lunes, 29 de junio de 2015

A veces me siento peckinpahiano


 "Soporto muy mal a los imbéciles y ellos se lo toman como algo personal."

Sam Peckinpah

En un momento de la película Pat Garrett and Billy The Kid, Billy se levanta de la cama con una resaca impresionante, y al mismo tiempo, un gárrulo empieza a dar órdenes. Es entonces cuando Billy se dice en voz alta: "Odio a los tipos que se levantan haciendo ruido y seguros de sí mismos." Me hace mucha gracia esta escena, sobre todo cuando me despierto, hacia la madrugada, con una resaca de mil demonios y percibo que más allá de la persiana de mi habitación el mundo empieza a girar en su propio círculo. Siempre se oye una ambulancia a lo lejos y siempre me digo: "Sin haber salido todavía el sol y la gente ya anda estrellándose." El ser humano es malditamente menesteroso y escandaloso; una chapuza de la naturaleza.


Hoy me siento fatal y la resaca que tengo es descomunal. Aquí sentado en la cama no me atrevo a levantarme. Las alarmas del día sonriente solo tienen dientes y yo con este terrible dolor de cabeza. Los vecinos de abajo ya están discutiendo. El bebé del piso de arriba llora histéricamente. Menuda tragedia. Alguien ha puesto la televisión en alguna parte con un volumen excesivo y me llega una sarta de estupideces con aires patrióticos. Es cuando empiezo a sentirme peckinpahiano. Me pongo a recordar lo que dijo una vez el director y novelista Gonzalo Suárez, a quien Sam Peckinpah consideraba su perro hermano indio, que, mientras esperaban a que les sirvieran la comida en un restaurante de Madrid, el director de Grupo salvaje se entretuvo lanzando cuchillos contra la pared ante la reacción aterrorizada de los comensales. Sonrío, a pesar de mi dolor de cabeza.


Aniquilado en el tiempo récord por la bebida, quizá el mejor calmante que tuvo el viejo Sam para sus constantes enfrentamientos con los productores. Peckinpah vivió rápido, rodó de manera arrolladora y dejó como legado un puñado de películas violentas y amargas, las mejores de ellas enmarcadas en el género del Oeste, al que ofreció una lectura crepuscular mucho más beligerante e inconformista que la conferida por los cineastas veteranos en el ocaso de sus carreras... el hilo  de mis pensamientos se interrumpe por un fuerte golpe en la pared de al lado. Un maldito perro empieza a ladrar y las punzadas en mi cabeza son mayores... La amistad traicionada, la fractura entre lo viejo y lo nuevo, la pasión por la forma de vida mexicana (quien no)...



..., el uso de la cámara lenta y el montaje sincopado fueron algunos de los elementos constituyentes de su visión del género y su técnica narrativa. Intentó siempre apoyarse en su mismo equipo y en un grupo de actores, principales y secundarios, con los que se sintiera cómodo y protegido. Ese grupo me pone la carne de gallina: James Coburn, Steve McQueen, Warren Oates, Ben Johnson, L. Q. Jones, Slim Pickens, David Warner, Kris Krsitofferson, Strothen Martin o Emilio "Indio" Fernández.


Sus rodajes fueron caóticos y las películas nunca llegaron a estrenarse como él las había concebido, lo que fue provocando una sensación de desarraigo y una extremada voluntad de independencia que nunca llegó a adquirir... de la televisión me llegan voces independentistas. Suena un estruendoso pedo desde el patio luz... creo que ahora está hablando el presidente de España o de la Luna, yo qué sé.

Su predilección por argumentos que sitúa a los personajes principales en épocas de cambio y confusión. Momentos en que un tipo de vida, de existencia, queda desplazado, fuera de lugar. Este interés temático, el cariño con que el cineasta vuelve a él una y otra vez sobre todo en sus western. Su preocupación intensa por presentar la verdad oculta tras las leyendas; ese interés elude la denotación directa habida cuenta de que su Oeste está exorcizado de las cualidades legendarias propias del western más tradicional. Peckinpah rechaza brutalmente la formación del mundo actual, y hace culpable a un pasado que no supo apreciar lo mejor de sí mismo y que se apresuró a enterrar sus raíces positivas con urgencia, incluso apelando al holocausto.


Peckinpah, materialista, amargado, descontento y revolucionario, parte del inconformismo y busca en el pasado los primeros estadios de la injusticia, la desaparición de la inocencia (sus niños son testigos complacidos de la violencia que estalla a su alrededor) y el falso puritanismo: la desesperación de sus conclusiones es consecuencia directa de su punto de vista crítico hacia la existencia e inocencia de entereza y valentía, del que están privados los héroes (o antihéroes). Se debe a que la sociedad excluía a las mujeres de las decisiones que la construyeron en aquellas épocas.


Las mujeres de Peckinpah son independientes y se encuentran alejadas de los roles tradicionales a ellas asignados en los relatos de épica (esposas y madres). Son sensatas y sensibles, y pueden entender la vida mucho mejor que los hombres del cine peckinpahiano, casi siempre sobrepasados por sus propias tensiones y obsesiones interiores (de carácter fuertemente antisocial)... un avión pasa demasiado bajo a toda leche. El ruido es ensordecedor. Cierro los ojos esperando una terrible colisión con el centro comercial, pero no pasa nada, solo que el perro ladra más fuerte. El bebé sube el volumen de su llanto histérico. La pareja de abajo siguen discutiendo con un tono más elevado, y ya percibo a través de las persianas rotas como despunta el día. Necesito un trago.


