jueves, 16 de enero de 2014

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Iletrados políglotas


Ana María Moix (1947-2014)

"Las campañas de lecturas son hipócritas. Cualquier gobierno prefiere un pueblo estúpido a uno inteligente."
Alberto Manguel


Me encontré hace ya tiempo con un amigo, que por aquel entonces, tenía veintisiete años. Había dejado sus estudios en su adolescencia para incorporarse en el mundo laboral por propia decisión, es decir, no lo hizo por la imperante necesidad económica razonable, sino porque le atraía las maravillas del consumo. Todos damos por hecho que "la escandalosa agonía de los valores morales, basados en el afán de alcanzar una sociedad solidaria, más justa y libre, se inició, con el desnortado aplauso general, a finales de los años setenta y, sobre todo, en el decenio de los ochenta con la entronización, en los países occidentales, del individualismo a ultranza y el poder del dinero". Manifiesto personal, de Ana María Moix. Pero sigamos con mi amigo. Tras unos años de descalabro laborales: trabajos duros en fábricas, despidos, contratos basura, salarios miserables y malos tratos psicológicos, decidió volver a estudiar de nuevo, sin ganas y sin ningún interés especial y personal hacia una rama en concreto. Solo le motivaba hacerse con unos títulos baladíes para poder acceder a trabajos de mejor calidad y mejor remunerados. Pues bien, fue en ese momento cuando se produjo nuestro encuentro. Vi que llevaba bajo el brazo un libro. Me dijo un tanto desairado que en clase le habían obligado a leer una novela, y acto seguido, una redacción de su lectura. ¿Te ha gustado la novela? le pregunté y él me respondió que la había abandonado a las pocas páginas porque no entendía nada. La encontraba "ilegible".

Era muy significativo que la novela llevara por título Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, una historia donde denunciaba un estado totalitario en donde la lectura estaba prohibida y se quemaban los libros. Cuando leí la novela en mis años de adolescente creí ver en la historia de Bradbury que hablaba más del pasado que del futuro. Y creo que no me equivoqué del todo. Los estados totalitarios, al fin y al cabo, también evolucionan con el progreso y Bradbury no pudo llegar a imaginar hasta donde sería capaz de llegar el totalitarismo más sutil. En tiempos pretéritos los dictadores al prohibir la lectura o, ciertos libros, daban a entender que todavía tenían un alto concepto de la peligrosa capacidad que podía desarrollar el pueblo. Solo con el hecho de prohibir demostraban que el pueblo era capaz de leer esas obras y se pusiera a pensar por sí mismo. Hoy tenemos un acceso a los libros como no se ha dado nunca en la historia. Librerías de grandes superficies. Librerías especializadas en todos los géneros. Librerías de viejo y nuevas e incesantes ediciones de bolsillo de clásicos a precios más que asequibles. Bibliotecas públicas e Internet. Puedo imaginar todos estos millones de libros a nuestro alcance y, que para la mayoría de la gente, le resulte ilegibles, incapaz de entender todo lo que se dice en ellos. Hoy ya existe el iletrado políglota. Los del poder saben que pueden estar tranquilos.



Os dejo con un fragmento de Ana María Moix de su excelente Manifiesto personal.

"Lo primero, no saber leer, sería un problema subsanable; lo segundo, que lean y no entiendan lo que leen, es un problema impensable hasta ahora para una mente lógica y para el que, por el momento, nadie tiene solución. Se trata de un sector de la población para cuyos integrantes los franceses acuñaron hace ya años, en cuanto detectaron el problema-no es un problema sólo español-, la calificación de iletrados, distinguiéndola de los analfabetos. Es decir, no estamos hablando de analfabetos, sino de iletrados, de individuos que saben leer pero que no comprenden lo que leen. Si a una persona analfabeta se le enseña a leer, a lo mejor, cuando esté en disposición de hacerlo, llega a comprender el sentido de las palabras y de las frases que lee. Con una persona iletrada, en el sentido que los franceses han dado al término, ya no hay remedio: al cabo de unos minutos de leer, de intentar infructuosamente descifrar signos impresos, se ha perdido en el vacío mental. Eso sí, puede utilizar correctamente un ordenador, incluso ser un buen informático; puede aprender a hablar en inglés, en francés, en alemán y en cuantos idiomas se imponga dominar oralmente; pero no podrá comprender un texto largo en la pantalla del ordenador ni en un libro escrito en francés ni en italiano ni en alemán ni en el suyo propio. Estamos, pues, frente a iletrados en varias lenguas, frente a ciberiletrados multilingües y analfabetos en varios idiomas. Estamos frente a iletrados políglotas."

Cuando...


