martes, 31 de mayo de 2016

Cabecitas locas


"El amor es un sucedáneo de un conocimiento que no podemos alcanzar y reemplaza una posesión por un espasmo. Pero ese relámpago no ilumina nada."

Paul Valéry 

"Siempre he intentado vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda no deja de golpear sus muros y amenaza con tirarla abajo."

Gustave Flaubert


Se entiende por bovarismo el estado de insatisfacción de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y aspiraciones (a menudo desproporcionadas a sus propias posibilidades) y la realidad, que suele frustrarlas.

Madame Bovary (1857), de Gustave Flaubert no es una novela sobre el amor, sino sobre el matrimonio. También sobre el aburrimiento (valga la redundancia). La obra trata de la vida en provincias y de la mediocridad de la rutina matrimonial. Y de la fantasía, la infelicidad y la pasión. La gran novela de Flaubert muestra que el ideal burgués de la unión matrimonial no siempre supone una garantía para la felicidad personal. El amor es todo lo que no se tiene.

La heroína es la cabecita loca de Emma Bovary. Casada con el bondadoso pero irremediablemente aburrido médico rural Charles Bovary, se percata, ya en los primeros días tras el bodorrio, de que la suya no es la existencia que se había imaginado. Emma tiene un concepto de la vida que no alcanza a cubrir con la cotidianidad pequeño burguesa en la que vive. Ay, mi querida Emma, las mujeres más fascinantes pierden siempre algo cuando se conoce a sus maridos. En fin. El amor implica desencanto y capacidad de fijar la nada.



Sus ideas vienen de las sentimentales novelas de amor que ha leído en el colegio religioso. Son historietas en las que las protagonistas se desvanecen o se arrojan en brazos de hombres arrebatadores, en las que se susurran juramentos bajo la luz de la luna, en las que los virtuosos valores rescatan a las mujeres de rudos villanos, en las que todos galopan a caballo de aquí para allá y en las que las damas reciben en secreto cartas cuidadosamente dobladas. Las historias transportan al lector a mundos exóticos y paisajes fantásticos, vagas evocaciones del aire medieval y de Oriente, es decir, que el amor es un pacto de dos contra el resto del mundo.



Cuando Emma advierte que tras su boda no se encuentra en la terraza de una villa italiana o de un chalet suizo en compañía de un esposo deslumbrante, sino que se halla en una pequeña ciudad de mierda carente de importancia, empieza a aburrirse. El amor hace creer siempre en aquello en que más habría que dudar.



La pobre cabecita loca de Emma se pasa semanas enteras sentada delante de la chimenea o mirando por la ventana. La sirvienta se ocupa de las tareas domésticas, una nodriza atiende a su pequeña hija. No le interesa siquiera tocar el piano, ya que nadie lo escucha. En vez de tener a su lado un marido que le inspire y le dé caña, las veladas transcurren junto al aburrido Charles Bovary. "Amor: solo una eternidad que no se alcanza", dijo Shelley.



Su atolondrado esposo la idolatra, pero por las noches regresa a casa agotado de sus visitas a los lechos de los campesinos enfermos que despiden olor a pus. "El amor es la ocupación de los desocupados", Antístenes. Charles dedica a su mujer rutinarias muestras de cariño, poco a poco va engordando, abandona los buenos modales en la mesa, descuida su forma de vestir, en la cama se aleja rodando y ronca, en fin, que el genio de Flaubert muestra, por vez primera en la literatura, la monotonía de un matrimonio burgués tradicional, en el que el reparto de roles conduce a que el hombre tenga una ocupación, mientras que la mujer solo tiene expectativas. El amor hace pasar el tiempo y el tiempo hace pasar el amor.



Charles pone nerviosa a su mujer. Emma desprecia su falta de éxito profesional, su vulgaridad y su comportamiento pueblerino. Tampoco a los ojos del lector Charles Bovary se muestra precisamente como un héroe. Pero su candidez rayana en la necedad no llegamos a menospreciarlo tanto como su esposa. "El matrimonio no es ya una cárcel, es un manicomio", Federico Fellini.

De puro aburrimiento, Emma comienza a gastar enormes cantidades de dinero en un comercio de modas. Intenta sofocar su melancolía recorriendo con un dedo un plano callejero de París. Finalmente cae en una depresión. A Charles, sobrepasado, no se le ocurre otra solución que proponer un cambio de clima y mudarse. El placer del amor solo dura un instante, dijo un clásico escarmentado, pero el dolor del amor dura toda la vida.



