigamos palpitando emociones en Latir de cine: "El encanto es un atributo que únicamente se consigue cuando va perfectamente unido a la persona que lo transmite". Y esa es la principal característica del José Luis escritor: su inconfundible encanto. El encanto despierta auténtica adicción cuando combina con otras cualidades que nos son queridas.


Abrir un libro de José Luis, ya sea Morir de cine, Beber de cine, Latir de cine, Querer de cine, Mirar de cine o Noir, es como recuperar las sesiones de cine de los sábados por la tarde: algo prometedor, incitante, nostálgico y, sin embargo familiar, recurrente, confirmador, íntimamente exaltante de lo que nuestros mejores momentos creemos que somos. Las cosas que sabe José Luis, las sabe de la manera que nosotros queremos pensar que deben ser sabidas. "El cine es una admirable pluralidad. Si lo amas de verdad, tienes que aceptar sus diferencias, como en todo". Latir de cine.

José Luis en Noir, su último y excelente libro, y, probablemente su mejor obra junto a Beber de cine, se prodiga exclusivamente en el Film noir y da rienda suelta a todo su potencial de conocimiento vertiginoso y no exento de lirismo y magia que nos deja magistralmente en siete partes y dos relatos noir. Vamos, que ya puede llover o hacer frío. Con una buena butaca y la luz adecuada tenemos asegurada media vida.

He elegido un fragmento donde José Luis describe Retorno al pasado (1947), de Jacques Tourneur; una maravilla y una de mis películas favoritas.


"Retorno al pasado es algo increíblemente maduro, una película en la que los personajes son auténticos, tienen dificultades para dormir, igual que nosotros, y para pensar con claridad; donde el mal de amores se hace culpable, y la gente fuma y bebe y mira de verdad, mientras el destino se entremezcla y lo jode todo, y Mitchum es, bueno, Mitchum es uno de los mejores detectives privados que se han visto jamás en una pantalla. (...) Esta es mi línea favorita de una película dialogada prodigiosamente. Jane Greer, en el casino, le pregunta a Mitchum: ¿Hay alguna manera de ganar? Y Robert, con su famosa expresión de neutralidad atravesándole el rostro, responde: Creo que a lo más que se llega es a una forma lenta de perder". 



Siempre he encontrado en los libros de José Luis el aliento medicinal que la vida no me ha insuflado. He conocido y leído a cinéfilos que me han quitado las ganas de ver cine pero cuando se termina de leer Noir te quedas temblando, porque consigue traerte de vuelta al lugar que te corresponde, es decir, a ese territorio donde pertenecías y los desleales te arrancaron de cuajo. Decía Carmen Martín Gaite que la crítica literaria no es nada si no estimulaba, aficionaba e invitaba a leer. Estas sabias palabras podrían aplicarse a la crítica cinematográfica. "La realidad es algo insignificante si se la compara con la magia del cine", viene a decir José Luis en Morir de cine y en Latir de cine que el mundo necesita aventura, sueños, honorabilidad. "No importa ver morir los sueños o descubrir que las personas se encierran cada vez más en sí mismas, no importa la desesperación de las madrugadas, pero que no nos quiten el cine". Efectivamente, José Luis. El mundo no está bien inventado y la vida es un asco, pero como dijo Horacio, a lo único que aspiramos es a no morir del todo.




           

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Como los caballos salvajes


"Hay hombres que no suben después de caer."
Arthur Miller


Si existe alguna película que se identifica con la mítica hustoniana del perdedor y del desheredado ésa es, sin duda, Vidas rebeldes (1961). Filme mítico donde los haya, se vio beneficiado por el hecho de ser la última película de Clark Gable y la última completa de Marilyn Monroe. La presencia de un Montgomery Clift acabado físicamente y la historia y las tensas relaciones entre la artista y su marido Arthur Miller, pusieron el resto. La leyenda hollywoodense se encargó de mitificarla. 


Lo cierto es que Marilyn ya era una muñeca derruida. Venía, como ya se ha dicho, de los brazos cada vez más cansados de Arthur Miller. Llegaba al rodaje atiborrada de pastillas, sin ducharse, con el pelo grasiento y todo daba a entender que estaba en el tramo final con vistas ya al abismo. Miller había escrito el guión de la película para salvar su amor. Fue inútil. Bajo la dirección de John Huston está Montgomery Clift con el rostro partido por la cicatriz de un accidente de automóvil, neurótico, alcoholizado, a punto de reventar como los caballos salvajes que llenan la pantalla. Pero el primero en morir, apenas terminado el rodaje, fue Clark Gable, al que le reventó el corazón.


Poco después el nembutal terminó con Marilyn mientras se balanceaba hasta el pie de la cama el cordón del teléfono de la última llamada sin respuesta, que dio origen a la leyenda del asesinato. Montgomery no tardó en acompañarles. El gran Huston les sobrevivió solo para poder dirigir ya en silla de ruedas y con un gotero en el antebrazo su obra maestra en homenaje a un genio de la literatura, su paisano irlandés James Joyce, su cuento Los muertos, de la obra Dublineses.