Cuando levantarse, vestirse, alimentarse, ir al trabajo, hace falta un valor sobre humano. Cuando sientes que el optimismo es una respuesta legítima al fracaso. Cuando te miran como una aparición, pero no por nada especial, sino porque viven deslumbrados. Cuando sabes que la gente no es gran cosa, que es todo una farsa puñetera. Cuando abres una cerveza y decides que no podrás acudir al trabajo y es agradable sentarse en una silla, alzas la botella y dejas que todo se vaya al diablo. Cuando sientes que el individuo equilibrado está loco y cuando te enteras que nada hay más aburrido como la verdad. Cuando te acercas a la ventana y miras los coches y te asombras de que tengan tanta prisa por ir en una dirección y otros por ir en otra y deduces que alguien tiene que estar equivocado porque si no, no es todo más que un juego sucio. Cuando tienes la sensación de que el mundo entero es un hospital psiquiátrico y conviene ir por la vida como si lo fuera. Cuando sabes que estamos sofocados por las palabras sin sentido y que lo mejor es el silencio. Cuando sigues teniendo la sensación de estar rodeado por un espacio vacío. Cuando en tu estómago siempre hay una ligera náusea. Cuando no eres rico y por ello siempre tienes que parecer útil. Cuando las costumbres se adquieren más rápido que el valor. Cuando sabes que el mundo entero se arrastra con gente triste y herida. Cuando toda tu tristeza y derrota son expresados por el paisaje que recorres. Cuando sabes que la falta de contención puede ser peligrosa. Cuando te descubres distraído haciendo recuento de tu vida. Cuando sabes que la vida es una broma imposible de descifrar. Cuando en la mayoría de las veces, tu pensamiento tienes que sujetarlo a las circunstancias del momento, y, eso que terminan por decirse está siempre por debajo de tu voz interior.


Cuando estás con una mujer alicaída y te dan ganas de decirle: mantente firme, nena, éste es un mundo de chiflados. Cuando te sientes atrapado en una sociedad cuyos presuntos valores te asquean. Cuando sabes que no vives en la era del acceso, sino de la barrera. Cuando enamorase no es nada y permanecer juntos es lo difícil y cuando nuestra única certeza es lo improbable. Cuando te preguntan: ¿Qué andas haciendo? Y deseas responder: Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa. Cuando cualquier cosa que puedas adquirir es otra que acabarás perdiendo. Cuando sabes que tu vida es algo más que esperar al siguiente desastre. Cuando le exiges a cualquiera que te enseñe una sola cosa en el mundo que sea lo que parece. Cuando tu intensa vida interior se basta a sí misma y podría fundir veinte años de hielo. Cuando despiertas en la cama con resaca y miras las sucias pareces y sientes la falta absoluta de objetivo, la tristeza en todo. Cuando te preguntas de súbito: ¿Cómo no verá la gente que todo es una mierda? ¿Es que nadie lo ve? Cuando sabes que el culto a la juventud es una ideología de las naciones que envejecen.


Cuando sientes que lo que ha desaparecido no es el sufrimiento, sino que se ha prohibido su manifestación pública. Cuando la realidad no es nada salvo la mugre de siglos. Cuando no soportas la alegría de un idiota, una alegría sin fundamento. Cuando siempre andan preguntando, consternados, por qué hace la gente estas cosas, y, cuando no respondes lo que verdaderamente sabes: tienen que hacerlo. Es su manera de escapar. Cuando ves que una persona tiene que luchar tanto por la vida que ni tiempo tiene de vivirla. Cuando ves el tiempo libre del parado y es una tragedia porque no es tiempo libre sino tiempo esclavizado por la sensación de inutilidad y fracaso. Cuando no ves hogares sino inversiones. La familia como inversión siempre acaba en banca rota. Cuando sabes que las mentiras y el miedo y el innoble deseo de obedecer es infundido al nacer. Cuando caminas solitario por las calles y te acompañan las palabras de Louis Aragon: "En el bisel de los besos, los años pasan demasiado pronto. Evita los recuerdos rotos". Cuando vas a ver el mar y en todas las olas se ven colillas flotando. Cuando te puedes suicidar de mil maneras distintas sin morirte de verdad. Cuando sabes que el mundo no hay quien lo arregle y simplemente sigues allí con una copa, fumando un cigarrillo y sin pensar en nada. Cuando sientes que parte de la disparatada estructura familiar del mundo, locos, en realidad, jamás se preguntarán lo que les mueve a hacer lo que hacen. Cuando sabes que los marcianos, para invadirnos, solo tendrían que ponerse un gorrito gracioso y nadie se daría cuenta. 


Cuando observas la paradoja de agosto: medio millón de personas yendo al mismo sitio para estar solos. Cuando tu única ambición es no ser nada de nada y parece lo más razonable. Cuando de nada sirve decir ni pretender porque el mundo nos abandona mucho antes de que nos vayamos para siempre. Cuando has envejecido sin enterarte. Uno sabe que es viejo cuando te preguntas adónde se ha ido todo. Cuando descubres que es una tontería empeñarse en que las cosas sean como deberían ser y cuando sabes que se pierde la vida intentándolo.

Invisibles


¿Quién no jugó de niño a ser invisible? ¿Y quién de mayor no reconoce que lo fue? ¿Y quién es capaz de asegurar que no seguimos siéndolo? Mucho has olvidado, lector mío; pero la lectura de este post evocará, entre la niebla de tus recuerdos, vagas visiones de otras épocas y lugares que atisbaron tus ojos de niño. Hoy te parecen sueños, pero si fueron ensueños de tus sueños infantiles, ¿de dónde procede la sustancia de que fueron formados? Todo comenzó en 1887, cuando H.G.Wells publica El hombre invisible, ¿lo recordáis? Después de arduas investigaciones, el joven científico Jack Griffin consigue, mediante procedimientos químicos y eléctricos, disminuir el índice de refracción de su cuerpo; en otras palabras, logra la invisibilidad. Pero, lejos de lo que cabía suponer, el logro de ese viejo sueño de la humanidad no soluciona sus problemas; por el contrario, Griffin, inconsciente de su poder, derbordado por su propia creación, se ve inmerso en un mundo de soledad y de huida permanente. El drama personal del investigador, acosado por una sociedad que le repudia, se convierte en una amarga fábula sobre la marginación humana y el rechazo social. Hay algo terriblemente soez en la mente moderna de hoy: la gente, que tolera todo género de mentiras indignas, no soportan la existencia de la fábula. ¿Quién no reconoce la agobiante estupidez y maldad de la especie humana o del escalofrío insondable del hombre contra lo ineluctable de su destino?



