miércoles, 30 de abril de 2014

Ciclo cine de aventuras (2)


Entre la ingente producción del director de origen húngaro afincado en Estados Unidos desde los años veinte, Michael Curtiz, figuran gran número de filmes notables de todos los géneros, más allá de su celebérrima Casablanca (1942). Y entre los más admirables, reflejo de su modélica síntesis narrativa, está El capitán Blood (1935), adaptación de la novela de Rafael Sabatini. El personaje ya resulta cautivador: un médico honesto e imparcial que, por atender a un rebelde, es convertido en esclavo; que pasa a ser médico del gobernador de Jamaica sin esconder su rebeldía al tirano; que organiza una fuga, roba un barco y lo convierte en navío pirata; que empuña la espada como bucanero, pero se presta a ser héroe por su país cuando es necesario; y además, enamora a la sobrina de su mayor enemigo.


Curtiz narra esa azarosa y audaz vida sin perder un segundo, creando una estructura de un dinamismo arrollador, en la que cada escena necesita de la siguiente en una cadena sin desgaste posible, incluyendo atrevidos saltos en la narración que en lugar de dejar huecos, enfatizan el poder evocador del relato.


Ya desde el comienzo, Curtiz traza una de sus marcas de fábrica, las sombras que dan una dimensión dramática y estética a algunos de los puntos culminantes del filme, algo que aparecía en casi todas sus películas y que en ésta destacaba especialmente en la escena inicial de la intervención de Blood como médico, dándole ya un tono de clandestinidad y negrura a su destino. Luego, la excitante aventura tiene sus dosis de romanticismo, pero sin cargar las tintas ni en el atractivo de la pareja protagonista (fue el primer encuentro entre Errol Flynn y Olivia de Havilland, que hicieron juntos siete películas más, casi todas ellas al servicio de Curtiz) ni en su intermitente historia de amor: el vínculo se expresa al máximo en breves momentos como la conversación furtiva en el campo o el plano de Blood mirando a través de la ventana de su camarote mientras su barco le aleja, quién sabe si para siempre, de su amada.


Esa porción de romanticismo está también atravesada por el humor: Arabella utiliza su posición y su seducción comprando al esclavo que le ha resultado atractivo, un gesto que le salvará a él la vida. esa subasta tendrá posteriormente un reflejo graciosamente vengativo. Pero en este compendio de aventuras, plasmadas en un brillantísimo blanco y negro por los directores de fotografía Erneste Haller y Hal Mohr, prevalece la trepidante narrativa cargada de inventiva visual, puntuada por la entusiasta partitura de Rich Wolfgang Kornngold, y el carisma de un Errol Flynn que se revelaba al mundo con su inagotable energía y vitalidad. La maquinaria de la era de los estudios a pleno rendimiento. El hijo de Errol, Sean Flynn, protagonizó la mediocre El hijo del capitán Blood (1962), de Tulio Demicheli unos años antes de morir como periodista en Camboya. 


Paso la página de mi cuaderno y veo un precioso submarino repleto de sorpresas y promesas de aventuras.


martes, 29 de abril de 2014

Ciclo cine de aventuras (1)



Llevaba mucho tiempo pensando si debía publicar en este espacio los textos escritos en mi viejo y grueso cuaderno de tapas verdes sobre las películas que vi en las sesiones matinales infantiles del domingo. Todas ellas tenían un denominador común: la aventura. Empecé a escribir mis recuerdos cinematográficos en 1982 y lo finalicé en 1985 con la película Los Goonies estrenada ese mismo año, y para mí, el final de la aventura tal y como yo la entiendo. Hubieron muchas películas que no me gustaron nada y fueron relegadas al olvido pero las escritas en este cuaderno causaron onda impresión a los ojos emocionados de aquel niño que siempre se aburría cuando no estaba en el cine. He tenido tiempo para reflexionar mientras leía  mi viejo cuaderno y sigo creyendo que lo más hermoso, lo profundamente útil de los héroes es que vuelven siempre, revestidos de los concretos afanes liberadores que cada época alienta. Nuestra dificultad de vivir no proviene de las circunstancias de la vida, sino de nuestra perplejidad ante cómo afrontarlas sin saber previamente en qué consiste vivir como humanos, o mejor dicho, como héroes. He aquí, pues, estos textos que quiero compartir con todos vosotros, estas películas, estas historias, estos personajes que hicieron de mi el loco que todavía llevo dentro.  Así sea, que el hombre mantenga lo que el niño prometió, como dijo Hölderlin. 


Abro mi cuaderno y en la primera página hay una imagen de Burt Lancaster pegada con pegamento y medio. Me mira con una amplia sonrisa que deja ver una inmaculada dentadura. Tiene un flequillo de chico rebelde. Debajo de la foto hay anotada con tinta azul la fecha del texto: 2 de abril de 1982. El título de la película está escrito en mayúsculas en el centro de la página: El halcón y la flecha (1950), de Jacques Tourneur.


