sábado, 31 de octubre de 2015

Viaje a la oscuridad


Jean Rhys

Mi querida Jean Rhys; ¿sabías que escribir tantas veces la palabra desolación y no mencionar tu nombre resultaría inexcusable? Si hay un autor o autora que haya transmitido con más intensidad la angustia y el desconcierto de los momentos bajos y oscuros de la vida, sin duda, eres tú, la evanescente figura femenina que aparece, medio oculta, reflejada en los espejos rotos que componen la estructura, el hilo de tus historias.

Naciste en Dominica en 1894 y anduviste errando por Inglaterra y el resto de Europa desde los dieciséis años, dejando el rastro de tu encanto  frágil siempre a punto de perderte en hoteles baratos y bares de mala nota, animada por el alcohol y el dinero de tus amantes, de todos los dominadores del mundo, con el soplo de vida que te daba tu sensibilidad artística, y que se plasmó en media docena de estremecedores libros..., de esta vida errante  y triste es ya, desde luego, materia de novela.


Ciertamente, tú estás allí, en todas tus novelas y relatos y, con los fragmentos de tu vida está, sobre todo, el logro de tu inquieta, desoladora, sensibilidad. ¡Qué capacidad para transmitir el desamparo y el extraño arraigo que, pese a todo, produce la vida, la miserable vida arrastrada, con el borde de la pérdida de la conciencia y la dignidad! ¡Qué fuerza la que va empujando hacia la nada, la devastación, sin perder, sin embargo, el instinto, el valor de observar a los testigos del propio hundimiento y hacer surgir así una visión deformada y fugaz de la vida, pero poderosa y vibrante! Los escenarios y ambientes de Viaje a la oscuridad (1934) y de tus libros de relatos son abandonados en Ancho mar de los Sargazos (1967), donde nos trasladas a las Antillas, a la primera mitad del siglo XIX, para conocer el pasado de una enigmática heroína que pasa su vida en la sombra, estremeciendo desde allí a la protagonista y vencedora, en uno de los libros más leídos del XIX inglés, Jane Eyre, de Charlotte Brontë. 


Solo tú podías poner los ojos en la mujer loca y encerrada de Rochester, identificarte con ella, rescatarla para siempre, separarla del ambiente gris y rancio de la Inglaterra victoriana y de la atmósfera polvorienta en el que se mueven las institutrices que sueñan con ser amadas algún día imposible por el dueño de la casa, y dotarla a ella, a la mujer encerrada en el desván y cuyos aullidos irrumpen a veces en la noche, de una vida interior llena de luces y fragancias. La gran novela que con estos ingredientes hace Charlotte Brontë debe quizá mucho de su fuerza a la presencia torturada y amenazante de esta desdichada que, años más tarde, gracias a ti, se nos aproxima para irnos mostrando la raíz de su locura: la maldición del desarraigo, la condena al desamparo, la conciencia de haberlo perdido todo y estar obligada a sobrevivir en medio de la nada, la hostilidad, el hielo...


La fortuna en que tú cogías de la realidad los pequeños fragmentos que te afectaban, lo que más te dolían y los que te ayudaban a sobrevivir, parece tan ajustada a la misma fragmentación del dolor y las alegrías en el mundo que vivimos, tan cercana a la vivencia de la realidad que se nos ha ido imponiendo, casi objetibándose, que, al leer tus libros, no se puede evitar un estremecimiento... Tú, Jean Rhys viviste y descubriste algunos de los horrores que nos han ido cercando, haciéndose cotidianos: la irremediable soledad de los débiles, la degradación a que se ven sometidos los vencidos. Tu mirada, llena de desolación, es transparente, limpia, y a través de ella, la vida quebrada de tus errantes personajes femeninos se convierte en símbolo del resquebrajamiento de este perro mundo.


