martes, 31 de diciembre de 2013

domingo, 29 de diciembre de 2013

La mirada



"Si no me creen, vayan a ver."
Lautréamont

Albert Camus retrató en uno de sus cuentos a un mendigo que, mientras todos pasaban a su lado sin reparar en su desgracia, decía: "La gente no es mala, es que no ve." Me parece que la mayoría de los males de nuestra época reside en la frase: "La gente no ve", lo cual es una de las mayores lacras de nuestra época porque a pesar de que hoy tenemos medios para estar informados de todo lo que pasa en todas partes, "no vemos". Este es el precio que se paga por algunas ventajas que tenemos unos frente a otros. Este "no ver" me parece un pecado esencial, del que derivan otros peores. 


A medida que nos vamos alejando de la infancia y de la juventud se va anquilosando nuestra capacidad de asombro y se fortifica insensiblemente una especie de baluarte que se interpone entre la muda elocuencia de lo que miramos y nuestra retórica prefabricada, de tal manera que lo mirado no llega a entrarnos de verdad ni nos sugiere nada especial que tambalee nuestra percepción domesticada y rutinaria. Se crea un mundo de apariencias visibles en donde las cosas pertenecen a quienes las poseen, sometiéndolas constantemente a la ley de la indiferencia.

Lo más difícil de ver es lo que tenemos alrededor. Dice Montaigne: "La costumbre borra el verdadero rostro de las cosas." Las cosas habituales se vuelven imposibles de conocer. Basta con que te acostumbres a ver algo para que dejes de verlo, y es entonces, cuando a fuerza de no mirar, uno se vuelve ciego. Dice George Orwell que "ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere una lucha constante." Lo peor de nuestra época es la falta de atención, la dispersión , el ir de un lado a otro sin ver absolutamente nada, sin la suficiente paciencia para entender las cosas.



La observación nunca es instantánea. El ojo necesita tiempo para entender lo que ve. Necesita una vacancia de atención, un dejar que nuestra mirada en reposo reciba y archive las imágenes del mundo. "El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible", Oscar Wilde.

Aprender a ver es el más largo aprendizaje de la vida.
Saber mirar, ése es el secreto.


sábado, 28 de diciembre de 2013

Satchmo o cómo empezar el año


Casi toda la crítica y los historiadores del jazz están de acuerdo en que Louis Armstrong (Satchmo para los amigos) fue el mejor cantante que ha dado el jazz; esta supremacía había partido, en un principio, de la dificultad de tener una voz rasposa, que se oponía frontalmente a los cánones académicos de belleza. También se está de acuerdo en afirmar que la década de los treinta fue el periodo en que Satchmo logró la mejor colocación en su arte vocal. Si a Satchmo no le alcanzaba una palabra, la prolongaba con otra que quizá no sirviera a la  anécdota o la intención emocional de la letra, pero completaba la música allá donde le faltaba algo para cerrar sus ciclos con perfección. Detrás de esa actitud está en libertad del creador; ninguna imposición contractual puede contra esa energía, y Satchmo era bien capaz de transformar una canción estúpida en una gema de particular brillo y belleza.

La intensidad dramática de la trompeta de Satchmo

La expresión habitual de Satchmo era una enorme sonrisa. Cuando tocaba la trompeta, al contrario que la mayoría de los trompetistas de jazz, lo hacía con los ojos abiertos; eran unos ojos brillantes y muy expresivos, y solía voltearlos hacia arriba cuando hacía scat - el canto onomatopéyico que él contribuyó a inventar - y cuando la letra de lo que cantaba tenía componentes pícaros. Con el scat, y también con las canciones cuya letra podía encontrar absurda, ponía en funcionamiento un arsenal de muecas que han permanecido como una marca registrada, porque son inabordables e irrepetibles pese a los patéticos esfuerzos de algunos imitadores. A veces, Satchmo fingía solemnidad, poniendo un gesto grave, pero la sonrisa terminaba por reaparecer. El agradecimiento al aplauso del público era el más humilde que puede escoger un artista: juntaba los pies y hacía una profunda reverencia.


En la actualidad, pasados los cuarenta años de su muerte, su rostro sigue siendo una señal de avenencia. Muchas campañas publicitarias han apelado a su sonrisa para colocar sus productos: una imagen positiva siempre tiene consecuencias positivas. Esa razón llevó al Departamento de Estado de Estados Unidos a recurrir a Satchmo (y su imagen) como representación de una felicidad y un estado ideal de cosas. Ay, es que tienen que manipularlo siempre todo.

La marihuana era un relajante, una hierbecilla milagrosa que alegraba la vida de los negros pobres de las ciudades. En aquella época se compraba a granel, y se combinaba con los cigarrillos Virginia. Satchmo confesaba que nunca dejó de fumarla y los partidarios de su uso (y aficionados a la música del genio) atribuían su permanente alegría y su risa contagiosa al ingente consumo de canutos.

Creo que es una buena manera de iniciar el año; un año que promete ser de lo más crudo.


                                  

lunes, 23 de diciembre de 2013

¡Feliz Navidad!


Queridos amigos, este blog  os desea una Feliz Navidad

                                                                                                                                                                                                             

viernes, 20 de diciembre de 2013

Entre diciembre y enero


"La vida es beberse una copa en la cantina de una estación mientras se cambia de tren."

