miércoles, 30 de septiembre de 2015

El hombre de las cavernas


Hace cuatro años publiqué un artículo sobre la película A quemarropa (1967), de John Boorman titulado Un  caso aislado. El texto era tan extenso que tuve que extraer buena parte de él para reducirlo al formato post, ya en vías de extinción. Ese sobrante de cuartillas desordenadas han estado a punto de ir a la basura, pero he decidido publicarlos aquí para quien pueda interesarle. Llueve a mares. A mi lado un Ribera del Duero y por delante todo un mundo desaparecido que sigue acompañándome desde el pasado. Salud.

En el momento de su estreno, a esta película, a pesar de su éxito comercial, muchos críticos le reprocharon su supuesto exceso de violencia. Los escrupulosos centraron sus críticas en la escena en la que el gran Lee Marvin, un ladrón con ansias de venganza, estrella un coche, reduciendo así a carne picada la epidermis de su pasajero que no lleva puesto el cinturón de seguridad.

Los actores de Hollywood suelen replicar a esta clase de comentarios diciendo que ellos no tienen nada que ver con los psicopáticos personajes que interpretan. Marvin no lo hizo.


"Yo llevo la violencia en la sangre", afirmó la gran estrella, "porque vengo del hombre de las cavernas, como todo el mundo. No glorifico la violencia. Intento entenderla. La violencia siempre ha existido. ¿Quién no le ha puesto queroseno en el culo a un gato y le ha prendido fuego?" Tomen nota los de la Asociación Protectora de Animales.

La respuesta es, probablemente, que mucha menos gente de lo que él pensaba. Pero es que el gran Marvin nunca fue un hombre "normal". Ex marine, había pasado largas temporadas de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, "saltando de isla en isla", y en una ocasión había disparado contra soldados japoneses con una mano mientras con la otra intentaba, en vano, taponar el orificio que una bala había abierto en el pecho de un colega moribundo.


Además, en sus años de actor anónimo ya tenía fama de ser un cafre de mucho cuidado, gracias a su afición a beber, a pegarse y a decir lo primero que se le pasaba por la cabeza. Por ejemplo, durante el rodaje de Doce del patíbulo (1967) en Londres, Marvin le dijo a una amiga de Sean Connery que apostaba a que ésta tenía "el clítoris más bonito que hay aquí". Un comentario que sin duda había dado lugar a la agarrada entre astros más famosa de la historia del cine, si el productor Ken Hyman no hubiera provocado la hilaridad general diciendo: "En la cara no, Sean. ¡Tenemos primeros planos! Dale en el cuerpo". Es decir, que no se me ocurre un actor más adecuado para interpretar a Walker, el prota de A quemarropa, un mensajero de la muerte que está dispuesto a enfrentarse a toda una organización criminal con tal de obtener el dinero del que se considera acreedor. 


La continuación de A quemarropa

Creación del genial novelista Donald E. Westlake, que también firmaba sus novelas con el nombre de Richard Stark - aunque en los libros se llama Parker -, Walker es, probablemente, el más duro entre los duros de las sagas de la ficción noir norteamericana. Un ladrón que emplea la mente tanto como el músculo, y que no tiene reparos en cargarse a cualquiera que se interponga en su camino. No siendo ingenioso ni romántico, es su fuerza de voluntad la que lo convierte en un personaje tan fascinante y popular. "Parker" ha aparecido en hasta siete adaptaciones el celuloide, por ejemplo en The Outfit (1974) o en Payback (1999), la reelaboración de A quemarropa protagonizada por Mel Gibson. Pero el viejo Mel, creo, nunca le puso queroseno en el culo de un gato para después prenderle fuego. La película de Boorman, gracias a la despiadada interpretación de Marvin, sigue siendo insuperable.


Marvin también le demostró su valía a Boorman lejos de las cámaras. El director se había dado a conocer con Catch Us If You Can (1965), esa copia de ¡Qué noche la de aquel día! (1964) protagonizada por los Dave Clark Five, pero en el momento de rodar A quemarropa seguía siendo una incógnita, un cineasta susceptible de ser reemplazado a la primera señal de problemas. Y esa señal llegó cuando Boorman empezó a rodar el prólogo de la historia, un complicado flashback dentro de un flashback, ambientado en Alcatraz, que estableció el tono extraordinariamente intricado, aunque con desafiante estilo de la película. Cuando vio que su director tenía problemas, Marvin, el hombre de las cavernas, el hombre del queroseno, el hombre que disparaba a los japos y todo eso, le salvó el culo simulando una borrachera.


Pero, si Marvin era inigualable a la hora de fingir una borrachera, también tenía pocos rivales cuando se trataba de tenerla, sin simulacros. Lo recuerda su biógrafo Donald Zec: 

"Dicen que fue Boorman, o mejor dicho, su coche, quien participó en una fascinante escena que se produjo una noche en Beverly Hills. Parece que el actor y el director habían estado divirtiéndose con auténtica fruición angloamericana. Cuando acabó la jarana, Marvin trepó al techo del coche del director y se negó a bajar. Boorman empezó a avanzar despacio, pensando que el frío aire de la noche podría inducirlo a cambiar de actitud. Y entonces un coche de policía se detuvo a su lado. '¿Sabe usted que lleva a Lee Marvin en el techo del coche?" le dijo el agente. 'Claro", le respondió el director. 'Entonces no pasa nada', respondió el poli. 'Pero conduzca con cuidado'".

¡La leche! ¡Qué tiempos!




                    

martes, 29 de septiembre de 2015

Cada vez...

Cada vez tenemos menos recursos para defendernos. ¿Podríamos hacerlo de esta manera?


                                        

¿O de esta?


                                        

¿O más bien esta?


                                        

¿Qué creéis?

lunes, 28 de septiembre de 2015

El informe Firefly (2ª parte)



"El último presidente por poco arruina al país. Si pensáis que este país va mal, ya veréis lo que yo hago."

