sábado, 28 de febrero de 2015

Mi padre


Vicente Machuca Marzal (1939-2015)


El padre de ese hombre
es el hijo de mi padre

-Segunda mitad de un acertijo

Papá, ya sabes que he asistido a tu declive físico y psíquico, sumido en un letargo del que emergías en contadas ocasiones, inválido, desvalido. He cuidado de ti, te he protegido, te he rescatado para la vida con dedicación, luchando contra lo imposible: la inevitabilidad de la muerte. Y, al mismo tiempo, he aprendido a conocerte mejor, descubriendo, no sin asombro, el mundo que creaste a lo largo de tu vida.

Papá, tal vez es el momento que empiece a aprender a ser viejo. De algún modo creo que he llegado a prepararme para aceptar el ser débil, el estar asustado, mentalmente débil, olvidadizo, menos perceptivo, menos despierto, inflexible, intolerante... todo un montón de cosas que no deseo ser.

Necesito prepararme para los inevitables muros que se alzarán lentamente entre mí y los demás, aceptar el declive en el amor de mi hijo hasta que, en el mejor de los casos, se convierta tan solo en tolerancia. Papá, necesito absorber, sin resentimiento, el daño que me producirá el que mis nietos ya mayores se sientan molestos ante mis valores más apreciados, mientras sus ideas, en cambio, me molesten a mí.

Papá, debo prepararme para la muerte de los amigos eternos, de los parientes, la frecuencia irá aumentando con el tiempo. Debo también vivir con aquellos que sobrevivan, que serán aburridos, poco interesantes. Veré cómo mi generación degenera.

Y todo esto me ocurrirá a mí, papá. Me volveré aburrido para los demás, una carga en la conversación, me repetiré, seré lento de comprensión, puesto al malentendido, tendré lapsus en la secuencia conceptual. Todo eso me resultará probablemente invisible. Como el ombligo de una serpiente, se insinuará sin ningún paso distintivo, discernible.

Papá, cada mañana me levantaré más viejo. Mis sistemas métricos se verán atrapados en la restricción cuántica. Pensaré que el mundo ha cambiado, que está cambiando más deprisa, que se está volviendo menos agradable, menos estimulante, menos razonable, y a la vez menos aceptable. Las cosas, papá, las cosas más sencillas se volverán difíciles, y las difíciles imposibles.

Mi tiempo contigo se ha acabado, papá, nuestra relación está hecha, dentro de nosotros, envuelta por el bien. Papá, no sabes cuánto te echo de menos.


martes, 3 de febrero de 2015

Soy Jane Wyman


-¡Tengo que decirlo! ¡Tengo que decirlo!
-Ahora no, mi querida Jane.
-Entonces, ¿cuándo?
-Al final, este espacio se va a convertir en una tabla de ouija...
-Si ya lo es. ¡Solo escribes sobre gente muerta! Has abierto una brecha, Paco.
-Madre mía...

Fui una de las estrellas más abandonadas por los estudios durante los años cuarenta y cincuenta. De nada me valió mis éxitos y la popularidad adquirida con el paso del tiempo... ¿Es que no era guapa, Paco?
-Guapísima. Ya sabes lo mucho que me gustas.
-¿Y estos pómulos?
-Ay, el hueso cigomático...
-¿Cigoqué?
-Que te quedan la mar de bien, hija. Yo anduve una vez enamorado de ti en Días sin huella de mi tío Billy, y, bueno, también en El despertar, allí estabas estupenda junto a mi amigo Gregory Peck.
-¡No menciones ese título; me hace recordar mi vida de actriz olvidada!
-Está bien, está bien. Habla todo lo que quieras, mi querida Jane.
-Gracias guapo.

Mi carrera fue una de las más lentas, penosas y sacrificadas de Hollywood. En ningún momento logré despertar el interés de los productores barrigudos y con puros apestosos en la boca, por lo que pasaría largos años actuando como actriz de reparto, como elemento decorativo. Papeles cortos, de escasa incidencia, como señorita de compañía en repartos irrelevantes. Yo, Sarah Jane Fulks (St. Josep, Missouri, 1914), lo intenté todo por conseguir formar parte principal en películas con cierta dignidad.


Con una muy corta experiencia teatral, en grupos universitarios, yo, Jane Wyman, nombre que me otorgó la Warner para que lo disfrutara en mi vida artística, di mis primeros pasos cinematográficos en películas insignificantes como Al compás del corazón  (1934), Recordemos aquellas horas (1935), y Al servicio de las damas (1936), y otras que Busby Berkeley, Lloyd Bacon y Mervyn Le Roy...

-Este último no estaba tan mal...
-¡No me interrumpas!




Mi matrimonio con Ronald Reagan...
-Eso estuvo mal, Jane, muy mal...
-Ay, era tan guapo y prometía como actor...
-Solo me gusta en The Killers (1964) de Don Siegel, pero se lo come vivo Lee Marvin...
-Estoy contando mi vida, Paco.
-Quién te iba a decir que Ronald llegaría a ser presidente de los Estados Unidos y junto a Margaret Thatcher impulsarían la maldita doctrina del shock. ¿Qué te parece esta fotografía? A mí me da asco.



Ay, cómo eres. Lo que decía; me casé con Ronald y marcó una época, y durante ocho años, los dos vimos cómo nuestras carreras variaban de manera insospechada. Encabezamos el reparto de una serie de películas que lo único que pretendíamos era aprovechar nuestra popularidad, como Brother Rat (1938), Brother Rat and a Baby y An Angel from Texas (ambas de 1940). 