Venga, sigamos. En Yonville, su nuevo hogar, Emma conoce a León, joven empleado de notaría. Emma se consume ceremoniosamente en el adulterio, pero no lo provoca todavía. Entonces, entra en escena un empalmado rico propietario de la zona con el evocador nombre de Rodolphe Boulanger de La Huchette. El tunante Rodolphe encarna ese mundo de lujos y de goces eróticos que la cabecita loca de Emma ansía, por lo que resulta fácil seducirla con un par de gastadas frases hechas. El célebre pasaje de la seducción tiene lugar durante la celebración de una feria agropecuaria. Mientras los notables del lugar pronuncian sus rimbombantes discursos, el empalmado Rodolphe conquista el corazón de Emma recurriendo a sus técnicas profesionales. Flaubert refleja este episodio intercalando breves cortes narrativos: en la descripción del acto de seducción se insertan una y otra vez las voces de los oradores. Es una técnica moderna que nos resulta conocida por el cine. Se trata de cortes muy rápidos que ponen de manifiesto que dos acciones transcurren en paralelo. El amor es siempre urgente. Cuando el amor se demora es ya otra cosa.



Emma se lanza con entusiasmo a vivir el romance con el picha brava de Rodolphe. Todos sus sueños se convierten en realidad y se imagina a sí misma como la heroína de una de las historias de amor que ha leído. Pero el affaire tiene un brusco final cuando Emma, siguiendo el ejemplo de sus novelas, planea una dramática fuga. El crápula de Rodolphe aprovecha la ocasión para escapar de Emma y la deja plantada. A este paso estoy contando toda la novela y poniendo más spoilers que pelos tenía en la cabeza Flaubert. Bueno, creo que Gustave era calvo. Pues entonces tranquilo. "No esclavice, señora, mi corazón con angustias y penas", Safo.

Emma se reencuentra con el huevón de León en una velada en el teatro de Ruán. Con una ingenuidad que resulta hasta cómica, Charles le propone a su esposa que se quede en la ciudad unos días sin él. León se convierte en el segundo amante de Emma. Charles cree que su mujer toma clases de piano, cuando en realidad se cita con León. Pero la pasión entre ambos no dura mucho. Pronto la melancolía de la vida matrimonial impregna también el adulterio. Como Emma no puede pagar las deudas de los vestidos que ha comprado, les embargan las posesiones a los Bovary. Presa del pánico, la cabecita loca de Emma considera el suicidio como única salida. Se suicida con arsénico... Un precipicio de los días, un sobrante de hogar que festonea de abandono y polvo el fracaso de nuestra vida. Nunca amamos a nadie. Amamos, tan solamente, a la idea que nos hacemos de alguien. Es a un concepto nuestro, en suma, a nosotros mismos, a lo que amamos. El amor no tiene explicación razonable. "Amor, amor, catástrofe del mundo", La Rochefoucaluld. Ay, el amor, cabecita loca. Emma de mis amores.



Resulta irónico que el momento de la muerte de Emma sea también el más grande de su vida. En su agonía solicita un espejo para contemplarse, deja caer algunas lágrimas y se vuelve a hundir en su almohadón. Aun frente a la muerte, Emma adopta el gesto de una de aquellas heroínas convalecientes cuyo sino sentimental le había servido de modelo para su propia vida. Pero al instante siguiente sufre terribles dolores y se retuerce en su lucha con la muerte. Ahora experimenta la vida de la forma más brutal,  lejos de una novela, en carne y hueso. "¿Adónde va el amor cuando se olvida?" preguntaba Cernuda. A un lugar solitario. ¿Cómo se puede decir a alguien "Te amo", esas cosas son demasiado frágiles para ser encerradas en un enunciado; el propio enunciado las destruye.



El ideal del amor en el matrimonio burgués estaba fuertemente cimentado en la cultura europea del siglo XIX. Cuando más grande eran las expectativas, más propenso se era a las inevitables decepciones que sobrevenían cuando la vida cotidiana se revelaba escasamente romántica. El matrimonio con Charles fue para Emma un amargo choque con la realidad, del que intentó evadirse: primero, refugiándose en el mundo de las novelas, más tarde, procurando aventuras amorosas. Pero, a diferencia de lo que sucedía entre la nobleza del Antiguo Régimen, en el siglo XIX la sociedad ya no considera aceptables estos amoríos. Especialmente entre las mujeres, puesto que comporta atraer sobre sí el desprecio social como "adúlteras". Por otro lado, el matrimonio es una institución tan poco propicia para la pasión en el siglo XIX como lo era en el XVII. Sin embargo, ya no existe un espacio adecuado para el puro deseo: ni encaja especialmente bien dentro del matrimonio, ni se permite su vivencia fuera de él. El único lugar donde puede sobrevivir la pasión es dentro de las novelas: en las obras mediocres que lee Emma y en obras maestras como Madame Bovary, Anna Karénina donde se dice nada más empezar la novela: "Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera", o Almas rezagadas, de Edith Wharton en donde se dice: "Sabes, creo que empiezo a comprender para qué sirve el matrimonio. Es para mantener a las personas separadas" o, si queremos ponernos más modernos todavía, en el maravilloso relato del viejo Woody Allen, el maestro de los matrimonios paranoicos del siglo XX y XXI, El experimento del profesor Kugelmass; aquí nos encontramos con una historia que involucra a un profesor mediocre del siglo pasado con la mismísima Madame Bovary como amante, y la situación extraña que supone tener citas con un personaje literario. Lo dijo Bukowski: "De nuevo estaba enamorado. Estaba en problemas."