Ramón Gómez de la Serna, El hombre perdido

Y también Fellini dijo en sus Memorias que "la estación es el lugar de los sueños de aventura", pero de todo eso hace ya mucho tiempo. Ahora estoy en el metro; ese ferrocarril que corre ciego, subterráneo, como una rauda catástrofe, con dirección a la estación de cercanías.


Tengo que esperar un buen rato para coger el tren. Me tomo un café en el bar de la estación sin quitar ojo al panel de información de los horarios de llegada. De súbito me pongo a imaginar que soy como el viajero de antaño que está de paso en una estación, compra el periódico local y comprende enseguida que no le interesa nada las noticias del lugar, todas aquellas cosas que desconoce. No obstante tengo, esporádicamente, la sensación de estar apeado en una estación equivocada, de ser el hombre equivocado en un lugar erróneo. Llega el tren que debo coger.


Ya sentado, junto a la ventanilla, se pone en marcha. Todo huye atrás, en la vaguedad inextricable del pasado. La estación dejada atrás, desmemoriada, pierde en seguida el recuerdo de sus trenes fugaces. Un tren, también, tiene mala memoria. Pronto deja todo atrás, olvida los polígonos industriales abandonados, las casas, los ríos de la infancia, los puentes, las penas y las alegrías. Las echa atrás y pronto quedan del otro lado del horizonte.


El tren se detiene en la estación donde debo hacer transbordo. Está oscureciendo y aquí entre raíles y rumores de trenes, con el ocaso sobre el desolado paisaje ferroviario y figuras entrevistas más allá de los taludes. Un perro aúlla en la soledad ferroviaria. Hay un cruce de trenes del año que va y el que viene, hay esa tristeza de ferrocarril que es la fundamental tristeza de la vida, un instante de andén vacío, una sala de espera entre diciembre y enero, con frío y desesperación. ¡Ah, los trenes, cómo se parecen a la vida!


Llega el tren al que debo subir. Hay siempre en la vida y en los viajes ese cruce de trenes en que uno no sabe a dónde va ni por qué se va. Ya estoy sentado y veo a través de la ventanilla como se detiene otro tren que va en dirección contraria. En el fondo, no se sabe por qué, los viajeros de un tren envidian siempre un poco a los viajeros de otro tren; es algo que es así, pero que resulta difícil de explicar. De repente me viene a la memoria los primeros minutos de la película Recuerdos (1980), de Woody Allen, y dejan, quizá, las cosas claras de una manera tan divertida como profunda e inolvidable.


Sandy Bates (Woody) ocupa plaza en un tren de lo más lúgubre e inhóspito para la vista y para el resto de todos los sentidos que uno pueda imaginar: personas mayores, enfermas; rostros melancólicos, ojerosos, macilentos, patibularios, deformes; un hombre que solloza de manera incontenible (no se sabe por qué)... Una situación muy similar a los pasajeros que me acompañan en este tren. Creo que a todos ellos les hubiera gustado haber tenido otra vida para vivirla. Y lo peor no es eso; lo peor es que otro tren, estacionado en una vía paralela, Sandy Bates observa un espectáculo completamente distinto a través de las ventanillas: risas, alegría, champán, mujeres jóvenes y hermosas... Una de ellas (nada menos que Sharon Stone) le lanza un beso con los labios en forma de piñón.


Vemos, pero no oímos, a Sandy Bates discutir con el adusto revisor de su tren, le muestra su billete, le trata de explicar que en realidad, con ese billete él debería estar viajando en el otro tren, no en ese. Todo es en vano. El revisor se marcha sin hacerle ni puto caso, y mientras tanto el tren festivo y afortunado arranca y se aleja para siempre. Bates trata de escapar de su tren por la puerta trasera (cerrada a cal y canto), por las ventanillas (también cerradas), tirando del timbre de alarma (que no funciona)... Todo es inútil: su tren se pone también en marcha y Bates no podrá apearse de él. Nunca.

Hay mucha gente que ha nacido en el tren equivocado, en una época, sociedad o familia que han hecho que la línea de partida de su existencia se encuentre retrasada, han salido en esta carrera con una desventaja, dispuesta por el arbitrio de la fortuna, que ellos apenas podrán hacer algo por enmendar y a la que muchos acabarán resignándose. Los que viajan en el otro tren han tenido, en cambio, la suerte de cara desde el principio, y sin merecerlo tampoco, qué cojones. El tipo de "tren de vida" en que nos encontramos ya al nacer influirá a fondo en nuestro gusto moral, aunque nosotros no sepamos nada de esta influencia y estemos lejos de calibrar su importancia.

El tren lleva tiempo avanzando y no me he dado cuenta. Me sobresalto porque debería haber cogido el otro tren. A mi lado un tipo muy extraño me pregunta si estoy bien.
-He perdido el tren - le digo atemorizado.
-Amigo - me dice -, el tren de la partida es el único que nunca se pierde.