Lo más cerca que estuvo Tourneur de trabajar cerca del star system de los grandes estudios fue una aventura modélica que, a comienzos de década, ya exhibía la perfección narrativa que el género iba a alcanzar durante los años cincuenta. Tourneur ya había establecido cómo crear inquietud con los mínimos elementos en La mujer pantera (1942) o Yo anduve con un zombi (1943). Pero en un terreno absolutamente distinto, en cuanto a tamaño de producción y material narrativo, el de la aventura excitante con estrellas, se mostró igualmente inventivo. Burt también venía de atmósferas oscuras: hasta El halcón y la flecha estaba totalmente encasillado en el cine negro. Pero su personaje de Dardo, que recupera algo del espíritu de Robin Hood pero tiene entidad propia, le iba a permitir soltar adrenalina y músculo, y recuperar sus inicios circenses. Fue la primera de las películas que Burt interpretó con el maravilloso Nick Cravat como compañero de acrobacias, que aquí y en El temible burlón (1952), de Robert Siodmak ejerce de mudo porque no podía disimular su acento de Brooklyn.


Ambos trabajaron juntos en el circo antes de llegar al cine, y el argumento de El halcón y la flecha les permitió volcar con naturalidad sus capacidades físicas y moderadamente cómicas. De El halcón y la flecha se aprovecha todo, Tourneur, maestro de la precisión y la economía narrativa, solo necesitó 84 minutos para una aventura cargada de temas y acontecimientos que van encajando a la perfección. El regreso del admirado Dardo al pueblo ya plantea en unos pocos minutos el carácter de los principales habitantes. El propio Dardo se autodefine como un hombre al que le gusta vivir a su modo. De inagotable energía y algo arrogante, infalible con el arco y la flecha, y sobre todo padre ejemplar que adora a su pequeño Rudi, a Dardo le sobra carisma. 


En esa primera secuencia todos hablan del Halcón. El misterioso personaje no tardará en aparecer: un villano que domina la región y con el que cinco años atrás se fue con la mujer de Dardo.

La contagiosa euforia que contiene El halcón y la flecha se basa, además del propio Burt, en la realización en permanente alerta de Tourneur, que es capaz de transformar una escena de amor y psicología (cuando Nonna Bartoli recomienda a Dardo que no sea tan desconfiado respecto a la dulce Anne, sobrina del Halcón), en el  inicio de un plan de ataque, sin cambiar de plano, solo con un leve movimiento de cámara que descubre a los amigos de Dardo.


De pequeños logros visuales como ése, con planos en los que a menudo ocurren cosas distintas en un primer y un segundo término, está cargada El halcón y la flecha. Y de sencillas lecciones vitales que yo llevo también como estandarte: "Un hombre nunca muere si tiene amigos de verdad", le dice a su hijo cuando parece, solo parece, que está a punto de ser ahorcado. La célebre entrada de Dardo y los suyos en el castillo, disfrazados de troupe circense, es solo otro de sus múltiples hallazgos de este maravilloso e inmortal filme.


Paso la página un tanto emocionado y me encuentro con otra fotografía recortada de Errol Flynn vestido de pirata y con su espada listo para el abordaje en El capitán Blood (1935), de Michael Curtiz.

         

lunes, 28 de abril de 2014

Hola América


 ... me llegan señales... hay interferencias... Estados Unidos ha sucumbido al derroche de combustibles y materias primas. Los orgullosos americanos han tenido que volver a Europa tan pobres como sus antepasados y viven recluidos en guetos, como refugiados e inmigrantes indeseables... pasa el tiempo, el colapso ecológico queda atrás y el mundo se recupera, gracias al uso de las energías alternativas y a una economía frugal. Grandes obras de ingeniería, como el dique del estrecho de Bering, han permitido cultivar las tierras boreales, pero también han transformado la geografía de América del Norte... el desvío de las corrientes marinas ha alterado los climas, convirtiendo las praderas en desiertos y los desiertos en junglas...

... una expedición científica europea llega a América a bordo del buque E.F.Schumacher. Ballard ironiza con el nombre del ideólogo verde: su lema small is beautiful resulta más que adecuado al Nuevo Viejo Mundo. Los expedicionarios europeos sueñan con los mitos americanos e imaginan a Nueva York empedrada en oro, como la Jerusalén Celeste. Pero solo encuentran herrumbre y una ciudad invadida por la arena, donde anidan los escorpiones y las serpientes... en Washington, descubren que la estatua de Lincoln apenas emerge de la arena "contemplando reflexivamente las yucas y las ardillas" y que el Despacho Oval de la Casa Blanca está cubierto de graffiti...


... los nuevos indios americanos descienden de los miserables que no pudieron emigrar. Sus nombres son Pepsodent. G.M. Xerox, 7-Up. Sus tribus se llaman Burócratas, Astronautas, Divorciadas, Gangsters, Fulleros... con la expedición europea llega Wayne, quien como cualquier americano sueña con ser presidente y desea restaurar la grandeza de los Estados Unidos. Los indios le cuentan que han visto una nave espacial volando sobre Chicago y que acaba de estallar una bomba atómica en Boston... llegan a Las Vegas, encuentran la ciudad milagrosamente iluminada, aunque desierta... en el club nocturno asisten a un show de Frank Sinatra, Dean Martin y Judy Garland, interpretado por robots. En ese momento irrumpe una pandilla de chicanos uniformados, que los hace prisioneros...

... en Las Vegas reina Charles Mason, un demente que escapó del manicomio para americanos que hay en Spandau... otra ironía, si recordamos que Spandau fue la cárcel de los criminales de guerra nazi...