Sin embargo, Vidas rebeldes nunca llega a ser la gran película que promete, debido a la sobreinterpretación de Marilyn. Todo el guión está hecho en función de ella y pretendía ser una especie de reflejo de su tortuosa vida privada: su difícil infancia, sus inestables relaciones amorosas y, sobre todo, su escasa estabilidad mental. La actriz se quejaría repetidas veces de que el guión de Miller solo pretendía herirla. La estrecha relación que la película mantiene con la vida de Marilyn está perfectamente señalada en aquella escena en la que vemos la puerta de un armario abierta y pegada en ella varias fotos conocidas de la carrera de la artista. "Gay (Gable) las ha colgado en broma", dirá Roslyn (Marilyn) a Guido (Eli Wallach).


Resulta difícil admitir admitir los histerismos interpretativos de Marilyn - el asunto del conejo que se come la lechuza, sus lamentos cuando Perce (Montgomery) se hiere en el rodeo o sus gritos en la captura de los caballos - porque resultan muy poco creíbles y solo parecen querer darnos a entender que estamos ante el ser más sensible del mundo - papel que, por otra parte, se nos ha pretendido vender siempre. Este exceso de celo, exagerado hasta límites insostenibles, va lastrando toda la película y hace que la historia pierda credibilidad y, sobre todo, fuerza. Cuando dice que "nunca ha tenido a nadie y aquí estoy, sola", no está más que interpretando y viviendo su papel de víctima real y ficticia. Así, pues, Vidas rebeldes puede ser tomada desde dos ángulos distintos: como objeto narcisista al servicio de Marilyn o como filme hustoniano. De lo primero ya he dicho suficiente.


Vidas rebeldes presenta, de forma más clara que nunca, el universo de los que pertenecen a un tiempo. Gay lo dice así: "Yo estoy haciendo lo mismo de siempre. Es solo que las cosas han cambiado." Él, al igual que Perce, y en menor medida Guido, identifican la falta de libertad con tener una paga, con tener un sueldo fijo. Ellos representan un tiempo pasado y no desean adaptarse al progreso, a los tiempos actuales. Sin embargo, son personajes perfectamente creíbles y no los únicos en el ambiente en el que se mueven - hay que pensar en el abuelo que debe vigilar a su nieto para que no se escape corriendo al colegio - producto de una vida determinada y basados en su propia experiencia vital. Por otra parte, el personaje de Roslyn se mueve en el terreno de la ficción absoluta; no vive ni en ese tiempo ni en otro. Lo suyo son divagaciones mentales. Pues bien, este choque entre un estilo y otro - con el único lazo de unión que presenta Roslyn a través de su deseado cuerpo - hace que la película, por momentos, no se sepa muy bien hacia dónde va. "No pienses que puedes cambiar nada", le dirá Isabelle (Thelma Ritter) a Roslyn. Y aquí radica el gran error del guión, que convierte el final del filme, con Gay y Roslyn prometiéndoselas muy felices, en algo difícilmente aceptable y sobre todo, creíble. La frase, "para mí se acabó. Ahora es como echarle el lazo a un sueño", de Gay resulta muy poco convincente y es uno de los finales más flojos que John Huston nos ha legado a lo largo de su carrerón.


Montgomery Clift, a su vez, no escatima ningún esfuerzo para demostrar que es otro ser atormentadísimo por la vida. En fin, que está al límite de lo admisible.

Lo podría decir de otra manera, en Vidas rebeldes hay mucho de Marilyn y algo menos de Huston. Y esto, la verdad, es una pena.


Siempre he hecho lo imposible por parecerme siquiera al dedo gordo del pie de John Huston aunque solo sea porque el primer contacto que produjo en mi imaginación entre los fantasmas que nacen de la psicosis del escritor que nunca seré y los personajes que se vuelven fantasmas en la pantalla.

PD: Próxima entrada: Veinticuatro emociones por segundo. Una reseña del último gran libro de José Luis Garci: Noir.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Me siento cansado


"O será simplemente que estamos cansados."
Gil de Biedma

Suena el despertador. Son las siete de la mañana. Abro los ojos y me levanto de la cama con la mirada perdida, apenándome de recobrar mis pensamientos. Miro por la ventana y el panorama es de lo mas desolador. La soledad como una terraza deshabitada, la paleontología del ladrillo que se descarna, la lepra paciente del tiempo, el primor antiguo y llegado de un edificio donde habitan tantos olvidos. El ascensor que no lleva a ninguna parte y este infiel invierno poniendo su milagro inútil en una antena de televisión, en un tendero de ropa, en todo, en ese desolado todo que compone una nada. 