Himno de Freedonia

No respetaban nada. Qué va. Ni la lógica, ni los convencionalismos, ni siquiera el código de censura. Utilizaban el humor para transgredir todas las normas sociales habidas y por haber, mantenían los diálogos más disparatados y soltaban las frases más irreverentes. Con ellos aprendimos que dos más dos no siempre son cuatro, y es que si se lo proponían, hasta las matemáticas dejaban de ser una ciencia exacta. Reconocimos como los más corrosivos y geniales humoristas de la historia del cine sonoro, reinaron durante una década en las pantallas de todo el mundo.


¿A quién podría insultar ahora? parece preguntarse Rufus T. Firefly, presidente y vergüenza del país. También parece cavilar sobre su próxima fechoría.

El aprecio por estos irrepetibles humoristas ha crecido vertiginosamente desde los años sesenta, cuando sus películas fueron redescubiertas en los campus universitarios de Estados Unidos. Su extravagante comportamiento bordeando la locura y su flagrante desprecio por la autoridad y las convenciones - aunque intelectualmente concebidos - eran reverenciados en la época y nadie representó estas características mejor que el fumador de puros de andar encorvado y mostacho pintado con corcho quemado, el despreocupado falso italiano, y el diabólico, demente mudo de rubia peluca rizada. La única sorpresa es que la película más popular de los hermanos Marx para las generaciones posteriores de devotos no es Una noche en la ópera (1935), una obra maestra de la comedia, sino Sopa de ganso (1933), el único fracaso crítico y financiero del equipo durante sus años álgidos.


Para muchos seguidores de los Marx, su primera cinta para la M.G.M, Una noche en la ópera, es también su mejor obra. No obstante, para los que prefieren ver a Groucho, Chico y Harpo convertidos en un torbellino ruidoso, despiadado, sobreactuado y divertidísimo, Sopa de ganso es el punto culminante de su trayectoria. A pesar de ello, el último filme que los Marx rodaron con la Paramont fue un fracaso comercial, como ya se ha dicho. Irving Thalberg, productor de la M.G.M exigió a estos hermanos anarquistas que sus películas tuvieran menos números cómicos y más argumento, es decir, más domesticados.


-¿Quiere ser un escándalo público?
-¿Cuánto ganaría?
Este breve diálogo entre el recién llegado presidente de Freedonia; Rufus T. Firefly (Groucho), y el espía Chicolini (Chico), que se ha disfrazado de vendedor de cacahuetes, describe a la perfección la misión de los hermanos Marx en esta película. Sopa de ganso es un golpe mortal a la ingenua ilusión de que existen el orden público y los ciudadanos responsables de sus actos.


Por cierto, el alcalde de Fredonia - con una sola "e" -, un pueblecito del estado de Nueva York, manifestó su preocupación por la posibilidad de que la película resultara irreverente. Groucho le contestó aconsejándole un cambio de nombre para la ciudad. Groucho siempre tan encantador.


Sigamos. Todos los habitantes de este pequeño Estado son iguales, libres y palurdos pero completamente arruinados. Únicamente la señora Teasdale (la inamovible, única y genial Margaret Dumont en uno de sus papeles característicos), viuda de un banquero, tiene un par de millones ahorrados, que invertirá en su devastado país si Firefly acepta asumir la presidencia. De algún modo, este fanfarrón casquivano ha conseguido ganarse la simpatía de la enérgica dama al borde de un ataque de nervios. Sin embargo, para lograr una debacle a escala nacional, incluso un experto en lanzar injurias tan eficientes como el gran,  único y sin par Firefly necesita refuerzos. El diálogo que comentaba más arriba continúa más o menos así: "¿Tiene una autorización?" "Yo no, pero mi perro sí." A la vista de estas credenciales, a Chicolini le ofrece inmediatamente un puesto: "¿Le apetece trabajar en la venta?" "No, no me gusta la menta. ¿Tiene más sabores?" Hay que destacar que todas estas citas se pronuncian en un único minuto y que los hermanos Marx no tienen dificultad para mantener este ritmo durante los restante 67.

Según Joe Adamson, biógrafo de mis hermanos; "Sopa de ganso desafía la lógica y la gravedad, es extravagante, es ridícula, es divertida, es salvaje, es estúpida. Es una sinfonía de gags, compuesta por un ejército y orquestada por un hombre." Es decir, como la vida misma, pero ese hombre era Leo McCarey y la vida real jamás tuvo ni buenos guionistas ni buenos directores.


McCarey, que ya había trabajado con cómicos tan grandes como Laurel y Hardy (a quienes unió como equipo), Charlie Chase y Eddi Cantor, y quien después dirigiría muchas gemas, incluyendo La pícara puritana (1937) y la oscarizada Siguiendo mi camino (1944). McCarey fue el mejor director con el que los Marx se asociaron nunca, el único lo bastante hábil para equilibrar los característicos juegos de palabras marxianos con el humor visual - incluso permitiendo a Groucho y Chico entrar en el mundo de la pantomima que había sido dominio privado de Harpo - y el material improvisado con lo que se tenía que hacer según el guion. Fue Leo quien dio al filme su título y aportó las dos grandes escenas visuales: el número en el que Chicolini y Pinkie arrebatan el sombrero de la cabeza y las manos de Edgar Kennedy (un cómico de Hal Roach), y finalmente lo queman.

Edgar Kennedy

Y el número del espejo durante el cual Firefly piensa que Pinkie, se ha vestido como él, es su reflejo.
McCarey presentó a los hermanos Marx en su forma más pura, lo que es lo mismo, más consistentemente grosera e irreverente, descargando una imparable serie de gags durante los vertiginosos setenta minutos de película. El humor de los Marx deriva en gran medida del efecto acumulativo de sus constantes insultos (Groucho), bromas (Groucho y Chico), destrucción de la propiedad (Harpo), y molestias generales (Groucho, Chico y Harpo) tienen sobre los pomposos y acaudalados hipócritas que pueblan su mundo. McCarey se dio cuenta de que era imperativo construir este agravio a las víctimas de mis hermanos sin la habitual inclusión perjudicial de una incidental historia de amor (el guion mostraba a Zeppo teniendo un romance con Vera, pero el director, por suerte, no se molestó en rodar esas escenas), o los solo de piano o arpa de Chico y Harpo, respectivamente.