... secundado por los mexicanos, aún resentidos con los gringos. Manson se ha proclamado presidente. Se identifica con Howard Hughes, y sufre la misma fobia por los virus que angustiaba al millonario... pero Manson ha logrado poner en marcha la ciudad: la planta nuclear funciona, y ya están circulando algunos autos...



... el "cerebro" de Manson es el Dr. William Fleming, quien resulta ser el padre de Wayne. Él le ha devuelto a Manson la antigua tecnología y los símbolos de la grandeza: unos gigantescos hologramas que proyecta en el cielo. En un desfile fantasmal, pasan las sobras de John Wayne, Gary Cooper, Alan Ladd, Superman, el pato Donald, Marilyn, el Increíble Hulk, la Coca-Cola y la nave Enterprise... apelando a esos poderosos símbolos, Manson pretende unir a los indios para formar una nueva nación...


... en el paroxismo de su locura, Manson se encierra en el casino, elige blancos al azar haciendo girar una ruleta con los nombres de las ciudades de los Estados Unidos, y las destruye una a una con los misiles de crucero...

 ... aún queda por disparar el cohete Titán, que el azar ha adjudicado a Las Vegas. Apenas queda tiempo para huir. Es un final deliberadamente hollywoodiense, todos aquellos que merecían salvarse abandonan Las Vegas a bordo de una flota de planeadores de cristal: el sol los lleva a California, donde Wayne será el primer presidente de la nueva era.


 ... la arena del futuro y la selva del pasado conjugado en Las Vegas para resucitar el presente obsesivo. Es un apocalipsis americano, en el Caesar's Palace se encontraron al fin los fantasmas de Howard Hughes y de Charles Manson...

... Ballard señala que la distinción freudiana entre contenido manifiesto y contenido latente de los sueños... puede hoy ser trasferida a la realidad... la tarea del artista sería discernir los fragmentos de realidad perdidos en el revoltijo de ficciones en que vivimos...

... perdemos conexión... ¡qué locura es esta!... el espectáculo continúa... parece no tener fin...





         

sábado, 26 de abril de 2014

Tardes de domingo


Ocurre después de la comida. Tras el inevitable brazo de gitano, el café, el carajillo. Al mismo tiempo que una brutal somnolencia hace su aparición, cuando las conversaciones llegan a un callejón sin salida y se apagan hasta los rumores de la casa de al lado, esa donde siempre hay un bebé que nunca acaba de crecer. Llega pronto, como una niebla espesa, más espesa que el humo del tabaco y los puros, y se aposenta encima de la mesa del comedor, en la que ya no caben más migas ni restos de comida, como un batracio satisfecho a partir de las cinco de la tarde, justo cuando uno está pensando en tomar otro café. Los domingos por la tarde: esos ensayos domésticos y melancólicos del apocalípsis.



Es la tristeza del domingo por la tarde, ese estado entre la melancolía y la pura pena que ataca a todo bicho entre los tres y los noventa y tres años. Ese estado que, en los países nórdicos, contabiliza más intentos de suicidio que ningún otro momento de la semana. Ese estado que condujo a Proust a meterse en la cama y a no querer salir por más magdalenas y té que Celeste le trajera. Esa extraña congoja que empuja a mucha gente a invertir los patrones del tiempo y a intentar con desesperación prorrogar el sábado hasta el marte y a poblar los after que abren el domingo al mediodía. Esa mezcla de vagos recuerdos de infancia llenos de relamidas voces de locutores deportivos y horribles sintonías que llenaban el patio de vecinos y cuadernos escolares con deberes a medio hacer y la sensación de empezar todo de nuevo y el miedo a que nuestros amigos del viernes hubieran formando otras alianzas durante el fin de semana y ya no nos "ajuntaran" el lunes, y el miedo, también, a que la señorita hubiera olvidado nuestros nombres.



Domingos de provincia por la tarde.  Me despedía de mi chica  hasta el otro domingo y regresaba a casa, solo, tarde ya para cenar, por barrios lejanos, desconocidos y llenos de luna, entre tapias, traseras, campos y huertos. El ladrido de un perro o el silbido de un tren, en la lejanía, me daban la medida de mi soledad. Domingos por la tarde en ciudades desconocidas, en hoteles con moquetas imposibles y habitaciones con baños del color marrón que empujan a pasear por bulevares vacíos con tiendas cerradas y gente que bebe sola en cafés a punto de cerrar.


Pasa el tiempo viendo el domingo de la gente como una ausencia de gente, como una ciudad abandonada, estéril, granito y vidrio que alguien ha levantado para mi asombro y para edificar la soledad del siglo XXI, del hombre unidimensional y sin atributos. En domingo, cuando los matrimonios jóvenes pasean de nuevo la mediocridad de su noviazgo y los enfermos se agravan en el hospital de la provincia. Domingos por la tarde en agosto donde la ebriedad de sentir la ciudad para uno solo es reemplazada por el vértigo de tener la ciudad para uno solo. 

Domingo de adolescencia a la salida del cine, después de ver una película de Bergman (que en sus memorias hace varias referencias a la tristeza suprema del domingo por la tarde) que nos zarandeaba hasta la médula y que nos empujaba a partes iguales hacia el deseo de hacer cine y hacia el cementerio.