Sordidez, mezquindad, egoísmo..., éstos son los valores que van arrinconando a tus mujeres desamparadas, en quienes queda siempre un reducto de inocencia, una dulce necesidad de amar, un sueño al fin más vivo que el sopor que produce el exceso de alcohol en las largas madrugadas tras las que se amanece en camas prestadas, alquiladas, camas desconocidas. De ese sueño vivo, que ninguno de los hombres ni de las mujeres que rodean a tus heroínas supo ver en ellas, nacen tus libros, cargados de angustia, desolación y oscuridad, pero vencedores sobre la vida con las mismas armas con que la vida vence y pierde a tus heroínas. 


Nada es permanente salvo nuestras ilusiones, mi querida Jean, y de ti aprendí que la vida es un símbolo de la vanidad de todas las ilusiones con que el ser humano viene al mundo, y que si en un momento parece lograrse, luego se desvanecen en la absoluta inanidad de las cosas humanas. 

Te confieso que a veces ando cabizbajo y meditabundo por las calles con tu novela Viaje a la oscuridad bajo el brazo. Remuevo rescoldos, busco defectos y me hundo en la desesperación. Algunos de miran y sé que ellos también han cavado agujeros en vida. Se apodera de mí el abatimiento y la apatía. Me siento en un banco y como un niño para no ver tanta oscuridad, cierro los ojos.

Besos y un fuerte abrazo.



                                         

jueves, 29 de octubre de 2015

Contradicciones



"El mayor genio es el que lleva en sí mismo el mayor número de contradicciones."

Goethe

"La ciencia no me interesa. Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas que me son preciosas."

Luis Buñuel

Desde hace algún tiempo vengo observando el rechazo, el desdén de muchas personas contradictorias hacia otras por ser precisamente contradictorias. Confunden la contradicción con la superchería, y en la mayoría de los casos, no es así. Siguiendo la frase de Goethe me detengo en Luis Buñuel; uno de los grandes genios contradictorios que ha dado el siglo XX. 


"He estado siempre al lado de aquellos que buscan la verdad, pero los dejo cuando creen haberla encontrado", dijo Buñuel en más de una ocasión. Esta frase encierra una aparente contradicción; la hay también entre su vida y su obra, entre sus instintos y su conciencia. El propio cineasta lo reconocía así, manifestando haber llegado a sentirse a gusto en sus contradicciones. Dice en sus memorias: "He pasado toda mi vida bastante cómodamente entre múltiples contradicciones, sin intentar reducirlas. Forman parte de mí mismo, de mi ambigüedad natural y adquirida"Este es un arte difícil, que no aprendieron ni Kierkegäard, ni Unamuno, ni Kafka, angustiados en distintos grados a causa de las suyas. 

En busca de la verdad... ya lo dijo Heráclito: "Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorprende cuando la encuentras". La mayor paradoja del deseo no está en buscar siempre otra cosa: está en buscar la misma después de haberla encontrado.


Han pasado ya más de treinta años de su muerte y su espíritu sigue viviendo en sus películas. Me parece oportuno sumarme a los que no se limitan a analizar su filmografía o exponer su biografía, tareas ampliamente realizadas, y procurar poner en relación ambas para afrontar el misterio de sus contradicciones.

"Yo creo que la idea más sencilla, más directa, pero más difícil, es la de vivir con sus propias contradicciones. Es necesario aceptarlas."

E.M.Cioran, Conversaciones

Tal misterio es más que el de un artista de gran talento; constituye el enigma de la especie humana, incapaz hasta el presente de superar el contraste entre las primitivas y nuevas fuerzas que operan en ella. "Siempre en conflicto entre la vida irracional y los impulsos naturales", de nuevo, Buñuel.


Las creaciones cinematográficas de Buñuel expresan esas fuerzas, nos dicen que el hombre no responde enteramente en su conducta a sus ideas o a su fe; no es demócrata, socialista o cristiano, sino un animal atemorizado que trata de sobrevivir y de impedir que le arrebaten los demás la precaria felicidad que ha conseguido.

"Casi nunca hay correspondencia entre lo que realmente sentimos y lo que creemos que sentimos."