Todo este ideario se formula en el cine de Peckinpah a través de un recurso temático muy enraizado en el western: el enfrentamiento inevitable de los antiguos amigos que, en la encrucijada de los tiempos, se encuentran militando en bandos opuestos. Las simpatías del cineasta se encontrarán siempre con el perdedor, que en todas las ocasiones será el representante puro de los viejos tiempos, de los modos desplazados, el que se niega a cambiar su existencia y a doblarse ante el ímpetu de las nuevas órdenes.


No existen héroes como tales en el cine de Peckinpah, y ello nos lleva de inmediato a dudar de su sentido épico. En realidad, desde el mismo comienzo de sus historias sus personajes están abocados al fracaso. Son personajes insistentemente retratados en sus flaquezas, de los que se subrayan las pasiones más bajas sin aires de disculpa. Esas debilidades dan cuenta de su desarraigo y marginación de forma más directa y punzante de como pudiera hacerse a través de enunciados filosóficos o trascendentales (notar el abismo significativo que separa, se quiera o no, a Peckinpah de mis hermanos John Huston y Nicholas Ray, también beodos como yo).


Los discursos del poeta nos hablan de existencias vacías, fuera de lugar, del ansia que sienten sus personajes por "llenar" el tiempo de sus vidas. La cercanía de la muerte es natural para todos ellos (algunos incluso son soldados), y la violencia resulta, en muchas ocasiones, el único medio de expresión y protesta que conocen. En un sentido diferente, Peckinpah elabora antes una línea de la existencia, del sin sentido y del fin, que una época basada en la historia.


Si Peckinpah se constituye en un continuado y "revisor" de ciertos repertorios fordianos, también es cierto que podemos encontrar sólidas relaciones entre las películas de Peckinpah y los western concisos del gran John Sturges (que también cultivó masivamente el tema de la amistad reconvertida en enfrentamiento o vasallaje con el paso del tiempo), con las preocupaciones temáticas y especialmente obsesivas de Anthony Mann, y con la estética y la violencia de la obra de Samuel Fuller... parece que todo está ahora en silencio. La pareja ha dejado de pelearse porque cada uno está ya en su puesto de trabajo. Al perro lo han sacado para que cague. El bebé ya está en la guardería. La tele ha dejado de emitir tonterías sobre la casta y ahora los jubilados se entretienen con películas de tiros seguidos de gritos salvajes de indios y trompetas del séptimo de caballería. La jubilación es siempre aburrida y a mí me sigue doliendo la cabeza.

¿Recordáis el álbum de Bob Dylan Desire que grabó en 1975? Allí hay una hermosa canción titulada Romance in Durango, que conecta claramente con la época de Pat Garrett and Billy The Kid (1973). La canción está dedicada al viejo Peckinpah. Cuando Bob la interpretaba en la gira de la Rolling Thunder Revue, la solía dedicar a Peckinpah, al que le deseaba "buena suerte".

Aquí os dejo con esta canción. Yo me vuelvo a la cama, qué cojones. Que hoy le den por el culo a todo. Y cuando despierte me voy de vacaciones. El mundo puede esperar.

                     

sábado, 27 de junio de 2015

¡Sal, Neville!


"Soy leyenda trata sobre la revolución."

George A. Romero

Algunos de vosotros ya conocéis cuál es mi estrategia a la hora de salir de mi casa para hacer lo que se supone que los demás esperan de mí. Si no lo recordáis entrad [aquí]. Gracias a las recomendaciones de la película La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), de Don Siegel, he ido sobreviviendo a lo largo de estos años evitando mostrar mis emociones y sentimientos; pero me temo que ya no es suficiente para sobrevivir y ahora he decidido seguir las reglas de Robert Neville, a pesar de conocer de antemano el resultado final. Neville es el héroe creado por Richard Matheson para su espléndida novela Soy leyenda, y, como ya sabéis los que os encontráis en la misma situación, ha llegado el aciago momento de refugiarse en casa, con las puertas y ventanas fuertemente atrancadas por dentro, y defenderse como uno pueda de los vampiros, e investigar de día para tratar de encontrar una solución a este horror que nos envuelve. Por alguna razón inexplicable he quedado inmune a esta enfermedad bacteriana que causa todos los síntomas del vampirismo actual en el feroz y letal capitalismo. Pero creo que no debo decir más de lo necesario; el enemigo ya está por todas partes.

-¡Sal, Neville!


Soy leyenda se publicó en 1954 y después de sesenta años sigue siendo vigente, es decir, que no hemos progresado mucho y solo unos pocos ilusos como yo seguimos investigando para encontrar un remedio en esta nueva leyenda terrorífica, la contra figura del conde Drácula, que impide el desarrollo de una sociedad adaptada a la nueva situación fisiológica, como esos vampiros que van en limusina y no se ven porque están ocultos tras los cristales tintados, o los que desaparecen misteriosamente tras haber desangrado a miles de personas hasta dejarlas en los huesos, etc.

-¡Sal, Neville!


Soy leyenda trata también acerca de la soledad y el aislamiento, de un viaje en el tiempo, y asistimos gradualmente al nacimiento invertido de una leyenda. El punto de partida no es aquí, como habitualmente, un efecto, sino una causa: la supervivencia de un hombre normal en una sociedad anormal. Este vuelco de nuestro acostumbrado punto de vista es la angustia misma del libro, su horror, y su particular grandeza. Soy leyenda es posiblemente la mejor novela de vampiros del siglo XX, y ha sido de enorme influencia tanto en la literatura como en el cine, un tour de force sobre este tema que se ha llevado al cine en cinco ocasiones, ni más ni menos, pero con muy pobres resultados teniendo en cuenta la calidad de la novela. Es un clásico de la novela con vertientes terroríficas, pese a su correcta adscripción a la ciencia ficción por el intento de racionalizar científicamente el tema de esos capullos que se han propuesto a aniquilar a todo a aquel que no se ajuste a sus nuevas normas.

