martes, 14 de febrero de 2017

Biografía musical


Doris Day como Ruth Etting en Quiéreme o déjame (1955), de Charles Vidor

A comienzos de los 40, Hollywood encontró la fórmula de éxito seguro para el musical, las llamadas biografías de músicos e intérpretes famosos. Ay, que mal me llevo con todo esto.

Las biografías cinematográficas de músicos suelen consistir en historias argumentales plagadas de interludios musicales. Sin embargo, sus tramas son tan débiles y tontas que se limitan a servir simplemente como excusas para las canciones y los bailes. Resulta quizá halagador para esta clase de películas sugerir que cuentan realmente historias; pues cualquiera que sean las diferencias de temperamento, procedencia y talento entre los músicos en cuestión, en lo que se refiere al cine todos ellos parecen haber llevado unas vidas muy parecidas.


James Stewart como Glenn Miller en Música y lágrimas (1953), de Anthony Mann

Los músicos varones son retratados, por lo general, como de orígenes humildes; sus primeras luchas se ven compensadas por una vida familiar sobria pero llena de cariño; el éxito se les suele subir a la cabeza y se lían con alguna sofisticada estrella o dama de la alta sociedad, pero cuando están al borde del desastre se ven rescatados por el amor de una esposa buena y sencilla que les ayuda a empezar de nuevo. 



Susan Hayward como Lillian Roth en I'll Cry Tomorrow (1955), de Daniel Mann

En el caso de las mujeres dedicadas a la música, suelen triunfar pronto, son incapaces de llevar bien su éxito y recurren rápidamente al alcohol o las drogas; sus amores son, por lo general, desgraciados y o bien quedan inválidas a causa de un accidente o bien se ven afectadas por una enfermedad; sin embargo, antes o después encuentran la fuerza de voluntad necesaria para seguir adelante y lo hacen con una sonrisa en los labios.

La ventaja de estos sencillos argumentos es que en ellos encajan a la perfección los números musicales de éxito asegurado. Solían ser interpretados por un reparto de grandes estrellas, que se podían reunir a un coste relativamente barato, ya que cada una de ellas trabajaba en la película durante un breve período de tiempo. 


Resulta difícil decir cuál fue el estudio que descubrió primero esta fórmula, pero el mérito le corresponde probablemente a la Warner, con Yankee Doodle Dandy, la biografía de George M. Cohan, realizada por Michael Curtiz en 1942. Dado que Cohan estaba todavía vivo en aquellos momentos, la película apenas podía insinuar que poseía pequeños defectos, como muestras de temperamento irlandés de tiempo en tiempo. James Cagney, la estrella, despertaba la simpatía del público, y la película contribuyó a aumentar la larga serie de biografías realizadas por el estudio a lo largo de los años 30, como La historia de Louis Pasteur (1936) y La vida de Emili Zola (1937). El éxito de Yankee Doodle Dandy les animó a realizar una nueva tentativa del mismo tipo y, en 1945, produjo Rapsodia en azul, una anodina biografía de George Gernhwin, y al año siguiente Noche y día, de Curtiz sobre la vida de Cole Porter, con Cary Grant en el papel principal. 



Tras Noche y día, la Warner rodó solo una biografía de compositor más, I'll See You in My Dreams (1952), en la que Danny Thomas como Gus Kahn y Doris Day como su dulce y sensible esposa, sufrían todas las peripecias propias de los melodramas. La MGM rindió tributo a Jerome Kern (1946, Till the Clouds Roll By), a Rodgers y Hart (1948, Words and Music) y a Kalmar y Ruby (1950, Three Little Words), todas ellas revistas musicales plagadas de grandes estrellas y con una endeble trama destinada únicamente a engarzar los distintos números musicales unos con otros. La 20th Century-Fox tomó al único equipo de músicos y letristas que quedaba, De Sylva, Brown y Henderson, como protagonistas de The Best Things in Life Are Free (1956); para entonces los estudios habían comenzado a interesarse por los intérpretes en lugar de por los compositores.


Tras La historia de Al Jolson (1946) y Jolson canta de nuevo (1949), vinieron La historia de Glenn Miller (1953), La historia de Benny Goodman (1955) y La historia de Gene Krupa (1959). Se mostró a Lillian Roth luchando contra el alcoholismo en I'll Cry Tomorrow,  y a Helen Morgan librando la misma batalla en La historia de Helen Morgan (1957); Jane Froman se quedaba inválida en Con una canción en mi corazón (1952), y lo mismo le ocurría a la estrella de la ópera Marjorie Lawrence en Melodía interrumpida (1955). Pero, de una forma u otra, todas ellas conseguían seguir cantando.

Intérpretes, no compositores


Como es lógico, estos papeles de mujeres famosas y atribuladas proporcionaban inmejorables vehículos para primeras estrellas especializadas en sufrir en la pantalla, como Eleanor Parker y Susan Hayward. La carrera de Ann Blyth no fue ni mejor ni peor por haber interpretado a Helen Morgan, pero el papel de Ruth Etting inició una nueva fase en la de Doris Day. 


Resultaba más fácil convertir a un intérprete en el centro de una biografía musical que a un compositor; aparte de Cary Grant como Cole Porter, los compositores de las películas tendían a quedarse al margen del drama, mientras que sus canciones eran interpretadas por otros; por tanto, los compositores solían ser encarnados por actores de segunda fila. Una excepción fue Glenn Miller, interpretado por James Stewart. En cualquier caso, la historia de la ascensión de Miller de la pobreza al éxito y la riqueza resultaba más interesante que la de la mayoría de los restantes compositores, y, desde el punto de vista dramático, tenía la ventaja de que Miller había muerto en un accidente de aviación durante la segunda guerra mundial.