En otras películas de los Marx, el interludio musical le dice a los espectadores que hay una civilizada influencia cultural en Chico y Harpo que les impide ser totalmente extraterrestres. McCarey sabía que mis hermanos eran más divertidos cuando no tenían ningún rasgo redentor o entrañable.Más significativamente, por única vez en el cine, a mis hermanos, cuya comedia ha sido a menudo definida por sus tendencias anarquistas (me encanta) cuando están relacionados con cualquier institución, se les permite desbocarse en un marco político. El escritor Andrew Bergman atribuía el fracaso de Sopa de ganso en 1933 a la creencia de que, recién iniciado el New Deal, los americanos, por comprensibles necesidades psicológicas, no se permitían a sí mismos pensar que el gobierno en el que confiaban para que les salvara de la ruina financiera pudiese ser absurdo (creo que ahora ocurre exactamente lo mismo). Pero cuando la película conectó en los sesenta con gente decepcionada con Estados Unidos y la dirección que estaba tomando, tenía un perfecto sentido que un filme representase la guerra en términos de absoluta locura y tratase a los putos políticos con completo desdén.

                                       

Gracias - o a pesar - de la incoherencia de su argumento (la vida también lo tiene), mis hermanos derrochan genio destructor, ridiculizando a políticos, diplomáticos, espías y declarantes de guerra. También me encanta ver a Harpo cortar con sus tijeras todo lo que se pone a su alcance.


Y solo de brillante cabe calificar el momento en que, ante le llegada del embajador Trentino (el gran Louis Calhern), Firefly hace recapitulación de agravios y se encrespa en soledad. Cuando llega Trentino, Firefly le pega y provoca la declaración de guerra. Ésta da pie a una nueva serie de gags: Firefly aparece sucesivamente vestido de oficial confederado, de húsar, de boy scout, de defensor del Álamo, y acaba por pedir socorro al mundo entero. También desfilan policías motorizados, competidores de maratón, nadadores, monos, elefantes, en fin, toda esa fauna que también desfila delante de mi ventana.

Mis hermanos alcanzaron cimas de anárquica brillantez en esta magistral comedia, que explotó sobre el público cuatro años después de su primitivo debut en Los cuatro cocos (1929). Incluso los habitualmente insufribles momentos musicales resultan excelentes. De Groucho, Chico y Harpo no es necesario hacer, a estas alturas del metraje, elogio alguno.  Están como siempre, inconmensurables, y no lo digo porque son mis hermanos. El anticarismático Zeppo, sin embargo, demuestra que lo suyo no es el cine. Y conviene destacar el excelente trabajo de la majestuosa, la más grande de todas las matriarcas del cine; Margaret Dumont, habitual blanco de los ataques de Groucho, encontró su mejor oportunidad para lucirse.


La película alberga algunos momentos más rabiosamente divertidos del género, como la magistral escena del espejo, mil veces imitada y nunca superada, o la de la batalla final, en la que cada bala de cañón que pasa provoca un cambio de vestuario y, a veces, de época. Sin olvidar los innumerables gags "marca de la casa", como aquel en el que Groucho manda ametrallar sus propias tropas y, cuando un oficial le indica el error cometido, le pone un fajo de billetes en la mano mientras le susurra al oído: "Que esto quede entre nosotros". Veloz, irreverente, anárquica en su estilo, Sopa de ganso es una obra maestra construida con una pasta muy especial: nunca envejece. Podemos encontrar comedias tan buenas como ésta, pero no mejores.
¿Y qué me dicen de la situación política actual? Vean.


                                         

jueves, 24 de septiembre de 2015

Totalmente de acuerdo


En el 63º Festival de Cine de San Sebastián, Fernando Trueba se presentó para recoger el Premio Nacional de Cinematografía. Me llamó la atención unas declaraciones del cineasta. "Nunca me he sentido español, ni cinco minutos de mi vida." Se detuvo especialmente en la palabra "Nacional", con la que tiene un "verdadero conflicto". "A mí la palabra que más me gusta del diccionario es nada y luego, desertor." Y sigue diciendo: "A mí Cervantes me gusta mucho, pero no más que Shakespeare o Diderot o Balzac. Por mucho que me pueda gustar Velázquez, reconozco que me gusta igual Rembrandt. Y no digamos en la música. La que más me gusta es el jazz que es el arte americano por excelencia." Dice todo esto para reconocer que tiene verdaderos conflictos con la palabrita "nacional". Al final de su discurso con una clara y concisa petición a todos los políticos, los partidos y los gobiernos de cualquier color e ideología dice: "En España, los gobiernos han querido controlar la cultura."
No puedo estar más de acuerdo con Fernando Trueba.


Todo esto me ha hecho pensar en el maldito tema de los nacionalismos y otras pájaras mentales derivadas de esta enfermedad tan atávica. Por ejemplo, el gran novelista Juan Marsé ha declarado en más de una ocasión estar más que harto de todo este asunto. "No me fío de los nacionalismos ni de sus banderas, no me fío de los himnos, ni de la historia oficial, ni de sus monumentos, ni de su música patriotera; me parecen formas larvadas de racismo, petulancia y desdicha. En su nombre se dicen sandeces, cuando no se cometen atrocidades." También dice: "Cuando la clase política esgrime la lengua como si fuera una bandera, hay que salir corriendo. es una señal de patriotismo que me asusta. Me acuerdo siempre de esa escena de esa gran película de Hitchcock, Endadenados, cuando Ingrid Bergman le dice a Cary Grant: No me interesa el patriotismo ni los patriotas. Llevan una bandera en una mano y con la otra van vaciando los bolsillos de la gente." 