-¡Sal, Neville!

Hagamos un repaso a todas estas películas, o clásicos de desecho de videoclub por orden cronológico.


El último hombre sobre la Tierra (The Last Man on Earth, 1964), de Sidney Salkow. Ya para empezar Robert Morgan (Vincent Price), no tiene el mismo apellido que el héroe de la novela aunque puede que sea la más conseguida de todas. Aquí Matheson colaboró en el guion bajo el seudónimo de Logan Swanson, temiendo lo peor y no se equivocó, porque lo destrozaron. Yo salvaría la brillante interpretación del siempre genuino Price. Con toda honestidad está prodigioso e imprime un doloroso y patético halo de "normalidad" mientras trata de aferrarse al viejo mundo ahora en ruinas y a los recuerdos del pasado. Morgan ya es una leyenda como lo es Price. Lo demás es una chapuza de 85 minutos de una historia comprimida y mal resuelta. ¿Quiénes son los que aporrean a la puerta? ¿Vampiros? ¿Soldados? o ¿Una pareja de testigos de Jehová? La película se rodó en los estudios Titanus de Roma.


Soy leyenda (1967), de Mario Gómez Martín. Un cortometraje de 15 minutos rodado en blanco y negro. Francamente es una pieza que sorprende en el contexto español de entonces, lleno de vampiros nacionales que chupaban la sangre a los que eran ejecutados junto al muro blanco de la trasera de un cementerio. Se filmó para la Escuela Oficial de Cinematografía y entre su reparto destaca la rotunda presencia de Ricardo Palacios, intérprete idóneo para encarnar a Ben Cortman, el vampiro de la novela que más tocaba los huevos a Neville. El que más gritaba:

-¡Sal, Neville!


El último hombre vivo (The Omega Man, 1971), de Boris Segal. Tercera adaptación de la novela es sin duda la más recordada. Toda una injusticia pues a pesar de innegables aciertos traiciona en parte el carácter desesperado de la historia original y se muestra demasiado sujeta a la sintáctica de la época (funciona en cuanto a aspereza, pero acusa un continuo caos expositivo, amén de un machacón uso del zoom), de ambiente típico de todas las películas apocalípticas de los 70, lo que le confiere un aire de frikismo pulp. No obstante Charlton Heston es físicamente perfecto a sus casi cincuenta tacos para encarnar a Robert Neville, en un registro no muy diferente al de El planeta de los simios (1968), y en inquietantes apuntes como la secta de fanáticos mutantes futboleros o nacionalistas que sustituyen a las criaturas originales. 


Soy leyenda (2007), de Francis Lawrence. Nueva y enojosa versión de la novela, convencionalmente alterada y vulgarizada hasta obtener el prototípico bodrio inane millonario del Hollywood coetáneo más vampírico. El prota: Will Smith y su perrito. Basta decir que el destrozo de la atmósfera y la nulidad del terrible Lawrence para construir un filme decente es abismal. Su final es el peor de todas las películas aquí comentadas. Deleznable. Casi espera uno recibir a Walt Disney tras las puertas de Disneylandia esperando un poco más de sangre. La de Will, claro.


I am Omega (2007), de Griff Furst. Menuda caratula. Una vergonzosa transformación del texto de Matheson en un show de zombis, como esos malditos vejestorios millonarios que a base de haber estado chupando la sangre a otros durante toda la vida, se gastan sus suculentas ganancias en viajes de cruceros de lujo para bailar la conga en pantalón corto y en chancletas. Al menos Drácula tenía glamour. Para esto nos han hecho perder la vida. Para esto hicieron que malográramos nuestros sueños. Para esto nos ocultamos en nuestras casas. Para esto nos echan. 

-¡Sal, Neville!

Este engendro del demonio se organizó a toda prisa por la compañía Global Asylum (manda cojones) a fin de aprovechar el tirón en taquilla de la nefasta versión con Will Smith.


Pero no todo está perdido (de momento), porque el año pasado se publicó de nuevo Soy leyenda por motivo de su 60 aniversario en una edición donde podemos leer el guion  original que escribió Matheson y que lamentablemente siempre se encontró con el rechazo de la censura, que calificó el texto de truculento, y nunca llegó a rodarse. Dice Matheson en el prólogo de esta ejemplar edición: "Ya habéis visto lo que han hecho otros con esta historia. Ahora, con la ayuda de la imaginación para aportar las imágenes que acompañarían a las palabras de este guion, podéis comprobar lo que habría querido hacer yo con ella."

-¡Sal, Neville!


Se está construyendo una nueva sociedad. Para esto creen necesario matar a Neville, el último hombre que queda de una especie extinta, el postrero testimonio de una civilización gastada, los nuevos individuos que aparecen y que acaban con él ven en Neville a un auténtico monstruo mucho más peligroso que los vampiros de las multinacionales. La nueva civilización que surge de las cenizas ya no quieren saber nada de la anterior y por tanto solo pueden temer y odiar a quien patéticamente le representa. Neville dice al final de la novela la famosa y conmovedora frase: "Soy leyenda".


Después de ocultar mis emociones y sentimientos tras el visionado de La invasión de los ladrones de cuerpos para salvarme el culo, y ahora, como Neville, me enfrento a la última batalla antes de pasar a formar parte de la historia y leyendas de la nueva sociedad, como un ser que existió en un pasado y que con el tiempo no se recordará si fui real o solo una leyenda más.

-¡Sal, Paco!

jueves, 25 de junio de 2015

Una canica


"Somos de la materia de que están hechos los sueños."