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Scrooge



Cuando era niño y llegaba la Navidad siempre reponían en la televisión cualquier versión de Cuento de Navidad, de Charles Dickens, y, Qué bello es vivir (1949), de Frank Capra. Si debo ser sincero he de admitir que me gustaban mucho estas dos grandes historias que me conocía al dedillo y que formaban parte de aquel espíritu navideño hoy ya desaparecido. ¿Dónde está la apacibilidad y la serena calma? ¿Dónde está el hombre? ¿En qué dispersa y diluye su vida? Uno lamenta que la vida sea dolorosa y obscena, y que todo no estuviera resuelto y tranquilo. La gente ha pasado de la preocupación a la amargura, y eso no es bueno. La preocupación es buena; la amargura, no. Las crisis sirven para que soñemos con una forma distinta de hacer las cosas. Dice Bob Dylan en su canción Browsville Girl: "Si hay un pensamiento original ahí afuera, lo usaría ahora mismo." Bueno, a lo que iba. La vida me marcó prematuramente, con devastadores sufrimientos y reveses morales. Toda infancia es un largo victimaje bajo el amor o el odio de los mayores, que ni ellos mismos saben lo que les pasa con nosotros cuando somos pequeños. En fin, que llegó de nuevo la Navidad y volví a ver al bueno de James Stewart, pero ya no fue lo mismo.


James Stewart como el bueno de George Bailey en Qué bello es vivir (1949), de Frank Capra

George Bailey intenta suicidarse y acude en su ayuda un ángel que le muestra la vida que Bailey vivió pero sin él. Las consecuencias son tremendas. Pensé en mí como en un desaparecido, calculando el hueco que mi ausencia provocaría en la vida de los otros. Un hueco pequeño, una especie de respiradero, que en seguida se rellenaría de otras cosas (perros, coches, personas). Me di cuenta que una vida humana no era un punto sino una línea: una cadena de innumerables puntos insignificantes. No había sentido alguno en la existencia. La evolución era puro azar. Al fin y al cabo uno de nosotros es poco más que un magro residuo de las posibilidades infinitas e irrealizadas de nuestras vidas. Es más, si volviera a rebobinarse y empezar de nuevo el mundo, el ahora sería completamente distinto, incluso no existiría el ser humano. Como es evidente, todos estos pensamientos no los compartí con mis padres. No volví a ver nunca más la película de Capra.


Liones Barrymore como Harry F. Potter: viejo y atrabiliario accionista y miembro del consejo de administración. El hombre más rico y despiadado de la ciudad en Qué bello es vivir. Un auténtico Scrooge.

Sin embargo, Cuento de Navidad seguía viéndola siempre y leyendo la novela. En las primeras páginas se lamenta de esta manera tan moderna Jocob Marley, el fantasma del primer asociado comercial de Scrooge: "Llevo las cadenas que me forjé en vida" o "Mi espíritu nunca fue más allá de nuestra tienda. ¡Oíd que digo! En mi vida, mi espíritu no vagó nunca más allá de los estrechos límites del cuchitril donde trabajamos; y largos y agotadores días se extendían ante mí." Las cosas que callamos en vida son las que más duelen. No tenemos más cobijo que la futilidad. Nos aburrimos sin lo superfluo del mundo. Lo efímero no es lo contrario de lo eterno. Lo opuesto de lo eterno es el olvido. La vida es un símbolo amargo de la vanidad de todas las ilusiones que el hombre viene al mundo, y que si en un momento parecen lograrse, luego se desvanece en la absoluta inanidad de las cosas humanas. ¿Por qué todas las cosas nos derrotan? La sociedad está montada para que fracasemos, si no ¿cómo se explica? Todo en nosotros es irrecuperable, señor Marley, en el universo mercantil de la oferta y la demanda nada hay más descartable que el ser humano. Somos unos pobres diablos uncidos de por vida a un destino mediocre.




Reginald Owen como Ebenezer Scrooge en el filme de 1938 de Edwin L. Marin, A Christmas Carol; la película que más veces reponían en la tele.


Con Charles Dicken el escenario del mundo industrial ha entrado en la literatura: nos encontramos ya muy lejos de las visiones de la primera mitad del siglo XIX. Lo fantástico se vuelve pesadilla profesional. Aquí se gesta la sociedad industrial, tecnócrata y productivista. Los trabajos ingratos y mal retribuidos. La oficina ávida, la fábrica embrutecedora, la calle enemiga, el hogar ahogado. Crisis, desempleo, recesión, desencanto, inestabilidad. Todos cogidos en la trampa del industrialismo, la revolución industrial, la marcha del trabajo, el insulto del dinero, la bochornosa trivialización de los tiempos, el hombre que se encuentra en el camino espirituamente estéril que conduce hacia un infierno personal. La codicia, la envidia, la petulancia, la grosería, la avidez y, en general, todo ese conjunto de atributos que forman la nueva condición humana y que puede verse en una cara, en una manera de caminar, en una mirada. Evidentemente estoy hablando de Scrooge.


"La avaricia es con seguridad uno de los signos más evidentes de una profunda desdicha."