lunes, 30 de mayo de 2016

Señoras y señores ¡Gloria Swanson!



Gloria Swanson fue y sigue siendo una leyenda del cine. Sobrevivió a los rigores de una vida de superestrella, amasó y perdió grandes fortunas, se casó repetidas veces y trabajó con los nombres más importantes de Hollywood. Fue ingeniosa, elegante, encantadora, inteligente y uno de los personajes más buscados y apreciados del cine del pasado.

La gente identifica siempre a Gloria Swanson con Norma Desmond, la enloquecida ex estrella de cine que interpretó en esa obra maestra titulada Sunset Boulevard (1950), de Billy Wilder; pues, al igual que ella, la Swanson fue una de las grandes estrellas del mundo, dirigida por Cecil B. De Mille y Erich von Stroheim (que aparecen los dos en la película como figuras del pasado de Norma Desmond). Por si fuera poco, el fragmento que vemos en la película de La reina de Kelly (1928), pertenece a una película realmente realizada por Strohiem y para la productora de la Swanson. De ese modo, la identificación resulta completa; con la única diferencia de que Norma Desmond vive en el pasado y está totalmente desconectada del mundo moderno, mientras que la Swanson era una figura del presente, una triunfante mujer de negocios, una actriz que, a pesar de su avanzada edad, seguía trabajando regularmente en el teatro y el cine, una ardiente defensora de la comida macrobiótica y miembro destacado de la llamada "jet set".


No obstante, Sunset Boulevard fue indudablemente la película que la convirtió en una figura conocida entre el público contemporáneo, así como la que contiene su mejor interpretación, debido a que, en conjunto, es la de mayor calidad de toda su larga carrera. Se trata también del "comeback" más famoso y espectacular de toda la Historia del Cine; pues, en 1950, la Swanson solo había intervenido en tres películas durante los últimos diecisiete años, y su último éxito había sido La intrusa (1929). De repente se encontró con un papel por el que la mayoría de las actrices hubiesen vendido su alma al diablo, y se adueñó de él con tanto ímpetu y deleite que lo convirtió en suyo, hasta el punto de que se la llegase a identificar con él.



La auténtica Gloria Swanson no tenía nada de personaje trágico, como Norma Desmond, y había destacado, sobre todo, como actriz ligera y de comedia. Era también famosa por la forma en que lucía el vestuario, y cuando los guionistas no le ofrecían un papel al que se le pudiera hincar realmente el diente, la Swanson conseguía dejar sin respiración a los espectadores, apareciendo con algún suntuoso vestido.

Según ella, nació en Chicago el 27 de marzo de 1899, aunque otras fuentes de información afirman que tenía varios años más de los que confesaba. Se crió fundamentalmente el Florida, donde su padre trabajaba para el ejército, y volvió a Chicago justo a tiempo para ser descubierta por la Essanay cuando tenía solo 15 años. Se sometió a una prueba para Chaplin, pero éste la rechazó, diciendo que le faltaba sentido de lo cómico, y quizá también debido a que se le parecía físicamente mucho, como demuestra la impresionante escena de Sunset Boulevard en la que la gran Gloria Swanson aparece disfrazada de Charlot.


                                           

Camino de Filipinas, donde iba a reunirse con su padre, ella y su madre se detuvieron en Los Angeles. Decidió probar suerte en los estudios de dicha ciudad, y casi de inmediato, consiguió papeles destacados, algunos de ellos en películas interpretadas por Wallace Beery, con el que se casó en 1916. La mayoría de sus primeras películas en Hollywood fueron cortos cómicos de Mack Sennett. Ella misma dijo que deseaba tanto interpretar papeles dramáticos que lo hacía en serio incluso en esas películas disparatadamente cómicas, sin darse cuenta de que era precisamente su seriedad lo que hacía que el efecto final resultase más divertido. En 1917 decidió alejarse de la órbita de Sennett y se encontró trabajando para otro estudio, Triangle, en el que interpretó numerosos papeles dramáticos en películas sobre problemas matrimoniales y amorosos, y en la mayoría de ellas trabajó junto a su antiguo compañero en las películas de Sennett, el juvenil Bobby Vernon.