Alan Watts



Este atormentado y desconcertante principio de siglo que conforma nuestro tiempo, dicha expresión cobra más actualidad que hace cuarenta años, cuando se consagró a Buñuel como un genio oficial muy rentable en taquilla, pues parecen estar reproduciéndose todas las condiciones que originaron la respuesta artística buñueliana: pobreza, corrupción de los cuadros directivos de la sociedad, injusticia institucionalizada, concepción lúdica de la existencia, hedonismo y, sobre todo, subordinación de cualquier valor al de rentabilidad económica. 

En las cuatro primeras décadas del siglo pasado, condiciones semejantes llevaron a decisiones inspiradas por la desesperación cuyas consecuencias se tradujeron en millones de víctimas, ciudades destruidas y un pesimismo cultural desolador. Para dejar atrás para siempre todo eso hay que hacer algo más que condenarlo; es preciso entender el infernal proceso que lo produjo y que ha venido produciendo situaciones similares desde la noche de los tiempos.


Antes o después de que Platón quisiera sacarnos de la caverna, muchos han sido los pensadores y artistas que han entregado su vida a clarificar las contradicciones humanas, desde Heráclito y Lao-Tsé hasta Ortega y Sartre, pasando por Shakespeare, Cervantes, Hobbes, Van Gogh o Freud. Buñuel fue uno de esos extraños seres, casi siempre despreciados y combatidos antes de ser aceptados. Su biografía y sus películas establecieron una espontánea misión sobre la Tierra: contestar el error. Los caminos emprendidos y los resultados obtenidos son dispares y confusos, pero enormemente válidos, y a nosotros nos toca separar de ellos los hallazgos positivos, como al minero la ganga de la mena.

"Uno es el margen donde conviven tendencias contradictorias."

Salvadro Pániker, Cuaderno amarillo


Refutar a Buñuel o glorificarlo son actitudes por igual imprecisas. Descifrarlo, en cambio, incluso por encima de lo que Buñuel creía de sí mismo, es una operación tremendamente fértil. Nos ayudará a describir el proceso de que he hablado antes y que nos condena a repetir una y otra vez dramas que podríamos evitar.

Buñuel tenía dos caras, exactamente como el Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, como todos los hombres, muchos de los cuales, incluso - y así lo reveló Pirandello - llevan más de dos seres dentro de sí: seis, diez, cien... Buñuel consiguió dar cierta unidad y coherencia a su conducta externa, pero nunca a su imaginación, cuya libertad era ilimitada. Por desgracia, lo que Buñuel pensó o soñó, y no hizo, otros sí lo han hecho y hacen; de manera que la sociedad puede analizarse en la intimidad de nuestro genial director, que tenía la obsesión patológica de la puntualidad.

"La puntualidad es la moral externa de los hombres, moralidad contradictoria."

Francisco Umbral


Buñuel empezó siendo un autor minoritario, casi maldito, y hoy vuelve a serlo para el espectador medio, en nuestra sociedad (aunque no lo parezca) alegre y confiada que nada quiere saber de olvidados, idealistas, sacerdotes coherentes y santos subidos a una columna. Esta sociedad que, en este principio de siglo, parece encaminarse, a ritmo de rock, a una situación parecida a la de los principios de la centuria pretérita, cuando Buñuel incubó lo que después habría de ser la contradicción. "¡Qué época diabólica la nuestra!", sentenció una vez el genio de Calanda en una larga entrevista:  Luis Buñuel: prohibido asomarse al exterior, de José de la Colina y Tomás Pérez Turrent: "Yo volvería encantado a la Edad Media, siempre que fuese antes de la Gran Peste del siglo XIV"


Cuando su salud empezó a resentirse y ya ensimismado, como todos los ancianos, no deseaba que el eterno retorno budista-nitzscheano resultara cierto. Aunque su vida puede considerarse satisfactoria, no quería regresar a este perro mundo. "Así es como quisiera morir, sabiendo que esta vez no volveré". Pero esto no acaba aquí. En Mi últimos suspiro (Memorias), dice al final de este ejemplar libro: "Una cosa lamento: no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como en medio de un folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que suceda después de la muerte no existía antaño, o existía menos, en un mundo que no cambiaba apenas. Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizante de la tumba".