A Juan Marsé le hicieron una entrevista en El País a finales del año pasado y le preguntaron sobre el asunto de la Independencia de Cataluña: "Permítame ante todo una declaración de principios. Yo no milito bajo ninguna bandera ni bajo ninguna ideología, y no siento el menor respeto hacia la mayoría de políticos que nos gobiernan." Y sigue: "De acuerdo. No soy nacionalista, no comparto ese sentimiento identitario tan ilusionante y montero. Creo que los de la España eterna y los sufridos de la Cataluña ochocentistavictimista se cuecen en la misma olla podrida." Y sigue: "Prefiero el silencio al gruñido. Creo que el silencio en un país de gritones es mucho más elocuente. De hecho, llevo años en el aprendizaje del silencio. Hasta ahora he conseguido muy poco, pero no cejo en mi empeño." Sigue: "¿Cataluña independiente con este panorama? Yo no dejo de recibir agravios tanto de Rajoy como de Mas, así que me da igual que me jodan desde Cataluña o desde España."

O sea, que también estoy totalmente de acuerdo con las palabras de Marsé. Gritos, gruñidos. El mono se hizo hombre y éste necesitó varios millones de años para volver a su estado original.


Franciso Umbral en Los antipatriotas dice que le caen bien los antipatriotas de su patria chica. Cuenta que un banquero galaico amigo suyo le dijo entre copa y copa que Galicia era el tercermundismo español, que Fraga era un cacique, que su país se alimentaba de supersticiones, que rinde culto a los muertos como los egipcios y que encima tienen un vino que es bueno para lavarse los pies. Otro amigo valenciano se queja que Valencia y eso de las fallas es la cosa más hortera del mundo, que no quiere ser valenciano ni reunirse en Madrid con valencianos, que solo el país valenciano había dado a Addy Ventura y la paella. Umbral sale en defensa de Blasco Ibáñéz, Azorín, Sorolla, Gabriel Miró, la escuela levantina, pero nada, el antipatriota entra de nuevo al trapo. De ésos que ha dicho usted, solo es valenciano Blasco, por suerte para los demás, y Blasco era un miserable que obligaba a la Pardo Bazán a quitarse la dentadura postiza para hacerle felaciones. Umbral continúa a la defensiva. Pero también lo cuenta Galdós, le dice. Y el antipatriota prosigue. Pues peor para Blasco, que encima le ponía los cuernos al maestro con una anciana asalmonada.



También cuenta Umbral que tiene un amigo andaluz sabio y rico que le dice que Andalucía es lo más folclórico de España. Una vergüenza y que procura no parecer un señorito andaluz que es lo que es. Al final Umbral acaba diciendo en Los antipatriotas:

"Los soberanismos - Córcega, Bretaña, Irlanda, etc. - principian en provincianismos y acaban en sangrientos. Se mueven al nivel intelectual de los mozos de Manganeses de la Polvorosa, Zamora, ésos que tiran la cabra, y toda España es para ellos una pobre cabra de secano..."

Estoy totalmente de acuerdo. Pero también estoy de acuerdo con lo que dice Iñaki Uriarte en sus Diarios, 1999-2003.

"Otra vez me confirmo en la idea de que el antinacionalismo puede volver tan estúpido e histérico como el nacionalismo."



Iñaki Uriarte sigue diciendo: "Doy por supuesto que el nacionalismo es como una droga. Pero no es la religión o el nacionalismo o el fútbol lo que vuelve al hombre fanático o loco. La locura y el fanatismo son anteriores y los hombres encuentran en esas ideologías y actitudes formas de organizar su locura y de ponerla en práctica. Si no existieran ésas, habrían otras."

Estoy totalmente de acuerdo. 

Hace poco Juan Goytisolo declaró: "Estoy en contra de todos los nacionalismos, sean catalanes, españoles o árabes."

Dedalus dice en un momento determinado a un amigo suyo en Retrato de un adolescente, de James Joyce: "Me estás hablando de religión, de patria, de nación; bueno, éstas son las redes de las cuales estoy intentando escapar."


Vuelvo a Iñaki Uriarte: "Una semana lejos de España es un reconstituyente de primera." 

Totalmente de acuerdo.

"Huye rápido, vete lejos."

Fred Vargas

"Tenía un mapa enorme en el regazo. El mapa de Estados Unidos. Había tachado, a lápiz, todos los lugares en los que es imposible vivir. Estaba emborronado todo el mapa."

Charles Bukowski, The Outsider

"Ningún país tiene arreglo. Todo es una mierda."

Juan José Millás, en una entrevista

"La verdad, siempre maraña."

Javier Marías, en una entrevista


Estoy totalmente de acuerdo.



                      

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Viaje a Roma (final)


No quiero explayarme demasiado sobre mi experiencia en los museos Vaticanos. Dos calles antes de llegar a este Estado libre de impuestos y de vergüenza, ya me siento acosado por los guías turísticos situados estratégicamente como estatuas a cada cuatro metros. No, no, no, no... Así hasta llegar a una cola interminable. Más guías por aquí y por allá. No, no, no, no... Por fin me encuentro en la puerta de la entrada, que se parece a la entrada de las minas de Moria.


Pared inclinada y una puerta de hierro forjado con tintes tolkianos. Una vez dentro estoy en una especie de aeropuerto celestial con detectores de metales, policías, taquillas de información y peaje. Indicadores surrealistas como: "Verso il cielo", "All' inferno", "Solo i bambini", "Negozio di souvenir", "Percorso diretto a Dio", "Appartamenti drag-queen del Papa", etc. Estoy rodeado de grandes pantallas donde veo al Papa realizando todo tipo de actos, al cual más aburrido, sobre todo, saliendo del balcón de la fachada de la Basílica de San Pedro como si fuera un reloj de cuco.