El día apunta la rígida y anodina cotidianidad de lo que convenimos en llamar una vida normal. Veo en el cielo las estelas de condensación de un reactor. Recuerdo aquel aburrimiento del poeta Álbaro de Campos que desde su ventana miraba perplejo el mundo todas las mañanas y decía que su corazón era "un cubo vaciado". Sí, nos aburrimos ya unos de los otros, nos cansamos, nos hartamos de las situaciones cotidianas, llenas de intuiciones y matices en las que nada sucede y si algo acontece suele ser trivial e intrascendente. Como decía otro poeta: "ya nada se espera exaltante." No hay más que cansancio de la vida y aborrecimiento de la dimensión creadora del hombre. La pesadilla de la sociedad moderna, prisionera de sí misma, que finalmente expresa tan solo su necesidad de dormir.


Asistimos impotentes a los desafueros de un mundo envilecido, orgullosamente necio, arrogante y rapaz. En ningún momento nos sentimos liberados de las contingencias lógicas. Nos hemos convertido en seres absurdos sometidos a la lógica de la razón; una pieza más del mecanismo tenaz de los días. Somos tan superficiales, tan vanos, que casi nunca diferenciamos una conducta de una vida. ¿Quién no se siente preso en este sistema arbitrario y cada vez más limitativo? Vivimos bajo el cielo de la ambición, de seres inconsolables, ebrios de deseo y alimentados por la vanidad, de ridículos hábitos sociales a lo que hemos de venerar.


Dice Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas: "Hay mañanas en que me levanto, miro por la ventana, veo la cara del día y me niego terminantemente a recibirlo. Hay algo en él de turbio, de solapado, de mezquino, de hipócrita que me impide darle cabida. Son los días acreedores, los que llegan para llevarse algo y no poder dejarnos algo. Les tiro entonces las puertas en las narices, como a cualquier vendedor de pacotilla o como a esos viejos conocidos que nos caen en improviso para que les firmemos un manifiesto o para reavivar una amistad ya extinguida. Días sellados, muertos, transcurren fuera de nuestra vida y nos confinan a la cavilación y al silencio. Pero a ellos les debemos quizá lo mejor de nosotros."

Dice un verso de Borges que todo amanecer nos finge un comienzo. Nos lo promete, pero nada más. En realidad, parece que empieza el mundo pero no empieza nada. Cada amanecer tiene algo de rectificación de toda la historia anterior a la humanidad y del planeta. Pero luego nada. Vivimos de principios, somos menesterosos de principios, de orígenes, de amaneceres, de deslumbrantes comienzos. Somos primitivos con ordenador.


Basta con ponerse horizontal en la cama para que todos los verticalismos de la vida se vengan abajo. Basta con tenderse boca arriba para que nada importe nada. Con qué rapidez puede uno empobrecerse y venir a menos. Qué deprisa se desmoronan los cimientos al parecer sólidos de la propia existencia. Qué larga marcha jalonada de caídas. Qué época indolente y llena de dolorosos errores. Suspensos y encantados, esperando sin esperanzas y temiendo sin saber de qué tememos. No somos conscientes de lo que hacemos, y cada vez comprendemos menos. La verdad, nadie suele creerla. Ni siquiera sabemos para qué nos sirve.

"Ese vacío que es el comienzo de todas las cosas."
Raymond Carver

Pío Baroja se lo decía a las visitas en sus últimos tiempos: "Lo único que me interesa es dormir, dormir todo el tiempo posible." Hoy me siento como K, el personaje de El castillo de Kafka, que solo tenía ganas de descansar, o como Belmondo al final de À bout de suoffle, allí tirado en medio de la calle acribillado y diciendo que solo necesita descansar.


La pura nostalgia de la pura nada. La pobre bestia que somos, o el homínido con pensamientos de niebla, ay, la ignorancia es siempre más lírica que la erudición. Y puesto que el mundo no va a ninguna parte, no hay prisa. Hay días que no deberíamos levantarnos de la cama y hoy es uno de ellos. Suena por toda la casa Moanin de Art Blakey y antes de entornar la ventana para seguir durmiendo contemplo una nubecilla que pasa. "Cuando el espacio sin perfil resume como una nube su vasta indecisión a la deriva, ¿dónde la orilla?" Jorge Guillen.



Me tomo un descanso. Me alejo de El Tiempo Ganado. Quizá vuelva cuando despierte. La vida es solo esa vuelta que damos en la cama, entre sueño y sueño, o dentro del mismo sueño. La vida es un cambio de postura en la gran siesta de la eternidad.


             

martes, 19 de noviembre de 2013

El cielo ha vuelto


El cielo ha vuelto de Clara Sánchez y Premio Planeta 2013, es otra de las grandes novelas de una de nuestras novelistas más importantes dentro del panorama actual. Con esta novela vuelve a sorprender al lector con una inquietante historia sobre el mundo de la moda y sus pasarelas. Patricia es una modelo de éxito que se queda paralizada en un desfile y a partir de ese momento su vida dejará de ser lo que era: una vida llena de triunfos, dinero y sueños realizados. La novela se sustenta, también, de unos personajes muy bien perfilados con ricos matices psicológicos dentro del contexto sociológico actual. A Clara Sanchéz no se le puede negar su enorme capacidad para adentrarnos en situaciones que colateralmente nos toca a todos y esa es una de sus cualidades más representativas. Clara Sánchez es una maestra de la frase lacónica casual:

"No entendía por qué la vida tenía que ser difícil para ser mejor. Corta, difícil y sin respuestas."