Luego exigió que fuera incinerado. Está claro, si no nos contradecimos,  más vale que nos internen.




                                          

miércoles, 28 de octubre de 2015

Un señor formal, enlutado y con bombín





La paloma de azúcar o de estopa es la paloma/antifaz del caballero de bombín, el enlutado caballero que lleva luto por todos nosotros y se cubre con un bombín u hongo negro que es como el uniforme de todos los buenos burgueses del país más burgués de Europa, Bélgica. El antifaz/paloma, sí, es la impersonalidad del hombre feliz, cuya paz burguesa alteró René Magritte con roturas de vidrios en el paisaje y bellas cabezas de escayola que sangran por una sien.




René es un pensamiento en imágenes. René es "el buen burgués" que llora el día en que visita la casa de Edgar Allan Poe. Ambos eran Escorpión, pero René no lloraba por eso. Asimismo, compartían la devoción por Lautréamont. René llega a ilustrar Los cantos de Maldoror. En principio parece que no pega, pero el surrealismo ordenado y sereno del belga puede subvertir el mundo con la misma eficacia que el piano de serruchos del poeta maldito.



René parece un empleado de Banca que a la salida del trabajo se reúne a jugar el bridge surrealista con Aragon, Max Ernst, Eluard, Marcel Duchamp, Man Ray y Dalí, pero Breton, siempre excomulgante, le omite en su libro El surrealismo y la pintura, 1928.


Andre Breton

El belga expone tres cuadros triunfantes en Nueva York, pero no pierde nunca su aspecto de buen burgués que pasa por la vida soplando la ceniza de los ceniceros y mandando sus chalecos a la tintorería, o mejor llevándolos él mismo. Pero quien más le debe a René son los maestros del diseño y el cartelismo, el pop, la poesía virtual y el arte objetual. René realiza objetos plásticos de extraña y serena imposibilidad. En él, la jarra no "jarrea", como en Heidegger, sino que es como el revés de la jarra o de la pipa, Esto no es una pipa, la negación del objeto como herramienta humana, el alma misteriosa y rebelde de las cosas, porque a las cosas domésticas les ha contagiado el gato su condición hierática, ociosa, hostil al hombre, enigmática.


Porque todo eso llevaba el señor formal y enlutado, aquel tipo correcto que daba conferencias y escribió ensayos, que era algo así como el Paul Valery de la pintura y que nunca perdió los modales en la orgía surrealista. Su madre se suicidó tirándose al río, y luego hallaron el cuerpo con la camisa enrollada en la cabeza. Esa imagen surreal en sí, esa madre sin cabeza, o embozada en la muerte, incógnita, es sin duda la total inspiración donde vemos una mujer sin cabeza, pero en la que más despacio distinguimos otra mujer sin cabeza. Esta obra sería la expresión más directa de lo que tenía dentro el cerebro de René, pero uno cree que la transformación de la realidad doméstica en espanto y misterio caló mucho más profundamente en el alma de René. Ya para siempre juega a introducir lentamente el terror en los interiores tranquilos, en las tardes dominicales frente al bosque, de modo que nunca sabemos si la catástrofe está dentro o fuera. 


El gran pintor altera un factor mínimo de la realidad, con lo que todo el simétrico conjunto se desnivela, y así adquirimos conciencia de que el bienestar de la clase media alta no es sino un delicado equilibrio acechando por todos los peligros del sinsentido, el cáncer y el suicidio. Esto ocurre en esas ciudades levantadas sobre una gran roca suspensa en el vacío del horror; vestido siempre de peatonal y dominical belga en la pacífica Bruselas, en Brujas la muerta (del otro belga poeta y novelista Georges Rodenbach).


