domingo, 12 de febrero de 2017

Transformación y crisis


En 1951, el General Eisenhower, el genio de la organización que había mantenido unidos a los Aliados y había conducido a las democracias a la victoria, decidió presentarse a las elecciones para la presidencia de los Estados Unidos, apoyado por el Partido Republicano. El último presidente republicano había sido Herbert Hoover. Franklin D. Roosevelt había conducido a la nación a través de la Gran Depresión y de la II Guerra Mundial. Le sucedió Harry Truman y, durante su mandato, empezó a contraponerse el "americanismo" al llamado "antiamericanismo". Eisenhower decidió restaurar la columna vertebral que sostenía a Norteamérica; es decir, el capitalismo. Su gabinete estaba formado por los representantes más destacados del gran capital y del mundo de los negocios, y consiguió el triunfo sobre los demócratas acusándoles de haber perdido China en favor de los "rojos". Y la pérdida de un billón de posibles consumidores no era algo que se pudiera tomar a la ligera.


Los sociólogos comenzaron a proliferar en la década de los 50, en la que la sociedad americana comenzó a estar claramente madura para su examen. La generación adulta había sufrido una Depresión sin precedentes en cuanto a su duración e intensidad. Apenas había comenzado a superarse cuando los norteamericanos tuvieron que movilizarse para combatir a las diabólicas potencias del Eje. Durante casi veinte años, los norteamericanos habían sacrificado lo individual a lo colectivo. Había llegado el momento de pensar en uno mismo. Fue durante este período cuando a los norteamericanos dejó de llamárseles "ciudadanos" y empezó a denominárseles "consumidores".


Las ciudades estaban demasiado pobladas como para permitir la huida hacia el campo y los barrios residenciales. La decadencia empezó a apoderarse de esas grandes urbes que habían constituido el marco ideal para las grandes fantasías cinematográficas de los años 20 y 30. Vance Packard escribió su famoso libro Los buscadores del estado (The Status Seekers) sobre los nuevos norteamericanos. Según él, todo el mundo vivía pendiente de sus vecinos, con los que se comparaba continuamente para comprobar si vivían "mejor" que él, es decir, si poseían más electrodomésticos y chucherías. Creo que en esto todavía estamos igual. El economista John Kenneth Galbraith llamó la atención del público con su obra La influencia de la sociedad (The Affluent Society). Pero los únicos que prestaron atención a las advertencias de estos dos profetas fueron los intelectuales de la Costa Este. El "hombre de la calle" estaba demasiado preocupado por su promoción personal, por comprarse un nuevo coche o un nuevo televisor, como para hacer demasiado caso a esos "agoreros". 


Además, la mayoría de los intelectuales pertenecían al grupo de los "rojillos" que el senador McCarthy estaba denunciando ante el Senado. Todo lo que se dijera en contra del consumismo y el despilfarro norteamericano servía únicamente para dar armas y apoyo a la propaganda comunista. Sin embargo, la búsqueda de bienes materiales y la conformidad con los valores establecidos propios de este período no eran tan firmes como parecían. En el fondo de su corazón, el americano medio sabía que era todo un chanchullo. El patriotismo sincero de los años 40 resultaba mucho más auténtico que esta utopía creada en Madison Avenue, vacía y sin sentido. El olfato de los norteamericanos para detectar los engaños y chanchullos había sido siempre muy activo; pero, a diferencia de lo que había ocurrido en los años 20, esta vez permaneció subterráneo. Las películas de los años 50 se dedicaron a mostrar la carcoma que corroía los cimientos de la sociedad americana. 


El característico olor de la corrupción reemplazó al optimismo por el que los europeos habían ridiculizado tanto a los americanos. En todos los campos, en todos los géneros cinematográficos, hizo su aparición un extendido cinismo, hasta el punto de que aquel período llegó a conocerse como la "era de la angustia". Esto no se debía únicamente a la amenaza de empleo de bombas atómicas o a la arriesgada política del secretario de Estado, John Foster Dulles, sino a la comprensión de que, en su propio país, los americanos estaban aceptando como verdad lo que no era sino una mentira.