Domingo por la tarde donde no quieres mirar a través de la ventana y ver la larga calle gris y vacía donde al final se percibe una bola de rastrojos. Y sin embargo, hasta la tristeza del domingo por la tarde tiene cosas buenas. Conozco parejas que se han conocido compartiendo ese miedo a la tarde de domingo. Conozco gente que empieza una novela siempre en domingo. Otros, durante el rodaje de una película, deciden empezar a rodas justamente en ese momento, dado que, a efectos de la complicada contabilidad ancestral del departamento de producción, cuenta como lunes.

Existen también personas que dicen no sentir nada especial esa tarde, que afirma que, a ellos, lo que de verdad les deprime es el miércoles por la tarde o el jueves por la mañana. Pero es sabido que hay gente que haría cualquier cosa por ser diferente de los demás, hasta fingir una alegría que no sienten un domingo por la tarde.


             

jueves, 24 de abril de 2014

Adiós a la Tierra



El gobierno acaba de poner a nuestra disposición miles de pequeñas naves espaciales para que podamos buscar nuestro sustento fuera del planeta Tierra. "Aquí ya no hay sitio para todos", ha declarado la ministra de Fomento. "No podemos alimentar a tanta gente", ha sido la declaración del ministro de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. "No podemos permitirnos el lujo de educar a todo el mundo", son las palabras del ministro de Educación. "La sanidad ya no puede ser para todo el mundo", declara contundentemente la ministra de Sanidad. "Estamos saturadísimos en los juzgados. Hay demasiada gente.", ha declarado el Ministro de Justicia. "¡A tomar por el culo, hombre! ¡Que no hay para todos, joder!" exclama el Ministro de Industria, Energía y Turismo, y sigue: "Que no se quejen porque van a realizar el viaje de su vida". Y vuelve a repetir el presidente del gobierno: "Nada. Todo el mundo al espacio" y "Se está malinterpretando nuestra brillante solución. No es un éxodo, como ya ha dicho el partido de la oposición, sino una odisea para todos a aquellos que ya no tienen cabida en este planeta. No sabemos qué hacer con tanta gente" y "Este gobierno ha realizado un enorme esfuerzo para que el vulgo pueda viajar a las estrellas".

Pero la oposición le ha preguntado al presidente hacia donde se dirigen esas naves. El presidente se ha enojado diciendo que eso ya no es de su incumbencia, que el pueblo debe decidir su destino por sí mismo. 

Estoy en una de las largas colas que recorren todo el aeropuerto de Castellón hacia las oscuras entradas de las pequeñas naves espaciales. Algunos se complacen de que por fin el aeropuerto sirva para algo. Hace calor y en el ambiente se percibe un ligero hedor a pañales sucios. La gente va en pantalón corto y chancletas. La mayoría arrastran cochecitos de dos plazas. Las mujeres llevan neveras de playa y gafas de sol Ray Ban. Todo esto me hace recordar las antiguas colas en los parques temáticos. La situación no está muy bien organizada pero veo que la gente se ha adaptado muy bien a esta ley de "destierro" que es como yo la llamo, y esta palabra ellos no la aceptan, prefieren decir "oportunidad". Los móviles no paran. Todos están aprovechando su uso porque una vez dentro de las naves dejarán de funcionar. "Mamá, ¿estás bien? Qué mala suerte que no nos haya tocado en la misma nave. ¿Llevas las pastillas de la próstata de papá?". "Hijo, ponte la gorra que te regalé, no vayas a coger una insolación". "Es tu madre, ¿verdad? Mira que llega a ser pesada". Otros arrastrados por la costumbre y la monotonía de la cola que avanza muy lentamente, llaman a las pizzerías para que le traigan raciones familiares con mucho pepperoni. Luego se ríen al darse cuenta que los repartidores de pizzas también están en las colas, listos para partir hacia las estrellas. Los niños no parar de preguntar: "Mamá ¿adónde vamos? Los padres no escuchan y creo que es lo mejor. Bueno, cosas así. No obstante todo transcurre con normalidad. Han empezado a partir las primeras naves que destellan al sol para perderse en el cielo azul. Los que están en tierra  lanzan ovaciones como si se tratara de fuegos artificiales. Ya no parecen estar enojados, como al principio, por haber tenido que abandonar todas sus cosas. Yo me siento muy angustiado pero hago todo lo posible para que no se note. Estas gentes van a enfrentarse a su nuevo destino como dios manda. 

En los altavoces oxidados del aeropuerto suena una música de repente. La gente parece animarse. Es más, muchos de ellos mueven sus cuerpos: madres apremiando a sus hijos; maridos de buen rollo, ancianos marchosos...


                       

martes, 22 de abril de 2014

Papeles dispersos sobre el Quijote (3ª parte)


Cada vez que me adentro en la páginas del Quijote, no dejo de sorprenderme, sobre todo por las diversas opiniones que me embargan en cada nueva lectura; y si además, añado las lecturas de ensayos, que son muchas, de esta obra, más la experiencia lectora y las añagazas y esquinas de la vida que algunas veces he ido venciendo y otras he sido derrotado, voy descubriendo diferentes imágenes del hidalgo caballero y de su fiel escudero.