En 1901, Jules Verne publica El secreto de Wilhelm Storitz, influenciado por Wells. Aquí la historia ha perdido el punto de inocencia del pobre Jack Griffin. El personaje de Verne hereda de su extraño padre el secreto de la invisibilidad. El muchacho no se lo ha tenido que currar, se lo encuentra todo hecho y lo utiliza para fines un tanto oscuros, es decir, pasionales. El hombre invisible ya no es lo mismo. Estamos ya en el año 1952, cuando Ralph Ellinson publica su única y magnífica novela El hombre invisible. La invisibilidad del protagonista es la invisibilidad de la identidad y sus diversas máscaras, enfrentándose tanto a la experiencia personal como a la fuerza de los espejismos sociales. La cualidad especial de la novela es su hábil combinación de la indagación existencial de la identidad como tal, de lo que significa ser invisible social y racialmente, con una alegoría más sociopolítica de la historia de la experiencia afroamericana en Estados Unidos. En ningún momento se sabe el nombre del narrador en primera persona, que cuenta retrospectivamente su paso desde la realidad surrealista del ambiente y la gente del Sur racista al no menos inhospitalario mundo de la ciudad de Nueva York. Llega 1963 y el escritor de ciencia ficción Robert Silverberg escribe Ver al hombre invisible. Estamos ya lejos del laboratorio de Jack Griffin, y, Silverberg da un rumbo inesperado al tema de la invisibilidad. Los totalitarismos de nuestro siglo son utopismos cumplidos. En el cuento se desarrolla cómo sería la vida de un hombre condenado durante un año a la invisibilidad social. Se le marca; nadie puede interrelacionar con él so pena de compartir su mismo castigo.



"Entonces me juzgaron culpable, me declararon invisible por espacio de un año, a partir del 11 de mayo del año de gracia 2104, y me llevaron a una habitación oscura situada bajo el tribunal para imprimirme la marca en la frente antes de dejarme libre.(...) Debe entenderse que mi invisibilidad era estrictamente metafórica. Seguía conservando mi solidez corporal. La gente podía verme, pero se negaría a verme".

El personaje se va volviendo loco progresivamente. Al fin y al cabo, el ser humano es una especie gregaria a sus semejantes. Al final acepta su invisibilidad como escudo, más por despecho que por necesidad. El individuo de hoy es sólo una ficción serial e impotente programada por los poderes económicos y normalizados de la sociedad de masas, en la que no cabe otro protagonista que es "la muchedumbre solitaria" de la que habló el sociólogo David Riesman en los años cincuenta. El ser humano es una multitud solitaria de gente, que busca la presencia física de los demás para imaginarse que todos estamos juntos.



Año 1967. Se publica La vuelta al día en ochenta mundos, de Julio Cortázar. En este curioso libro encontramos un relato titulado La caricia más profunda. En él se narra la historia de un hombre que va siendo engullido por la tierra progresivamente.

"En su casa no le decían nada, pero cada vez le extrañaba más que no se hubiera dado cuenta. Al principio podía pasar inadvertido y él mismo pensaba que la alucinación o lo que fuera no iba a durar mucho; pero ahora que ya caminaba metido en la tierra hasta los codos no podía ser que sus padres y hermanos no lo vieran y tomaran alguna decisión".


Nos convertimos en invisibles, ya no solo para la sociedad, sino también para nuestros allegados. 1987: Memorias de un hombre invisible, de H.F.Saint. Aquí el laboratorio social explota. Se les ha ido la mano. Estamos ya en el mundo de las catástrofes. Cruel e inmisericorde retrato de un yuppie que pasaba por allí. Progresivamente va encontrándose a sí mismo cuando desaparece, literalmente; se enfrenta a los demás y lo que dicen de él, y su invisibilidad le hace verse desde otro punto de vista, madurando en el proceso y encontrando el amor en una mujer. El sentido es inverso al Wilhem Storitz de Verne. Miramos a nuestro alrededor y nos sorprende por doquier la rutina y la banalidad; pero si prestáramos atención en las almas, nos abrumaría la presencia de lo portentoso.

2011: Pasadizos, de Juan Herrezuelo. Encuentro entre sus magníficos relatos, Los invisibles. Herrezuelo da un giro brusco al tema de la invisibilidad. En él encontramos a un personaje que opta, voluntariamente, por ser invisible de la manera más rudimentaria: cambio de conducta respecto a la gente que le rodea, cambio de look, cambio de ropa, etc. Evidentemente lo consigue. El relato tiene un final verdaderamente sorprendente.