Aunque podía interpretar finalmente dramas, se sentía incómoda con las limitaciones impuestas por la Triangle y se mostró dispuesta a aceptar una propuesta para trabajar en una película de Cecil B. De Mille, pero la Triangle se lo impidió aferrándose a una cláusula de su contrato. En 1919 quedó finalmente libre y se fue a la Paramount, y rodó con De Mille, ¡A los hombres! (1919), se convirtió en uno de los mayores éxitos de este director.




Así, a los veinte años de edad, la Swanson se vio lanzada a la fama y transformada en una estrella importante, con cinco años de experiencia cinematográfica a sus espaldas. "Trabajas para De Mille", recuerda en su autobiografía (Swanson y Swanson), "era como hacer de ama de casa en los grandes almacenes más lujosos del mundo". Si se interpreta esa afirmación en el sentido de que, en los vehículos realizados para ella por De Mille, aparecía siempre suntuosamente vestida, no cabe negar que tenía razón; ya que, durante esta época, De Mille se dedicó sobre todo a rodar maduras y sofisticadas comedias de alta sociedad. 


Pero la mejor y más famosa de las seis películas que rodó seguidas para De Mille fue Macho y hembra (1919), versión libre de la novela de J. M. Barrie, The Admiracle Crichton", que mostraba al principio las intrigas de la alta sociedad, pasaba luego al drama con el naufragio, a la comedia en las escenas de la isla que la Swanson era sacrificada a los leones. Ese fue uno de los grandes hitos de su carrera. Desgraciadamente, los papeles que le ofrecieron después eran repetitivos, y se limitó a sufrir (suntuosamente vestida, eso sí) en ¿Por qué cambiar de esposa?, La fuerza de un querer (ambas de 1920), y finalmente en El señorito primavera (1921), en la que lo único que tenía que hacer era esperar en casa, mientras que vampiresas como Bebe Daniels eran las que se lo pasaban mejor y tenían mayores ocasiones de lucimiento.


Había llegado el momento de que De Mille y la Swanson emprendieran caminos distintos, y en El caballero sin tacha (1921), trabajó bajo las órdenes de Sam Wood, director que habría de guiarla en una larga serie de diez películas. Para ésta, que se rodó de hecho antes que El señorito primavera, la Swanson exigió que su nombre apareciese antes que el título, y el guion fue escrito pensando especialmente en ella por Elinor Glyn, especializada en historias pasionales ambientadas en la alta sociedad. En sus posteriores películas con Sam Wood, la Swanson osciló entre la abnegación y el sufrimiento de Bajo el látigo (1921), los problemas de difícil solución de Estrategia femenina (1921), una relación extramarital con el aceitado Rodolfo Valentino en Más fuerte que su amor (1922), y la comedia ligera a la francesa, ejemplificada por La octava mujer de Barbazul (1923). Para entonces se había convertido en la máxima estrella de la Paramount, y en 1923, su contrato fijó un precedente, en el sentido de que le daba derecho a elegir sus propias películas. Lo utilizó con habilidad para diversificarse como actriz e interpretar papeles de lo más variado, Zaza (1923), una historia fuerte ambientada en el mundo del cabaret parisino, se vio seguida por otras como Juguete del placer (1924), dirigida por Allan Dwan, en la que realizaba una brillante interpretación como una modesta  vendedora, que está mascando continuamente chicle, y que descubre que la alta sociedad no es como ella se la imaginaba. En La favorita de la Legión (1924), la Swanson batió todas sus marcas anteriores, luciendo un espectacular vestido de novia del que se dijo que había costado 100.000 dólares.


Después su carrera empezó a declinar a lo largo de toda una serie de desangeladas comedias, la última de las cuales De mutuo acuerdo (1933), se rodó en Inglaterra, y estuvo interpretada por un galán joven e inexperimentado Laurence Olivier. Vinieron luego contratos con la MGM y la Columbia. Se anunciaron proyectos ambiciosos, pero ninguno llegó a realizarse y la única película que rodó, Música en el aire (1934), cedida a la Fox, fue un desastre. Su primer "comeback" oficial, una comedia con Adolph Menjou, Papá se casa (1941), no tuvo mejor suerte. Finalmente, en 1950, tras pensar en Pola Negri, Mary Pickford, Mac Murray y otras muchas estrellas del cine mudo, el viejo zorro de Billy Wilder decidió llamarla a ella para que interpretase a la protagonista de Sunset Boulevard. El personaje era el de una ex reina del cine mudo que, con la ayuda de un guionista sin trabajo y que se comporta como un gigoló (William Holden), se plantea volver triunfalmente al cine. 
El resto es historia.