El mundo de los negocios había llegado a convertirse en el símbolo del poderío de América. Y el mundo de los negocios era el hogar del individualismo más exacerbado. No obstante, en la década de los 50 se reveló cómo un verdadero remolino de egoísmos y de predisposición a subordinar toda moralidad y sentimientos humanos a las necesidades de la organización. Tanto en La torre de los ambiciosos (19549, de Robert Wise, como en Patterns (1956), de Fielder Cook, las maniobras de los consejos de administración fueron puestas al desnudo. Los falsos finales felices de estas películas no engañaron a nadie.


A comienzos de los 50 el famoso código Hays estaba experimentando un proceso de corrupción generalizada, y cuando Otto Preminger le dio la puntilla con The Moon is Blue (1953) y El hombre del brazo de oro (1956), desapareció sin que nadie protestara por ello. Incluso películas aparentemente banales, como I Can Get It for You Wholesale (1951), de Michael Gordon, o El mundo es de las mujeres (1954), de Jean Negulesco, satirizaban el gusto por la competitividad y corrupción de la sociedad americana.


De hecho, en el campo del cine, la década de los 50 se caracterizó por lo implacable de sus análisis. Todas las instituciones de los Estados Unidos se mostraron como nidos de corrupción e incompetencia. Esto era aplicable al propio mundo del cine, como demuestran Cautivos del mal (1952), de Vicente Minnelli, y The Big Knife (1955), de Robert Aldrich; a la televisión, como indican Champagne for Caesar (1950), de Richard Whorf, Siempre hace buen tiempo (1955), de Stanely Donen y Gene Kelly, y Un rostro en la multitud (1957), de Elia Kazan; a la prensa, como muestran El gran carnaval (1951), de Billy Wilder y Chantaje en Broadway (1957), de Alexander Mackendrick; a la policía, como demuestra The Man Who Cheated Himsefl (1950), de Félix Feist, y Rogue Cop (1950), de Roy Rowland, e incluso al mundo del gangsterismo, como ocurre en La jungla de asfalto (1950), de John Huston y en La ley del silencio (1954), de Elia Kazan. Joder, esto si que era cine.


En 1946, John Huston había realizado Let there Be Light (hasta no hace mucho prohibida por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos). En este documental, empezó a examinar los males de la sociedad americana, ejemplificados en este caso en la guerra. "La guerra vuelve a los hombres locos" era el tema de la película de Huston, y la continua guerra entre la apariencia exterior y el conocimiento interno de la corrupción hizo explosión de manera constante en las películas americanas de los 50. Incluso las grandes estrellas de los 40 se adentraron en el campo de la locura. James Cagney, uno de los grandes héroes del período anterior, se convirtió en un psicópata asesino en Al rojo vivo (1949), de Raoul Walsh. El noble proletariado encarnado por John Garfield en la década de los 40 se convirtió ahora en un gangster de poca monta y acorralado en He Ran All the Way (1951), de John Berry.


Las nuevas estrellas no tuvieron que hacer esta misma transición, sino que fueron presentadas directamente al público en papeles que prácticamente definieron a generaciones enteras. En Al este del Edén (1955), de Elia Kazan, James Dean encarna las agonías de la adolescencia como no lo había hecho nadie antes. En Rebelde sin causa (1955), de Nicholas Ray, se convirtió en el modelo de adolescente incomprendido por sus padres. A un nivel más violento, Marlon Brando conoció el sabor del estrellato gracias a Hombres (1950), de Fred Zinnemann, una película sobre un veterano de guerra, parapléjico, cuya personalidad ha quedado tan afectada como su propio cuerpo. En Salvaje (1953), de Laslo Benedek, la violencia e insatisfacción juveniles se combinaban para crear la temible banda de motoristas de la película, como expresión de un poder y un control, por lo general, negados a los adolescentes.