"... la había borrado de su mente, como solía hacer con cualquier cosa que la obligase a replantearse la vida."

"Y allí todo parecía diferente, como cuando ves una calle en una película y te cuesta reconocerla porque está en un mundo distinto."

"La gratitud no es cariño ni respeto".



"Cuánta importancia se le da todo al principio. La primera vez que se piensa algo, la primera vez que se hace algo, el primer día de trabajo, la primera noche con alguien, tienen algo de trágico, agotador."


"Empezaba a comprender a esas personas que un día comienzan a alejarse, a alejarse y de pronto ya están tan lejos que no pueden volver."

"Una persona es mucho más de lo que cree que es y sabe más que lo que cree que sabe, aunque sea más fácil cerrar los ojos y seguir adelante sin mirar a los lados."

"El orgullo es el mayor ser estúpido que llevamos dentro."

En El cielo ha vuelto está la Clara Sánchez más depurada. Compartimos junto a Patricia el trastorno al cambio. Patricia podría haber sido otro personaje más con todos sus tópicos en la pluma de otro escritor, pero nuestra autora nos humaniza a través de ella. ¿Acaso no es la necesidad de escapar, la búsqueda de la libertad, la pulsión más fuerte del ser humano? ¿Acaso no hemos sentido a alguna vez que el trabajo nos estaba endureciendo, nos estaba convirtiendo en otra persona, en alguien que ya no conocíamos? Clara Sánchez va más allá. Al mismo tiempo que le ocurre todo esto al personaje principal, la gente más allegada a ella se han ido aprovechando de estas mismas circunstancias. La fiabilidad del mundo y las personas que nos rodean no es sino una frágil apariencia, y basta una sacudida para que los decorados y las máscaras se vengan abajo y revelen los horrores que encubren. ¿Qué es la vida sino un envoltorio de sombras y quimeras? El mundo es una inmensa alegoría y una oscura metáfora. No somos reales, todo son mentiras, todo es falsa ilusión hasta que un día paseamos por la pasarela de la vida ante las miradas vacías y nuestro cuerpo se niega a seguir. 



Clara Sánchez tiene una magnífica capacidad de tramar retratos de puro suspense que constituyen microhistorias de la condición humana moderna. Con ella sentimos que nuestra existencia es una sucesión de instantes aprisionados entre el "todo" que queda a nuestras espaldas y la "nada" que tenemos delante. En esta gran novela sentimos el mundo devastado donde queda demostrada la imposibilidad de conocer, donde la nada parece la única realidad y la desesperación sin remedio la única actitud, pero siempre queda algo de esperanza aunque las cosas queden desilusionadas como algunos decorados de teatro al otro día de mañana.

Hay otros sueños simbólicos, y hay una realidad simbolizada por tales sueños. O bien, hay una realidad simbólica, y hay sueños simbolizados por tal realidad. En este mundo de las apariencias visibles las cosas pertenecen a quienes la poseen, y están sometidas constantemente a la ley de la indiferencia. "Me habría esperado cualquier cosa antes que la realidad", dice Patricia. En El cielo ha vuelto la verdad siempre es una falsa ilusión, pero también el que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla. Creo que esta premisa está en toda la obra de Clara Sánchez.


Aquí tenemos un retrato que hace la autora del hombre de negocios del siglo XXI:

"Antonio era un hombre del siglo XXI de pies a cabeza. No fumaba, hacía deporte y se exfoliaba la piel de todo el cuerpo una vez al mes. Se depilaba el pecho, las piernas y los genitales. Tenía la cara hidratada y brillante por las mascarillas y las cremas que se aplicaba religiosamente. Se había tatuado el tobillo. Durante un tiempo se cortaba el pelo al uno, pero ahora lo llevaba más largo y revuelto, como si no le importara su aspecto. Estaba divorciado de una modelo norteamericana, y tenía un hijo con ella al que veía en vacaciones. Se pasaba el día de un lado para otro. Se relacionaba con cientos de personas. Hablaba unas quince horas por el móvil. Su manos libres también lo usaba mientras nadaba. Decían que en su apartamento no había nada, solo la ropa, las cremas y una pantalla gigante en el salón; que parecía una habitación de hotel de trescientos metros sin un solo detalle personal. Los muebles eran de diseño. Todo lo había dejado en manos de un decorador de interiores, que se decía que podría ser su amante. Fuera o no fuese así, contaban que daban ganas de salir corriendo del apartamento, del que se salvaban unas vistas espectaculares y buenos cuadros colgados de las paredes. También había largos pasillos y grandes habitaciones por los que se podría patinar sin tropezar con nada. La cocina tendría unos cien metros de muebles en rojo y negro sin nada dentro, menos el frigorífico de cuatro puertas, lleno de agua mineral con y sin gas y botellas de Dom Perignon.
Todo un enigma."