Desde entonces, la Swanson apareció en una mediocre farsa, Three for Bedroom C (1952), en una parodia del cine histórico a lo De Mille, Mi figlio Nerone (1956), en la que encarnaba a una divertida Agripina, junto a Alberto Sordi, que hacía de Nerón, y fue una de las pasajeras aterrorizadas del bodrio Aeropuerto 1975 (1974). Aparte de un par de películas para la televisión y de algunas apariciones teatrales y televisivas, la Swanson de dedicó, fundamentalmente, a sus actividades como mujer de negocios y a promocionar la dieta macrobiótica en numerosos programas televisivos y entrevistas. En realidad tampoco tenía por qué hacer mucho más. Era más que una estrella. Una leyenda viviente. En Sunset Boulevard, Norma Desmond decía desafiante: 

"Entonces teníamos rostro"

Gloria Swanson siempre lo tuvo.


sábado, 28 de mayo de 2016

Con carácter


Erich von Stroheim


Una de las cosas que más me gustan de las películas clásicas es ver a los actores extranjeros de carácter en Hollywood. A todos ellos quiero rendir un homenaje. Temía que llegara este momento por lo extenso del tema, y quizá por los posibles olvidos, pero ha valido la pena semejante esfuerzo. ¡Uff! ¡Vamos allá!


Veamos sobre el orgullo de ser prusiano

Los alemanes constituyeron quizá el grupo étnico más numeroso en Hollywood, y con el estallido de la Primera Guerra Mundial les llegó su oportunidad. Durante unos cuantos años, las películas americanas y británicas estuvieron llenas de perversos personajes germanos, y algunos de ellos se especializaron en interpretarlos. Pero eso podía ser también el punto de partida para metas más ambiciosas. Tras ser un oscuro intérprete secundario y ayudante de dirección de Griffith, Erich von Stroheim consiguió fama por sus retratos de tipos prusianos en películas tales como Sylvia of the Secret Service (1917), Corazones del mundo y El corazón de la humanidad (ambas de 1918). Stroheim era austriaco, aunque eso no importaba demasiado, ya que tenía el aspecto requerido para interpretar esa clase de papeles. Al parecer, se lo pasaba pipa interpretándolos, mientras que otros pensaban de manera diferente. 


Gustav von Seyffertitz 

Uno de los mejores actores de carácter del cine mudo y del primer cine sonoro fue Gustav von Seyffertitz, quien, como Stroheim, procedía de Viena. Alarmado por las implicaciones de su nombre teutónico, trabajó durante todos los años de la guerra como G. Butler Clonblough. Alto, de nariz aguileña y aspecto amenazante, Seyffertitz podía ser un malo verdaderamente impresionante. Encarnó a Moriarty en Sherlock Holmes (1922), junto a John Barrymore, y tuvo la habilidad de trabajar casi siempre en buenas películas. Fue uno de los actores favoritos de Josef von Sternberg, interviniendo en varias de sus películas, entre ellas Los muelles de Nueva York (1928) y El expreso de Shanghai (1932). 


Paul Panzer 

Para un teutón resultaba difícil mantenerse en Hollywood del lado de los buenos. Uno que casi lo consiguió fue Paul Panzer. Ya en 1908 interpretó papeles como los de Romeo y Marco Antonio, pero su éxito como galán romántico fue más bien efímero. En 1914 era ya uno de los malos en las películas en episodios de Pearl White, y siguió interpretando papeles de malo hasta los años cuarenta.


Herman Bing 

Una vez desvanecidos los recuerdos de la guerra, los actores de carácter alemanes o austriacos pudieron interpretar también papeles de comedia. Cuando el sonido permitió oír sus voces, la comedia se convirtió en su gran especialidad. Se tiene al incoherente e irascible Herman Bing, que había sido el ayudante de F. W. Murnau en Amanecer (1927), y que después se pasó casi veinte años interpretando papeles de camarero, barbero, artista o actor. 


Fritz Feld

Estaba también Fritz Feld que era la encarnación de la corrección y el orden, el perfecto jefe de camareros o maître de hotel.