Los invisibles superan ya en número a los supuestos visibles. No sé si se alimentan de agua y leche o, si influyen en nuestras mentes, como en el relato escrito en 1887 por Guy de Maupassant El Horla. No sé si son ya la vanguardia de una hueste de espectros que han llegado para subyugar y abrumar a la humanidad. Hoy, ser invisible no es que no te vean, sino que no quieran verte.

                                          

miércoles, 15 de enero de 2014

La personificación de la incógnita


















-¿Conoce a ese tipo?
-Sí, estuvimos casados una vez.

Joan Crawford y un extra. Alma en suplicio (1945), de Michael Curtiz


Las primeras damas de la fatalidad fueron Marlene Dietrich y Greta Garbo; ellas ya solían adoptar la estilización de mariposa o libélula de un broche Art Nouveau engarzado en brillantes, siluetas afiladas y mortales como un puñal; y que algunas veteranas de la traición como Bette Davis o Barbara Stanwyck tienen una habilidad camaleónica para reproducir desde la pose astuta de raposa a la actuación rápida e inclemente de una mortífera serpiente o que Rita Hayworth siempre tendrá el encanto algo salvaje de una potra desbocada y Lana Turner la dorada sensualidad de un pavo recién salido del horno. Claro que habría que añadir a éstas las mujeres fatales que parecen muñecas atadas a un paquete de dinamita como Louise Brooks, Gloria Grahame o Marlyn Monroe.




-Me fascina las rubias.

-¿Y a quién no?

Edmound O'Brien a un actor secundario. Al rojo vivo (1950), de Raoul Walsh


Sea cual sea el particular modismo zoológico con el que las actrices adornen el personaje, la trama, pergeñada en torno a la mujer fatal es un drama en tres actos ya diseñado por la propia naturaleza. Algunas historias funcionan mostrando cómo la mujer fatal es una mantis religiosa que devora al macho lentamente, destruyendo cualquier referente externo a ella misma que él pueda tener - la profesión, las amistades, la familia -. La hembra está impulsada por una especie de posesividad desatada o por una sed de venganza que la llevan a aniquilarle en un último esfuerzo por conseguirle: Sunset Boulevard, Pasión bajo la niebla, Que el cielo la juzgue. En otros episodios la mujer es una araña para quien el hombre es sólo una pieza más en una red de engaños, un engranaje mortal del que él no se puede librar por muy lejos que vaya: Forajidos, Retorno al pasado, El abrazo de la muerte.




-Hogar es el lugar al que regresas cuando ya no te queda otro sitio a donde ir.

Barbara Stanwyck. Clash by Night (1952), de Fritz Lang


Pero la verdadera mujer fatal es aquella que suscita la ambigüedad sobre su auténtica naturaleza. Hay muchas películas que admiten perfectamente una lectura basada exclusivamente en ese interrogante que puede llegar a ser tan moral o metafísico como se quiera, un interrogante sobre la capacidad de amar y la integridad del personaje femenino. Esa podría ser la verdadera cuestión del relato aunque se presente oculto en otras circunstancias y tramas que parecen el tema central.




-Hogar es el lugar al que vas y te dejan entrar.

George Sanders. Uncle Harry (1945), de Robert Siodmak


Así, toda Gilda está en la famosa pregunta con que aparece Rita Hayworth en la pantalla, "¿Gilda estás decente?", "¿Eres decente?". El tema de la naturaleza de la mujer faltal es el argumento esencial del Film Noir, como en El sueño eterno, Cara de ángel, Casablanca, El expreso de Shanghai, Callejón sin salida, Ángel o Diablo... En todas ellas hay una dialéctica entre el aspecto externo de la protagonista y su realidad, el misterioso contenido de su personalidad de la que sólo se pueden hacer conjeturas. Ella parece un ángel, un sueño, pero ¿cuál es su verdad? Ya lo dice Sam Spade al final de El halcón maltés - una película que también puede englobarse en esta categoría - de lo que se trata es de saber "de la materia de la que están hechos los sueños."



-¿No le cabe en la cabeza a un hombre el que una mujer pueda vivir sin él?


Ida Lupino a Cornel Wilde. El parador del camino (1948), de Jean Negulesco


La escasez de referentes, de contexto, desde dónde poder juzgarla, nos da la característica esencial de la mujer fatal: su soledad. Viene de alguna manera corroborada por el uso simbólico del negro en el modo de vestir, todas las auténticas mujeres fatales visten algo de viudas, como todas la mujeres enamoradas visten algo de novias. Son mujeres que ya han estado con otros hombres y, le recuerden o le olviden, llegan envueltas en su pasado como en un traje caro, peligroso y seductor, una segunda piel. Llevan el luto de lo que fueron a la vista y ahora nadie sabe con certeza en qué se han convertido. "Conozco tu especie", le dice Philip Marlowe a Inés en El sueño eterno cuando ella, en la mejor tradición - vestida de negro, con dólares y en un coche - emprenderá una fuga nocturna.


-La cabeza siempre dice una cosa y la vida nos dice otra. Siempre pierde la cabeza.