viernes, 15 de noviembre de 2013

Carta a un zombi



Mi querido y feo zombi:


No tenía ya suficiente con los vivos, con la multitud, con esa masa pringosa y peluda, con ese tumulto que es un bulto que les sale a las multitudes; con esa turbamulta turbulenta que es lo más terrible de la calle; con esa especie humana en general que me parece fea, sucia, maligna y tediosa. Con esa raza humana que se va haciendo más insignificante a medida que pasan los siglos. Con esa masa de seres que lleva una vida de silenciosa desesperación. Con coches en la carretera, domingueros en los campos, la tierra inhabitable. Que no nos gustamos a nosotros mismos, no nos queremos. Somo un fin de raza. Estamos gastados. Somos decadentes, mi querido zombi y con todos esos transeúntes que me hacen pensar en gorilas pusilánimes y fatigados hartos de imitar al hombre. La desaparición del ser humano es una idea que no me desagrada. En fin, arrastrar todos estos lastres y ahora empezáis vosotros. "Yo que soy ahora el que está cantando seré mañana el misterio, el muerto", dice Borges, qué gracioso, y, después: "La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene". Hay que joderse.



De buenas a primeras aparecéis con la piel áspera y cadavérica, tan amarillenta como la de un pollo muerto desplumado y lo suficientemente translúcida como para mostrar unas venas de un apagado color ciruela. Las encías ennegrecidas y deformadas con unos dientes enormes y los ojos vidriosos, si es que os queda alguno y con la repugnancia del insoportable tufo de la putrefacción que dejáis en las calles. ¡Qué asco! Y vuestras mermadas capacidades locomotrices. No veas lo nervioso que me ponéis. No es nada agradable veros como figuras errantes y taciturnas llenando la calle con ese aire ausente y ensimismado, hacia un lado y hacia otro, cuando os dirigís todos hacia una sola dirección, con aire cansino, arrastrando los pies. Sois un lamentable muestrario de decrepitud humana, todos achacosos, revelando en vuestros cuerpos las huellas de mil y una enfermedades. No, no enfermedades: lacras, taras, deformidades, torpeza, cretinismo..., todos los síntomas que recorren el largo camino que separa lo humano de lo bestial.


Me sacáis de quicio cuando vais hacia una misma dirección unos tras otros, como movidos por una sola voluntad. Y esos ojos vidriosos y la mirada perdida, hay rabia en esos mortecinos orbes. Rabia y confusión. Y en toda esa multitud formada por los vegetales putrefactos siempre avanzando en masa y desordenadamente, con una perfecta e ininterrumpida armonía. "Los vivos somos muertos aplazados", dijo Francisco Umbral. Pero vosotros estáis muertos y seguís en movimiento. Y tenéis hambre. "Mientras el hombre sea mortal no podrá estar verdaderamente relajado", ay, qué equivocado está el viejo Woody Allen.

Por otra parte, nunca llegaré a olvidar el momento aquel que estaba en la cama sin poder dormir, pensando en la hipoteca, en los dos meses que me quedaban de paro, en el amante de mi mujer, la avería del coche, la foto en facebook, el calentamiento global y todas esas chorradas, y, de repente, oí unos arañazos tras la puerta. Me levanté de inmediato y miré a través de la mirilla y vi un ojo en donde había desaparecido el iris y en toda la esfera ocular solo había un pequeño y difuso punto gris. ¡Qué susto! Eso no se hace, tío. "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos", Cesare Pavese. Mandé a hacer puñetas al Pavese ese.


"A lo único que aspiramos es a no morir del todo", Horacio. Estar vivo es una fase previa a la muerte en vida, ¿no lo crees amigo zombi? "No saben lo que es morir ni los muertos", Gómez de la Serna. "Origen de las tormentas... una asamblea de los muertos", Pitágoras. En fin, que todo esto se veía venir desde hace tiempo. Pero una cosa está ya clara: vosotros los zombis no vais a desaparecer pronto, y creo que yo debería a aprender a convivir contigo, amigo zarrapastroso de ojos vidriosos, debido a unas cataratas de un color gris apagado; amigo que caminas dando tumbos, con los tenebrosos orificios nasales que no son más que aperturas verticales de color negro, bordeadas de corrosión. Así son las cosas ahora. Lo único que puede decir a vuestro favor es que toparse con un grupo de vivos es tan peligroso como hacerlo con uno de vosotros. Es imposible predecir la reacción de las personas vivas. Al menos vosotros sois previsibles. Hay supervivientes más peligrosos que los zombis y que el peor enemigo de todos es uno mismo. Este mundo se ha convertido en un lugar carente de vida y plagado de criaturas muertas, pero demasiado estúpidas y testarudas como para daros cuenta. Pero como dijo Georges Batalle en Este mundo en que morimos: "Solo la muerte se sustrae al esfuerzo de un espíritu que se ha propuesto abarcarlo todo."