Sig Ruman

Estaba también el grueso, arrogante y explosivo Sig Ruman, cuya carrera se confunde casi con la Historia del Cine. Encargado de darles la réplica a mis hermanos, es decir, los Hermanos Marx, el gran Ruman pasó luego a aparecer en algunas de las películas más importantes de la época. En Ninotchka (1939) era el más dominante de los tres comisarios rusos enviados a París y deslumbrados por su lujo. En Solo los ángeles tienen alas (1939), estuvo memorable como el protagonista de la compañía aérea encargada del transporte del correo, y aportó un gran aire de dignidad y compasión a su personaje, mientras que en Ser y no ser (1942), interpretaba maravillosamente al personaje de Erhardt, el jefe del campo de concentración. Fue sin duda alguna su interpretación más destacada, y la caracterización racista que hizo Ruman del enemigo de Estado consiguió, sin embargo, seguir siendo divertida. A la edad de ochenta y dos años, el maravilloso Ruman seguía siendo un magnífico actor de carácter, interpretando al todopoderoso médico de En bandeja de plata (1966), de Billy Wilder.


Felix Bressart

Otro destacado actor alemán fue el amable e ingenioso Felix Bressart que encarnó también a uno de los comisarios rusos de Ninotchka, complementando perfectamente a Ruman. Y su rostro dolorido y lúgubre aparece también en Ser y no ser, en la que Bressart interpreta al actor encargado de llevar la lanza en los montajes de obras de Shakespeare del grupo de actores que ayudan a la Resistencia polaca. También trabajó en El bazar de las sorpresas (1940), de Lubitsch, y en otras películas. 


Frank Reicher

Frank Reicher se pasó muchos años interpretando a médicos, abogados y papeles parecidos; su carrera fue de hecho muy curiosa, pues, entre 1915 y 1921 había dirigido numerosos largometrajes, antes de convertirse en actor de carácter. 




Albert Basserman

Albert Basserman había disfrutado de una carrera larga y distinguida en el cine europeo antes de llegar a Hollywood en 1939 y causar una gran impresión en Enviado especial (1940), de Alfred Hitchcock, en la que interpretaba al amable hombre de estado secuestrado. Su apariencia era tan frágil y su voz tan débil que parecía como si no pudiera llegar al final de la película; pero, de una forma u otra, Basserman conseguía irradiar integridad y resolución, convirtiéndose en el superviviente eterno de un mundo difícil.


Ahora los tipos tiroleses


Joseph Schildkraut

Estos fueron algunos de los grandes actores alemanes de carácter de Hollywood. Los austriacos fueron casi igual de numerosos y hábiles. Joseph Schildkraut, un apuesto galán de los años 20, prolongó su carrera durante las primeras décadas del sonoro, interpretando casi siempre papeles de hombre refinado y algo afeminado, aunque también supo alejarse con éxito de este estereotipo, por ejemplo, interpretando al injustamente perseguido capitán Dreyfus en La vida de Emilio Zola (1937). El padre de Schildkraut, Rudolph, que había sido una estrella del teatro en Europa y en Broadway, apareció en el cine durante los años 20, y padre e hijo trabajaron juntos en Young April (1926), con Bessie Love.




Fritz Kortner

Fritz Kortner y Oscar Homolka interpretaron por lo general papeles de malos. Las películas interpretadas por Kortner en Hollywood durante la década de los 40 no eran lo suficientemente buenas como para estar a la altura de sus anteriores éxitos en Europa en títulos como Sombra (1923) o La caja de Pandora (1929). 


Oscar Homolka tuvo, por el contrario, mucha mejor suerte, encarnando una amplia variedad de papeles, que iban desde algunos simpáticos, en películas como Bola de fuego (1941) hasta los papeles de malo convencional y las grandes figuras históricas, incluyendo Kutuzov en Guerra y paz (1956), de King Vidor. 


Walter Slezak

Un tercer actor de carácter austriaco, que interpretaba normalmente papeles de malo falsamente jovial, fue Walter Slezak, al que se recuerda, sobre todo, por el papel de nazi que se hace con el mando en Náufragos (1944), de Alfred Hitchcock, y también por el papel de pirata que encarnaba en uno de los musicales más entretenidos de la MGM, El pirata (1948).


Ludwig Stossel

Otros tres actores de carácter austriacos merecen también una mención. El pequeño y amistoso Ludwig Stossel tuvo su momento inmortal preguntando la hora en Casablanca (1942). 


Mike Mazurki

El gigantesco Mike Mazurki, que era de ascendencia ucraniana a pesar de haber nacido en Austria, resultó impresionante y amenazador en Historia de un detective (1944) y otros títulos del cine negro.