Hay una frase de Voltaire sobre el Quijote que me parece la más inteligente glosa al libro cervantino y a la verdadera personalidad del hidalgo manchego. Dice el Voltaire maduro: "Yo, como Don Quijote, me invento pasiones solo para ejercitarme." La ocurrencia en bella y melancólica referida al propio Voltaire, pero es absolutamente reveladora referida a Don Quijote. Don Quijote nunca hemos creído que estuviera loco, pero nadie mejor que Voltaire ha denunciado jamás su lucidez. Llegado a la cincuentena (que era mucho para un hombre de la época), Alonso Quijano decide que hay que pegar el salto, que ha empezado para él la vejez, que empieza a ser un hombre desapasionado (salvo las pasiones vicarias de las novelas) y que necesita "inventarse" (hoy diríamos incentivar) las pasiones que yo no siente, o solo de manera muy tibia. A tal pasión responde el sueño de Dulcinea, que es suficientemente vagarosa y gentil como para mover a un caballero, pero no ya a un amante. Asimismo, los sueños de aventura, gloria, combate, justicia y otras noblezas. Alonso se inventa la vida que nunca ha tenido o que le va faltando. Y creo que ésta sea la más profunda enseñanza del libro, con permiso de los cervantistas, y que solo Voltaire la vio. El hombre ha de estar siempre inventándose pasiones, desde las primeras, que no lo serán si las deja en "pecados de juventud".


Ahora que he vuelto a releerla y con la misma edad que tenía don Quijote, me doy cuenta que en cuestión de pasiones España siempre fue quijotesca, y no en otros tópicos. España se inventa la pasión del Imperio, la pasión de América, la pasión de la Fe, la pasión del honor y la honra, la pasión de Europa e incluso la pasión de la propia España, que empieza a llamarse así antes de existir. Los grandes soñadores españoles, de Fernando de Aragón al Duque de Alba, de Hernán Cortés a Francisco de Quevedo, han mantenido el país vivo, han sido otras tantas ruedas humanas moviendo la maquinaria de una nación, primera en el tiempo de la Modernidad.


Pero en esta reciente lectura y con la edad de don Quijote, pero con menos ánimos, he podido percibir algunas cosillas. Dijo Kafka: "La desgracia de don Quijote no es su imaginación, sino Sancho Panza." Lo creí en su momento, pero ahora dudo un poquito que don Quijote fuera una buena persona: quería tener razón frente a todo el mundo y además nunca pagaba la consumición en esas ventas perdidas en el polvo. Era un maleducado que trataba con desprecio a su escudero. Alonso Quijano hoy en un restaurante sería uno de esos que le grita al camarero porque el filete está poco hecho y arma por esa nimiedad un altercado universal, a lo Chicote, con la lanza incluida. Pienso que tienen mucho peligro los que proclaman la verdad desde lo alto de un caballo.


Dijo Michael Ende: "Don Quijote es el hazmerreír de los prudentes, porque continuamente toma todo por algo diferente de lo que es. ¿Cuanta razón tiene!". Y yo creía que la tenía, tanto mi adorado Ende con don Quijote. Lo más curioso de este personaje no es su orgullo sino su vanidad. Si hubiera sido escritor no habría cesado de dar lanzadas en el aire hasta ser el primero en la lista de los más vendidos. Si hubiera sido jefe de negociado se habría enfrentado a cualquier villano diciendo: usted no sabe con quién está hablando, y nadie hallaría la forma de calmarlo hasta no reconocer su grandeza y pasar por tonto como hacía el pobre Sancho Panza con tal de no oírle. 

Dice Cioran: "Quijotismo: Creer que todavía puede hacerse algo y que podríamos consolarnos con quimeras."  Confundir la locura con el alto espíritu es una estupidez y más si se intenta combatir la justicia solo como un alarde de la propia nobleza. 


Ahora, a mis cincuenta, creo que el ideal en esta vida es Sancho Panza, pero sin estar gordo, claro. Si uno logra imaginar a este personaje adusto y con el vientre liso descubriría bajo su jubón al propio Cervantes herido de melancolía. Don Quijote es un puro flato que bascula entre el idealismo y la mala leche, entre princesas inasequibles y el onanismo; en cambio Sancho está lleno de sabiduría adquirida en las ventas donde este usuario del pollino al menos tenía la decencia de pagar el porrón de vino y la pensión de cebada. Y lo dicho ya: la historia de España, la conquista de América y las letras castellanas habrían sido mucho mejores si el ejemplo hubiera sido un Sancho Panza lleno de ironía, pragmatismo y apego a los placeres, y no ese lunático anclado en otra época. Cuando uno repara en esa ración de locura que todo el mundo lleva dentro, pronto se descubre que ese quijotismo se identifica muchas veces con el ego insaciable.

Volveré a leer la inmortal obra de Cervantes y volveré a verla de otra manera. Seré más viejo. Estaré más cansado. Quién sabe si seguiré en las condiciones aceptables para enfrentarme de nuevo a la novela más grande jamás escrita, pero ahí estará como siempre, sobre la mesa de noche, esperándome, porque "Todo es morir, y acabóse la obra..." Don Quijote, II, cap. 24.