Así como el surrealismo en general trastorna el mundo desde el sueño y la belleza desde la pesadilla, a René le basta con alterar un pico de mantel, una cristalera, un espejo, para que la inquietud, el terror relativo de las cosas penetre nuestras vidas, como en Graham Greene o Patricia Higsmith. Muy cerca de lo policíaco y la antinovela, el intento de René, sin embargo, es lírico. El lirismo de nuestro señor formal cuando hace llover cientos de señores formales sobre su siempre lluviosa ciudad, o cientos de verticales barras de pan del desayuno. René o la subversión de lo cotidiano. Aunque él nunca renunció a ser uno más de esa multitud, en realidad la está ironizando, la está denunciando.


Lo que hace René en pintura con Bruselas es lo que hace Pessoa en verso y prosa con Lisboa. Son dos poetas subversivos disfrazados de contables. Su mujer, Georgette, tiene un aborto, y el pintor, de acuerdo con ella, decide renunciar a la experiencia de la paternidad. Teme por la vida de Georgette. No quiere repetir la escena de la mujer desnuda y muerta, con la camisa arrollada a la cabeza. Sería otra vez la misma muerta y la misma camisa. La naturaleza imita al arte, pero no debe imitar el arte de René concretamente. Su mundo fue apacible y sin complicidades, pero tuvo que hacer ilustraciones y posters para vivir.


René es el antisurrealista que viste de grandes almacenes, como su amigo Joan Miró, porque tiene horror al folclore de los surrealistas y pretende pasar inadvertido. Su paisano Paul Delvaux hace un surrealismo más directo y más lírico, con sus mujeres desnudas en populosas estaciones nocturnas, pero lo de René es una interiorización del espanto, una puesta en cuestión de la verdad clásica y tradicional. René es un relativista como Einstein. La línea de la realidad puede quebrarse en cualquier momento.


Lo más curioso de todo es que el gran René es popular, y lo es porque sus cuadros tienen anécdota. El pequeño sinsentido que recogen equivale a un chiste serio para el público. El sentido de ese chiste (puesta en cuestión del orden y la realidad) es lo que ya no todo el mundo capta. En René hay sorpresa antes que calidad, y la sorpresa es lo que le ha hecho el más conocido de los surrealistas. Él, que quería ser un genio de traje gris.


Hombre de las multitudes, como Poe y Baudelaire, se disfraza de multitud con sus ternos y sus bombines. Nos da el eterno domingo de Europa, burguesazo y aburrido (que en el fondo ama), y al atardecer introduce el caos silencioso en los comedores, las calles vacías y las mujeres anónimas. Hay algo en él del detectivismo de su paisano Georges Simenon: cotidianidad, provincialismo, felicidad de la clase media con el absurdo a la vista. Miramos el cuadro y nos preguntamos, como en la novela del gran Simenon: "Sí, todo muy bien, pero ¿dónde está el crimen?".


lunes, 26 de octubre de 2015

Algunas palabras para el viejo Sam Shepard




Y al final de todo nuestro explicar
será llegar adonde empezamos
Y conocer el lugar por vez primera.

T. S. Eliot

Ya ves, amigo Sam, la mayor paradoja del deseo no está en buscar otra cosa: está en buscar la misma después de haberla encontrado. Menuda mierda. La vida no es lo que uno quiere que sea. Antes al contrario, la vida es la que le hace a uno; las circunstancias de la vida se estrechan a tu alrededor, cercándote, obligándote implacablemente a concretarse. No sé, en esto y otras cosas estaba yo pensando, cuando de repente dejé de sentir el menor deseo de seguir trabajando. Coloqué la cabeza entre las manos y permanecí allí, sentado, mientras los años regresaban a mi memoria: años llenos de vacío, de desagradables esfuerzos que no habían sido recompensados en absoluto. "Lo malo es lo cierto", escribió Larra, y "El secreto de la felicidad es darse cuenta de que la vida es horrible, horrible, horrible", según Bertrand Rusell. Con toda esta porquería en la cabeza se añade lo que te ocurrió hace pocos meses: fuiste detenido por conducir borracho. Pero recuerdo también que te detuvieron en 2009 por exceso de velocidad y llevar en las venas más alcohol que sangre. Borrachera y velocidad. Huida. La vida nos permite soñar mucho y luego no nos da tanto. Lo más notable, amigo Sam, es que nadie va a ninguna parte. Estamos perdidos en el vacío; no sabemos dónde estamos. "Nos aterrorizan y aplastan las trivialidades, nos devora la nada", decía Bukowski; el viejo Hank es siempre la misma mierda. Nosotros también. Por eso nos gusta. 