Ya sé que no habéis pedido ser lo que sois, y aunque queráis comeros a los vivos, no hay malicia. Sois los tontos del pueblo del mundo de los monstruos. Puedo entenderos. 
¿Y a los vivos? Creo que lo irreparable, mi querido zombi, nos vuelve estúpidos.

Bon appétit!

Un fuerte abrazo. Bueno, no, un abrazo no. Un saludo desde lejos




          

jueves, 14 de noviembre de 2013

Mackie el Navaja


Para mi amigo Manel

La ópera de cuatro cuartos (1928), de Bertolt Brecht es la pieza teatral con canciones sobre el ganster Macheath, conocido como Mackie el Navaja, constituyó el mayor éxito teatral de los años veinte. Sí, Mackie el Navaja es el antepasado de Makinavaja el último choriso, creado por el desaparecido y genial Ivà, el mismo que dio a conocer este personaje completamente ibérico pero no exento de gracia e ironía, en la revista El jueves, y, al mismo tiempo, personaje que interpretó, dos veces, para el cine Andrés Pajares y Pepe Rubianes en una serie televisiva. La obra (la de Brecht) estuvo casi un año en cartel en un teatro de Berlín. 

La acción transcurre en el Londres victoriano, en un ambiente de bribones de diversa calaña. Sus dos protagonistas, el rey de los mendigos Peachum y el ganster Mackie el Navaja, son hombres de negocios que dirigen su actividad (criminal) con el rigor y la profesionalidad de una empresa burguesa. Con gran ironía, Brecht, que se hizo marxista en los años veinte, representaba ante su entusiasmo público burgués la idea de que es lo mismo ser empresario que criminal; es decir, que el capitalismo es un delito organizado. Nadie negará la actualidad de esta idea; idea fundamental que no permitió prever precisamente el éxito legendario que la obra tuvo entre el público burgués. Cuando, posteriormente, Brecht intentó explicarse este fenómeno, concluyó que la preferencia del burgués por las historias de maleantes se debe a que éste cree que los ladrones no son burgueses, pero esto resulta tan falso como la presunción de que los burgueses no son ladrones.


Brecht atacaba a su público de una manera tan entretenida que todavía hoy es ésta su obra más conocida. Ciertamente, una parte considerable del éxito se debe al compositor Kurt Weill. ¿Quién no conoce la canción de Mackie y su navaja que nadie puede ver?

El rey de los mendigos Peachum es el jefe de la empresa "Amigos del mendigo". Gestiona su negocio de la composición con diligencia profesional. Para ablandar el corazón de sus conciudadanos viste a sus colaboradores con ropa pobre y raída, y les procura una apariencia mísera con costras, golpes y prótesis artificiales. Si uno engorda demasiado, le despide porque el sobrepeso no provoca compasión. Los negocios de Peachum marchan fabulosamente. No es ajeno a su éxito el hecho de que posea el monopolio de la mendicidad: aquel que quiera mendigar en España, perdón, en Londres tiene necesariamente que tratar con él. Los pordioseros deben obtener una licencia suya para poder trabajar (asombrosa premonición con la ley actual de los músicos callejeros en la Comunidad de Madrid) y han de entregar la mayor parte de sus ingresos al rey de los mendigos.


Brecht escribió La ópera de cuatro cuartos como una crítica al capitalismo y camufló en su alegre opereta sus convicciones marxistas. Como es habitual en el autor, facilitó en el propio texto las líneas maestras para comprender su obra. Brecht insistió mucho en que los actores no cayeran en la tentación de representar a los bandidos como granujas sino todo lo contrario, es decir, personas respetables que sencillamente ejercen una actividad profesional sucia. En la escena de la boda de Mackie el Navaja, en la que éste hace que se traigan montones de muebles robados, Brecht tenía la intención de mostrar las circunstancias que la sociedad burguesa impone al hombre que quiere fundar una familia (E.M.Cioran dijo que para él le era más fácil fundar un Imperio que una familia): en el capitalismo, un burgués padre de familia tiene que convertirse forzosamente en un bandido si quiere mantener decentemente a su familia.


Polly, esposa de ladrón e hija burguesa en una sola persona, se metamorfea en una mercancía que se intercambia entre hombres. Su amor por Mackie el Navaja no cabe en un mundo burgués, puesto que aquí no cuentan los sentimientos, solo el dinero. El punto principal de la obra radica en que la liberación de Mackie es justa, pero no porque el bandido sea inocente, sino porque Brecht considera que no hace nada que los demás no hagan: negocios sucios. Vamos, que desde el punto de vista moral, es lo mismo atracar un banco que fundarlo.