  

  Si deseáis leer las dos partes anteriores: 1ª parte y 2ª parte.

lunes, 21 de abril de 2014

Bird


Charlie Parker es mi músico de cabecera. Para mí Bird es un golpe de alas en la noche cerrada. Es el álgebra del universo no euclidiano. Escuchar o sentir a Bird es volar y rozar con las alas las esferas de una dimensión que nadie cree posible. Sus improvisaciones te trasladan a esas órbitas que consternan a esos símbolos incomprensibles de los estratos de las pizarras del polvo matemático. Con Charlie uno se salva cada día, por lo menos, veinte veces. 

Clint Eastwood presenta otra de sus pasiones: la música. Comprendo entonces que haya tenido que honrar esa forma de arte que es el jazz: fuerza, sentimiento y autodestrucción. El jazz es una música que se adhiere al espíritu de libertad de las personas, logra adhesión porque su mensaje es transcultural, música de rebeldía y ¿quién sino Charlie Parke con su sonido desprovisto de compasión y el gran músico que ya conocemos todos por su genialidad y su trágica vida, para representar todo esto?



Para celebrar al apóstol del bebop, Eastwood tuvo la audacia de construir su película como un fragmento de jazz, con una exposición melódica muy fuerte (la muerte de Bird a los treinta y cuatro años), luego por rupturas rítmicas de duración variable, bajo forma de flashbacks y de elipsis temporales: un niño tocando el caramillo a lomos de una mula, la gloria precoz con sus reveses, la huida de los "paraísos artificiales", las curas de desintoxicación, el amor de su última compañera, la apoteosis de "Birdland", las giras californianas, la desesperación de verse suplantado por rockeros mediocres... todo sostenido por los coros, solos y elevaciones de cobre componiendo un himno crepuscular de una melancolía extraña y patética.




Los estragos de la droga sobre el gran pájaro migratorio son evidentes y tenidos muy en cuenta, pero con pudor, sin forzar la nota. Cuando Charlie murió el 12 de marzo de 1955 sentado frente al televisor, riendo por una broma en un show de los hermanos Dorsey. Los médicos que le habían hecho la autopsia dijeron que más parecía haber tenido 53 que 34 años. 


Eastwood introduce en esta película de 1988 un leitmotiv donde caen uno platillos de batería sobre el escenario en cámara lenta. Me parece bellísimo este detalle. Cuando Charlie tocó una vez en la Count Basie Band, en Kansas City, y nadie estaba de acuerdo con la manera que tocaba, el baterista Jo Jones, lleno de ira, le arrojó a Bird un platillo a manera de protesta. Charlie se levantó y salió llorando.


El saxo alto de Bird es la voz más expresiva del jazz moderno, ligada en cada nota a la tradición del blues, a menudo con imperfecciones, siempre proveniente de los abismos más profundos de un alma atormentada. Hasta hoy no se ha podido descubrir por qué se hizo músico. El saxo alto Gigi Gryce, uno de sus mejores amigos, afirma: "Parker es un genio natural. Si hubiese sido plomero creo que también hubiera logrado algo extraordinario."



La banda sonora de la película superpone los solos originales del bebop a la base que provee una banda, en la que figuran músicos de la talla de Barry Harris, Ron Carter y Ray Brown, bajo la dirección del también saxofonista Lennie Niehaus. A pesar de la dudosa honradez del procedimiento, el resultado es atractivo y, por momentos, revelador.

Con la película el resurgimiento del bebop recibió nuevas alas gracias a los innumerables lanzamientos de grabaciones de Bird. El mito Charlie se inició de golpe. El disc-jockey Jazzbo Collins prologó uno de los álbumes de discos en su memoria - en el que por fin se presenta por primera vez a un público más amplio la obra del genio, ordenada sistemáticamente - con las siguientes palabras: "Creo que en toda la historia del jazz no ha habido un músico más reconocido y menos comprendido que él."


Película brillante pero no llega a ser lo que debería haber sido. Lamentablemente le falta swing. Magistral Forest Whitaker aunque no llegue nunca a coger como es debido el saxo, y aspectos completos de la tumultuosa existencia de Charlie quedan, por cierto, ocultos: aunque no impide que el maestro de la improvisación instantánea haya encontrado en Clint Eastwood a un ornitólogo inspirado. 


                                            

domingo, 20 de abril de 2014

Me sigue gustando Molière


Teatro Palais Royal, París

"La hipocresía es el colmo de todas las maldades."
Molière

Tres días a la semana, la alta sociedad parisina del siglo XVII podía acudir al Teatro Palais Royal y verse reflejada en un espejo. En cada velada se representaba una comedia de sociedad del actor y empresario teatral Molière. Las obras de artimañas y engaños, equivocaciones e intrigas, hipocondría y ambición, venganzas y enredos, conductas afectadas y la hipocresía de la vida en la corte. El público asistía con entusiasmo y, de ningún modo, porque Molière disfrutaba del favor del rey Luis XIV. Los espectadores se divertían muchísimo cuando se ridiculizaba el conocido mundo de la etiqueta, de las intrigas, de la adulación y de la vanidad de la corte y de los salones.