William Shakespeare

A veces suelo tener sueños que al despertar me dejan una huella de impotencia y rabia que conducen a largas reflexiones antes de poner los pies en el suelo. Se trata de esos sueños donde de repente tengo en mis manos ciertos juguetes que perdí en mi infancia, como aquella peonza de madera, el coleccionable "Curiosidades del mundo" que venía en el interior de los pastelillos de la casa Bimbo, o aquella canica de color verde que fue a caer accidentalmente dentro de la boca de una alcantarilla.


En estos sueños me asombro y lloro después de felicidad por haber encontrado estos juguetes perdidos y olvidados. De súbito me doy cuenta que estoy soñando y que pronto despertaré y dejaré de tenerlos de nuevo. Es entonces cuando me aferro con todas mis fuerzas a estos objetos para que no desaparezcan en el momento del despertar y traerlos conmigo a la realidad, pero lamentablemente siempre que despierto con mi mano fuertemente cerrada bajo la sábana y la voy abriendo lentamente rogando que esté en ella, ya sea la peonza, la colección de cromos o la canica, descubro con gran pesar que no hay nada, y mi gran decepción ya no me permite seguir durmiendo.



"Un sueño no puede convertirse en nada una vez que se ha soñado."

Michael Ende

Después me pregunto, todavía tendido en la cama mirando a la oscuridad, o a la pálida luz de la luna que se filtra a través de la persiana perfilando los contornos de mi extraña habitación, por qué el sueño ha elegido precisamente aquellos juguetes, o por qué una vez despierto y consciente de ello sigo esperando, a medida que voy abriendo la mano lentamente, ese juguete imposible que solo existió en el pasado y ahora dentro de un sueño. ¿Dónde está la racionalidad o el sentido común que se espera del ser humano una vez despierto? Los sueños están hechos con la misma confusa materia de la vida. Luego sonrío como un demente al pensar que el mundo siempre ha ido a la deriva por la trágica pasión desmesurada al dinero y a las adquisiciones de objetos de lujo, y uno, ya con una edad, deseando traer del mundo de los sueños una canica.


"Da a los sueños que has olvidado el valor de lo que no conoces."

Andre Breton y Paul Eluard

Todavía tumbado en la cama ya insomne me pongo a recitar mentalmente aquel verso de Samuel Taylor Coleridge:

¿Qué pasaría si soñases que ibas al cielo
y allí cortabas una extraña flor?
¿Qué pasaría si al despertar tuvieras esa flor
en la mano?


Después me pongo a recordar aquella maravillosa novela de Clifford D. Simak, Un anillo alrededor del sol, donde se narra la historia de un juguete infantil que abre las puertas de infinitos universos posibles, o a aquel viajero del tiempo sin nombre de H. G. Wells donde el viajero se encuentra a la mujer de su vida en un porvenir de dentro de veinte mil años y regresa de él trayendo como prueba una rosa amarilla, y se encuentra tan exiliado en el presente que muy poco después huye de nuevo hacia el futuro en su Máquina del tiempo tan precaria como una bicicleta.


"Vaga ceniza del olvido y de la memoria, los sueños de la noche son lo que va dejando los días."

J. L. Borges



                       

jueves, 18 de junio de 2015

El sonido de un trueno


"Siempre que alguien menosprecia la "literatura de evasión" pienso que está haciendo un elogio de la cárcel".

Iñaki Uriarte, Diarios 2008-2010

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí."

Augusto Monterroso


Recuerdo lo mucho que me impactó, cuando era niño, la película El Valle de Gwangi (1969), de Jim O'Connolly, y el gran Ray Harryhausen era el responsable de los efectos especiales. En aquella película vi por primera ven en mi vida un dinosaurio. Me impresionó aquel Slosaurio, una especie de Tiranosaurus Rex que causaba el caos y la destrucción. Quedé fascinado de aquel lagarto gigante con tan malas pulgas y en donde se decía que existieron de verdad en nuestro planeta en tiempos muy remotos. Esto fue lo que más me sobrecogió.


Más tarde cayó en mis manos la maravillosa novela de Sir Arthur Conan Doyle, El mundo perdido, que me dio a conocer al profesor Challenger "un cerebro superdotado en un cuerpo de hombre de las cavernas", que por otra parte, quizá Doyle lo llegó a crear para borrar o suplantar a ese fastidioso e invasor Sherlock Holmes, que tantas veces trató de eliminar de su trabajo literario. En El mundo perdido me encontré de nuevo con la presencia de los dinosaurios y quedé atrapado para siempre bajo el hechizo de aquellos monstruos de ensueño que caminaron por la Tierra desde hace 230 hasta 65 millones de años. Animales exóticos, que hacían volar la imaginación, como una especie de enormes dragones mitológicos que vivieron en tiempos lejanos que casi nos resultan incomprensibles. El mundo perdido fue la gran novela fundacional del "género de dinosaurios" y "mundos perdidos". Se publicó en 1912.


Enormes, fieros, desaparecidos, que fueron borrados de la faz de la Tierra debido a la caída de un gran meteorito también les añade leyenda. Son también sinónimos de aventura científica, de expedición y de ciencia que se puede comprender. La fascinación por los grandes animales prehistóricos se remonta al siglo XIX, cuando se descubrieron sus primeros fósiles. La primera publicación que se hizo sobre ellos fue en 1842, cuando se acuñó el término Dinosauria (del griego: Lagartos terribles), pero todo esto tiene un antecedente más remoto. En cierto modo, los dinosaurios son las espeluznantes crías brotadas de los huevos puestos en las imaginaciones por los dragones míticos. Y así nos resistimos al valor epistemológico de estos lagartos del trueno. ¿Se ha considerado alguna vez que los dinosaurios son la primera gran hipótesis romántica que triunfa sobre el positivismo sentido común maravilloso de la ciencia moderna? Efectivamente, cuando se comenzó a prestar atención científica a los primeros fósiles - en estudios de personajes tan ilustres como Leonardo da Vinci, Francastoro o Georgis Agricola - hubo una fuerte tendencia a considerarlos como simples piedras de formas caprichosas y no como restos petrificados de animales antiquísimos.