Franz Kafka

A Scrooge le vienen a visitar tres espectros: el pasado, el presente y el futuro. Lo fantástico es lo incognoscible que ronda en torno al hombre, pero también los fantasmas de su cerebro, que lo dejan con la conciencia vacía y con dudas sobre su cordura. Lo paranormal, los fantasmas, no es más que una serie de preguntas sobre lo que ocurre en el interior de nuestra cabeza. Lo paranormal es lo que entendemos, nuestro límite, y los fantasmas somos nosotros. ¿Acaso Scrooge no es más fantasmal que los propios espectros? Scrooge es un hombre de nuestro tiempo, atormentado por las dudas sobre el presente, la carga del pasado y el miedo del porvenir.


"Bajo la evaluación común del valor económico, todos los otros valores se desdibujan o desaparecen."

Alberto Manguel, Nuevo elogio de la locura

Pero Scrooge a lo me más teme es al porvenir: "¡Fantasma del Futuro! - exclamó -, os temo más a vos que a cualquiera de los espectros que os han precedido." Presente sucio, lleno de ecos del pasado y obligaciones de futuro. Una vida errada. Las primeras experiencias infantiles, las frustraciones de la juventud, los desengaños de la madurez, la ruina final de las ilusiones. La muerte es una vida vivida. La vida una muerte que viene. "La gente pasa de largo sobre su propia vida, pero ningún mortal pasa por la vida sin haber pagado su cuenta", Esquilo.


"El dinero se convierte en una triste pasión cuando suplanta a todas las demás."

Pascal Bruckner, La euforia perpetua

Scrooge regala un pavo y se redime. Alguien que sobrevive es siempre otra persona, pero el mundo es el mismo. La felicidad está rodeada de dolor. El amor es un millón de enfermedades distintas. Una fiesta de Año Nuevo, donde detrás de la alegría forzada se oculta el vacío y la soledad. Todos estamos solos en compañía. La vida quizá sea, sobre todo, olvidar: sustituir, mirar hacia otro lado, distraernos en estricto sentido, mudar de sito, mudar de amor, irnos muriendo poco a poco, avanzar y Samuel Beckett hablaba de una "extraña obligación" en ese seguir adelante.


Mientras a los necesitados se les niega el dinero que seguramente gastarían, a los ricos, ahora, se les conceden unos ingresos que casi con toda certeza ahorrarán. El dinero huele a vagabundo.

Scrooge alza la copa de champán. La evolución ya ha terminado, dijo un paleoantropólogo. El hombre es más Historia que naturaleza, y ya no van quedando opciones en el mundo. Se nos rebela lo cercano creyéndolo de siempre lejano. Llegamos cansados y heridos a los lugares más comunes. Rosebud es la última palabra que sale de los labios del moribundo ciudadano Kane, otro Scrooge. Nos proyectamos al futuro para descubrir al final de nuestro presente, que jamás salimos de la niñez.


"Aunque despojéis a un hombre codicioso de todos sus tesoros, le queda una joya: no le podéis despojar de su codicia."

Milton

viernes, 13 de diciembre de 2013

Principios de contabilidad


Antes la gente solía llamar y decirme: "Estamos tomando unos tragos en tal sitio, ¿quieres venir?". Y yo me daba una vuelta. Bebía y creía que era porque me estaba divirtiendo pero no era así. Ahora ya no lo hago, ahora digo: "Lo siento, prefiero leer un libro o escuchar cualquier disco de Stephane Grappelli, es más interesante". Y habitualmente lo es, por supuesto. Pasado cierto tiempo, uno empieza a aplicar los principios de contabilidad analítica a la propia vida de un modo despiadado. ¿Es rentable (en términos imaginativos) recorrer todo el camino, al lugar de la reunión, para asistir a una cena? ¿Realmente tengo ganas de sentarme a la mesa para tener una pequeña charla con la mujer de fulano? No tengo ganas; solo quisiera encontrarme con gente cuya compañía siento que me puede aportar algo valioso. Lo que digo: a medida que uno envejece comienza a advertir que los amigos van quedando en el camino.




Y ya ni hablo cuando me invitan a presentaciones de libros, y entrevistas de tipos que no me dicen nada y toda esa clase de eventos que nos atosigan a diario y que solo Groucho sería capaz de poner en orden. Las entrevistas atestan las ondas, son un parloteo confesional que solo puede parecer demasiado expuesto a quienes suelen escuchar en secreto. A cada instante se interroga implacablemente a celebridades, es más, incluso a los que van de celebridades, sobre su tema favorito: ellos mismos. Ay, ya lo decía Séneca: "Sufrimos el exceso de literatura, como el exceso de todas las cosas". Yo creo que no es libro lo que parece sino que debe entenderse por libro no su aspecto sino su esencia, su intención y su propósito. Sacar un libro era antes un gesto romántico, displicente. Ahora es una operación comercial en que el trabajo sucio tiene que hacerlo el autor, encima de haber escrito la novela o lo que sea. El mercado del libro está sobre saturado. No es más que otra manifestación de la locura del consumo. La gente compra lo que sea y, la barbarie literaria española es ingente y aburrida. Pero vuelvo a las dichosas presentaciones y entrevistas. Creo que la entrevista ideal sería aquella en que alguien permaneciera en silencio delante de un flujo incesante de preguntas. ¿Por qué no? Creo que un buen libro contiene las palabras que no están en la vida. 