Humphrey Bogart. Cayo largo (1948), de John Huston




La mujer fatal es aquella que puede prescindir de su pareja, que puede sacrificarle por dinero, por orgullo o perversidad. No tiene familia, ya que como los propios hombres de esas películas, siempre huyendo hacia alguna parte, su familia y su inocencia quedaron el algún rincón, preferiblemente oscuro, de su mente. Pero no sólo no tiene familia sino que la pericia de la película es a menudo el relato del intento de ella por liberarse, en especial del marido: El cartero siempre llama dos veces, Deseos humanos o Perdición. En cuanto una mujer tiene descendencia la posibilidad de que entre en la categoría de mujer fatal es escasa, a pesar de las apariencias, como Marlene Dietrich en La venus rubia, combina el contradictorio cocktail de glamour y maternidad. Las auténticas mujeres fatales viajan solas, fuman solas, beben solas. Esta mujer sin lazos familiares que llevarse al cuello, para quien el hombre que tiene al lado es sólo un alero donde resguardarse momentáneamente, a las que se dudaría en ofrecer matrimonio con vistas al futuro, peana incluida, sólo puede darse en el paisaje de las ciudades. Sólo en el medio urbano encaja su figura con cigarrillo y gabardina. Una combinación de fuego y agua que marca el carácter ambiguo de su conformación y de una sexualidad tan pronta para encenderse como a desaparecer en la lluvia.



-Todos mis vestidos son bonitos. En este negocio tienen que serlo. Nada como los vestidos, son el azúcar que atrae a las moscas.

Isabel Jewell a Jane Bryan. Marked Woman (1937), de Lloyd Bacon



La imperturbabilidad de las mujeres fatales está implícita en sus gabardinas, una ley de lluvia y llanto. Pueden llorar sin mojarse, aunque raramente lo consigan. Entra y sale de bares, juega en los casinos y vive en hoteles: la única lumbre del hogar que existe para la mujer fatal es la que arde en el extremo de su cigarrillo. A veces pueden llegar a compartir cigarrillo o a encendérselo al hombre, como quien enciende una pasión. No hay que olvidar que en las películas de la época el lenguaje de los cigarrillos es todo un manual de cama y cortejo. En realidad es una imagen de mujer construida a base de unos pocos trazos, de unos pocos detalles comunes, de modo tan leve que parece la personificación de algo intangible como el destino, el azar o la muerte. Ese ambiente en que todos los gatos son pardos y en el que sin embargo sólo hay dos opciones morales, el blanco y el negro, es el núcleo del simbolismo estético en el que se mueve el género negro.



-Fred MacMurray: Le maté por el dinero y por una mujer. No conseguí el dinero, ni a la mujer.

Perdición (1944), de Billy Wilder



En él es posible asociar la incógnita de la mujer a un mundo en que las relaciones entre los sexos se vuelven cada vez más complejas, se hacen visible la sexualidad femenina, y que sin embargo sigue funcionando con los códigos del pasado. Finalmente, la mujer fatal es más que nada, travestida de hombre, con velos o pieles, con sombrero, gafas oscuras y guantes, todas esas prendas que sirven para dar trascendencia a la desnudez. Pero al mirarla de frente no encontramos más que un reflejo, es ni más ni menos el fantasma que cada uno llevamos dentro.



John Dall: Por las noches... a veces me despierto... y pienso que nada de esto ha ocurrido. Me parece que nada es real.

Peggy Cummins: Cuando te suceda, mira a la mujer que duerme a tu lado. Soy tuya, y soy real.


El demonio de las armas (1949), de Joseph H. Lewis

La traición de Rita Hayworth


Loretta Young, Lauren Bacall, Irene Dunne, Deborah Kerr, Linda Darnell, Gloria Grahame, Rita Hayworth, Ingrid Bergman, Ann Blyth, Ginger Rogers, Lana Turner, Ava Gadner, y tantas otras. Mis mujeres, mis primeras mujeres, aquellas a través de las cuales descubrí a la mujer a destiempo, porque ellas ya no eran de mi época, pero llegaban a los cines de la provincia como si fuera la primera vez. Loretta Young tenía toda la gracia en los pómulos y le iban bien los vestidos fin de siglo, vestidos de bostoniana que había roto el frío puritanismo de la ciudad con un escote sonriente.

Loretta Young

Lauren Bacall fue desde siempre la mujer felina y usaba muchos trajes de chaqueta. Irene Dunne era como una tía nuestra y quedaba bien con la moda ama de llaves. Incluso la cofia de las amas de llaves de las películas le sentaba bien a su rostro oval y bondadoso.

Irene Dunne


Linda Darnell iba bien como posadera de posadas jamaicanas, como novia nocturna del Zorro, como amante del hijo de la furia, que llegaba a España por los mismos años que los demasiados hijos de la ira. Linda Darnell, morena, con carbón de deseo en los ojos, vestía la moda eterna de las mesoneras, con mangas de farol y un escote redondo por donde se asomaba a la vida la candidez de sus senos.

Linda Darnell

Y Rita Hayworth, una de las criaturas más adorables que ha fijado en su sueño el soñador celuloide, pasión de Orson "Talento" Welles, sparring rubio y dulce del violento Glenn Ford, al ya en Gilda llamaban paleto, y que todavía no ha perdido su aire de charnego en Hollywood. Rita, Gilda, película que yo vi en 1976, cuando mi corazón daba un tierno salto de corzo desde los cercados de la infancia a los de la adolescencia. 


Rita puso de moda, un cuarto de siglo antes de mi nacimiento, la cabellera en cascada, las boquillas de antes de la guerra, las bocas enormes y las faldas con abertura hasta donde la pierna pierde su honesto nombre, para cambiarlo por el más suculento y nutricio de muslo, palabra que, por cierto, traía al entonces muy inquietos censores del Imperio.