En las comedias de Molière, la cultura de la corte y de los salones, "los hombres honestos", las preciosas y las coquetas - y aquellos que les gustaría ser todo esto - son objeto de sátira. Los buenos modales resultan motivos de risa, pero no son caricaturizados. La alta sociedad parisina se ríe de los torpes sobre el escenario, de lo que desearían ser elegantes pero no saben cómo hacerlo, del mentecato del campo que resulta grotesco con su jocoso donaire, de la servidumbre que imita mejor o peor a sus señores y de los burgueses que querrían acceder a la nobleza y que derrochan enormes sumas en clases de baile, canto, retórica y esgrima, y hacen el ridículo, El burgués gentil hombre, 1670. Granujas de medio pelo (2000), de Woody Allen es una historia perfectamente molieriana). El público parisino se divierte, consciente de dominar la alta etiqueta.


En Las preciosas ridículas (1659), Molière apuntaba al refinamiento exagerado de la galantería. La calificación "preciosidad" se refiere al arte de estilo elegante, en el que los gestos corporales y el lenguaje alcanzan un virtuosismo inconcebible. Es obvio que este perfeccionamiento de la etiqueta también puede resultar fallido y generar comicidad en vez de distinción. Molière mostró lo fina que es la línea divisoria entre ambas conductas.


Molière (2007), de Laurent Tirard

En las comedias de Molière, los padres testarudos son engañados por la astucia de sus hijos. Algunas personas que viven en la corte se convierten en objeto de escarnio (Los inoportunos, 1661). El gran dramaturgo desenmascara a hipócritas sin escrúpulos (Tartufo, 1664). La mirada de los espectadores es despiadada. Al final de cada obra se ha desairado públicamente a todos los culpables de vanidad, credulidad, hipocresía o maquinación.

Las tablas del teatro Palais Royal semejan al escenario de los palacios reales. La sociedad cortesana en torno a Luis XIV constituye una gran representación teatral. Los escenarios se sitúan en los grandes palacios del monarca, el Louvre y Versalles. La estrella de las representaciones es el propio soberano. La obra comienza a las ocho de la mañana con el Lever, esto es, cuando el rey se levanta. Se permite que algunos privilegiados nobles asuman ciertos papeles y que bajen la manga derecha o la izquierda del camisón del monarca. La mayor parte de la nobleza juega el rol de público que tiene el honor de poder contemplar el espectáculo. En la sociedad cortesana, todo el mundo está casi siempre bajo los focos y sometido a la mirada y la observación constante de los demás. La burla afina la percepción del propio comportamiento y la visión sobre los errores de los otros. Molière ya hacía el famoso programa de El Gran Hermano, pero con la gente de palacio. Molière es más moderno y audaz que George Orwell en su 1984. Pero solo en las comedias del gran Molière la gente ríe con tranquilidad, porque esta vez - allí, sobre las tablas - le ha tocado a otro.


No existe posibilidad de retirarse, porque en la corte las miradas del mundo recaen continuamente sobre cada miembro de la sociedad, de la misma manera que los ojos del público se mantienen sobre el escenario durante toda la obra. De ahí que en ambos lugares haya que atenerse a las reglas. Un personaje como el de Alceste, de la comedia (mi favorita) El misántropo (1666), se convierte en una figura cómica cuando arremete contra las reglas de la corte. Él quiere ser sincero. Alceste se niega a alabar un mal soneto o a sobornar a un juez e insiste en decirle crudamente a su amante lo que no le gusta de ella. En su delirio contra la adulación, la mentira y el provecho propio, no solo consigue ser tremendamente impopular sino también completamente ridículo.


Un hombre de mundo, afirma su amigo Philinte, debe mantener las formas externas al relacionarse. Es inoportuno y resulta cómico dar rienda suelta a los estados de ánimo y las propias convicciones. Por la boca de Philinte se expresa el sentido común y la aceptación de las normas de la interacción cortesana. El recto Alceste se convierte en objeto de mofa para Moliére. Apenas cien años después este hecho indignaba a Rousseau: en el espíritu de su crítica a la civilización, reprochaba a Molière que hubiera sacrificado una persona realmente sincera a las reglas de una sociedad corrupta. Ay, que iluso era el filósofo de la naturaleza. Molière volvía a anticiparse a las tragedias del mundo. Cada vez estamos más lejos del noble salvaje de Rousseau y es evidente que en nuestro tiempo no ha desaparecido el sufrimiento de Alceste (la mayoría de nosotros); se ha prohibido su manifestación pública.



El oficio de actor gozaba de tan mala reputación que la iglesia (los mejores actores del mundo) excomulgaba a los que lo ejercían. Tras su muerte, que le sobrevino en el escenario, mientras representaba (ironía del destino) El enfermo imaginario, solo pudo ser enterrado en tierra consagrada gracias de nuevo, a la intervención del rey, incluso así sin gran ceremonia, con las primeras luces del alba.


                   

viernes, 18 de abril de 2014

Una cabeza llena de películas


Para mi amigo Jorge que se queja de que nunca hablo del cine de Tarantino. Jorge es un fanático de sus películas.

Un solo filme bastó para impulsar a Quentin Tarantino al firmamento del nuevo cine norteamericano: Reservoir Dogs (1992), historia de un asalto fallido que termina en un gran baño de sangre. Intoxicado de cine (vio Grupo salvaje a los seis años), Tarantino señala con delectación los lugares comunes del western y del cine negro, sazonándolos con una dosis de violencia que apunta a la irrisión. 