Cuando el estudio consideraba que el tema de una biografía cinematográfica carecía del necesario gancho para la taquilla, solía recurrir a grandes estrellas para aumentar su atractivo. Los espectadores se animaron a ver Lillian Russell (1940), de Irving Cummings debido a que estaba interpretada por Alice Faye, e Incendiary Blonde (1945), una biografía de Texas Guinan, porque su estrella era Betty Hutton. Lo mismo puede decirse de Las hermanas Dolly (1945), reencarnadas por Batty Grable y June Haver, y de The I Don't Care Girl (1952), en la que Mitzi Gaynor interpretaba a Eva Tanguay. Todos estos bodrios habían sido pensados para el lucimiento de sus respectivas estrellas.


La fórmula funcionó bien mientras que dichas estrellas tuvieron un gran número de fieles seguidores. Pero, una vez superada la década de los 50, hubo cada vez menos nombres que asegurasen el éxito con su simple presencia en una película. La mayoría de las grandes estrellas femeninas de los últimos años han probado, al menos, con una biografía: Julie Andrews interpretó a Geltrude Lawrence en Star (1968). Diana Ross se convirtió en Billie Holiday para Lady Sings the Blues (1972). Barbra Streisand interpretó a Fanny Brice en Funny Girl (1968) y en Funny Lady (1975).


Bette Midler interpretó a un personaje muy parecido al de Janis Joplin en La rosa (1979). De todas ellas, una fue un fracaso espectacular y significativo. Star carecía de historia, de dramatismo, de romance, de algo que respondiese a las preguntas que, inevitablemente, se plantearía un público obligado a pasar tres horas y cuarto en compañía de una estrella sobre la que no sabían nada. Y siguen numerosos ejemplos. En 2007 La vida en rosa, de Olivier Dahan sobre la vida de la cantante francesa Edith Piaf e interpretada por Marion Cotillard y Óscar a la mejor actriz, entre otras películas que no he visto por falta de ánimo y energía. 


Y para ir terminando, tras las biografías cinematográficas de Woody Guthrie Esta tierra es mi tierra (1976), Elvis Presley (1979), Buddy Holly (1979), Ritchie Valens en La bamba (1987), Charlie Parker en Bird (1988), Jerry Lee Lewis en Gran bola de fuego (1989), Ray Charles en Ray (2004) Johnny Cash en La cuerda floja (2005), Miles Davis en Miles Ahead: secretos de una leyenda (2015), etc., y ya ni hablo de las películas de los compositores clásicos como Mozart en Amadeus (1984) o Beethoven en Amor inmortal (1994), entre otras muchas. 



Resulta difícil imaginar a quién se elegirá ahora como tema de una biografía cinematográfica. No quedan ya compositores a la antigua en los que basar una película. Quizá merezca la pena volver atrás y rodar las verdaderas biografías de los grandes compositores e intérpretes de los años 20, 30 y 40. De momento, a Cole Porter se le recordará siempre en la figura de Cary Grant o Kevin Kline en De-Lovely (2004); a Glenn Miller, en la de James Stewart; a Lillian Roth, en la de Susan Hayward, y a Fanny Brice, en la de Barbra Streisand...


                       


2 comentarios:

39escalones dijo...

Le tengo mucha manía a los biopics, amigo. Creo que nunca han dado de sí una buena película, al menos cuando la intención es contarnos la vida de alguien. Otra cosa es que se elija un pasaje concreto de la vida de alguien para contárnoslo y eso obligue a contextualizar su vida. Pero a las batallitas de vida y milagros les tengo bastante tirria. Si encima es de personajes de la música (o peor, de los del cine, cuando eligen a actores que ni se parecen y a los que hay que maquillar y vestir de vulgar imitador de concurso de Antena 3), la manía se convierte en alergia. Excepto, quizá, en el caso de Charlie Parker por Clint Eastwood.

No sé, en todas esas películas sobre músicos de los 40 y 50 todo el mundo da la impresión de ser pavisoso. Ay, madre. En todo caso, mejor eso que su similar en el caso de que los hicieran con los músicos de ahora. Imagínate un biopic del Melendi ese o del tipo de El canto del loco...

Abrazos

Josep dijo...

¡Qué horror! No puedo con los biopics de ninguna clase salvo excepciones que ya no entran, por derecho propio, en la clasificación o género, aunque me resisto a tal categoría, como si estuviese a la altura del negro, la comedia, el drama, etc.

Cuando además se trata de celebrar vida y hazañas de gentes del mundo musical, la indigestión de dulzaina suele ser desproporcionada: almíbar y lágrimas, alternándose sin pudor.

Lo peor es que, leída tu reseña, se constata claramente que no hay visos de librarse de la existencia de tales productos y uno tiene la sensación que debe haber un público adicto que proporciona pingües beneficios: no siempre, claro, pero sí, debe haberlo.

¿Porqué ese empeño de realizar hagiografías de gentes artísticas otorgándoles virtudes innecesarias para su arte?¿Porqué deben ser los artistas ser modelo de civismo, ejemplos de costumbres, buenas personas?¿No debería bastarnos con que se empeñaran y consiguieran brillar en su arte?

Francamente: me importa un bledo la vida sexual de Cole Porter o las adicciones diversas que son habituales: ni son perfectos, ni tienen porqué serlo...

Un fuerte abrazo.