El racionalismo laico se oponía a lo que el mismo Leonardo consideraba una prueba fehaciente de la realidad del diluvio universal, al encontrarse restos de animales marinos en tierra firme y lejos de donde podrían haber sido arrastrados verosímilmente por fuerzas naturales. Los positivistas de la época hablaban de una vis plastica de la naturaleza, que se atrevía en imitar en las rocas formas minerales y vegetales. Todavía en el siglo XVIII, Voltaire hace chistes sobre los fósiles encontrados en Alemania, que para él no son más que simples pedruscos amañados por los curas para probar sus supercherías.


Después de todo, ¿no era esta la opinión, la más lógica y "científica"? Olvidemos por un momento aquello que ya se nos ha enseñado como conquista irrefutable de la sabiduría moderna: ¿no parece muchísimo más verosímil, más racional, más ciencia de la buena, suponer que los aparentes huesos y las aparentes huellas encontradas en estuches de piedra, son productos de la erosión o de los mecánicos plegamientos de la corteza terrestre, antes que proclamar la portentosa teoría de que son restos de dragones grandes como casas que hicieron temblar con sus luchas titánicas retorcidas selvas de pesadilla, millones de años antes del nacimiento del primer hombre? Y, sin embargo, fue la hipótesis maravillosa la que se reveló más sólida: los dinosaurios reivindicaron los prestigios de la imaginación frente a la mutiladora censura del sentido común racionalista.

Ay, crueles tiranosaurios, estegasauros abrumados, diabólicos pterodáctilos semejantes a cometas medievales, vuestras sombras imposibles salen de los museos para venir en ayuda de los cuentos, para aplacar de algún modo nuestra ansia de dragones, para corregir la obsesión del científico positivista de desconfiar de todo lo asombrosos y de rechazar lo insólito o lo exaltante.


Tras la lectura de El mundo perdido tuvo que pasar un tiempo hasta que descubrí los maravillosos relatos de Ray Bradbury. El poeta de la ciencia ficción tiene en su haber seis relatos de temática jurásica. Más adelante NORMA Editorial los publicaría juntos en un magnífico libro titulado Cuentos de dinosaurios con ilustraciones bellísimas. De estos seis relatos mis favoritos son: El sonido de un trueno, a mi juicio, el cuento más hermoso jamás escrito en el género, y puede que en cualquier otro. Trata de la historia clásica de viaje por el tiempo en la que cinco hombres van al pasado para cazar un dinosaurio y acaban alterando la Historia. Y, La sirena de la niebla, que narra la melancólica y evocativa historia de una criatura prehistórica surgida del abismo y su extraña cita con un faro. Una delicia de cuento.


Ya estaba tan atrapado por estos dragones que empecé a leer libros de paleontología, que me resultaron ser tan fantásticos como las obras de ficción y, de cuyos títulos todavía conservo en un rincón de mi biblioteca.




















Llegó el año 1990 y mi siempre admirado Michael Crichton publicó su obra maestra, Parque Jurásico. Esta magnífica y espectacular novela mezcla la anticipación científica, la aventura maravillosa y hasta la moralina contra el exceso de la técnica en una combinación de eficaz ingenuidad que no desmerece de la línea inaugurada por mi otro admirado Julio Verne.


Parque Jurásico, combina también la experimentación genética con el tema de los límites técnicos, en donde las investigaciones genéticas sobre el ADN de los dinosaurios (conservado en el interior de los insectos prehistóricos que les picaron y que han llegado hasta nosotros dentro de sarcófagos de ámbar) con el fin de revivirlos clónicamente y crear con ellos un incomparable parque temático. El verdadero mal es el que hacen los seres humanos por ambición, por avaricia y por la manía de llevar a cabo experimentos científicos arriesgados con realidades que solo conocemos a medias.


La película que sobre esta novela realizó Steven Spielberg, captó muy bien su espíritu aunque no toda su complejidad, pero conectó con la ya antigua fascinación que muchos niños y adultos sentimos por los dinosaurios. Es más, en aquel tiempo, auténticos forofos de esta película les llevaron a decantarse por la carrera de paleontología y hoy son los nuevos investigadores en esta rama. Me parece, simplemente, magnífico. Después de Parque Jurásico le siguieron otras películas de menor envergadura hasta Jurassic Word, que se estrenó la semana pasada. Todas ellas han sido asesoradas por el renombrado paleontólogo Jack Horner. Sinceramente, me lo paso pipa. ¿Que tienen errores? Evidentemente, como la vida misma. Por ejemplo, que algunas especies deberían llevar plumas; que hay especímenes que no son fieles al tamaño real de los dinosaurios; que se presentan juntos animales que no coexistieron ni vivieron en el jurásico, y, que no es posible una supervivencia del material genético más allá de un millón de años, aunque se den condiciones inmejorables. Además, el ADN se va degradando en fragmentos más y más cortos, y cuando tienen menos de unos 36 nucleótidos de largo, no es posible identificarlos bioinformáticamente. Por tanto, aunque se recuperaran cadenas rotas, no se podría saber si son de una bacteria, de un humano o de cualquier otra cosa... Me temo que me estoy pareciendo a esos tipos del racionalismo laico y eso no debo consentirlo de ninguna manera. 