Y ahora vamos con esa odisea sangrienta y burlesca de dos asesinos, el playboy Vincent Vega (John Travolta) y el místico negro y vegetariano Jules Winfield (Samuel L. Jackson) en la jungla de Los Ángeles.

Para disfrutar de Pulp Fiction (1994) hay que sentir cierta debilidad por la cultura pop, constante objeto de parodia de esta película, aunque no se limita a ridiculizar las fuentes de su inspiración. Tarantino debió de haber visto más películas que Garci antes de dirigir, y además, sin pagar un duro, porque trabajaba en un videoclub. El interior de su cabeza debe de parecerse al restaurante al que Vincent lleva a Mia (Uma Thurman): las mesas son cabrioles de la década de 1950, los camareros y camareras son dobles de los iconos pop: Marilyn Monroe, James Dean, Mamie van Doren y Boddy Holly (Steve Buscemi de camarero). Vincent y Mia participan en un concurso de twist. La forma en que el fofo y maduro Travolta baila es un brillante homenaje a sus primeras películas, sobre todo a Fiebre del sábado noche (1977).


Con sus irónicas alusiones a la cultura pop y cinematográfica, Tarantino roza a veces el mal gusto. En la escena de "El reloj de oro", un ex prisionero de guerra y veterano de Vietnam (Christopher Walken) llega a casa del pequeño Butch (Bruce Willis) para darle el reloj de oro de su padre. La escena empieza con el tono kitsch de cualquier filme sobre Vietnam, pero pronto deriva en el absurdo y la escatología cuando Walken describe al chico con todo detalle el oscuro lugar donde su padre escondió el reloj en el campo de prisioneros durante años.


Tarantino tiene una enorme facilidad para los diálogos. Las conversaciones de sus protagonistas son tan banales como en la vida real, hablan de todo y de nada, sobre criar barriga, silencios violentos o piercings. Además Tarantino concede mucho valor a pequeños detalles que coronan las historias, como el tostador, que junto con la manía de Vincent de pasar largas horas en el baño, le costará la vida - porque prefiere llevarse una novela policiaca al lavabo antes que una pistola.

El enfoque de la violencia de Tarantino es un tema en sí mismo, siempre presente en la película, aunque rara vez se muestra de forma explícita. El arma es más importante que la víctima. En un filme de acción convencional, la escena es la que Jules y Vincent recorren un largo pasillo hasta llegar al apartamento en el que asesinarán a varias personas, se habría usado para crear suspense, pero en sus película, Vincent y Jules hablan de trivialidades, como dos colegas de oficina camino del bar.



Pulp Fiction evidencia además la maestría de Tarantino en cuanto a la selección de reparto. Los actores desempeñan sus respectivos papeles como una prolongación de sus víctimas. Son "importantes": un Samuel L. Jackson asesino cita versículos de la Biblia antes de matar y una Uma Thurman con peluca negra encarna a la encantadora y chiflada chica de un gangster. Bruce Willis olvida su sonrisa habitual y convence del todo en su papel de boxeador maduro que se niega a rendirse. Un John Travolta con papada y facciones marcadas interpreta al matón más indefenso y bonachón imaginable.


Si en Pulp Fiction hay un tema central, es la "moral" presente en cada una de las historias. Butch no sale corriendo cuando tiene la oportunidad, sino que se queda a salvar la vida de su jefe. Vincent y Jules viven según normas y principios estrictos, y sus acciones están llenas de moralidad. Vincent es tan leal que le cuesta la vida. Jules vive una revelación cuando las balas dirigidas a él fallan su objetivo milagrosamente. ¿Coincidencia o destino? Jules, que cita mal un pasaje bíblico de Ezequiel antes de sus asesinatos, decide seguir el buen camino a partir de entonces. En la última escena, cuando Ringo y Honeybunny atracan la cafetería, Ringo trata de hacerse con el misterioso maletín, pero no ve a Jules sacar su pistola y, en circunstancias normales, sería hombre muerto. Pero Jules, que ha decidido empezar una nueva vida, se apiada de ambos, y eso no es nada normal... Bueno Jorge, el resto ya lo sabes.

Pulp Fiction  se inspira abiertamente en los pulp magazines de los años 30, esas polar escritas como el demonio, pobladas de detectives cínicos y gangsters arrogantes y criaturas venales. El autor ganó la apuesta de adaptar esos viejos esquemas a la época de los asesinos en serie y los matones de barrio. Agrega el subterfugio de una construcción de cajas chinas, heredada de la frecuentación de Jean-Luc Godard, de quien admira películas como Banda aparte, junto con las maquinarias bien engrasadas de un Robert Aldrich (El beso mortal) o de un Melville (Círculo rojo). (Jorge ya te he dicho que tienes que ver estas películas, que Tarantino no ha inventado nada, coño). Estas prestidigitaciones guionísticas, planteadas a través de personajes que no están lejos del Grand-Guignol, ¿son suficientes para hacer de Tarantino un (pequeño) genio? Si Jackie Brown (1998) testimoniaba una cierta madurez, de fondo y de forma me dije si era capaz de pasar a un nivel superior, aquél al que accedieron sus maestros. Pero desde 1998, no lo ha conseguido todavía.