En fin, recorro enormes pasillos renacentistas repletos de turistas sudorosos. Un americano con un culo enorme lanza una flatulencia, y acto seguido, se pone a reír. Pasillos y más pasillos donde voy encontrando mostradores de souvenir; la crispación del cristianismo llevado al extremo más radical del horterismo y el cutrerío. Sala me momias expoliadas del antiguo Egipto. Vigilantes abstraídos en sus pantallas de móvil, un bar, más souvenir, cuadros rancios de gente rancia, cardenales surgidos de una novela gótica, otros mostradores de souvenir con platos soperos con la imagen del Papa. Me imagino apurando una sopa con fideos y la imagen del Papa adquiriendo cada vez más consistencia. El Papa por todas partes, incluso en el papel higiénico de los servicios públicos. Nadie se atreve ir a cagar. Mira por donde, mis tripas empiezan a quejarse...

Entro en la Stanza della Signatura. Muchos críticos afirman que los frescos aquí exhibidos son una obra todavía más destacable que la Capilla Sixtina. Las cuatro principales pinturas detallan el triunfo de la teología, de la filosofía, de la poesía y de la justicia. Por aquí desfilan tipos como Platón, Aristóteles o Dante, pero no me explico que hace aquí Silvester Stallone. Quizá por lo que he dicho antes: la justicia. Vete a saber.



Entro en la Capilla Sixtina. Un escenario con un micrófono donde un cura negro y enano va repitiendo constantemente: "Silenzo". "Silence, please". La Capilla parece un campamento de refugiados tras un terremoto o una guerra de pacotilla. El hedor es insoportable y los extenuados visitantes están más pendientes por pillar un hueco en un banco, para reposar sus sudorosas posaderas, que de la obra maestra de Miguel Ángel. "Silenzo". "Silence, please". Recuerdo que Miguel Ángel respondía a los reproches vaticanistas de su tiempo: "Que el Papa se digne a cambiar el mundo; luego, lo pintaré como quede"



De niño creía que Miguel Ángel era Charlton Heston y el capullo de turno; el Papa Julio II, Rex Harrison que daba la vara en El tormento y el éxtasis (1965) de Carol Reed. "¡Cuando acabarás tu trabajo!", le gritaban desde abajo, y Charlton-Miguel-Heston-Ángel les gritaba desde las alturas, tocando casi con la cabeza la gran bóveda de la Capilla Sixtina: "¡Cuando termine!". Y todo para llegar a esto. "Silenzio". "Silence, please". Al fin salgo a la calle por una de las puertas traseras semejante a la de los cines de los centros comerciales: fachada espectacular con toda clase de tiendas y películas de efectos especiales para más tarde salir del cine por un pasillo de fin de mundo y encontrarte en un descampado con música de grillos. Solo te ha faltado una patada en el culo. Pues eso.


Paso por delante del Teatro Marcello camino del Gueto Judío. Este barrio está que se cae a pedazos pero a estos tipos gordos con barbas, tirabuzones y kipás en la coronilla no les importa un bledo. Devoran pizzas con desesperación y se limpian sus bocas con las mismas barbas.

Llego a la Piazza di Spagna; uno de los exteriores más expléndidos de Roma; una bellísima plaza que se alza majestuosa en el barrio comercial más pijo de la ciudad y cuya escalinata actúa como un verdadero imán sobre los visitantes. 



La famosa escalinata no tiene flores. Creo que han sido devoradas por el ganado que inunda este lugar. La iglesia de Trinità dei Monti está en obras y tapada por un andamio. Un turista le grita muy indignado a uno de los obreros, desde abajo en castellano: "¡Cuando terminarán las obras!". No se ve el obrero pero sí que se oye lo que grita: "Cuando hai finito di!". La Historia siempre se repite, lo que ocurre es que no nos damos cuenta. 



En este lugar una princesa se comió un helado (y luego lo tira despreocupadamente al suelo), en Vacaciones en Roma. Federico Fellini puso a unos hippies en su película Roma, acampados en una secuencia que tiene un tono casi documental. La cámara baja por la escalinata y los jóvenes flipados la miran y sonríen, ajenos a ella. En una loggia toman el sol desnudos y se bañan en la Fontana della Barcaccia. 



Hoy este lugar está abarrotado de turistas y paquistaníes vendiendo palos selfie. Me imagino por un momento que la escalinata se recoge y se convierte en un tobogán.  



Visito el Antico Caffé Greco en la Via Condotti, fundado en 1760 y visitado regularmente por personajes como Goethe, Casanova, Shelley, Byron, Baudelaire, Wagner y Liszt, entre otros. Me pongo a reflexionar sobre Baudelaire que para mí es quizá el máximo modelo de escritor en estado puro, eso que busqué durante toda mi juventud. Siempre Baudelaire. Y todo el alrededor: Lautréamont, Novalis, Nerval, Rimbaud, Byron, Wilde. Toda una raza, toda una familia rara, espectral y fascinante, o sea, escritores hechizados por la literatura. Mártires de la escritura, místicos del rito poético. Los realmente envenenados de literatura. Lo que digo; es mejor y más fácil escribir a partir de una decepción que a partir de un entusiasmo.


Tomo aquí un café y cuando pido la cuenta debo firmar, ante notario, la extirpación de uno de mis riñones. 



Visito el museo ubicado junto a la escalinata dedicado al poeta John Keats y otros exiliados como Shelley. Abstraído en mis pensamientos, un flash me deslumbra. Un alemán saca fotografías y yo ya estoy inmortalizado en ellas. Me pregunto en cuantas fotografías salimos a lo largo de nuestra vida sin saberlo o, sabiéndolo pero resignados a ello. Me imagino un japonés mirando fotos realizadas hace ya mucho tiempo en cierto viaje, y allí estoy yo, en medio de la multitud, y quizá en el momento que las está mirando el jodido, yo ya estoy muerto.

Me alejo de la Piazza di Spagna.