No obstante, en la década de los 50 comenzó a erosionarse e incluso la tradicional idea de frustración e impotencia de los adolescentes. La música popular llegó a convertirse en algo más que un gran negocio, se transformó en una gran industria basada fundamentalmente en los gustos y caprichos de los adolescentes. Los elevados índices de natalidad de la posguerra crearon una verdadera avalancha de jóvenes consumidores. Al depender totalmente de la mentalidad de grupo, eran los perfectos clientes para la gran industria.


Comenzando por los discos, la radio y la televisión, los adolescentes de los 50 crecieron hasta convertirse en los consumidores adultos de la Norteamérica moderna. Pero sus hábitos de consumo estaban ya firmemente establecidos en los 50. Comenzaron las películas sobre el rock, y estrellas como Elvis Presley, Tommy Sands, Frankie Avalon, Fabian y Tuesday Weld hicieron. En Semilla de maldad (1955), de Richard Brooks, la violencia de los adolescentes de las grandes urbes se veía acompañada por una canción de Bill Haley, "Rock Around the Clock".


La sociedad entera empieza a descomponerse. Lo que no logran ni la gran depresión ni la guerra, lo consiguió la propia gente. A través de un relajamiento de las normas éticas, de la negativa a reconocer que había cosas malas y de la búsqueda enfervorecida de bienes materiales, el influjo norteamericano comenzaba a evaporarse. Los elementos dramáticos a escala trágica estaban aparentemente presentes en la situación, pero, lo que muchos consideraban dramas no pasaban de ser convencionales melodramas. Vidas borrascosas (Peyton Place, 1957), de Mark Robson, o los ejercicios de estilo de Douglas Sirk, tales como Obsesión (1954), Solo el cielo lo sabe (1955) y Escrito sobre el viento (1956) parecen tomarse, casi a la ligera lo que, en el cine de los años 30 y 40, se habría descrito como "dramas familiares". Estas películas supuestamente emocionales y catárticas eran en realidad falsas y artificiosas. Las verdaderas emociones aparecían, sobre todo, en el cine negro y de violencia, en la peste de Pánico en las calles (1950), de Elia Kazan o Attack! (1956), de Robert Aldrich, y en el horror reprimido de las películas de ciencia ficción.


Incluso las comedias de los 50 abordaban temas que el cine de épocas anteriores había intentado soslayar. Por ejemplo, Nacida ayer (1950), de George Cukor, abordaba con toda franqueza un problema como el de las mujeres mantenidas. Marilyn Monroe y Jayne Mansfield hacían bromas sobre partes íntimas de su anatomía. De hecho, en Niágara (1953), la Monroe convirtió su provocativa forma de andar en una especie de marca de fábrica.


En general, el cine de los 50 reflejó a las mujeres sin demasiada consideración. Los objetos sexuales del pasado, como Clara Bow o Jean Harlow, poseían ingenio y una voluntad propia. En los años 50, todo lo que se necesitaba para triunfar era un busto prominente y no demasiada inteligencia. Por si fuera poco, y con significativas excepciones, las mujeres inteligentes y sensibles sufrían espantosamente, como ocurría en Su gran deseo (1953), de Douglas Sirk, en la que Barbara Stanwyck interpretaba a una actriz de éxito pero sin vida familiar. Susan Hayward sufría todavía más intensamente como la cantante Jane Froman, inválida a causa de un accidente de aviación en With a Song in My Heart (1952), de Walter Lang, o como la actriz alcoholizada, Lillian Roth (Susan Hayward), en I'll Cry Tomorrow (1955), de Daniel Mann.


En su papel de amante de un gangster finalmente arrepentida en Los sobornados (1953), de Fritz Lang, Gloria Grahame veía su rostro salvajemente quemado por un sádico, Lee Marvin. En el drama carcelario de John Cromwell, Caged (1950), un grupo de mujeres se veía sometido a toda clase de humillaciones y al olvido de sus sentimientos femeninos.