Tus detenciones por tus borracheras y excesos de velocidad me hacen recordar que aún sigues siendo el cronista de la América más desolada y profunda; que eres uno de los últimos creadores de espíritu auténticamente renacentista. Desde tu debut, en 1964, con Cowboys; precisamente el país que describes en tus brillantes relatos; el viaje y los sentimientos: país de cowboys inquietos e inquietantes, de hamburgueserías y gasolineras en medio de la nada, una América que es puro paisaje fronterizo, más allá del cual no hay adónde ir, o adónde huir. Nada se parece tanto a la vida de la nueva humanidad como un reportaje publicitario del cual se ha retirado toda huella del producto anunciado.  El mundo es feo y todo está roto. Nuestra civilización padece un agotamiento vital. El abatimiento y la apatía reina por doquier y el mundo es una franquicia en declive, una versión de saldo de cualquier ideología. 


¿Sabes lo que pienso de América?, que no tiene nada fascinante, todo es práctico, pragmático, en función de la ganancia rápida. Aquel que mire a América verá que la nave se mueve a fuerza de estupidez, corrupción o prejuicios. "América es una gran payasada", dijo Walter Benjamin. Todo se reduce a soportar lo insoportable en esta civilización rancia y moribunda, amigo. Y yo vivo en un país zaragatero y triste. Al menos que la vida sea un sueño, nada tiene sentido. Pues, como realidad, es un fracaso en toda regla.


Has escritos más de cuarenta obras de teatro, obteniendo el Pulitzer y el Oble y se te considera el dramaturgo americano más importante desde Tennessee Williams. Locos de amor fue llevada al cine por Robert Altman. También eres un excelente actor, nominado para el Oscar por tu papel Elegidos para la gloria (1983), de Philip Kaufman. Has escrito los guiones de películas tan definitivas como Zabriskie Point (1970), de Michelangelo Antonioni y París, Texas (1984), de Wim Wenders, y fuiste el líder de un grupo de rock, los Holy Modal Rounders. Te convertiste en un mito en los 80: colaborador de Dylan, los Stone y de Patti Smith.


Estuviste casado con Jessica Lange y tu colaboración con Bob Dylan en el álbum Knocked Out Loaded (noquedado pesadamente) me parece genial, sobre todo ese maravilloso tema titulado Brownsville Girl, que es una preciosa balada recitada por el último pistolero que ya no tiene cabida en el mundo moderno. 


Libros como Crónicas de motel, Cruzando el paraíso o El gran sueño del paraíso, están repletos de personajes ambiguos balanceándose entre imaginarios pasados heroicos y acerbas realidades. Personajes que cabalgan verbalmente a través de los escombros del Oeste, en busca de sus identidades y de sus raíces familiares, que han desaparecido con el escenario de leyenda. Y, al no encontrar lo que buscan, utilizan sus sueños como armas arrojadizas. Quizá sea así como hay que leerte, como una travesía por el paraíso perdido de la propia vida que va quedando atrás. El gran sueño americano devenido pesadilla. Amigo Sam, la mejoría no es más que un pasajero temblor hacia arriba en una gráfica siempre descendiente, y nunca estamos salvados ni condenados y todos moriremos "en algún lugar de lo inacabado", como dijo Rilke.

No sé si este texto tiene algún sentido, Sam.