Me espera la antigua población de Tívoli. También Fracati y quizá visite Ostia, donde se rodó I Vitelloni, las últimas escenas de La dolce vita y algunas de Amarcord, entre otras, pero dejo este cuaderno de viaje en el cajón de la mesita de noche. No quiero escribir más.


Arrivederci, Roma

Amanecer de herrumbre.
Vuelvo a estar en la Estación Termini para subir al autobús que me llevará al aeropuerto de Fiumicino. Un sentimiento contradictorio: deseo abandonar Roma y temo llegar a mi casa. Quizá me quedaría aquí para siempre o, estaría viajando sin parar hasta el día de mi muerte, sin pertenecer a ningún sitio, y cuya identidad me sería dada cada día a razón de lo recordado en mis sueños. Podría vivir entre la multitud como el personaje del cuento de Poe, El hombre de la multitud, que vaga día y noche mezclándose con las riadas de gentes como si tuviese miedo de estar solo o, como Xavier de Maistre en Viaje alrededor de mi habitación: "¿Habría una persona tan mísera, tan abandonada, que no disponga ni de un rincón donde poder retirarse y permanecer escondida de todo el mundo? Es cuanto hace falta para el viaje".

De repente me vuelvo a encontrar, entre la multitud, con aquel tipo que encontré en el autobús cuando me traía a la Ciudad Eterna, aquel tipo que se parecía a Marcello Mastroianni con gafas de espejo. Cuando veníamos a Roma iba acompañado de una mujer rubia. Ahora lo veo que va solo. Me ve y me pregunta un tanto aturdido: "Dove siamo?". Le respondo como puedo: "Resta qui con me. Penso che entrambi stanno nello stesso posto"(Quédate aquí conmigo. Creo que ambos vamos al mismo lugar).

Ya en el autobús todo va quedando atrás. Reviso lo que he comprado: el dvd de Etore Scola, Che Strano Chiamarsi Federico, en Cinecittà, y un recopilatorio de las mejores canciones de Adriano Celentano en un centro comercial. Menudo nivel el mío.


Luego reviso mi cuaderno de viaje y le doy toda la razón a André Breton cuando dijo: "Aquello que más necesito decir no es lo que mejor digo". De repente me domina mi característica angustia aderezada de tristeza y pánico. ¿A dónde iría, si pudiera irme, qué sería, si pudiera ser, qué diría, si tuviera voz, quién habla así, diciéndose yo? Responded simplemente, que alguien responda simplemente.


                    

lunes, 21 de septiembre de 2015

Viaje a Roma (5)


"Es necesario establecer como una ley que la aventura no existe. Está en el espíritu del que la persigue y, en cuanto va a tocarla con el dedo, se desvanece para reaparecer mucho más lejos, bajo otra forma, en los límites de la imaginación."

Pierre Mac Orlan, Pequeño manual del perfecto aventurero


Jo, es una lástima que la Fontana de Trevi esté en obras. Esta fuente, la más bella de Italia, está protegida por un muro de plástico duro y muy rayado. Los insaciables turistas siguen fotografiando empecinadamente y aplastando sus narices contra el plástico sucio como niños golosos en el escaparate de una pastelería.


Es bien sabido que la Fontana de Trevi cobró mayor popularidad gracias a la famosa escena protagonizada por Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en La dolce vita (1959). Cincuenta y seis años nos separa desde entonces y la fuerza de aquella escena todavía perdura a pesar del muro de plástico, la fuente sin agua y obreros con cascos amarillos. 

No puedo demorarme más. Este lugar está tan abarrotado de gente que incluso respirar ya es toda una proeza. Ay, cuanto me hubiera gustado estar aquí a solas y a altas horas de la noche para escuchar la cascada de agua y rememorar a Marcello cuando se introduce en la fuente camino de un deseo inalcanzable, y diciendo al mismo tiempo: "Debo esta loco. Todos lo estamos".


Me despido de Nicola Salvi, quien ideó la fuente, a quien se le ocurrió muy ingeniosamente colocarla sobre la pared del Palazzo Poli de modo que el efecto dramático de la grandiosa obra fuese mayor, y del gran escultor Pietro Bracci. También me despido de Marcello y Anita.

Antes de salir de aquí estoy a punto de perder la cartera. Una fila de viejos y gordos turistas están lamiendo helados de cucurucho perfectamente sincronizados. Un paquistaní sale de la multitud, como de la nada (valga la redundancia), y me ofrece un palo de selfie guiñándome un ojo. Es el mismo del Coliseo. Le sonrío como si ya lo conociera de toda la vida. Le cojo el palo y lo estiro al máximo para utilizarlo de pértiga. Salgo corriendo para coger impulso y salto con gran maestría por encima de la multitud y abandono la Fontana de Trevi.


Camino lentamente bordeando el río Tiber. Creo que me he equivocado eligiendo esta ruta porque es de lo más deprimente. A mi derecha, edificios oscurecidos por la dejadez y la intemperie cargada de monóxido de carbono. Los toldos de las terrazas tienen más mierda que la funda de un jamón. Una tienda de muebles con el cristal del escaparate extremadamente sucio apenas deja entrever los tristes y envejecidos muebles que yacen en la oscuridad como las ruinas todavía no descubiertas en Roma.


De vez en cuando aparece un Scurèza di Corpolò por la solitaria carretera. Estos motoristas que aparecen de súbito de la nada emitiendo un ruido ensordecedor y luego desaparecen dejando una brecha abierta como una herida en las ensoñaciones del paseante, yo los llamo Scurèza, que no es más que el motorista que surge unas cuantas veces en la obra maestra de Fellini, Amarcord (1973). Este extraño tipo motorizado irrumpe en el sueño que es todo el filme, dándole un toque de velocidad y ruido para colmo de sus protagonistas. Scurèza. Nadie sabe de donde viene ni adónde va.