Ingrid Bergman


Ingrid Bergman, el peligro más grande para nuestro complejo de Edipo, porque Ingrid siempre tuvo algo de madre de todos los niños que nos colábamos a las películas no aptas para menores. Ingrid, con su nombre dulce, su sonrisa de madre en un cuerpo de amante, y la moda que ella trajo, para enamorarse en Casablanca de aventureros internacionales.

Ann Blyth

Ann Blyth, niña de Hollywood, carita de luna, novia de los últimos de Corea, que eran como los últimos de Filipinas pasados por el celuloide triunfalista del Pentágono, cuando en el imperio liberal de los yanquis empezaban a ponerse el sol de la opinión. Ginger Rogers, quizá la señorita más cursi de todo el cine, novia eterna e insatisfecha de Fred Astaire. Ginger Rogers, puritana de muslos deportivos, antieróticos, macerados por el claqué. Lana Turner, mujer cálida, rubia trágica, hogaza de pan sexual, que trajo muchas modas, pero a la que siempre adivinábamos desnuda bajo el último grito.

 Lana Turner

Ava Gardner, que tuvo en Lana Turner su profeta, su san Juan Bautista, su predecesora. Ay, Ava...


Olivia de Havilland, dulce como una novia muerta. Claudette Colbert, vestida de puritana y sufragista. Bette Davis, que ya no tenía edad. Angela Lansbury, redonda y desgraciada como una heroína de Dickens. Susan Hayward, vestida como una calamidad. Jane Russell, gran pájaro erótico, ave sexual del paraíso de Beverly Hills. Y tantas otras.

Y nuestras dulces nacionales. Amparo Rivelles, con el pelo alto y los escotes en pentágono. Mercedes Vecino, Luchy Soto, María Martín, Elena Espejo, Maruchi Fresno. Las nacionales me gustaban poco, ésa es la verdad. Las nacionales vestían la moda madrileña y hortera de los modistos de entonces y eran todas como nuestras tías, como una tía nuestra que se hubiese metido de pronto en una película a hacer manitas - solo manitas - con Antonio Casal, el galán de los cuellos blancos, almidonados con el almidón triunfalista del patriotismo.

Amparo Rivelles

Después, en los años cincuenta y sesenta, todo fue diferente. Marilyn Monroe, por mucha ropa que se pusiese, siempre estaba rebasada de su cuerpo. Sofía Loren y las italianas en general, tropa caliente y amazónica, habían sido desgarradas de indumentaria por el neorrealismo alegre. Brigitte Bardot, sí, llenó el mundo de mujeres campánula, con su enagua almidonada, su moño alto, su melena, sus tacones, sus piernas líricas y su gracia entre felina y envarada.

Brigitte Bardot

Y lo que sigue es actualidad, moda, novedad, noticia: las botas altas de Jane Fonda, las pieles pequeñoburguesas de Catherine Deneuve, las blusitas horteras de Ornella Muti. Las mujeres, las grandes mujeres, se han acabado, porque las grandes mujeres las hacía mi generación, es decir, la que no era la mía, porque yo vi cine a destiempo. Porque a las grandes mujeres las hacía mi imaginación de adolescente en sombra, en la sombra cálida del cine, con cacahuetes y humanidad de domingo. La traición de Rita Hayworth, título de la primera novela del gran escritor argentino Manuel Puig. La traición de Rita Hayworth es la traición del cine, su mentira de sombra y sueño, que un día nos abandona, larga y segunda matriz del niño, calor uterino para el adolescente que se resiste a nacer.



Yo nací, respetadme, con el cine, dice el verso de Rafael Alberti. Todos hemos nacido con el cine o hemos nacido al cine antes que a otra cosa, pero llega un día en que hay que dejar el cine y salir a la vida. Entonces se consuma la traición de Rita Hayworth. Aquello solo era sueño, mentira, ilusión. El adolescente se refugia pertinazmente en el cine, se resiste a dar la cara a la vida, se esconde en el regazo de peluche viejo de la butaca para soñar la vida, mejor que vivirla. El cine es la matriz y la lactancia de todas nuestras generaciones. Dice Borges que la sombra es la sangre de las cosas. El cine, hecho de sombras, es el sueño de las cosas. Pero las cosas están fuera y un día hay que salir a ellas. Así, las mujeres que vivieron después, mis mujeres, las mujeres reales de mi vida, nunca han sido tan mías como lo fueron aquellas supermujeres de la pantalla. Ahora voy muy poco al cine. Como arte no me interesa demasiado. Y como refugio ya no me sirve, y eso que voy estando tan necesitado de refugios.



                                                 
             

Vida cotidiana



"Todas las cosas de la vida, todas las caras de la vida se amontonan en la misma habitación."

Jack Kerouac, En el camino

Día tras día va perfilándose una verdad: la vida cotidiana se nos impone con una suerte de fatalidad absoluta. Seguimos habitualmente sus reglas invisibles y obedecemos a sus veredictos implacables, pues no podemos huir de ella salvo a riesgo de perdernos. Posee esa facultad ordinaria, pero no por ello menos poderosa, de someternos cueste lo que cueste a la realidad y a su principio. Lo cotidiano es el primero de los mundos, al que nos ha sido dado desde nuestras más tempranas experiencias y que, desde entonces, no hemos dejado de recorrer y conocer. Ningún ser humano puede vivir si no vive cotidianamente.