A finales de los 40, las películas americanas empezaron a mostrar los primeros signos de ser capaces de abordar con inteligencia problemas como la discriminación racial y los prejuicios, pero los progresos en este campo fueron solo intermitentes. Existe, por ejemplo, una gran distancia entre la obra maestra de Clarence Brown dirigida en 1949, Intruder in the Dust, basada en la famosa novela de William Faulkner, y películas como Donde la ciudad termina (1956), de Martin Ritt, Isla del sol (1957), de Robert Rossen, e incluso Centauros del desierto (1956), de John Ford, que resultan lamentablemente superficiales en su análisis  de los temas raciales. Pero el cine descubrió que podía abordar también temas anteriormente considerados como tabú: las drogas en El hombre del brazo de oro de Otto Preminger, la violación de Outrage (1950) de Ida Lupino, el sexo adolescente en Baby Doll (1950), de Kazan, y el adulterio en Más fuerte que la vida (1957), de Martin Ritt.



No obstante, al hablar del cine de los 50, no queda más remedio que hacer mención a la televisión. Aunque en un principio el nuevo medio pareció amenazar a Hollywood, en realidad dejó libre al cine para abordar el mundo real. Durante 50 años, las películas habían sido el único entretenimiento de masas, y la censura se aseguró de que el mundo real entrase en ella solo en pequeñas dosis. En cierto sentido, la televisión acabó con estas limitaciones. Dado que era ahora la encargada de proporcionar entretenimiento a las masas, las películas podían ir dirigidas a un público más restringido. Resulta significativo que, en los años 50, se iniciase una marcada división del público. Las películas extranjeras comenzaron a distribuirse de manera más amplia en Estados Unidos, y la huida de la población a las áreas suburbanas llevó a que, en el centro de las ciudades, numerosas salas quedasen sin posibilidades de exhibir las grandes películas americanas. Al mismo tiempo las normas dictadas por el Departamento de Justicia, que obligaban a los estudios a desprenderse de sus grandes cadenas de exhibición, contribuyeron a romper el monopolio vertical de la industria del cine, por lo que la programación de películas pudo empezar a depender de criterios más individuales y creativos.



Las películas de los años 50 configuraron una curiosa amalgama, no conocida en el cine americano desde los primeros días del medio. Fue la primera vez, aunque involuntariamente, la industria se había visto obligada a aflojar su control sobre el contenido de las películas. A finales de los 60, recuperó ese control, pero, durante algún tiempo, se pudo tener una visión de los temores y angustias más sombríos de Norteamérica. Sus obsesiones se vieron expuestas como nunca antes, y aunque muchas veces indirectamente, eso permitió conocer el pasado reciente de Norteamérica con una claridad que resulta casi dolorosa.

2 comentarios:

39escalones dijo...

Fenomenal artículo, amigo. Hay un elemento, creo yo, añadido: el consumismo, además de centrarse en el sentimiento tribal de los jóvenes, empieza a extenderse al resto de la sociedad precisamente a través de la exaltación de la juventud, que finalmente deriva hacia el infantilismo. Y en eso seguimos hoy, en una sociedad estadounidense, y en buena parte de todo occidente, infantilizada. Lejos de paliarse este problema, cada vez crece más. Internet y, sobre todo, las redes sociales, son el sistema perfeccionado de este mecanismo.
Abrazos

Diana H. dijo...

El sábado vi “El Compromiso”, de Kazan. Una historia que sacude sobre lo que sucede internamente a un hombre criado con ese macabro objetivo del éxito tan típico de la sociedad estadounidense. “¿Qué vas a hacer ahora?”. Le pregunta su esposa, después del caos de su deserción, como quien interroga sobre el sentido de la vida. “Nada, no voy a hacer nada”, dice él con la mirada plácida perdida en un mundo lejos de las cadenas que (paradójicamente)lo consumen y que él sólo puede soñar.
Un abrazo.