Groucho.- ¿Oyó usted?
Chico.- No. Aún no he oído nada. ¿Ha dicho algo?
Groucho.- Nada que valga la pena oírse.
Chico.- Tal vez por eso no oí nada.
Groucho.- Por eso no he dicho nada.
Una noche en la ópera

Y hablando de ópera; don Miguel de Unamuno dejó escrito en su El sentimiento trágico de la vida una reflexión nada desdeñable.

"Un nuevo descubrimiento científico, de lo que llamamos técnicos, es como un descubrimiento mecánico, el de la máquina de vapor, el teléfono, el fonógrafo, el aeroplano, una cosa que sirve para algo. Así, el teléfono puede servirnos para comunicarnos a distancia con la mujer amada. Pero ésta, ¿para qué nos sirve? Toma uno el tranvía eléctrico para ir a oír una ópera, y se pregunta: "¿Cuál es en este caso útil, el tranvía o la ópera?"

Schopenhauer definió la vida como un libro leído una sola vez hace mucho tiempo. 


            

martes, 10 de diciembre de 2013

Mis detectives (literarios) favoritos (2ª parte)


Charlie Chan, creado por Earl Derr Biggers. Charlie Chan es chino, pero chino de Honolulú: muy gordo, educadísimo y eficaz detective de la policía de Hawaii. Chan fue muy popular en los años veinte. En 1919, cuando China estaba en plena convulsión y todo Occidente creía a pies juntillas en el tremendo "peligro amarillo", Biggers fue a pasar unas tranquilas vacaciones a Honolulú, (siempre me he preguntado que hacía en Honolulú a las tres de la tarde). Los periódicos del lugar, en aquel 1919, no dejaban de alabar al detective chino Chang Apala, el as de la policía isleña. Y Biggers pensó que un chino bueno sería una nota exótica destinada al éxito, máxime cuando entonces todos los chinos eran más que malos. El triunfo no se hizo esperar: el cine, la radio, los cómics y las novelas popularizarían a Charlie Chan. Todavía conservo con mucho cariño mis viejas ediciones y fue el primer detective que descubrí mucho antes de que se pusieran de moda en este país el rollito de primavera, el pollo con almendras, el arroz al curry, las botellas con un lagarto muerto en su interior... es decir, los restaurantes chinos.


Philo Vance, creado por S. S. Van Dine. Creó a este detective y enunció veinte reglas para la novela policiaca que fueron de obligado cumplimiento durante muchos años. Sus novelas son verdaderas ecuaciones matemáticas en las que el lector posee realmente todos los elementos necesarios para resolver los enigmas planteados, lo cual, por otra parte, es una de sus reglas de oro. Hoy, todavía se sigue jugando sucio, es decir, que los novelistas ponen las cosas a su favor. Philo Vance es un exquisito detective (muy refinado) que con precisión matemática, plantea, anuda y desentraña con gran habilidad casos muy complicados.

Wlliam Powell es Philo Vance

C. Auguste Dupin, creado por Edgar Allan Poe. Dupin: célibe fascinado por el deseo de saber; solitario, extravagante... Holmes y Wastson. Un amigo con quien vivir. Tres historias. Solo tres historias: Los crímenes de la Rue Morgue. El misterio de Mary Roget y La carta robada, bastaron para que Poe creara la moderna novela policiaca, y el detective Dupin incorporara al género de misterio y horror un matiz de seriedad analítica e intelectual. Holmes y Watson vienen descaradamente de Dupin, de Poe, pero Holmes y Watson se llevaron la gloria y Poe se moría en una cuneta hacia la medianoche. ¿Quién conoce a Dupin? Leamos un fragmento de La carta robada, es puro Doyle, o Watson:

"Me hallaba en París en el otoño de 18... Una noche, después de una tarde ventosa, gozaba del doble placer de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en su pequeña biblioteca o gabinete del nº 33, rue Donet, au Troisième, Faubourg Saint-Germain. Llevábamos más de una hora en profundo silencio, y cualquier observador casual nos hubiera creído exclusivamente y profundamente dedicados a estudiar las cualidades capas de humo de llenaban la atmósfera de la sala". (Traducción de Julio Cortázar)
Después de Dupin vino todo lo demás.



Belane, creado por Charles Bukowski. Belane es la hostia, la repera, casi un personaje de cómic underground. Borrachuzo, inútil, mujeriego que no se come un rosco, sucio. Debe el alquiler de su mugriento despacho, pero cuando está muy bebido o desesperado o perdido, le da por ponerse a filosofar y es entonces cuando nos sentimos identificados. Belane anticipa el cine de los Coen. Bukowki escribe una brillante parodia y a la vez brinda homenaje a las viejas revistas pulp y éste es precisamente el título de su novela. La novela está dedicada a la mala escritura, pero el viejo Hank escribe de maravilla. Es una lástima que solo podamos apreciar a Belane en una sola novela. Cuando la leí pude ver que los tiempos, los buenos tiempos de la novela negra llegaban a su fin. Desaparecía el detective privado en aras de las nuevas técnicas. Hoy la acción está en los laboratorios técnicos, como en las series CSI o Bones. El detective ya no tiene lugar en este mundo, salvo para servir de pringadillo en las grandes corporaciones. Philip Kerr, por ejemplo, inventa al detective Bernie Gunther y lo traslada a la Alemania nazi. Para Gunther le es más fácil desenvolverse en aquella atroz época que en la nuestra.