Christian Rub

Y el pequeño Christian Rub apareció prácticamente en todos los musicales y comedias ambientadas en centroeuropa, especializándose en papeles de barbero, portero y otros similares. Incluso llegó a interpretar a Geppetto.


Los poderosos magiares


J. Edward Bromberg

Hungría proporcionó más protagonistas que actores de carácter, pero el estudioso J. Edward Bromberg constituyó uno de los mayores atractivos de las películas de la 20th Century-Fox de finales de los 30, y otros dos húngaros son casi iguales de inmortales. 


Peter Lorre

El blando e insignificante Peter Lorre llegó a Hollywood vía Londres en 1935, y trabajó primeramente interpretando al detective japonés Mr. Moto (lo que no tiene nada de extraño si se recuerda que el detective chino Charlie Chan fue encarnado por un sueco, Warner Oland). Luego, con El halcón maltés (1941), Lorre se pasó a los papeles de carácter y ofreció toda una galería de personajes excéntricos, atormentados y dispuestos a  atormentar a los demás. Es muy triste que, en sus últimos años, Lorre se dedicara a parodiarse a sí mismo en películas mediocres, pero había interpretado ya tantas buenas que es no importó demasiado. 


S. Z. Sakall

El otro gran actor húngaro de carácter, y quizá el más amado de los actores especializados en pequeños papeles fue S. Z. (Cuddles) Sakall. Con su gran papada, sus ojos brillantes, sus cautivadora sonrisa y su inimitable acento en inglés, Sakall llegó a Hollywood en 1940, consiguió su primer papel de éxito al año siguiente en Bola de fuego, un paraíso para los actores de carácter, y se ganó el corazón de todo el mundo durante los quince años siguientes. La mayoría de sus películas eran rutinarias, y en casi todas ellas no aparecía durante más de cinco minutos, pero esos minutos eran siempre una pura delicia. El mejor papel de Sakall fue en de In the Good Old Summertime (1949); en la puerta de su establecimiento, pregonando a todo el mundo lo barato que vende y la calidad de sus artículos, "Cuddles" se encuentra en su elemento en una película injustamente olvidada.

Los camaradas bienvenidos


Vera Gordon

Los rusos realizaron también una gran contribución al campo de los actores de carácter. En las comedias de los años veinte, las madres judías eran casi siempre interpretadas por la rusa Vera Gordon, que había destacado antes en los escenarios judíos de Nueva York; mientras que, incluso antes, aproximadamente desde 1916, otro judío roso, Billy Weste, se había dedicado a imitar a Chaplin con bastantes buenos resultados. con el advenimiento del sonoro, en el que otro judío ruso, Al Jonson, había pronunciado las primeras palabras de la Historia del Cine, los actores de carácter ruso florecieron. 



Mischa Auer

Un actor delgado y de ojos saltones, Mischa Auer interpretó el papel de agitador político en Winterset (1936), imitó hilarantemente a un mono en My Man Godfrey (1936), y encarnó al ruso desplazado en el Oeste en Arizona (1939), que dirigió también algunas películas, y se especializó en papeles de productor loco y otros egomaníacos.




Vladimir Sokoloff

El irónico y filosófico Vladimir Sokoloff, que interpretó numerosos papeles de malo en películas europeas, se vio convertido por Hollywood en un caballero mayor amable y encantador.




Michael Chekhov

Michael Chekhov, sobrino del autor teatral y destacado profesor de dramaturgia él mismo, que interpretó numerosos papeles de carácter en películas americanas durante los últimos diez años de su vida, y al que se recordará sobre todo como el viejo doctor de Recuerda (1945), de Hitchcock.




Leonid Kinskey

Leonid Kinskey, el camarero de Casablanca (1942), interpretó papeles parecidos en incontables películas.




Akim Tamiroff

Quien, hacia finales de los 30, parecía intervenir en todas las películas de la Paramount, interpretó algunos papeles de protagonista, pero su fuerte eran los papeles de carácter, normalmente sin afeitar, con aspecto torvo y de nacionalidad sin especificar. No obstante, la apoteosis del personaje de Tamiroff se produjo en 1965, lejos de Hollywood, cuando interpretó el papel de Harry Dickson en Lemmy contra Alphaville, de Jean-Luc Godard. Tamiroff tenía entonces 65 años, pero le quedaban algunos años más de carrera por delante.




María Ouspenskaya

La carrera en Hollywood de otra profesora rusa de interpretación, María Ouspenskaya, no comenzó hasta después de cumplir los sesenta. Esta mujer diminuta y decidida consiguió un gran éxito, a pesar de tener que competir con Greta Garbo y Charles Boyer, como la madre de Napoleón en María Walewska (1937), y sus apariciones ocasionales en diversos títulos hicieron que el público se fijara en ella, sobre todo cuando interpretó a la gitana de un clásico de terror de la Universal en 1941, El hombre lobo.