Y ahora para los que no recuerdan el gran tema musical de Kurt Weill, aquí tienen una excelente interpretación del maestro Louis Armstrong de Mack The Knife. Buen provecho.


                                

martes, 12 de noviembre de 2013

Anatomía de la melancolía


Es un océano de sufrimiento y la cúspide de todas las desdichas. Ningún dolor físico, ningún tormento, ningún hierro candente puede alcanzar sus efectos. Ninguno de los martirios jamás ideados por un tirano logra igualar los padecimientos y torturas que causa. Estoy hablando de la primera enfermedad europea: la melancolía.


Robert Burton escribió Anatomía de la melancolía en 1621 y dio en el clavo en muchas cosas. La Anatomía de Burton trata las manifestaciones enfermizas de la melancolía. Lo más sorprendente es cuán moderna resulta la dolencia que relaciona la psique y el cuerpo. En la actualidad, la melancolía figuraría entre las enfermedades psicosomáticas.


Cuando uno lee en la obra de Burton acerca de los síntomas y las causas de este mal involuntario recuerda todos esos complicados cuadros clínicos de causa indeterminada que impulsan a los estresados europeos a las consultas médicas y que elevan considerablemente los gastos de las instituciones sanitarias. Los pacientes se sienten desanimados, no tienen apetito o comen en exceso, padecen flatulencia (tengo un familiar que es capaz de hacer sonar el himno del barça) o una tensión baja, se marean, escuchan ruidos en los oídos, se sienten aturdidos, sufren dolores de cabeza o problemas de estómago, padecen pesadillas o insomnio, tienen frío o sudan, sufren halitosis (y yo que creía que era debido a las palabras que salen por la boca de algunos) y eructan con frecuencia (un aforismo de E.M.Cioran dice: "En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar", ya no me dice nada esta frase) se sienten derrotados y sin alegría, el color de su piel es descolorido y pálido (como los nuevos zombis), sufren estreñimiento y dificultades para respirar, son hipocondríacos o perversos.


El origen del mal puede deberse a cualquier causa: es posible que sea consecuencia de un designio divino, pero también puede atribuirse a la constelación de las estrellas. La edad puede generar la enfermedad o ser hereditaria. Es posible que la origine una alimentación incorrecta, comer mucho o demasiado poco. También puede deberse a un estreñimiento crónico, menstruaciones irregulares o a la abstinencia sexual. 


Es posible que sea generada por una mala ventilación o por un esfuerzo excesivo, así como por desidia. Dormir poco (o demasiado) puede producir melancolía. La enfermedad puede desencadenarse por una fantasía muy viva, tribulaciones, miedo, vergüenza, envidia, odio, ira, pobreza, preocupaciones, ambición, ludopatía o un afán desmesurado por aprender. Una de las causas más frecuentes de la melancolía es la enfermedad del amor: el que la padece sufre tormentos que son peores que los infligidos por la Inquisición española.


Existen otras manifestaciones de esta dolencia. En nuestros bonitos días, estos casos requieren tratamiento psiquiátrico. Es aconsejable que acudan a un psiquiatra los que hablan solos continuamente, tienen ataques de risa burlonas (¡voy rápidamente al psiqui!), emiten gritos y sonidos inarticulados, hacen muecas, sufren paranoia, oyen voces, tienen alucinaciones o alternan euforia o desánimo (los maníaco-depresivos). Una marcada tendencia al suicidio es muy frecuente entre los melancólicos.


Es asombroso lo moderno que resulta el cuadro clínico de la melancolía pese a estar extrañamente anclado en la "teoría de los humores": es la suma de los síntomas lo que provoca lo que hoy denominamos "estrés". Burton afirmó que describía una dolencia cuyas causas se encuentran por doquier y que era padecida por toda la sociedad. El mundo está loco y todos somos melancólicos, comentó Burton con la cadencia de un pesimismo sobre la civilización que nunca volvió a sonar optimista como en la Anatomía de la melancolía. Un par y pico de siglos después Signund Freud dijo: "Todos estamos locos: represión, sublimación infantil, psicosis... son conceptos que irrumpen y van creciendo con el siglo". 


He disfrutado de la lectura y me ha hecho reflexionar sobre muchas cosas. Creo que nadie es subnormal sino respecto de la "realidad" social que le rodea. Que vivimos en una época de síndromes no reconocidos. Que lo que separa la genialidad de la locura es el éxito. Que tenía razón Marcel Proust cuando dijo que "es imposible sacar racionalmente de un cerebro aquello que no ha entrado en él de forma racional".  Que la locura es algo tan inexcusable a la condición humana, que incluso no estar loco es una forma de estarlo también. Que lo más extraño para mi ha sido siempre el concepto de "normalidad", lo que es ser normal. Y que la vida, cuando se repite, me da miedo, asco, tristeza, o melancolía, como diría Robert Burton.