El padre Brown, crado por G. K. Chesterton. El padre Brown es francamente entrañable, y lo dice uno que no le tiene demasiada simpatía a los párrocos. Armado con poco más que una sombrilla y el profundo conocimiento humano adquirido en el confesionario. Regordete y despistado curilla de Essex. Resuelve casos, no enfocándolos objetivamente como un científico o un policía, sino subjetivamente, imaginado ser el asesino, un proceso que no solo es bueno para el asesino sino para el propio padre Brown porque, como él dice, "hace que el hombre tenga remordimientos por adelantado". El padre Brown desentraña crímenes y misterios en los que la verdad elude tanto la fría deducción como la crédula explicación paranormal. Como todos sabemos Chesterton se convirtió al catolicismo y desde entonces se batió en ardor por su nueva fe, con la contabilidad propia de los conversos. Sin embargo, así como en todos sus escritos dio muestra de igual ansia de apostolado, en las maravillosas narraciones del padre Brown este factor queda relegado en un lugar secundario debido al interés que despiertan los enigmas y al humor que surge en múltiples ocasiones. Yo nunca me he confesado pero si debo cometer un asesinato mejor que me confiese ante el padre Brown. Solo él podrá comprender mis motivos.


Jules Maigret, crado por Georges Simenon. La figura del comisario de policía Maigret, bien conocido de todos los devotos del género policiaco, aunque lo más valioso de sus novelas no sea la intriga (averiguar, quién es el culpable), sino el admirable retablo social del siglo XX, precisamente tomada al nivel que hace de sus novelas auténtico género negro. Maigret da la primacía a lo humano al investigar un caso, no se limita a los datos (las pistas) y ni siquiera se apoya en una sólida escala de conclusiones lógicas, sino que intenta con todas sus fuerzas ponerse en el lugar de los presuntos culpables. "No te juzgo de ninguna manera - dice Maigret -. Estoy tratando de comprenderte". Maigret-Simenon es un antídoto perfecto para nuestra sociedad gravemente enferma.


Travis McGee, creado por John D. MacDonald. Travis, un ex jugador de fútbol americano que desprecia y admira a la vez a la sociedad "plastificada" y que tiene su base de operaciones en Florida, a bordo de un yate de su propiedad. Leí hace mucho tiempo La dorada sombra de la muerte y Más oscuro que el ámbar, con deleite, pero a MacDonald le ocurrió algo semejante a Conan Doyle; se hartó del personaje, pero no intentó matarlo, como hizo Doyle con Holmes, solamente pasó olímpicamente de él para dedicarse a escribir otras estupendas novelas. Lástima, porque Travis McGee era un detective fenomenal, algo así como Steve McQueen en Bullitt, pero con yate.



             

lunes, 9 de diciembre de 2013

Mis detectives (literarios) favoritos (1ª parte)


Nero Wolfe, creado por Rex Stout. Este detective pesa 140 kilos, solo mantiene discusiones con su cocinero francés, no permite que nada ni nadie altere el horario ni turbe la paz de sus comidas, y dedica cuatro horas diarias a su colección de orquídeas exóticas. En los ratos que le dejan libre la buena mesa y los invernaderos, se ocupa de su profesión: solucionar los problemas sin moverse de su casa, ver a los sospechosos ni examinar las pruebas: le basta con unir en su prodigiosa cabeza los elementos que estaban dispersos en los informes de sus ayudantes. 

Nero Wolfe

Hércules Poirot, creado por Agatha Christie. Este detective belga es elegante y presuntuoso que, aunque a primera vista parece ridículo, acaba sorprendiendo al lector por su portentosa capacidad de deducción. Al igual que su predecesor Sherlock Holmes, Poirot cuenta con su inseparable capitán Hastings, que como el Watson de Holmes actúa de ayudante y sirve de narrador de las investigaciones del detective. ¡Ah! Se me olvidaba, Poirot necesita reposar sus células grises.

Hércules Poirot

Philip Marlowe, creado por Raymond Chandler. Marlowe: quijotesco y desencantado, uno de los personajes más extraordinarios de la historia de la novela policiaca. Con una mirada crítica, pero también piadosa, el gran Chandler supo describir, como pocos, las entrañas de la sociedad opulenta de nuestra época. Todavía me sigue gustando mucho los sombreros, las gabardinas, la noche mendicante de los mil ojos, el alcohol y las mujeres fatales, es decir, Marlowe-Chandler. El largo adiós que nunca acaba.


Virgil Tibbs, creado por John Ball. Tibbs es un detective negro, de la policía de California especializado en homicidios. En el calor de la noche y Frío en la espalda son verdaderas obras maestras. Tibbs debe lidiar con las investigaciones y con la gente que le repudia por ser negro. El tema de El detective étnico, tratado de forma muy diferente a como lo hace, por ejemplo, Chester Himes, es una de las especialidades de este polifacético autor. Sidney Poitier, perdón, Virgil Tibbs, es francamente una creación memorable. Es una lástima que no se hayan traducido al castellano más obras de John Ball. Es para que te recorra un frío por la espalda en los calores de una noche de verano.