Eugénie Besserer

Con la floreciente industria propia y, hasta 1940, sin presiones políticas, los actores de carácter franceses no se sintieron demasiado atraídos por Hollywood. Eugénie Besserer trabajó veinte años en el cine americano, destacando sobre todo la madre de El cantor de jazz (1927), pero había sido educada en Canadá.



Marcel Dalio

Del resto, solo cabe mencionar a Marcel Dalio, y sus papeles en el cine americano no fueron demasiado afortunados, desperdiciándose así uno de los mayores actores europeos.




Warner Oland

Suecia proporcionó a Hollywood numerosos protagonistas, pero solo Warner Oland y el fiel asistente de Chaplin, Henry Begman, fueron actores de carácter destacados. Entre los españoles hubo también pocos actores de carácter, aunque Luis Alberni era un actor fiable para interpretar personajes de funcionario abrumado por las circunstancias... 



Fortunio Bonanova

...mientras que el espléndido Fortunio Bonanova tuvo momentos inolvidables, especialmente como el cantarín general italiano de Cinco tumbas a El Cairo (1943), de Billy Wilder.




Henry Armetta

Henry Armetta, el más excitable de todos los italianos, tuvo su gran oportunidad como la víctima de los Hermanos Marx en Tienda de locos (1941), pero venía haciendo gala de su versátil talento desde comienzos de los años veinte. 




Eduardo Ciannelli

Hubo también otros actores cómicos italianos, pero solo un malo, Eduardo Ciannelli, al que se vio primero en Winterset en el papel de Trock, uno de los clásicos retratos de gangsters. Ciannelli podía irradiar malevolencia con la misma facilidad con la que respiraba, y siguió haciéndolo en Estados Unidos y en su país natal durante casi cuarenta años.




Joseph Calleia

Otros actores de carácter procedieron también de Europa. El maltés Joseph Calleia solía interpretar papeles de malo. Normalmente encasillado en papeles de trabajador inmigrante o colono.




John Qualen

El noruego John Qualen sabía hacer frente a las circunstancias más difíciles, siendo esa la misión que se le encomendó en las perlículas de Jonh Ford durante muchos años. 




Jean Hersholt

El danés Jean Hersholt, ligeramente corrupto y perverso en películas mudas como Stella Dallas (1926), se hizo más bondadoso durante la era del sonoro.



Steven Geray

El checo Steven Geray no tenía competidor cuando se trataba de interpretar papeles de hombrecillo abrumado por las circunstancias, mientras que... 



...el polaco Alexander Granach, que había interpretado el papel del loco Renfiled en Nosferatu, el vampiro (1922), debutó en Hollywood en Ninotchka, donde interpretaba al más callado y cuerdo de los tres comisarios rusos.




Willie Fung

Los actores orientales se vieron generalmente relegados en Hollywood a estereotipos poco interesantes, o bien paródicos como Willie Fung, o bien americanizados, como Keye Luke, aunque en los primeros tiempos del cine los repartos solían ser más imaginativos. Por ejemplo, el japonés Sessue Hayakawa...



... encarnó incluso al protagonista (un indio) en un excelente western rodado por Thomas H. Ince en 1915, The Last of the Line.




Chris-Pin Martin

De los numerosos actores de carácter, solo el pequeño Chris-Pin Martin, y el amenazador Alfonso Bedoya lograron escapar del encasillamiento, mientras que los actores latinoamiricanos se vieron condenados por lo general a interpretar papeles de "latin lovers".



Mona Darkfeather

El tratamiento de los negros y de los indios en el cine americano es un tema muy complejo, pero merece la pena señalar que, en las primeras películas mixtas, el indio era tratado con dignidad y compasión, y que actores como los jefes William Eagleshirt y Dark Clound, y la adorable Mona Darkfeather, podían interpretar papeles heroicos, y lo hicieron con frecuencia. 




G. Howe Black

Un actor negro que rompió con las pautas establecidas fue G. Howe Black, quien como Rastus en la versión de 1925 de The Wizard of Oz, realizaba proezas y heroicidades sin cuento, incluyendo un espectacular rescate en aeroplano.

Durante cincuenta años, el actor de carácter, importado o no, fue una de las mayores delicias del cine americano. Con la desaparición de los grandes estudios, se fue lamentablemente esfumando poco a poco.



Tras este largo recorrido me apetece un whisky y escuchar la voz de terciopelo raído de Frank Sinatra.