                       

sábado, 24 de octubre de 2015

Mi amor por Anna Magnani

                                   




















Mi queridísima Anna; no sabes las ganas que tenía de escribirte una carta. Sí, me sonrojo, porque siempre he estado enamorado de ti, pero vamos a ponernos un poco serios. No fuiste tanto una actriz como un fenómeno de la clase que solo es capaz de producir un medio como el cine. Debes figurar entre los grandes nombres de la historia del cine, junto a los de Garbo y Keaton, que, a pesar de ser actores antes de incorporarse al cine, no hubieran llegado a ser nunca famosos de no haberlo hecho. Tú habías estudiado en la escuela dramática de Eleonora Duse, pero tu reputación en Italia parecía destinada a verse limitada al music-hall, e incluso al tipo de music-hall que triunfaba en la Italia de los años 20. Es posible que no hubieses salido nunca de él de no ser por un genio del cine que tuvo la inteligencia suficiente como para darte un papel dramático en la película que estaba rodando. Se trataba de la historia de un miembro de la resistencia y de un sacerdote asesinados por los nazis en la Roma ocupada de 1944. La película era Roma, ciudad abierta (1945) y el director Roberto Rossellini.


En la leyenda, te convertiste en tan romana como la loba del Capitolio o el propio Coliseo, pero tus biógrafos no están tan seguros de si naciste en Roma en 1908 o en Alejandría en 1903. Te indignabas siempre mucho cuando se te sugería que no eras "romana de verdad". Sin embargo, tu nacimiento está rodeado de misterios. Tu padre, o al menos el marido de tu madre, era egipcio. Tu madre había nacido en Rimini (el lugar mítico inventado por Federico Fellini). Pero que nacieras  en Roma o Alejandría no tiene en realidad la menor importancia. Cualquiera de esas ciudades, cada una de ellas sede de una gran cultura mediterránea, te da las credenciales necesarias para crear a tu alrededor una aureola de romanticismo. Pero qué guapa estás, jodida, con o sin arrugas.


En el cine, tus aventuras comenzaron con un típico melodrama de la época, La ciega de Sorrento (1934). Tu segundo papel cinematográfico te fue ofrecido dos años después por Goffredo Alessandrini, que posteriormente se convertiría en tu marido (¡qué rabia!). La película fue Caballería (1936), y, después del rodaje, Alessandrini te dijo que no dabas bien en cine. ¿Qué podías esperar de un tipo que se hacía llamar Goffredo? Desanimada por este estúpido juicio, volviste a los escenarios, especialmente a los de music-hall, y, aparte de unas cuantas apariciones en la pantalla para ganar algo de dinero, no volviste a hacer nada importante en el cine. Te estuve buscando por todas las calles de Roma, querida Anna. 


En 1941, Vittorio de Sica, un actor famoso y admirado convertido en director, te dio un papel de artista de music-hall en Nacida en viernes, uno de tus primeros intentos de ser dirigida "en serio". La película hizo que se fijase en ella un intelectual milanés que estaba, asimismo, a punto de entrar en el mundo del cine, Luchino Visconti. Deseaba transformar una sórdida novela americana de adulterio y asesinato titulada El cartero siempre llama dos veces en un drama crudo y naturalista, en una tragedia típicamente italiana, Ossessione  (1942). Visconti tuvo la intuición suficiente para darse cuenta de que tú eras una actriz adecuada para el nuevo estilo neorrealista que estaba empezando a surgir en el cine de tu país, y quiso que fueses tú la estrella de la película. ¡Bien por Luchino! Pero, ay, querida Anna. Esto al final no pudo ser, porque en aquellos precisos momentos estabas embarazada del galán de turno, el más guapo de la pantalla italiana, el The Fucking Master of the Universe Massimo Serrato, por lo que el papel fue a parar a Clara Calamai. Ay, ay.


Aunque no interpretaste Ossessione, que es considerada como la primera piedra de la escuela neorrealista, te convertiste en el modelo de mujer italiana, vital y desgarrada, en Roma, ciudad abierta, la película que mostraría  al mundo lo que estaba ocurriendo en la Italia que había sido capaz de resistir y superar las humillaciones del régimen neoimperialista de Mussolini y las bárbaras influencias de las hordas nazis. La escena en la que corres y gritas por las calles de Roma mientras los nazis se llevan a tu marido en un camión, antes de caer bajo los disparos de un soldado alemán, sigue siendo no solo la imagen más vívida del neorrealismo, sino también un documento, la imagen de toda una época.