Virgil Tibbs

Miss Marple, creada por Agatha Christie. Miss Marple es una inolvidable ancianita de aspecto afable dotada de un instinto único para descifrar los más intricados enigmas, además de una curiosidad inagotable por las vidas ajenas, que oculta bajo las inocentes aficiones de la jardinería y la observación de aves. La anciana contempla desde su jardín las idas y venidas de los vecinos por la calle principal, mientras que con los gemelos que usa para observar los pájaros puede también espiar a los demás sin ser vista. Miss Marple aparece por primera vez en 1930 en Asesinato en la vicaría. Se anuncia un asesinato (no confundir con la serie protagonizada por Angela Lansbury). El tren de las 4.50 o Un crimen dormido. En todas ellas, la anciana despliega unas sorprendentes dotes investigadoras que dejan en ridículo al cuerpo de policía británico.

Miss Maud Silver, creada por Patricia Wentworth. Miss Silver es otra deliciosa ancianita detective encargada de descubrir enigmas tan brillantes y sorprendentes como El estanque en silencio o La colección Brading. Yo siempre que vuelvo a las historias de Miss Silver no puedo evitar visualizarla con el rostro de Jessica Tandy, aunque la actriz nunca interpretó a Miss Silver. Me gustan estas ancianitas listas, vitales y valientes. Son las abuelas que nos hubiera gustado tener a todos y no a las otras, es decir, a la que se pasaban todo el día sentadas en su balancín haciendo calceta y arropadas con una manta a cuadros y despotricando, a la vez,  de sus maridos muertos: nuestros abuelos que nunca llegaron a quererlas.

Jessica Tandy

Shelock Holmes, creado por sir Arthur Conan Doyle. Holmes es el puto amo. El ¡The fucking master of the universe! "Y porque es Sherlock Holmes y todo el mundo a callar" (Gila). No voy a describir el aspecto físico ni las excentricidades de este detective porque es más que conocido por todo el mundo, pero ninguna descripción de Holmes sería completa sino se mencionara su amigo, el Dr. Watson. El lector comparte con Watson el increíble asombro que provocan las facultades de Holmes, que parecen producto de la clarividencia, pero que finalmente se revelan fruto de la más pura lógica. El dúo de investigadores integrado por un genio onmisciente (Holmes) y un lúcido asistente (Watson) se ha convertido en un modelo clásico: uno de los personajes ve y sabe todo, y por eso lo admiramos. La segunda figura ve y sabe tan poco como nosotros pero, gracias a sus preguntas, vamos descubriendo gradualmente todo lo que habíamos pasado por algo. La teoría del conocimiento afirma que toda percepción va acompañada de un punto ciego. En otras palabras, no existe el ver sin el no ver. Justamente este punto nos conduce a la pareja de Holmes y Watson, que representa su constante punto ciego. No existe uno sin el otro o, expresado de otra forma, no hay conocimiento sin ceguera.


Sam Spade, creado por Dashiell Hammett. Sam como Dashiell. Dashiell como Sam. El autor fue detective privado en la celebérrima agencia Pinkerton, como Sam. De sus experiencias en ella surgió precisamente su vocación literaria. Obtuvo un éxito extraordinario con Cosecha roja, El halcón maltés, La llave de cristal o El hombre delgado, títulos que configuran el núcleo central de su gran obra. Padre de la novela negra, Dashiell, Sam, revitalizó el género, llevándolo a un nivel de impecable calidad literaria.


Lew Archer, creado por el gran Ross MacDonald. Conocemos a Lew desde sus primeros casos hasta su jubilación, es decir, que envejecemos junto a él. Lew cada vez más decepcionado de quien su autor opina pese a sus esfuerzos y a su dureza, nunca logrará cambiar nada, porque un hombre solo no puede cambiar a toda la sociedad, ni tan siquiera toda la sociedad puede cambiarse así misma. Lírico de la fealdad  del mundo contemporáneo. Lew es un filósofo de la desesperación. Lew es el primer poeta urbano después de Baudelaire, quizá también el último. La auténtica mirada de un adiós.

Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones, creado por Chester Himes. Son dos policías negros en el barrio de Harlem. Sus métodos son duros para imponer su muy heterodoxo sentido de la ley en ese universo de negros marginados; es decir, de seres doblemente machacados. Las historias de Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones es triplemente negra: negra la temática, negro el color de la piel de los personajes y negro el pozo de marginación en el que se hallan sumidos. Ataúd y Sepulturero, una buena combinación para tiempos venideros.



jueves, 5 de diciembre de 2013

Rebelde sin causa (un recuerdo)