¿Será posible resucitar a los dinosaurios para que por fin todo lo que hemos fantaseado ante sus enormes huesos en los museos se hagan realidad? ¿Volveremos - gracias a nuevos procedimientos biogenéticos - a vivir entre dragones, como los protagonistas de tantas maravillosas leyendas y tantos cuentos? Después de todo, entre otras cosas, la literatura y el cine sirve para que los sueños parezcan reales y la realidad parezca un sueño. Quién sabe lo que nos deparará el futuro.



lunes, 15 de junio de 2015

Las mujeres del Oeste



El otro día andaba yo bastante borracho. Me introduje en un bar y me senté a una mesa que daba a una ventana con vistas a la calle. Seguí bebiendo y de repente vi un grupo de mujeres bajitas y gordas vestidas de country que iban calle abajo. Estas marujas van a un salón de baile para bailar el tema de Coyote Dax o como cojones se llame, me dije. Vacié mi copa de un trago y pedí otra. Volví a mirar a través del cristal y esas mujeres ya se las había engullido el tráfico. 

De súbito me vino a la memoria las mujeres del Oeste...


En las películas del Oeste, las mujeres lo han tenido siempre difícil: cuando los hombres se dedicaban a correr aventuras, les gustaban las chicas "malas", que enseñaban las piernas en el "saloon" y tenían una habitación en el piso de arriba. Cuando decidían "sentar la cabeza" elegían para compartir su vida muchachas virginales, dóciles y sin demasiado cerebro. Solo en raras ocasiones han logrado las mujeres del western afirmar su fuerza, carácter e individualidad.


El mayor atractivo del Salvaje Oeste ha consistido siempre en que los hombres podían dar rienda suelta a sus instintos de violencia sin verse limitados o frenados por la compañía de una mujer. Puede que el cowboy tradicional se sienta empujado a lanzarse hacia los grandes horizontes a lomos de su caballo por amor a la vida al aire libre o a las aventuras, pero también que lo haga para huir de una madre, esposa o novia excesivamente molesta. En numerosas películas del Oeste, la mujer queda atrás, y el género en sí puede considerarse como la réplica exacta de los juegos infantiles, con la madre fuera de la vista, preparando la merienda para los fatigados héroes.


En los western de la era del mudo, la mujer permanecía por lo general al margen, y se convertía en una figura meramente simbólica: la figura recortada contra el horizonte, que despedía al prota cuando éste salía en busca de aventuras, el ama de casa abnegada y fiel, que mantenía unida la familia mientras él permanecía lejos; el objeto de sus ocasionales ataques de nostalgia... Esas heroínas eran tan adorablemente indefensas como los árboles, tan obedientes como el ganado. Por mucho que fuese el respeto mostrado hacia las mismas, resulta difícil creer que los hombres que hacían y los que contemplaban esas películas no deseaban perpetuar ese estado de cosas para siempre. Cuando las mujeres hablaban era como si hubiesen conseguido el derecho al voto.


Chihuahaua (Linda Darnell) en Pasión de los fuertes

Como es lógico hay también excepciones. En Salvada por el teléfono (1911), de D. W. Griffith, Blanche Sweet aportaba grandes dosis de ingenio e inventiva al convencional papel de mujer acorralada. Y, en la medida en que El nacimiento de una nación (1915) participaba del western, Griffith dejaba constancia de la importancia de la mujer como mantenedora de un determinado orden social y racial. El viento (1928), una película de Victor Sjöström sobre las grandes praderas, mostraba la dureza de las condiciones de vida de la protagonista, la romántica Lillian Gish. Era además la historia de la experiencia apasionada de una mujer y, por tanto, una película mucho más conmovedora que la mayoría de las del Oeste.


Lillian Gish

Como regla general, en los primitivos western la energía y la acción sustituían a la emoción, por lo que no había necesidad de que participases en ellos mujeres. No obstante, al final de La caravana de Oregón (1923), de James Cruze, aparecía una escena impuesta por el productor, Jesse Lasky, en la que la madre (Ethel Wales) cogía con las manos tierra del nuevo territorio al que habían llegado, para culminar la película con un clímax emocionante. Muchos cowboys del cine buscaron una actriz fija para las escenas de besos y despedidas: Tom Mix se casó con su partenaire, Victoria Forde, asegurándose así su permanente disponibilidad. En el caso de William S. Hart, el conflicto moral fue algo más lejos; pues, en su condición de forajido que intentaba rehabilitarse, Hart tenía que hacer con frecuencia frente a dos tipos de mujeres: la "vampiresa" y la "chica decente". Louise Glaum era la actriz encargada de encarnar a la seductora sirena que le tentaba, y algunas veces engendraba en él deseos pecaminosos hacia las "chicas decentes", lo que le permitía sentirse debidamente culpable.


Louise Glaum

En teoría, el Oeste estaba siendo civilizado a punta de pistola para que pudiesen vivir en él mujeres puras, pero fértiles. Sin embargo, los hombres se aseguraban de disfrutar previamente de la compañía de las mujeres descarriadas que poblaban los saloons. John Ford fue uno de los que nunca pudo llegar a la conclusión de si prefería la rectitud y la honradez o la mala reputación en las mujeres. En sus películas sobre la Caballería de los Estados Unidos, se trata a las mujeres con reverencia y galantería. Por ejemplo, en La legión invencible (1949), la mujer se convierte en una especie de mascota o bandera, en un ser cantado por los intrépidos soldados, pero inabordable para ellos. En La diligencia (1939) aparecen dos mujeres: una prostituta (Clarire Trevor), que se ve obligada a abandonar la ciudad por una pandilla de hipócritas y que parece condenada a llevar una vida errante, como el protagonista, Ringo Kid; y la mujer del oficial (Louise Platt), una mujer digna y recatada, que está embarazada, y que merece el respeto incondicional de todo el mundo (lo que, de paso, contribuye a ocultar el hecho de que es insoportablemente sosa como personaje). En Pasión de los fuertes (1946), la vivaz y exuberante chica de saloon, interpretada por Linda Darnell, es en realidad una figura tabú. Su forma de vida y la sugerencia de que lleva sangre mexicana en las venas (se llama Chihuahua) la hacen merecedora de que una bala se interponga en su camino, lo que permite a Wyatt Earp (Henry Fonda) pueda emparejarse con la mujer honrada a carta cabal (Cathy Downs), perfecta para su misión de esposa y madre, pero vacía como ser humano.