Llego al Puente Sant' Angelo y al final el impresionante Castillo Sant' Angelo; mausoleo del emperador Adriano y sepultura de otros emperadores hasta el año 271, cuando se incorporó en la estructura defensiva de la ciudad. Desde entonces constituyó la fortaleza principal de Roma durante los siguientes 1.000 años. 

Desde mi posición, ser de lejanías, parece un enorme queso, de esos que mi abuela tapaba con un recipiente de cristal bajo una base de madera para que las moscas y los ratones no se dieran un festín. Este gran queso relleno de huesos, taquillas y vigilantes, también está repleto de gusanitos. Estos impertinentes bichitos devoran la estructura desde los balcones hasta las altas terrazas. Evidentemente esta enfermedad se llama turistas.

Bajo por unas estrechas escaleras de piedra para estar más cerca de las pestilentes aguas del Tiber. Sale por un cañaveral un vagabundo tocado del ala y apestando a recién cagado. Me mira con aire desconfiado. Para él, el que está tocado del ala soy yo. Pura y necesaria relatividad. Se aleja y me apeno un poco de él por lo largo y pesado que le debe resultar pasar un día más por este perro mundo. Me siento en el suelo para descansar y rememorar que en este mismo lugar donde tengo aposentado mi culo William Wyler rodó aquellas escenas de Vacaciones en Roma (1953), donde el bueno de Peck y la bella Audrey bailan (siempre con el Castillo Sant' Angelo al fondo).




Aquí se montó un pollo. Los perseguidores de la princesa se ponen tan pesados que ella rompe sobre la cabeza de uno de ellos un bajo y acto seguido se cae al agua. Peck sin dudarlo un solo momento se lanza de cabeza para salvarla. Es cuando debajo de este puente se besan por primera vez completamente mojados. No puedo imaginar a ningún actor actual lanzándose de cabeza en estas aguas espumosas y grises donde se pueden ver cabecitas de ratas nadando en busca de esos patitos tan monos y tan incautos.

Llego al famoso Trastevere, ubicado en la ribera sur de este río. Este barrio estuvo de moda por allá los setenta. Federico Fellini estuvo aquí con su cámara para filmar una de las escenas más bellas de la película Roma (1972). Hoy no es ni un pálido reflejo de lo que fue - me refiero al ambiente - porque el Trastevere sigue siendo un lugar magnífico arquitectónicamente hablando. 



Hoy es un lugar infectado de turistas zampapizzas. Aquí los restaurantes se estorban unos a otros, y se disputan a los turistas, tan incautos como los patitos del Tiber. Hay una guerra constante entre estos tipos, que venden a voces e indiscriminadamente, sus supuestos productos de calidad, similar a lo que pudo ser los mercaderes del  medievo. Sus molestas voces se solapan y sus cuerpos también, en un extraño efecto óptico semejante a cuando nos ponemos bizcos. Un tipo exhibe en su mano un trozo de flácida pizza semejante a esos relojes blandos en los cuadros de Dalí. Qué asco. Otro, con un tenedor alza los espaguetis del plato convirtiéndolos en una cortina y detrás de ella el hijo de puta sigue hablando, engañando, vendiendo. 


Trastevere: los que vinieron en otra época y se quedaron para siempre, según palabras de Federico. Gore Vidal, Magnani, los hippies, la noche iluminada al son de una guitarra, reyertas estudiantiles, policías entrando al trapo, una voz femenina cantando desde la lejanía... todo desaparecido, todo sepultado para siempre en la noche de los tiempos.



Cuando oigo a Anna Magnani decirme dentro de mi cabeza "Ma Federi', va a dormire, va", me dirijo, como cada noche antes de ir a dormir, a la Piazza Navona. A estas horas todo lo que hay aquí se recoge: las terrazas, los pintores, los músicos, los nigromantes, las pitonisas, los paquistaníes que venden palos de selfie, los carteristas y los turistas. La plaza se va despojando, o despiojando, poco a poco del cansado y gastado espectáculo que se repite día a día hasta quedar este lugar completamente vacío. Como dice Samuel Beckett en Murphy: "La cuestión se deshizo en su propio absurdo", pues eso.



Me siento en un banco junto a la espectacular Fontana dei Quattro Fiumi, del maestro escultor Bernini. El momento es perfecto. Aquí ya no queda nadie, a excepción del vagabundo que duerme en el rincón más oscuro de la plaza y esa enorme rata, que sale para olisquear el aire calenturiento y viciado de la noche, por la boca del alcantarillado ubicada en el mismo lugar donde ahora yacen encadenadas, unas sobre otras, las lujosas mesas y sillas del restaurante más caro de la plaza. 

La plaza desierta y la noche: símbolo de la soledad, el vacío que sigue a la falsa alegría comunal, el frío letargo que reemplaza al hormigueo de la multitud; siempre hay papeles, plásticos, restos de helados tirados, como otros tantos recordatorios de lo que el día y la vida han dejado atrás. Ya no se sabe escuchar. Ya no hay nadie que escuche a nadie. Solo la noche se escucha a sí misma.


                                            

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Viaje a Roma (4)





9 de agosto


Cada vez que entro en el metro de la Piazza della Repubblica y recorro sus pasillos donde se exponen, como si fuesen dioramas, los restos encontrados en el transcurso de su construcción, recuerdo las escenas de la película Roma de Fellini, donde el maestro de Rímini concibió aquellas impresionantes imágenes sobre las obras del metro. Bajar aquí no es lo mismo que bajar en el metro de Barcelona, Madrid, París, etc.


Roma encierra en su interior algo impalpable que no debe emerger, so pena de desvanecerse. Las exigencias de la modernidad a veces provocan contactos impuros con ese espíritu antiguo e infernal - y también inocente - que hay debajo, bajo las suelas de los zapatos. Emergen fragmentos, cuerpos mutilados, cabezas de estatuas, estatuas sin cabeza. Pero una villa completa, con sus misterios, sus espacios, sus rostros que miran directamente a los ojos del intruso, es una incongruencia.