Corría el año 1979 y vi Rebelde sin causa en un matinal de estreno en un cine que ya no existe, con evidente retraso respecto a su realización. Mi decepción fue enorme. Yo tenía, más o menos, la edad de Platón (Sal Mineo), y ni los universitarios ni los navajeros gozaban de mis simpatías, los primeros porque me eran muy ajenos (nunca llegué a pisar una universidad) y los segundos porque los tenía demasiado cerca. Así que ante este despliegue de estupidez de lujo estaba tan indefenso como Platón. Por eso su muerte me sacudió de una forma absolutamente negativa contra la película. No recordaba otra muerte en un filme que me hubiera afectado tanto como ésta, salvo quizá la de la esposa del "bandido calabrés" en la película de Mario Camerini y la del niño atropellado por un camión que conduce su padre en Hay un camino a la derecha, de Rovira-Beleta. Además, también me reventaba mucho el final con esa imagen de los padres de Jim (James Dean) abrazándose con una sonrisa estúpida. Menos mal que luego venía el plano del ama de Platón que salva el final, aunque volviera a impregnarse de esa tristeza que tanto me dolía. Entonces no sabía que el director no quería ese final con la reconciliación de Jim con sus padres y, seguramente, la estúpida sonrisa feliz de estos era una provocativa venganza del cineasta ante la obligación de terminar así la película, potenciando la majadería de la pareja. Y por eso añadía el plano de la señora negra después de éste y no antes, reforzando así la tragedia final con suma habilidad, supongo que en complicidad con el montador, que aceptó la idea del director de dar la vuelta al deseo de los ejecutivos de la gran compañía productora que, como tales buenos ejecutivos que eran, no se enteraron de la maniobra artística.



Llamad a cualquier puerta (1949)

También debió colaborar a mi decepción que no conocía la historia de la esfinge, por lo que yo esperaba quizá demasiado, sobre todo porque hacía muy pocos días que había empezado a fijarme en el nombre del director Nicholas Ray y empezaba a tener un lugar preferente en mi lista ya que era el director no solo de aquel filme judicial con Bogart que fue uno de mis primeros impactos fílmicos, aunque solo recordaba un plano, sino también de unos westerns muy emocionantes, de la vibrante comedia sobre los gitanos y, sobre todo, de Chicago año 30, que había sido la estrella del verano de 1977 en programa doble curiosamente con Al este del Edén


Al este del Edén (1955)

Pero así como los problemas del protagonista de la película de Elia Kazan los comprendía perfectamente y entendía su furia contra las barras de hielo, no podía comprender los problemas del mismo actor en este filme, habida cuenta de que era un tipo que lo tenía todo. Yo, por aquel entonces, no tenía ni habitación propia. Por otra parte, Judy (Natalie Wood), me pareció una estúpida que ni su padre, aunque hubiera sido el protagonista de Busca tu refugio, le hubiera dado un buen par de bofetadas, sobre todo si la hubiera visto levantando un brazo y saltando exultante, borracha de luz, dando la salida a esa estúpida carrera de coches formidables que hubieran causado envidia en mi barrio y que aquellos cretinos niñatos americanos destrozaban como si tal cosa.


Fresas salvajes (1957)

Gracias a Fresas salvajes, que quise volver a ver y con la que formaba programa doble en otro cine de barrio, vi de nuevo Rebelde sin causa, y quizá porque estaba en estado de gracia tras la película de Ingmar Bergman, o porque ya tenía asumida la muerte de Platón, mi consideración del filme de Ray cambió radicalmente, en especial a partir del mágico momento en que, tras el accidente del estúpido Buzz, Judy sigue mirando fijamente el fondo del abismo y Jim tiene su brazo hacia ella, que hace el mismo movimiento hacia él, como por intuición magnética, sin mirarle, pero deseando el contacto con él. Y cuando lo siente, se estremece. Y, entonces, con sus dedos tocándose eléctricamente, Judy mira a Jim.



Chicago año 30 (1958)

Aún así, todos esos enfrentamientos juveniles en una elegante, rica y civilizada comunidad norteamericana eran para mi mucho más ajenos que los desafíos entre Dancing Kid y Johnny Guitar en la lejana y mítica Arizona. Aunque fuera por una mujer que ni siquiera era bonita.



Johnny Guitar (1954)

Llegan los ochenta. Los ochenta: un periodo de exceso económico y bancarrota moral. Primeras sensaciones de estar en un tiempo en que todo sale mal y todo parece equivocado. Empiezan a cerrarse cines masivamente, y, masivamente se abren salas de karaoke. Descubro la poesía de T. S. Eliot y para él el fin del mundo tendrá lugar de esta forma, con un sollozo y no con un estallido. Tranquilizarse falsamente no tenía ningún objeto y, además, era contraproducente. El cine que ya teníamos encima se estaba volviendo plano e inofensivo, falsamente domesticado, sin esquinas. Ignoraba su propia naturaleza, se reducía, se encogía. No se cuestionaba nada dentro de su propio sistema y pretendía saberlo todo de la vida real. Qué confusión. Habría que dejar la vida tranquila, la realidad se basta sola, no necesita que la reproduzca, sino que la incomode. Si Hitchcock levantara la cabeza. ¿Qué sistemas sociales invisibles se estaban urdiendo? Los deseos no eran tan nuestros, sino producto de una manipulación astuta.



Nicholas Ray y James Dean

En fin. Entró el vídeo en casa y alquilé Rebelde sin causa y me abrió los ojos definitivamente. Quizá su lección resultó tan contundente porque utilizó con principal ejemplo la poesía que se filtraba de manera tan poderosa en el momento entre Judy y Jim que acabo de recordar. Y aprendí que el hecho de que esa mágica unión suceda ante el abismo potencia todas sus resonancias, pues toda la obra de mi admiradísimo Nicholas Ray está determinada por la presencia del abismo ilimitado.
No me cabe la menor duda: el cine es recordar.