Sin embargo, este hecho irrecusable no deja de resultar a veces abrumador. Cada mañana hay que levantarse, lavarse, vestirse siguiendo ciertos códigos; hay que alimentarse respetando ciertas reglas; hay que desplazarse, trabajar y hacer frente al resto de los mortales sin contravenir lo que se considera socialmente conforme; hay que regresar a casa, ordenar las cosas y preparar la comida. Esas pequeñas exigencias del momento se revelan más imperiosas que los diez mandamientos bíblicos.


A cada instante, el imperativo categórico de la vida ordinaria nos ordena hacer de cada uno de nuestros gestos la expresión pura de lo que ha sido siempre y siempre será, evidencia que cae por su propio peso y que, desde luego, cimienta nuestra confianza tácita en la realidad pero que, contemplada a distancia, revela el rostro burlón de una tiranía silenciosa. Esa sumisión que a falta de una expresión más conveniente denominamos las "necesidades de la vida", es tanto más aplastante e inquebrantable cuanto que su fuerza de persuasión nos resulta misteriosa.

Es el tiempo lo que nos pierde. Resulta muy fastidioso abrocharse primero la camisa, después el pantalón, y por la noche arrastrarse hasta la cama y de día hacerlo fuera de ella, y colocar siempre un pie delante del otro. No hay esperanza alguna de que eso vaya a cambiar jamás.

A lo largo de nuestras vidas manipulamos los mismos objetos, tomamos los mismos trayectos, nos cruzamos con los mismos letreros y las mismas personas, empleamos las mismas frases estereotipadas y, no obstante, los objetos, los trayectos, las personas y las palabras permanecen oscuras, ocultas tras su nitidez banal. Creemos saber siempre lo que son y lo que hacen por una suerte de presentimiento familiar, y ese carácter de evidencia inmediata se basta a sí mismo. Su insignificancia constituye su perfecto camuflaje.


Por esa razón, lo cotidiano corresponde al conjunto de hechos y de cosas que no parecen merecer que nos detengamos en ellas, al estar siempre ahí, antes incluso de que tratemos de examinarlas. No suscita ni siquiera la sombra de una duda o de un interrogante. Es así. Se lo tiene por cierto a la espera de una más amplia confirmación. En la vida cotidiana, que alberga todo lo que puede ser repetido sin ser cada vez el objeto de una modificación inhabitual, sabemos maquinalmente lo que debemos decir y hacer. Antes de cualquier especulación, lo ordinario posee ya un sentido claro y adecuado y no hay necesidad alguna de comentar ese asunto.

Con todo, el sentido de lo ordinario se nos escapa en parte. Al igual que un espejo, lo refleja todo excepto esa misma reflexión. Por mucho que traten de convencernos acerca del valor y el interés de lo que hacemos y decimos cotidianamente, a cierta distancia, no podemos evitar creer que esos actos y esas palabras pierden en la vida cotidiana la transparencia que poseen. La cotidianidad delimita un área de certeza y de desprecio, de seguridad y de confusión, y ello sin que sea posible, en la actitud práctica y en la urgencia de la vida, disociar lo que queremos hacer de lo que hacemos verdaderamente. Así, el hombre cotidiano vive, sin tan siquiera darse cuenta de ello, en la no-evidencia de lo evidente, esa pistis (persuasión) tranquilizadora y llana de la que habla Platón en La República a propósito de los prisioneros de la caverna.

Tocar fondo es coincidir con nuestra esencia. La facultad de recorrer kilómetros de asfalto, aunque sea a través de la mente, como un sueño, prima la de establecer en un lugar. El valor se juzga más en función de lo que puede uno abandonar que de lo que posee. Al considerar cualquier pausa como la muerte, deseo más que nada continuar rodando sin cesar. 


 
           

Zona de sombras



Tom Waits vivió sus primeros años en medio de una guerra doméstica, desgarrado entre una madre religiosa y un padre alcohólico, profesor de español siempre dispuesto a escaparse de juerga rumbo cercano a México. En algún momento, Tom rompió filas con su generación: rechazó la potente cultura juvenil de los sesenta y se zambulló en el mundo de los adultos, incluyendo sus decadentes locales nocturnos. Tenía una fascinación seria por los detritos de la beat generation, los románticos del arroyo que soñaban en jazz. Algunos le rechazaron airadamente: según Charles Bukowski Tom no poseía "un solo hueso original en su cuerpo"; le resultaba obsceno tan laborioso aprendiz de perdedor. Por el contrario, un superviviente hardcore como William Burroughs le bendijo.



A mediados de los setenta, Tom grababa para Asylum Records, el hogar de los cantautores dorados; era un artista de culto, con razonables ingresos. Sin embargo, prefería vivir en el Tropicana, un motel cutre de West Hollywood, dos habitaciones donde se amontonaban libros, discos, botellas, revistas porno. De gira con figuras como Ry Cooder, evitaba los hoteles decentes previstos para instalarse en el alojamiento más casposo que podía encontrar. La atracción por las cloacas llevada a la perversidad.