           

viernes, 8 de noviembre de 2013

Carta a Dino


Post remasterizado

Mi querido Dino:


Te escribo porque necesito decirte que estoy hartísimo de tanta vulgaridad, de tango horterismo, de tanto cutrerío. Es el mal gusto lo que se considera oficialmente de buen gusto. Es de mal gusto casi todo, en esta vida, porque la cultura burguesa y la cultura hortera, que es su continuación, nos ha inundado de cosas feas. Otra revolución urgente es la revolución estética. Sí, ya sé que me dirás que no se puede evitar la vulgaridad, esa indispensable dimensión de la existencia, pero frente a la mirada transfiguradora existe la mirada claudicante. El desánimo, la tristeza, el aburrimiento, la desesperanza solo permiten ver un paisaje desolado e intransitable. Se supone que las personas ansiamos la felicidad por encima de cualquier otra cosa. Pero faltan modelos, mi querido amigo. La pregunta es: ¿puede ser feliz un hombre con una copa en la mano, un chiste en los labios, un montón de mujeres alrededor y una montaña de dólares en el banco?




Mi opinión es que sí. Absolutamente, sí. Te pongo a ti como prueba, mi querido Dino. No cabe duda de que fuiste el hombre más cool del siglo XX. Yo sostengo que fuiste también el más feliz. No te rías que lo sé; Dino Paul Crocetti, y conocido como Dean Martin. Naciste en una aldea de Ohio y trabajaste como contrabandista de alcohol, crupier, obrero metalúrgico, escritor de chistes, boxeador, cantante (y de los grandes), pareja artística de Jerry Lewis, actor y presentador de televisión. Se te recuerda sobre todo como miembro fundador del rat pack de Frank Sinatra, como personaje relacionado con la mafia y como crooner borrachuzo. Pero, amigo, jamás fuiste vulgar. A eso voy. Si vieras mi época...


Ésa fue la imagen pública que te forjó para ocultarte, para no ofender con tu elegancia y disponer de margen para desarrollar tu particular ataraxia. En realidad, era Sinatra quien sentía hacia ti una curiosa dependencia psicológica, y era Sinatra quien mantenía las relaciones mafiosas. En cuanto al vaso, Shirley MacLaine, que también perteneció al rat pack, reveló en su autobiografía que solía estar lleno de zumo de manzana. Te gustaba el J&B y consumías en grandes cantidades, pero también te gustaba trabajar sobrio y acostarte temprano.


Sé que parecías no tener pasiones, ni opiniones, ni ideologías. No veas, chico, cómo está la cosa aquí en ese aspecto. Te mostrabas indiferente a todo. Jeanne Biegger, sí hombre, la que estuvo casada contigo durante veinticuatro años, afirmó que ni ella ni nadie sabían quién se escondía en el interior de ese tipo bromista, sonriente, que fascinaba por igual a hombres y mujeres. Jamás discutiste. Si algo no te gustaba, contabas un chiste y te ibas.


Como no le dabas importancia a tu éxito, los demás tampoco te lo daban. Tiende a olvidarse que Elvis Presley reconoció haberte copiado tu fraseo para interpretar canciones como Love me tender o Are yo lonesome tonight?; y que ya casi en tu vejez desbancaste del número uno la ventas de los Beatles con Everybody loves somebody sometime; que obtuviste no una, sino tres estrellas (como cantante, como actor y como showman) en el Paseo de la Fama de Hollywood; que tuviste uno de los programas televisivos más exitosos y duraderos de la televisión estadounidense. Ahora hay cincuenta mil canales que no dicen nada.


Sé que carecías de vanidad (no veas cómo están los humos por aquí), y que no te importaba trabajar en películas malísimas con tal de que el ambiente fuera divertido; te zambulliste durante años en los disparates orgiásticos que Sinatra organizaba en Las Vegas, sin dejar de comportarte como un caballero; fuiste, tal vez, el único amigo de Marilyn Monroe que no abusaste de ella.


Sufrías de claustrofobia, y supiste curarte: te encerraste en un pequeño ascensor y permaneciste en él, subiendo y bajando un rascacielos neoyorquino, sudando y desmayándote, hasta que desapareció la ansiedad. Todo esto lo hiciste tranquilo en la vida, sonriente, con un vaso en la mano, un chiste en los labios y muchas mujeres estupendas a tu alrededor. Te fuiste de este perro mundo sin enemigos. Fuiste feliz, estoy seguro. 

Bueno, mi querido Dino, gracias por todos esos momentos; ya sabes que uno retorna a su viejo desolado nihilismo, y piensa en el escaso sentido que tiene andar por ahí, metido, hoy, en la pantomima social, disimulando la faz tenebrosa de las cosas. La única vulgaridad intolerable es la que no se reconoce a sí misma. No sé por qué hoy, de pronto, me es indiferente no ser moderno.

Un fuerte abrazo.

PD: Ya sabes lo mucho que me gusta tu You`re Nobody `Til somebody Loves You. Me la pongo cada mañana antes de enfrentarme a lo que tú ya sabes.