Tu posterior interpretación en Bellíssima (1951), de nuevo Visconti, confirmaba tu carácter de heroína capaz de traspasar la pantalla como no podría hacerlo jamás ninguna heroína de las páginas de un libro. El novelista italiano Corrado Alvaro escribió lo siguiente acerca de tu interpretación de Maddalena Cecconi, la madre romana que desea que su hija sea elegida como la más bella:

"La protagonista pasa de la ternura doméstica al delicado subterfugio de un idilio sentimental apenas esbozado, de la ira y la desesperación a la risa y los gestos cómicos, ofreciéndonos una vez más el retrato realista y profundamente humano de una mujer italiana más pagana que cristiana, chillona, prepotente y extrovertida."


Como no quiero ser menos que ese Corrado te digo que "la exuberante actriz que llegó a convertirse en el modelo cinematográfico de la mujer y madre italiana: deslenguada, ruda y gesticulante, pero también sexy, carnal y capaz de grandes pasiones". Qué, ¿te ha gustado?

Tu enorme capacidad para la contención y el matiz algo muy poco frecuente en los actores de tu país, contrastaba para interpretar este papel en Bellíssima. En el teatro, en el montaje de Franco Zeffirelli de La loba (1964-65), de Giovanni Verga, conseguiste mantener el equilibrio entre la ampulosidad y el realismo, pero te negaste siempre a aceptar papeles como los de Cleopatra o Madre Corage. Tennessee Williams escribió para ti La rosa tatuada (1955), con la que conseguiste un Oscar, a pesar de no haberte sentido en absoluto cómoda viviendo y trabajando en Hollywood. Te negaste a interpretar en Broadway El descenso de Orfeo, que Tennessee también había escrito para ti, pero accediste a trabajar en la adaptación cinematográfica de Piel de serpiente (1960), de de Sidney Lumet y coprotagonizada por Marlon Brando, al que calificaste de "sádico y egocéntrico"

Hollywood te ofreció otros muchos papeles, pero rechazaste la mayoría de ellos, y solo rodaste dos películas americanas más, Viento salvaje (1957), de George Cukor, y El secreto de Santa Vittoria (1969), al lado de Anthony Quinn.


Querida Anna, se te recordará, sobre todo, por las películas italianas que rodaste a continuación de Roma, ciudad abierta, tales como Noble gesta (1947), de Luigi Zampa o L' Amore (1948), la película en dos partes que Rossellini consagró a tu arte. En ella interpretabas el monólogo de cuarenta minutos La voz humana, de Cocteau, y la parábola realista de El milagro, que llevaba la impronta de su guionista, Federico Fellini.


Las otras películas que hiciste fueron, sobre todo, vehículos para tu lucimiento, a pesar de estar, en algunos casos, realizadas por grandes directores. Pienso, por ejemplo, en La carroza de oro (1952), de Jean Renoir, o en Mamma Roma (1962), de Pier Paolo Passolini. Ay, recuerdo la noche en que dejaste este perro mundo (en septiembre de 1973), una cadena de televisión italiana había programado por casualidad una de las películas televisivas que interpretaste, Correva, l' Anno di Grazia 1870 (1971), un título pedestre y poco interesante filmado por Alfredo Ciannetti, al que solo daba brillantez tu presencia en uno de tus acostumbrados papeles de mujer "pagana".


Pero tu verdadero canto del cisne se produjo en las calles de Roma en la breve escena de la Roma, de Fellini (1972), en la que un equipo de televisión te entrevistaba a la puerta del palacio romano en el que pasaste la mayor parte de tu vida. Al igual que las restantes personalidades interrogadas sobre qué significaba Roma para ellas, tú, Anna Magnani, tenías la respuesta preparada. Luego cerrabas la puerta del palacio Alteri, dándole con ella a Fellini, y a todos nosotros, en las narices, de manera cariñosamente ruda y, como siempre llena de humanidad.

Te quiero, Anna.