Cuando el personaje le está devorando, aparece la hada buena. En 1980, durante el rodaje de Corazonada, se enamora de una dramaturga de origen irlandés, Kathleen Brennan, inquilina del taller de talento que subvenciona un Coppola en la cumbre de su poder. Kathleen le retira del alcohol mientras arregla sus barullos económicos y contractuales. Se casa rápidamente y, tras pasar por Nueva York, se refugian al norte de California, en el valle de Sonoma. Adiós a la bohemia: tienen hijos y ejercen de padres.



A diferencia de lo ocurrido cuando Bob Dylan se retira de la circulación en 1966, no simplifica su música. Bajo la influencia de Kathleen, Tom se ha radicalizado en sonido, estructuras y expresión. Ya no es la simpática destilación de un beatnik arquetípico. Kathleen le azuza a arriesgarse, incluso en política. Desarrolla su faceta como actor secundario, generalmente con realizadores de prestigio. Ignora las convenciones de la industria musical: nada de giras promocionales, sí a caprichos como editar dos álbumes simultáneamente. La libertad por encima de todo.


Temesoro de que se caracterice a su esposa como una nueva Yoko Ono, Tom se esfuerza en protegerla. Así, lleva su proceso creativo a la zona de sombras. Prefiere que no quede claro cuánto hay en ella en cada disco. Desvía las preguntas incómodas con alardes de excentricidad, exhibiciones muy aplaudidas por los pocos periodistas a los que concede citas. En ese proceso se menosprecia a muchos fieles de la primera época. La obsesión de Tom por el misterio ha desembocado en censura encubierta, que inevitablemente, multiplica la curiosidad por la persona que se oculta tras esos discos intimidantes.



Para Tom el paraíso es su mujer y él en un motel de la Ruta 66 con una taza de café, una guitarra barata y una grabadora de una casa de empeños, y un coche que funcione aparcado delante de la puerta. Una vez le dijo su amigo Jim Jarmusch: "Rápido, barato y bueno, escoge dos. Si es rápido y barato, no será bueno. Si es barato y bueno, no será rápido. Si es rápido y bueno, no será barato."

Rápido, barato y bueno...escoge dos palabras para vivir.


                               

¿Tiene usted experiencia?


-¿Tiene usted experiencia? - me preguntó el director de la empresa con el ceño fruncido mirando mi Currículo a través de la pantalla de su ordenador. Aquella era mi centesimadecimoprimera entrevista de trabajo que llevaba desde primeros de año. Hoy, las entrevistas han dejado de ser lo que eran para convertirse en siniestros interrogatorios.

Tenía la sensación de estar rodeado por un espacio vacío. En mi estómago siempre hay una ligera náusea. Joder, cuánta mierda tiene que aguantar una persona para sobrevivir. Me pregunté cómo había podido conseguir aquel trabajo semejante individuo, era algo que yo no podía comprender, pero había incompetentes en la cumbre de todas las profesiones.



-¿Tiene usted experiencia?

Decir lo que uno quiere decir; no lo que uno piensa que los demás desean oír. Pero el mundo entero funciona por miedo. Eso que termina por decirse está siempre por debajo de la voz interior.

-Usted perdone, ¿tiene experiencia?

La experiencia no es más que la suma de nuestros desengaños. No cuentan los años y no sirve de nada la experiencia cuando uno se va reduciendo a la parte más vulnerable y más verdadera de sí mismo. Una experiencia de la que uno no se ha defendido, no es una experiencia. Una consideración que no se quiere admitir, no es una consideración. Un dolor que se olvida, no es un dolor.

-Creo que no me he expresado bien; ¿tiene usted experiencia?

La sensación que había en el ambiente no era buena. No había alegría. Estos eran los supervivientes, los trepas, los estafadores, los granujas. No tenía sentido del humor. No tener sentido del humor es un defecto principal como persona. No había más que espacio vacío entre nosotros.



-¿Está usted sordo? ¡Le he preguntado si tiene experiencia!

La experiencia nos llega cuando ya no nos sirve de nada. La juventud es la ignorancia, y ahora sé, mejor que a los veinte años, que no sé nada. Una vez leí que Chillida entendía que la experiencia siempre es retroceso.

-¡Tiene usted experiencia!

La experiencia quita brillo a ciertas cosas. Le miré. Estaba sudando. El flequillo grasiento le tapaba parcialmente las gafas de pasta. El trabajo le había endurecido engañosamente. Le había convertido en otra persona. En alguien a quien él no reconocía. Solo obediencia ciega al dogma autoritario. Quizá antaño fuera una persona sensible de cuya vida quedó destrozada o marcada por semejante brutalidad despreocupada, o quizá es heredero de la empresa. En todo caso, sigue siendo repugnante. La riqueza heredada debilita el carácter porque no tiene que servirse de él. Allí estaba, ahogado en la existencia monótona, trivial y cobarde.

-Es la última vez que se lo pregunto; ¿tiene usted experiencia? ¡Sí o no!



Me dio lástima. La vida es irónica, y la experiencia, la verdadera experiencia, nos hace irónicos. La naturaleza humana es siempre la misma; el hombre no cambia, al contrario de lo que los progresistas quieren hacernos creer, y los errores que el hombre comete hoy son los mismos que cometió ayer.
Nos miramos. Incluso los hombres más fuertes pueden caer, como Dios cuando pasó por la tierra.
Empecé a responder lo que él quería oír.