Puede ocurrir en Pompeya y Herculano o en Stabia, en ciudades muertas y enterradas, que tienen la entraña preñada de improntas de cuerpos humanos y de ricas pinturas, casa completas, aceras, carteles, tiendas. Pero Roma tiene demasiados estratos, está demasiado corrompida por los siglos, atravesada por una vorágine que impide nuevas inmersiones. Además, una ciudad que ya en el siglo XVI tenía arqueólogos oficiales - el propio Rafael - ha acumulado tal cantidad de burocracia, pesan tanto los archivos de las antigüedades, los permisos de excavación, las restauraciones, que hasta las ruinas se aburren y prefieren seguir muertas a salir a la luz.


Creo avanzar en el traquetear del tren y la profunda oscuridad inamovible que se muestra a través de las ventanas me hace sentir que corre ciego, subterráneo, como una rauda catástrofe. Pienso en los ingenieros que visitan las obras del metro en la película de Fellini, que atraviesan galerías no solo de tierra sino también de legajos. ¿Y qué encuentran? Una maravilla tan frágil como cualquier cosa que se expone de pronto a la acción no del aire externo sino del tiempo, algo que ha permanecido al margen, como el vampiro en su tumba y que, al entrar de nuevo en el ciclo de las eras, se desvanece en ceniza y se borra.


Es un viaje alucinante a través del cuerpo y de los intestinos de la ciudad - reconstruido en Cinecittà -, de sus diversas capas, sepultadas como algo primitivo y antiguo en contraste con los elementos de la modernidad. La tarea del artista es comparable a la del arqueólogo y la del psiquiatra: excavar, bucear, explorar y revelar, sacar a la luz lo que ya estaba allí, para que, plasmándose en obra, materializándose, desaparezca como puras ideas, evocaciones, voces o imágenes sin cuerpo, condenadas a desvanecerse. Es el aire el que le da esa aureola al ámbito sagrado del arte, aunque también lo que contribuye a su disolución, a que se disperse como las cenizas.


Penetramos en ese lugar mítico del propio cuerpo, cesan los ruidos de las máquinas, llegamos al final del viaje a través del túnel del metro: un viaje que no puede ser sino interior, el bucear dentro de uno mismo, como gran aventura de la modernidad. Los valientes exploradores con máscara, iluminando las viscosas tinieblas con sus linternas, son por un momento hombres del futuro, marcianos enfrentados con los rostros de los legítimos habitantes del subsuelo, que les miran a su vez sorprendidos y airados, aunque guardan la compostura propia de toda imagen fija. Su desaparición es un suicidio como el de los patricios del Satyricon (1969). 


Me bajo en la parada del Coliseo y voy caminado por la Via dei Fori Imperiali que mandó construir el Duce destrozando gran parte del Foro. Me dirijo hacia el Capitolio. 


Estoy en la Piazza del Campidoglio y no tengo ningún deseo de ver museos. Me siento junto a la estatua del emperador Marco Aurelio cuyos pensamientos todavía me siguen guiando.

"Una buena manera de defenderte de ellos es no parecerte a ellos."

"¡Qué ridículo y extraño es quien se asombra por cualquier cosa que pase en la vida!"

"Todo es efímero: lo que recuerda y lo recordado."

""Pronto olvidarás todo; pronto te olvidarán a ti."

"Aunque explotes, seguirán haciendo lo mismo."

"Todo es igual: conocido por la experiencia, pasajero, de vil materia. Hoy ocurre todo como en la época de los que ya enterramos."

"El peor borracho de hoy sabe lo mismo que el mejor dios griego del pasado."

¡Menuda pifia! Esta última cita me parece que pertenece a Charles Bukowski. Bueno, tampoco le falta razón, y en cualquier caso, suena bien, y ese y no otro es el trabajo de la escritura, incluso del viaje. No van a tener solo la razón mil millones de turistas y la compañía aérea Vueling.


Me siento en un banco junto a una enorme estatua reclinada, una de las dos que representan el Nilo y el Tiber, en el Palazzo Senatorio. Estoy muy vago y tengo pocas ganas de caminar. Aquí mismo Edward Gibbon señala el momento exacto en que nació la idea de escribir su magnífica obra Decadencia y Caída del Imperio romano, y dice así: "Fue en Roma, el 15 de octubre de 1764, cuando me encontraba meditando entre las ruinas del Capitolio; mientras los frailes descalzos cantaban las vísperas en el Templo de Júpiter, surgió por primera vez en mi mente la idea de escribir sobre la decadencia y caída de la ciudad."

A mí no se me ocurre absolutamente nada.

Antes de dejar esta famosa plaza miro en el lado izquierdo donde se encuentra el Palazzo Nuovo y veo desde fuera la colosal estatua romana de Marforio, una deidad del río que sirvió de imagen para el cartel de la película La gran belleza (2013), de Paolo Sorrentino. 


Me dirijo con desgana a la parte de atrás del Ayuntamiento de Roma y contemplo desde las alturas el Foro Romano, verdadero corazón del Imperio romano durante mil años.


Ahora todo está en ruinas. Dice de nuevo Marco Aurelio: "El tiempo es como un río donde los acontecimientos son como una corriente impetuosa. Apenas se entrevé una cosa, ya es arrastrada; y también lo será la que ocupa su lugar", como esos turistas que recorren el Foro en estos momentos.


Acabo el día en el Campo dei Fiori junto a la estatua de Giordano Bruno. En este mismo lugar, hace más de cuatrocientos años, fue quemado vivo este ilustre pensador, hoy tristemente olvidado; llegó a escribir incluso una historia de ciencia ficción. Esta plaza está repleta de restaurantes caros y hay una librería que se llama Fahrenheit 451 en homenaje a la obra y figura del gran escritor norteamericano Ray Bradbury. Por lo visto esta noche la cosa va de fuegos. Entro y me compro un libro sobre Orson Welles. Quemo la noche en una de las terrazas y brindo por Giordano, Ray y Orson. A Nerón que le den.