Linda Darnell

En el folclore norteamericano, Wyatt Earp y Doc Hollyday encarnan ese civismo e individualismo de los hombres de la frontera que convirtieron al Oeste en un territorio seguro para las mujeres honradas... y las compañías de seguros. Y las mujeres permanecieron siempre a su sombra: por ejemplo, en Duelo de titanes (1957), de John Sturges; Holliday aparecía unido a una prostituta pintarrajeada y traicionera (Jo Van Fleet), mientras de Wyatt tenía por compañera a una bella pelirroja (Rhonda Fleming). En la realidad, Earp tuvo tres esposas, la tercera de las cuales, Josephine Marcus, una mujer enérgica, atractiva y llena de vitalidad, se la arrebató a sus oponentes políticos de Tombstone. De ese modo, la rivalidad sexual se unió a la lucha por el poder que culminó en el famoso duelo en el OK Corral, pero ninguno de esos dos aspectos ha sido abordado todavía por el cine del Oeste.


Rhonda Fleming

De forma similar, los hermanos James del cine han tenido siempre una madre abnegada y buena ama de casa, y esposas igualmente leales y sufrientes... lo que dista mucho de la realidad. Barbara Stanwyck ha sido una de las pocas actrices que se han atrevido a desmitificar a las grandes damas del Oeste, por ejemplo en Annie Oakley (1935). También lo hizo Jean Arthur con su retrato de Juanita Calamidad en Buffalo Bill (1936), de Cecil B. DeMille. Posteriormente, tanto Annie Oakley como Juanita Calamidad se han visto convertidas en figuras de musicales y comedias rosa, y encarnadas por actrices tan elejadas de la Stanwyck y la Arthur como Mary Martin, Betty Hutton y Doris Day. Sin embargo, en Buffalo Bill (1976) de Robert Altman, Geraldine Chaplin ofreció un duro y patético retrato de una falsa heroína del Oeste que simpatiza con los indios.


Barbara Stanwyck

En los western las mujeres rara vez se sienten cómodas y seguras en el terreno de la acción. En Cielo amarillo (1948), de William A. Wellman, cuando un grupo de forajidos penetra en una ciudad fantasma habitada únicamente por un buscador de oro y su hija (Anne Baxter), y ésta apunta con un rifle a uno de ellos (Gregory Peck), el intruso la desarma gracias a un truco del que es consciente hasta el más ingenuo de los espectadores. El retrato ofrecido por Grace Kelly de la esposa cuáquera del sheriff de Solo ante el peligro (1952), de Fred Zinnemann, la muestra tan aterrorizada por la violencia que prefiere abandonarle a quedarse a su lado. Sin embargo, al final recapacita, y es ella quien da muerte al último miembro de la banda que acosa a su marido.


Grace Kelly

Cuando las mujeres parecen estar más familiarizadas con la violencia y las armas de fuego, los resultados suelen sonar a falsos o paródicos. En Ana Caulder (1971), de Burt Kennedy, Raquel Welch interpretaba el papel de una mujer violada y a la que dejan viuda en la primera secuencia. Luego aprende a manejar las armas, persigue a sus violadores (Ernest Borgnine, Jack Elam y Strother Martin) y acaba con ellos. Pero esta inversión de un argumento bastante habitual en el cine del Oeste es mero oportunismo, sobre todo porque buena parte de la película, la curvilínea actriz se dedica a merodear por el desierto cubierta con un sucinto poncho.


Raquel Welch

Normalmente ocurre al revés: la esposa es violada, raptada o muerta, y el apenado esposo se lanza a vengarla o rescatarla. En estos casos, la mujer constituye simplemente el trofeo a conquistar, el símbolo de un mítico sentido de la propiedad y también el pretexto para sangrientos duelos y matanzas. Los westerns de Budd Boeticher interpretados por Randolph Scott se ajustan con frecuencia a ese formato. En Comanche Station (1960), Scott encarna a un hombre que busca a su mujer, raptada por los indios, en Decisión at Sundown (1957),es nuevamente un marido ultrajado que persigue al hombre que provocó el suicidio de su esposa; en The Tall T (1957), una esposa raptada se convierte en el premio o recompensa del héroe, cuando su marido se muestra indigno de ella, y en Seven Men From Now (1966), se le ve nuevamente tras las huellas de la banda que asesinó a su mujer. 

Este modelo alcanza su culminación con Centauros del desierto (1956), de John Ford, una película sobre el tema de la persecución en la que el prota, Ethan Edwards (John Wayne), parece decidido a encontrar y dar muerte a su sobrina (Nathalie Wood), debido a su prolongada convivencia con los comanches. Ethan está tan dividido entre el sentido comunitario y el amor a la soledad que parece traspasar su confusión e incertidumbre al propio Ford. Por un lado odia a los indios y a su propia sobrina por lo que supone que le habrá ocurrido durante su matrimonio con Chief Scar; pero al final cuando le encuentra tan débil e indefensa, la coge en brazos y la lleva a su nuevo hogar, tras lo cual se pierde nuevamente en el desierto, pues alguna extraña fuerza interior parece obligarle a alejarse de la tranquilidad de la vida doméstica... Así, Ford permite con cierta cautela una de las primeras relaciones sexuales mixtas en el cine de Hollywood, restableciendo finalmente el orden y dejando el mundo de las mujeres perfectamente "controlado".