-Malillas, malillas...

Fui inseparable partenaire del cómico Jack Carson, en trabajos que no suponían otra cosa que impedir la evolución creativa de mi carrera, conseguí más tarde despegarme de esa patética forma de interpretar y obtener de nuevo el puesto antes alcanzado, con Días sin huella... ¿de verdad que te enamoraste de mí en aquella película?
-Claro. Y también en Trigo y esmeralda... y... Solo el cielo lo sabe, y Pánico en la escena.
-Eres un sol.
-De medianoche.


Mis personajes comenzaron a darme la dimensión que necesitaba desde hacía mucho tiempo, aunque unas películas contradicen a otras; tales son los casos de Noche y día, de Michael Curtiz, El despertar, de C. Brown, ambas de 1946, o las obras posteriores de Walsh y Wellman.

-Todos estupendos directores.

Tras haber trabajado en más de medio centenar de películas, el éxito parecía sonreírme por fin. En 1948, y bajo la dirección de Jean Negulesco, Belinda me dio la oportunidad de ofrecer el personaje que quizá haya sido el más significativo de toda mi carrera.

-No lo dudo, mi querida Jane, no lo dudo.


Belinda, la joven sordomuda, por la precariedad en que vive su familia se ve obligada a trabajar con gran esfuerzo en el molino de la casa, al que vienen de todos los rincones a moler grano. Es el centro de diversión de los jóvenes del lugar, siendo violada por uno de ellos cierto día. El drama posterior que se cierne sobre ella se acrecienta con el nacimiento de su hijo. El personaje adquiere una dimensión humana que trasciende más allá de la historia, consiguiendo hacer mella en el público que asistía a sus proyecciones. Ay, estoy a punto de llorar. 

-Toma mi pañuelo.
-Gracias. Espera... ¡Hemos contactado físicamente! 
-Anda, suénate. 
-¡Pffffffffsss...!

Los personajes de El despertar y Belinda convergen en la idea de que yo era capaz de ofrecer grandes interpretaciones, si los papeles que me ofrecían tenían consistencia. Entre los numerosos premios que recibe Belinda, se encuentra el Oscar que me dieron, que, sin embargo, no me va a suponer ningún espaldarazo a mi carrera, que vuelve por los derroteros de siempre, gracias al desinterés de la Warner, ese maldito antro de gordos puteros con aliento a alcohol. Y, claro, sus apestosos puros.


-No me gusta esta foto, Paco. Aquí ya empiezo a estar mayor.
-Hay que ir terminando, mi querida Jane.
-Déjame un ratito más aquí. El Tiempo Ganado es la estación favorita de los muertos.

La monotonía no se interrumpe con la película de Hitchcock Pánico en la escena (1950), una historia con fondo teatral que ni el mismo Hitch estaba satisfecho...

-No me parece tan mala.

Ay, Hitchcock comentó a Truffaut que tuvo "muchas dificultades dirigiendo a Jane. Cuando se disfraza de doncella, hubiera necesitado que apareciera más fea, pues después de todo imitaba a la poco agraciada doncella cuyo puesto suplantaba. Cada vez que iba a ver la proyección se comparaba con Marlene Dietrich y se echaba a llorar. No podía resignarse a hacer un papel de composición, y Marlene estaba realmente guapa. Por tanto, día a día, se arreglaba subrepticiamente, mejoraba su apariencia, y por eso no consiguió dar el papel".



Recuerdo que en los años cincuenta me convertí en una de las estrellas más populares y solicitadas de Hollywood. Mis películas fueron fundamentalmente, como suele decirse hoy, "remakes". Entre sus títulos se encuentran Aquí viene el novio (1951), de Capra, Amor a medianoche (1953), de R. Parrish, y Vacaciones para enamorados (1959), de H. Levin.

-Y las de Douglas Sirk.
-Ya voy. Ya voy.

Destacan es esta última etapa de mi carrera artística dos películas realizadas por el que tú comentas; Obsesión (1954) y Solo el cielo lo sabe (1956).



En ellas me veo acompañada por un caprichoso millonario y un apasionado jardinero (Rock Hudson)...

-Sí, ya lo sé. El entorno social y familiar hace mella en las dos vidas que corrosivamente ven deteriorados sus sentimientos. La aparente armonía supone una reflexión sobre la caótica independencia de dos seres que, necesitados el uno del otro, se alejan pausadamente. Son dos películas equilibradas en su tratamiento y en sus contenidos, con una interpretación perfecta e identificable, suponiendo dos versiones del mismo tema...

-¿Te has quedado a gusto?
-Perdona, pero tenemos que terminar, mi querida Jane, y debo evitar que seas tú la que narres el triste final de tu carrera.
-Por favor.

Jane Wyman trabajó asiduamente, en los años cincuenta y sesenta, en diversas series de televisión, en donde continuó hasta la década de los ochenta, con una amplia labor, aunque muy ajustada a los estereotipos humanos perfilados en su obra cinematográfica. 

-Tenía que comer, Paco.
-Lo comprendo perfectamente. Yo hago cosas peores, pero Falcon Crest y Lorenzo Lamas...
-Dejémoslo así.
-Un brindis.
-Eres un encanto.
-Tú también.