En el cine del Oeste hay sin embargo algunos ejemplos de personajes femeninos a los que interesan otras cosas que no sea el hogar. Lo que el viento se llevó (1939), que contiene elementos del western. Escarlata O'Hara es una bella del Sur a la que le interesa sobre todo la tierra, y que está dispuesta a disparar contra cualquiera que se atreva a entrar en sus propiedades. En Arizona (1939), de George Marshall, Marlene Ddietrich interpretaba a una tempestuosa chica de saloon capaz de medrar en el duro y violento mundo del Oeste, aunque finalmente "domada" por el cowboy (James Stewart). En Encubridora (1952), de Fritz Lang se tomaba la revancha, encarnando a una mujer de negocios sin demasiados escrúpulos, a la que le interesa más la acción que la seguridad o la tranquilidad.


Marlene Dietrich

En Forty Guns (1957), de Samuel Fuller, aparece un gigantesco rancho controlado por una mujer (de nuevo la grandísima Barbara Stanwyck) tan segura de sí misma y emprendedora como cualquier hombre. En Cimarrón (1960), de Anthony Mann, la abnegada esposa (Maria Schell) se pone al frente del periódico de su marido cuando éste la abandona, y termina convirtiéndose en un pilar de su comunidad. Julie Christie encarnaba a una dueña de casa de putas sin escrúpulos en Los vividores (1971), de Robert Altman, película que ofrecía una visión cruda y desmitificadora de la clásica "prostituta con el corazón de oro" a la que tiene acostumbrados el cine del Oeste (James Coburn) en Pat Garrett y Billy the Kid (1973).


Julie Christie

Como la maravillosa Vienna de Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray. Joan Crawford ofreció una interpretación realmente vigorosa. Pero, como le ocurre a la mayoría de las mujeres ambiciosas y dominantes del cine del Oeste, debajo de su traje de hombre y de sus pistolas ocultaba un corazón tierno. En el cine del Oeste hay pocas mujeres tan vigorosas y llenas de personalidad como Vienna. 


Las excepciones son por tanto especialmente notorias: Duelo al sol (1946), de King Vidor; Pursued (1947), de Raoul Walsh, y Las furias, de Anthony Mann, son melodramas psicológicos basados en novelas de Niven  Busch y ambientados en el Oeste. Pero, al centrarse sobre todo en la búsqueda del amor o de la identidad propia permiten mostrar a sus protagonistas femeninas libres de las convenciones del western, en el que por lo general predominan los rituales basados en la violencia física, y no los enfrentamientos psicológicos.


Jean Arthur

Los peligros y asechanzas propios del salvaje Oeste apenas dejaban tiempo para algo más que esquemáticas historias de amor. No obstante, en The Last Frontier (1955), de Anthony Mann, la rubia Anne Bancroft interpretaba a la mujer de un oficial de Caballería que se siente fuertemente atraída por un explorador (Victor Mature), con lo que su relación refleja el conflicto entre el orden militar y una vida más libre, el tema básico de la película. En Raíces profundas (1953), de George Stevens, la mujer del colono, interpretada por Jean Arthur, apenas es capaz de reprimir la atracción que siente por el pistolero, y en Hombres errantes (1952), de Nicholas Ray, Susan Hayward encarna a una mujer fuerte y decidida, capaz de construir un hogar pero incapaz de dejar de amar al zarandeado veterano del mundo de los rodeos encarnado por Robert Mitchum. Hay incluso algunos western que ocupan un puesto de honor en la historia del cine erótico, como por ejemplo The Outlaw (1943), con Jane Russell y sus exuberantes senos, entre los que se encontraba el cañón más sugerente y peligroso de todos... y El hombre del Oeste (1958), de nuevo Anthony Mann, en la que Julie London tenía que realizar un strip-tease para salvar la vida del forajido reformado encarnado por Gary Cooper.


Howard Hawks es un director que ha sabido superar las limitaciones propias de numerosos géneros cinematográficos. En Río Rojo (1948) ofreció el retrato de dos hombres que terminaban aceptando los consejos y puntos de vista de las mujeres. El protagonista (John Wayne) abandona a su amor (Colleen Gray) y, poco después, ésta es asesinada por los indios. Años después, conoce a Tess Millay (Joanne Dru), que le recuerda a su viejo amor y que, tras ganarse el corazón del hijo adoptivo de éste (Montgomery Clift), consigue poner fin a la pelea teóricamente implacable entre padre e hijo, diciéndoles a los dos que se comporten como adultos. Pero su personaje es solo un preludio del de Feathers (Angie Dickinson) en Río Bravo (1957). Feathers es una muchacha que se dedica al juego, pero al mismo tiempo buena, coherente, sensata y llena de sensibilidad, una de las pocas mujeres del Oeste que demuestra su valía como hembra y como individuo, lo que la convierte en uno de los personajes femeninos más interesantes y completos no solo del western sino de todo el cine americano.


-Ya es hora de cerrar - me dijo el camarero interrumpiendo mis dulces ensoñaciones. 
¡Maldita sea! No tengo ganas de volver a casa y encima caminar por esas calles repletas de marujas que bailan country.
-¿Me podría indicar donde hay un saloon? - le pregunté al camarero.
Lo que siguió pertenece a otra historia.